miércoles, 31 de diciembre de 2014

2015

No sabemos lo que nos deparará este nuevo año, pero al menos espero que haya primavera.
(Foto analógica)



martes, 30 de diciembre de 2014

María

(Foto analógica)

El Embrujo de Macao



Nota del autor: Este cuento hay que situarlo entre los años 40 y 50 del siglo pasado, contemporáneo de películas como "El Ladrón de Bagdad", "El Capitán O'Flint" o "Los tambores de Fu Manchu". Si usted no ha visto estas películas u otras parecidas, casi es mejor que no lea el cuento.

Tendría yo poco más de veinte años y estaba trabajando de estibador en el puerto de Macao. Era una vida dura y pagaban una miseria, pero había un ambiente de gran compañerismo entre los muchachos. Como podéis imaginar yo no estaba allí por dinero, sino por afán de aventura y porque en aquella época me vino bien desaparecer durante un tiempo de España. Pero la aventura era escasa y las privaciones abundantes, de manera que me pasaba los días imaginando la forma de salir de allí. Los mejores momentos eran cuando, después de la jornada, nos reuníamos en una taberna portuaria que se llamaba "O Cangaceiro". Allí escuchábamos las historias de los viejos marinos, nos emborrachábamos y nos acostábamos con las putas, unas chinitas delicadas y suaves, pero maestras en el arte de follar, que nos alegraban la vida y nos hacían creer que nuestra existencia no era tan miserable.


Conocí a María Luisa Oliveira Do Santos un domingo a la salida de misa. Os sorprenderá que yo fuese a misa, pero en aquel tiempo me había entrado una vena mística muy profunda, quizá para compensar el ambiente degradado en el que me desenvolvía y en reparación de algunas trapacerías de mi vida pasada. Como os decía la vi salir un domingo de la iglesia y creí que era una aparición sobrenatural: tendría 15 años, los ojos azules como el cielo, las mejillas sonrosadas y un aire angelical y candoroso que me hechizó de inmediato. Nos miramos, quizá más tiempo del debido en un cruce casual de miradas, y ella desapareció en el interior de un lujoso Rolls Royce cuya puerta mantenía abierta un chófer uniformado. Comprendí que era un sueño imposible, una quimera: la dama de elevada posición social y el inmundo descargador de los muelles. 

Sin embargo volví a verla el domingo siguiente y durante la ceremonia religiosa nuestras miradas se encontraron repetidas veces. No había duda de que yo también le gustaba o por lo menos sentía curiosidad por mí. Supe que era la hija de un terrateniente portugués, uno de los hombres más influyentes de la región, y que la mayor parte del tiempo lo pasaba en la hacienda que su padre poseía a pocos kilómetros de la ciudad. Durante varios domingos se repitió el cruce de miradas y aunque ardía en deseos de dirigirme a ella, no lograba encontrar el momento oportuno. 




Mi mejor amigo en Macao era Malcom Smith, un americano larguirucho y rubio que se parecía a Gary Cooper y era estibador como yo. Él me animó a seguir adelante y me sugirió la idea de enviarle un mensaje, de modo que el siguiente domingo pasé con disimulo por el lado de María Luisa y dejé caer un papelito entre las hojas de su devocionario. En él había escrito: "Es usted maravillosa. Me gusta muchísimo y desearía hablar con usted" y firmaba Vic, que era como se me conocía por aquellos pagos. Desde mi lugar vi que leía la nota y se ruborizaba. Luego sacó un lapicito, escribió algo al dorso del papel y, al salir, lo dejó sobre su banco. Me apresuré a recogerlo y a leer su respuesta. Decía: "Usted también me gusta, pero es imposible que nos veamos. Estoy comprometida." Imaginaros mi alegría, yo le gustaba, y aunque al parecer existían dificultades insalvables me sentía dispuesto a vencer cualquier obstáculo. 

Las siguientes ocasiones volvimos a intercambiar mensajes y las palabras escritas eran cada vez más ardientes. Pero yo necesitaba hablarla y tocarla e ideé una estratagema. Aquel domingo escribí: "Después del Sanctus vaya al confesionario de detrás de la columna izquierda." Yo había observado que aquel confesionario siempre quedaba vacío a mitad de la misa, así que en cuanto salió el cura me escabullí dentro sin que nadie me viera. A través de las cortinillas observé que, pasado el Sanctus, María Luisa se levantaba de su asiento y venía a arrodillarse en uno de los laterales del confesionario. Nos separaba la rejilla de madera, pero yo podía aspirar su perfume y contemplar de cerca su precioso rostro. No había tiempo para formalismos y ambos lo sabíamos, por eso mis primeras palabras fueron: "María Luisa, mi amor, te adoro y necesito verte". Ella susurró: "Yo también le quