domingo, 20 de diciembre de 2015

La sinfonía que llegó del frío.

Una escena de Lady Macbeth de Mtsensk.


Dimitri Shostakovich introdujo lo grotesco en la música. Si hay antecedentes son muy raros, Rossini, quizás. ¿Qué es lo grotesco? "Ridículo y extravagante. Irregular, grosero y de mal gusto", dice el diccionario, pero esos adjetivos no concuerdan con la música de este compositor. Esperpéntico, se aproxima más. Lo que está etiquetado como grotesco en la música de Shostakovich, a mí me suena a música de circo. Por tanto no me resulta grosero y de mal gusto, sino jubiloso, chocante y un poco infantil, como es el circo. Hay cosas de Stravinsky que también suenan así. Esos pasajes grotesco-circenses, en una primera audición, parecen banalizar la seriedad que se espera de una sinfonía. Pero al compositor eso le traía sin cuidado. En su Sinfonía Nº 7, que en teoría es una conmemoración de la cruenta batalla de Leningrado que enfrentó a rusos y nazis, tuvo el valor de introducir, en el primer movimiento, una melopea grotesca que se repite 12 veces (dura unos 10 minutos) y que tiene poco de heroico o sentimental. Este ostinato es, además, un pastiche que mezcla temas de La viuda alegre, de Franz Lehar y de su ópera Lady Macbeth del distrito de Mtsensk. De esta última obra vamos a hablar en esta entrada.

Lady Macbeth de Mtsensk se estrenó en 1934. Está basada en una antigua novela (1865) de Nikolái Leskov, un autor discreto.  Katerina Ismailova es una joven obligada a casarse con un comerciante al que no ama. Katerina inicia una relación apasionada con un criado y, para mantener esta pasión, cometerá asesinatos y terminará suicidándose. Los biógrafos de  Shostakovich piensan que eligió este  tema escabroso para reflejar la dura vida del campesinado en la época zarista, aunque el músico fue siempre muy hermético en sus explicaciones. En realidad esta obra era un experimento musical, en el que se mezclaban disonancias extremas, partes muy líricas y música de origen folclórico. Pero Shostakovich hizo algo más: integró el sexo en la música. De este modo, tanto la orquesta como las voces describen los encuentros sexuales de los amantes con gritos y sonidos descriptivos. En 1935 el diario New York Sun calificaba de pornográfica esta ópera.

Pese a todo, Lady Macbeth llevaba dos años representándose con gran éxito de público y crítica en Leningrado y Moscú, siendo muy elogiada por la vanguardia intelectual rusa. El 28 de enero de 1936 Shostakovich, que estaba de paso en Moscú, fue avisado para que acudiera al Teatro Bolshoi, donde se representaba su ópera, ya que el camarada Stalin asistía a la representación, y el mandatario tenía por costumbre invitar al autor a su palco en uno de los entreactos. Transcurrió la ópera sin que el compositor fuera llamado y testigos presenciales afirmaron que, en el palco presidencial, Stalin y sus acompañantes, Molotov y Micoyan, no pararon de reírse y gesticular. Al abandonar el teatro Stalin le dijo al crítico musical de Isvestia: "Esto es una estupidez, no es música".

En la siguiente edición del diario Pravda apareció un artículo que se convertiría en histórico: Caos por música - A propósito de la ópera Lady Macbeth de Mtsensk. El ataque a la obra era demoledor: "El público se encuentra desde el principio invadido por una ola se sonidos intencionadamente disonantes y caóticos (...) Esta música está compuesta para negar la ópera, para oponerse -como todo el arte de "izquierda"- a la sencillez y al realismo". Sorprendente. El partido comunista ruso criticaba a "la izquierda". Y proseguía: "La música grazna, gime y jadea para describir las escenas amorosas (...) en un estilo groseramente naturalista (...) exaltación de la lubricidad". Más sorpresas, el realismo socialista revelaba un inesperado puritanismo.

Las consecuencias fueron inmediatas: "Lady Macbeth de Mtsensk" fue retirada de los teatros, las asociaciones musicales acusaron a Shostakovich de formalista y antipatriótico, y amigos y familiares del compositor fueron encarcelados, deportados y algunos ejecutados. El compositor se sumió en una profunda depresión y, como recordaba el violinista David Oistraj, se acostaba vestido esperando una inminente detención. En ese clima de terror Shostakovich encontró la fuerza necesaria para seguir componiendo. Le confesó a un amigo: "Si me cortan las manos, sostendré la pluma con los dientes y seguiré escribiendo música". Y se dedicó a terminar su Cuarta sinfonía. ¿Por qué no fue detenido Shostakovich? La respuesta no es clara. Krzysztof Meyer, uno de sus biógrafos, lo atribuye a la volubilidad de los tiranos. Stalin podía un día ejecutar a veinte personas y al día siguiente sentirse magnánimo y perdonar.

Estaba previsto que la Cuarta sinfonía se estrenara a finales de 1936. Es una obra colosal, que necesita dos orquestas sinfónicas normales, y es más extensa que una sinfonía normal. Es totalmente mahleriana con pasajes de música atonal. Esta obra no se llegó a estrenar. Shostakovich suspendió los ensayos y guardó la partitura en un cajón. Como de costumbre el músico no dio demasiadas explicaciones. ¿Tuvo miedo de que se repitiera el escándalo de "Lady Macbeth? Es posible. Pero personas cercanas al compositor sostienen que Shostakovich pensó que el mundo aún no estaba preparado para valorar debidamente su música. Prueba de ello es que mantuvo el número de orden de la composición y su siguiente sinfonía fue la número cinco. Esta obra, la Quinta, que se estrenó un año después, pasa por ser una música más conservadora que la Cuarta. En la partitura hay un incipit: "Respuesta creativa de un artista soviético a una crítica justa". De esta manera, todos contentos: público, colegas músicos, críticos musicales y gerifaltes del Kremlin. 

¿Se arrepintió realmente Shostakovich, reconoció haber escrito "música degenerada?". No es probable. Solo intentó sobrevivir. Prueba de ello es que si uno escucha y compara ahora los primeros compases de la Cuarta y de la Quinta sinfonías, no hallará diferencias sustanciales en sus texturas ni en la dificultad de escucha. Uno escucha lo que quiere oír, y si le dicen que es una música fácil la escucha con facilidad. Shostakovich siempre compuso la música que quería componer, aunque en la época en que le tocó vivir tuviera que adaptarse a la fuerza del viento. Quién no lo hubiera hecho.

La Cuarta sinfonía se estrenó en Moscú  24 años después, en 1961, cuando ya había muerto Stalin.  

Les propongo escuchar el comienzo, o más si tienen tiempo, de ambas sinfonías.





jueves, 10 de diciembre de 2015

El silencio

Lake Keitele. Akseli Gallen-Kallela (1905)

En 1930, el compositor finlandés Jean Sibelius está en la cúspide de la fama y su música es reconocida en todo el mundo. Ha compuesto ya siete sinfonías  y sus seguidores esperan con ansiedad la Octava, que habrá de ser su obra maestra definitiva. Con este propósito, el compositor se recluye en Ainola, la casa que se ha hecho construir a 40 kilómetros de Helsinki. Nunca llegó a escribir la Octava sinfonía, o si lo hizo, no quiso mostrarla al mundo. Durante más de treinta años permaneció en silencio recluido en Ainola, paseando por los bosques y viendo pasar las grullas. Su última gran obra orquestal fue Tapiola, un poema sinfónico inspirado en las grandes extensiones boscosas donde reina Tapio, el dios del Kalevala.

Sibelius fue un héroe nacional, el paradigma del nacionalismo finlandés, y como tal se le sigue venerando. Sin embargo, el compositor, aunque aceptó el papel que se le había asignado, nunca tuvo un autentico fervor nacionalista, como lo tuvieron Dvorak o Grieg. Como Brahms, sentía la música como algo más abstracto y se consideraba a sí mismo heredero de la gran tradición sinfónica centro europea. De hecho Sibelius hablaba y escribía habitualmente en sueco, el finlandés era solo su segunda lengua. Es cierto que sus poemas sinfónicos se basan fundamentalmente en motivos folclóricos o paisajísticos, pero sus siete sinfonías son profundamente introspectivas, más de lo que fueron las de sus contemporáneos Gustav Mahler y Richard Strauss, y en ellas solo se encuentran de manera ocasional alusiones a la naturaleza.

Entre 1889 y 1891 perfeccionó su formación musical en Berlín y Viena. Conoció a Arnold Schonberg y estudió su música, pero la revolución atonal no le convenció: él quería cambiar las grandes estructuras sinfónicas respetando la tonalidad. Solo en su Cuarta sinfonía es detectable la influencia de la Segunda Escuela de Viena. Esta postura fue criticada por el impertinente Theodore Adorno que descalificó públicamente a Sibelius: "Su música es un anacronismo, una expresión aletargada y romanticona de la música tonal, un espejismo del nacionalismo desubicado".  En Inglaterra y Estados Unidos, por el contrario, el sinfonismo del finlandés fue apreciado de inmediato. El director Constant Lambert comparó la orquestación de Sibelius con el uso del color por parte de Cézanne en sus paisajes.


De regreso a Finlandia, Sibelius fue asiduo de las veladas del hotel Kämp de Helsinki, donde se bebía con exceso y se hablaba de la muerte. El pintor Akseli Gallen-Kallela inmortalizó una de aquellas reuniones en su cuadro Symposion, donde se reconoce a Sibelius y  a su gran amigo Robert Kajanus, también compositor y director de orquesta. 


Symposion. Akseli Gallen-Kallela. (1894)

           En 1908 Sibelius fue operado de un posible cáncer de garganta lo que le obligó a dejar el alcohol. Junto con su mujer, Aino, se retiró a Ainola (Aino-la, el lugar de Aino), la casa que poseía cerca del lago Tuusula, 45 kilómetros al norte de Helsinki. Allí siguió componiendo con éxito, hasta que llegó el gran silencio. Expertos y biógrafos se preguntan a menudo si, en algún momento, existió la Octava sinfonía de  Sibelius y si se identificará algún día entre los manuscritos que se conservan del compositor. Es poco probable, en la década de 1940 el músico quemó todas sus partituras. "Hubo un gran auto de fe en Ainola", relató Aino. "Mi marido recogió varios manuscritos en un cesto de la ropa y los quemó en la chimenea del comedor.(...) Yo no tenía fuerza para estar presente y salí de la habitación. Por tanto, no sé lo que arrojó a la hoguera. Pero después de esto mi marido se quedó más tranquilo y poco a poco mejoró su estado de ánimo". La chimenea en que quemó sus partituras, estaba  hecha en la fábrica de ladrillos de la zona, con un acabado de color verde brillante. Para Sibelius el verde siempre fue Fa mayor y el amarillo Re mayor.


Jean Sibelius con su familia junto a la chimenea donde quemó sus partituras.


          Se han invocado muchas razones para explicar el silencio prolongado  de Jean Sibelius: el cáncer, el alcoholismo, la competencia con la música de vanguardia o simplemente porque su inspiración se había extinguido. Esta última razón es para muchos la explicación más probable. Pero el silencio atenazó también a otros artistas: Rossini mantuvo 40 años de silencio y Herman Melville dejó de escribir a los 34 años. En la misma época en que Sibelius se sumía en el ostracismo, Dashiell Hammet reconocía que era incapaz de escribir, que la inspiración le había abandonado. También se silenció  Arthur Rimbaud después  de escribir "Les Illuminations". Dejó dicho: "El arte, igual que la poesía, sólo puede ser el origen de la fatalidad porque nos engaña hacia una meta imposible". La hipótesis del musicólogo francés Francis Bayer es más poética: "A Sibelius le había abrumado la contemplación de la naturaleza, se había sentido en inferioridad creativa frente a su concepción panteísta, animista del mundo. Y entendió que el silencio era la única actitud posible del hombre entre el agua pura y la divinidad de los bosques".

           En su cuento "El silencio", el novelista británico Julian Barnes, sin nombrar a Sibelius, indaga las razones del silencio de un músico. Su innominado compositor, confiesa:"La música comienza donde las palabras acaban. ¿Qué ocurre cuando la música cesa? El silencio. Todas las demás artes aspiran a la condición de la música. ¿A qué aspira la música? Al silencio."

         Una mañana de septiembre de 1957, al regresar el compositor de su paseo diario por los bosques, le dijo a su mujer que había visto una bandada de grullas, y que una de ellas había abandonado la formación y había volado en círculos sobre Ainola. Dos días después Sibelius fallecía de una hemorragia cerebral.


lunes, 30 de noviembre de 2015

La revolución cantonal.


Esta serie me la envió mi amigo Alfonso Descalzo, y sin cambiar ni una coma ni atribuirme ningún mérito, la he convertido en post. Ignoro quién es el autor de los textos, pero espero que me permita utilizarlos y desde aquí le agradezco su amabilidad. Como se trata de un episodio de la Historia de España, no debería ser novedad para nadie, pero, tal y como el texto sugiere, muchos de estos delirantes sucesos han sido a menudo silenciados o maquillados. Que nadie  vea en esta entrada intencionalidad política. Si hay algún error, que me perdonen los historiadores amigos.











































sábado, 28 de noviembre de 2015

La muerte de Artemisa (Novela) - Últimos capítulos -Epílogo.


(Ya podéis descargar gratuitamente la novela completa en los formatos epub o mobi. Ver columna derecha).

28

                                     MADRID, 12 DE SEPTIEMBRE, 22,30 HORAS.

El señor Osborne había estado poco comunicativo durante toda la tarde, sin que los intentos de Silvia de entablar conversación hubieran tenido el menor éxito. Y lo que era más sorprendente: no había bebido una sola gota de whisky. Era difícil discernir si estaba o no preocupado, su rostro no reflejaba emoción alguna y sus ojos muy azules tenían una engañosa vacuidad senil. Pero Silvia había aprendido a captar pequeños matices y aquella noche percibía en él una actitud tensa. Y se sentía intranquila. Era consciente de que no debía preguntar ni aludir a ningún tema concreto, ese era el trato, pero no le parecía justo. Si existía algún peligro real, alguna amenaza inminente, era preferible saberlo. Cualquier cosa mejor que la incertidumbre.

Sin previo aviso el señor Osborne abandonó su mutismo.

-Ya no habrá que esperar mucho tiempo. Dentro de unas horas todo habrá terminado.

Silvia no dijo nada y esperó.

-Todo depende de una llamada, una simple llamada telefónica. Si no se produce... - El señor Osborne pareció meditar-. En fin, si no se produce esa llamada, este viaje habrá sido lo que aparentaba ser: un pequeño viaje de placer, unas cortas vacaciones. Pero si ese teléfono empieza a sonar -miró a Silvia con dureza-, nos separaremos en el momento en que empiece la acción. Había pensado que esperases aquí con el niño, es un buen refugio y probablemente estuvierais a salvo. Pero no quiero correr ningún riesgo. Mañana a las 9,30 hay un vuelo directo a Bruselas; debes tomarlo y regresar. Con toda seguridad yo me reuniré contigo en el aeropuerto y cogeré ese mismo avión, pero si me retraso o no aparezco, no me esperes.
-¿Cuándo nos separaremos?

-En cuanto esté decidida la acción. El niño y tú iréis directamente al aeropuerto y esperaréis la salida del vuelo. Será más incómodo, pero sin duda más seguro.

La muchacha se sintió dominada por el miedo y también advirtió que no temía sólo por ella. Desde el principio había descargado en él sus inquietudes, no sabía bien por qué, pero a su lado se sentía segura. Y ahora, en el momento más crítico, el señor Osborne aparecía ante sus ojos como el anciano indefenso que acaso en realidad era.

-¿No hay otra alternativa mejor? -preguntó.
-No, no la hay.
-Entonces será mejor que tenga listas mis cosas.

Movió la cabeza afirmativamente el señor Osborne y durante unos segundos ambos se contemplaron en silencio. Luego el anticuario volvió a perderse en sus oscuras meditaciones.




                                                                         29

                                                        EL HOMBRE DE MODA


Me costaba un gran esfuerzo mantenerme en pie, tenía una desagradable sensación de debilidad y me asaltaba un vértigo recurrente. Descubrí un lavabo y me mojé las sienes y la nuca, luego bebí agua en el cuenco de las manos. Me sentí mejor y me arriesgué a abandonar la sujeción de las paredes. Caminé hacia la ventana, cuya imagen se había convertido en un puerto de esperanza. Aspiré la fragancia de los pinos y dejé que la brisa me acariciara. A punto de saltar me di cuenta de que la puerta de la habitación estaba abierta. Después de todo no sería preciso utilizar la ventana.

Nadie me impidió abandonar el pabellón. El exterior estaba oscuro, aunque se veían luces en la dirección de la casa grande. La música sonaba con mayor intensidad y me pareció oír voces aisladas. Me planteé por primera vez cómo escapar de la finca. Por descontado la puerta principal estaría vigilada, pero debía existir una puerta de servicio o algún lugar de la tapia que pudiese escalar. Resolví seguir un sendero que me pareció el mismo por el que habíamos llegado. Eché a andar y traté de avanzar oculto por los árboles de la linde del camino, pero no sirvió de mucho esta precaución. Había avanzado escasos metros cuando una potente luz me enfocó directamente a los ojos y una voz familiar me conminó:

-No se mueva, no intente escapar.

Eran mis viejos guardianes. Me cubrí la cabeza con las manos y murmuré resignado:

-Está bien, no me moveré, pero aparte esa luz.

-Andando, le esperan.
-¿A mí? No puedo creerlo. ¿No se tratará de un error?
-Siga andando.
-Ya voy, ya voy. No me encuentro muy bien, ¿sabe? Ha debido sentarme mal algo.

El gorila me miró con asombro, pero no hizo ningún comentario. Me dejé llevar hacia la casa grande. Era un edificio blanco, macizo y sin gracia, si se exceptuaba una especie de mirador circular en el segundo piso que rompía la monotonía del caserón. Sobrepasamos lo que parecía ser la entrada principal y nos dirigimos hacia la parte posterior, de donde provenía la música y la mayor iluminación.


A mis ojos se ofreció un espectáculo deslumbrante. En torno a una piscina de contornos abstractos y transparentes aguas verdosas se movían, conversaban, nadaban o bailaban no menos de cincuenta personas. A un lado se extendía una inmensa pradera de césped que contrastaba con la sobriedad montaraz del campo circundante. En un ángulo, sobre un kiosco de música, actuaba un conjunto de rock. Se veían severos esmóquines, lujosos trajes de noche, largas túnicas de sugestivas transparencias y, en contraste, espléndidas ninfas semidesnudas que se arrojaban alborotando a la piscina. Ristras de farolillos de papel se cernían sobre las cabezas de los bailarines como un ingenuo techo de luz. Todos sonreían y parecían felices, incluyendo a los camareros que se desplazaban etéreos entre la gente ofreciendo la mercancía de sus bandejas. Estaba tan desconcertado que mis amigos tuvieron que obligarme a seguir. De pronto me preocupó el aspecto deplorable que yo debía presentar, pero ya algunas personas se habían percatado de mi presencia y, de entre ellas, vi que se destacaba el rumano Vianescu.

-¿Qué tal se encuentra, amigo? Veo que ya está recuperado-. Despidió con un gesto a los matones-. Venga por aquí, estoy seguro de que necesita comer algo.

Sin esperar respuesta me tomó del brazo y llamó a un camarero que se acercó velozmente. Personas desconocidas, de rostros curiosos, se acercaban a mí.

-El señor Sánchez está agotado y necesita comer -explicó Vianescu. Luego, señalando a la bandeja, me informó-: Mire, estos emparedados de foie son excelentes, coja uno, o mejor dos, eso es. Le recomiendo también estos canapés de salmón fresco; en cambio el caviar no es de lo mejor y no creo que le sentase nada bien en su estado actual.

El rumano iba acumulando comida en un gran plato que yo sostenía estupefacto. Otro camarero vino a aportar nuevas viandas.


-A ver que tenemos aquí. Ah, tortilla de patatas y jamón ibérico. Esto si que le conviene, Sánchez, alimentos sencillos de fácil digestión. Le serviremos un buen plato. Pero empiece a comer, hombre, no le dé apuro, tiene que recuperarse. Caramba, perdóneme, me había olvidado de la bebida. ¿Qué le vendría bien, un whisky? No, claro, usted no bebe whisky. Entonces vino, creo yo, precisamente están sirviendo un Borgoña muy agradable. ¿O prefiere Rioja? Bueno, este mismo. Tenga, sosténgalo  con la otra mano.

Pensé si no estaría todavía bajo los efectos de la droga. Tal era la sensación de irrealidad que me embargaba. Pero Vianescu tenía razón: no había tomado alimento en todo el día y estaba a punto de desfallecer. Empecé a engullir comida ante la mirada sonriente de aquellas personas que se ofrecían a sujetarme la copa de vino y me brindaban nuevas exquisiteces.

-Bueno, ¿está en condiciones de seguir? -preguntó Vianescu-. Perfecto. Deje ahí su plato y traiga consigo su copa. Quiero que conozca a algunos amigos.

Conforme avanzábamos hacia el núcleo central de la fiesta, la gente se volvía a mirarme y los más audaces pedían ser presentados.

-Vianescu, preséntenos, por favor.
-Está bien. Mire, Sánchez, estos son... ¡Qué diablo, preséntense ustedes mismos! No pretenderán que recuerde todos los nombres.

Ellos sonreían y daban sus nombres y estrechaban mi mano como si yo fuese una celebridad.

-Yo fui amiga de Artemisa -dijo una mujer.
-¿Sabe que no ha muerto?

-¿No? ¿Y aquel cadáver?
-Era un cadáver falso.

Vianescu se reía ladinamente de mis palabras, que sin duda empezaban a contagiarse del ambiente.

-No se ría usted, Vianescu. Tengo pruebas de que Artemisa vive.-El rumano seguía sonriendo y me invitaba a seguir.
-No se pare demasiado con estos. Es gente de medio pelo, recién llegados que probablemente hoy disfrutan de su primera invitación y ya se creen con derecho a figurar.
-¿Por qué quieren conocerme?
-¿Cómo que por qué? ¡Es usted el hombre de moda, Sánchez! Pero no les haga mucho caso, a no ser que quiera acostarse con alguna jovencita. Si le apetece, dígamelo y le arreglaré una cita. Ellas estarán encantadas.

Era inútil preguntar, empezaba a dudar de mi propia coherencia. Aquello no encajaba en absoluto con todo lo anterior.

-Un momento, quiero que el Dr. Reuber le examine.
-Está totalmente recuperado -dijo el alemán después de tomarme el pulso.
-¿Es usted doctor?
-Bueno, eso depende -. Reuber dejó oír una risa cascada.
-En su especialidad, lo es -dijo Vianescu.

-No soy médico, si es eso lo que usted pregunta, pero soy un experto en explorar la mente humana.
-¿Y qué ha encontrado en la mía?
-Nada, mi querido amigo, absolutamente nada. No hay nada oculto en su mente, puedo asegurárselo.
-¿Está seguro?
-Por completo -aseveró Reuber mirando de reojo al rumano-. Si hubiera habido algo, usted nos lo hubiera dicho. La dosis de droga que ha recibido...
-Ha estado a punto de matarme.
-Bueno, no se excite -dijo Vianescu-. Ya ha pasado todo. Lo importante es que nunca existió ese mensaje subconsciente.
-¿Y de qué manera me afecta ese descubrimiento?
-De una manera no desfavorable -Vianescu sonrió enigmáticamente-. Pero sigamos, recuerde que esto es una fiesta y usted uno de los principales invitados.
-Más que un invitado, soy en realidad algo así como el ternero de dos cabezas o la mujer barbuda, ¿no?
-Es usted gracioso, Sánchez -rió Vianescu.

Nuevas gentes me rodearon y me asediaron a preguntas. Una chica joven, de cara anodina y no desagradable cuerpo, generosamente exhibido, me invitó a bailar. Acepté y nos dirigimos a la gran pista de baile. Era una pieza lenta y la muchacha se pegó a mi cuerpo e inició un experto frote ondulatorio en algunos puntos. Pero no estaba yo en mi mejor momento erótico. Separé a la chica con brusquedad y le pregunté:

-¿Cómo te llamas?
- Amalia
-Bueno, Amalia, ¿qué haces tú aquí?
-¿Qué? Estoy en la fiesta.
-Ya veo, pero ¿a quién conoces? ¿Quién te ha traído?
-He venido con Guillermo. Me ha traído Guillermo.
-Guillermo, muy bien. ¿Y quién es Guillermo?
-¿No le conoces? Pues es uno de los importantes.
-Te creo. ¿Cuál es su apellido?
-No lo sé -dijo Amalia desconcertada-. Nunca se lo he preguntado.
- Amalia, ¿crees que estás entre amigos?
-Claro, vaya pregunta.
-¿No crees que algunos puedan ser unos asesinos?
-¡Asesinos, qué cosa tan terrible!
-Pues lo son. Hace poco han estado a punto de matarme.
-¡Qué horror, no puedo creerte!
-Pues es cierto, te lo juro. Yo mismo llamaría a la policía si no me vigilaran tan de cerca. Pero podrías hacerlo tú. ¡Tú podrías llamar a la policía!
-¡No, no puedo hacer eso! -Era evidente que a la muchacha ya no le agradaba mi presencia.
-¿Por qué no?
-No le gustaría al Gran Padre.
-¡¿A quién?!

domingo, 22 de noviembre de 2015

Concierto

Raoul Dufy- Orchestre symphonique.

Hay muchas formas de triunfar en la vida, pero sobre todo hay dos: la más espectacular es cuando el triunfo se convierte en éxito y el triunfador es aclamado por las multitudes; la otra forma, más callada, es la del hombre constante que triunfa más despacio y su obra, tan sólida o más, tarda en alcanzar un reconocimiento. Mozart y Haydn, para que me entiendan. Los partidarios de Mozart dirán que fue superior a Haydn, que fue un genio de la música y que, a pesar de su corta vida, escribió obras maestras  intemporales; los que simpatizan más con  Haydn, como quien esto escribe, dirán que fue menos espectacular pero más profundo, y que sentó las bases de la música sinfónica. La realidad es que ambos compositores se complementaron, se necesitaron, se admiraron y además fueron amigos.
Haydn inventó la sinfonía y el cuarteto de cuerda; Mozart engrandeció estas formas y superó a Haydn en la ópera. Los tríos para violín, contrabajo y piano de Haydn son insuperables; las sonatas y los conciertos para piano de Mozart marcaron el camino a Beethoven. Lo van a comprobar porque hoy nos vamos de concierto. Que lo disfruten.

Empezamos con un trío de Franz Joseph Haydn, el No. 41 en Mi bemol menor, Hob. XV:31. He elegido la interpretación del trío Beaux Arts, considerada de referencia por muchos expertos.


Oigamos ahora la Sonata para piano en La mayor, Nº 11, K 330/300i, de Mozart, en la versión de María João Pires, quizás la mejor intérprete moderna del austriaco, después de Clara Haskil.



Los cuartetos de Haydn se han grabado por infinidad de conjuntos, pero el Cuarteto Alban Berg sigue siendo insuperable. Oigamos el Cuarteto op. 77 no 1, en Sol mayor, Hob.III:81.


Esta grabación en directo de la Sinfonía No 81 Hob. I:81, en  Sol mayor, de Haydn, a cargo de Christopher Hogwood y The Academy of Ancient Music, tiene mucha garra.


Hélène Grimaud interpreta y dirige muy bien el  Adagio del Concierto para Piano No 23, K. 488, de Mozart. Además es guapa.


Concluimos el concierto con una conocida apoteosis, la Obertura de Don Giovanni, de Mozart, y su mejor intérprete de la discografía, Carlo Maria Giulini al frente de la Philharmonia Orchestra.



martes, 10 de noviembre de 2015

La buena muerte

Pieter Brueghel el Viejo, El triunfo de la muerte, detalle, Museo del Prado, 1562

El griego Epicuro dijo: "El peor de los males, la muerte, no significa nada para nosotros, porque mientras vivimos no existe, y cuando está presente nosotros no existimos". Es una pena que el filósofo tuviera razón, porque si alguien nos pudiera relatar lo que ocurre después morir, sería una importante aportación a nuestra cultura. Ya se intentó en el siglo XIX y principios del XX, cuando florecieron los fantasmas, los médiums y las sesiones de espiritismo, pero todo ese movimiento se fue desinflando a causa de las frecuentes supercherías y la imposibilidad de demostrar aquellos pretendidos prodigios. En cualquier caso, tanto en creyentes como en agnósticos, un temor supersticioso hacia  la muerte no se ha perdido por completo, y en casi todos los códigos éticos del mundo existe un obligado respeto por la vida humana. Y es precisamente en el comienzo y el final de la vida, donde la supuesta infracción de esos códigos resulta más conflictiva. Hablo del aborto y la eutanasia.

Las colectividades han elaborado leyes que regulan estas dos situaciones, pero llama la atención la disparidad de criterio que existe entre los distintos países. Es obvio que la presión religiosa influye en la elaboración de estas leyes, pero no solo la religión, ya que tanto el aborto como la eutanasia son utilizados como instrumentos políticos:  de forma restrictiva, por parte de los partidos conservadores, y permisiva por parte de los partidos progresistas. Actitud lamentable en ambos casos, porque se convierten en etiqueta multiuso situaciones graves que requieren una mayor reflexión y soluciones distintas en cada caso individual.

Ni en la Grecia clásica ni en el Imperio Romano, el provocarse la muerte o ayudar a otro a morir planteaba problemas legales. Existía el concepto de que una vida indigna -fuera por enfermedad, ruina o desgracia política - no merecía la pena ser vivida. En la Edad Media,  la doctrina cristiana, pero sobre todo la Santa Iglesia Romana, cambiaron este concepto. Si la vida era un don otorgado por Dios, la persona incurría en pecado grave al disponer libremente de ella. Curiosa disposición que naturalmente no incluía las vidas arrebatadas en una guerra o en una ejecución, ya que estas muertes "estaban justificadas". Esta paradoja medieval - que no afectó al pensamiento oriental- no se ha extinguido y sigue vigente en nuestros días. Aunque estuviera inspirada por el clero, la espera resignada de la muerte fue también un hábito social. La muerte repentina (mors repentina et improvisa), se consideraba  una muerte mala (mala mors). Lo correcto era estar plenamente consciente para despedirse de familiares y amigos y poder presentarse en el más allá con un claro conocimiento del fin de la vida.

Jules-Élie Delaunay. Peste en Roma. 1869

Arnold Böcklin, La peste, Museo de Arte, Basilea, 1898

A finales de la década de 1340, la peste negra mató entre uno y dos tercios de la población mundial y miles de personas se enfrentaron a la muerte sin posibilidad de ser asistidos por un sacerdote. Esto causó frecuentes levantamientos populares y para mitigar  esta carencia, entre 1415 y 1450, apareció el tratado Ars Moriendi, de autor anónimo, en el que se daban consejos y reglas para morir bien. Presentaba la muerte como la última batalla que debe librar el ser humano para ganar la salvación de su alma. Los consejos de este libro no afectaban solo a los moribundos, sino también a los familiares y amigos,  que debían comportarse de manera adecuada  junto al lecho del doliente. 

Ars Moriendi.Tentación de la falta de fe; grabada por Maestro E.S. circa 1450.

El Ars Moriendi tuvo un éxito fulgurante en toda Europa y se siguió editando durante siglos.

En la sociedad actual, las leyes que regulan la eutanasia y el aborto no deberían estar influidas por los preceptos religiosos. Lo que una religión prohíbe a sus adeptos, no debería hacerse extensivo al resto de la sociedad. Pero los jerarcas del Vaticano hablan a menudo para toda la humanidad. Joseph Ratzinguer, antes de ser Papa, dijo estas palabras contradictorias o hipócritas  : "Aunque la Iglesia exhorta a las autoridades civiles a buscar la paz, y no la guerra, y a ejercer discreción y misericordia al castigar a criminales, aún sería lícito tomar las armas para repeler a un agresor o recurrir a la pena capital. Puede haber una legítima diversidad de opinión entre católicos respecto de ir a la guerra y aplicar la pena de muerte, pero no, sin embargo, respecto del aborto y la eutanasia"

Parece entonces que en nuestras sociedades democráticas occidentales, henchidas de derechos humanos, existe una doble vara de medir con respecto a la muerte: se contemplan homicidios legales  y homicidios  ilegales. Los legales son numerosos: la guerra en todas sus modalidades incluyendo las victimas colaterales, la pena de muerte, en los estados donde no está abolida (por supuesto el verdugo no es un homicida), la defensa propia con resultado de muerte, incluso inmolarse en un acto heroico que cause víctimas enemigas puede ser legal y hasta romántico, y no solo para los musulmanes si recordamos al Sansón bíblico. Sin embargo acortar la agonía de un enfermo o frustrar el crecimiento de un embrión, son homicidios ilegales, y para tener visos de legalidad deben ajustarse a confusas leyes que los anteriores homicidios, descritos como legales, no precisan. Y que además pueden depender de la objeción de conciencia de profesionales de la medicina, que hace valer sus creencias personales en nombre de la humanidad. ¿No hay una gran hipocresía en esas personas, supuestamente defensoras de la vida, que condenan el aborto y la eutanasia, y permiten las masacres bélicas en nombre de la democracia? 

Si un Papa dictaminara urbi et orbe que el aborto y la eutanasia, debidamente reglamentados, son homicidios legales, disminuiría la confusión entre los católicos y se privaría a los políticos -de derechas y de izquierdas- de una de sus demagogias preferidas. Homicidios legales y homicidios ilegales, piensen en ello.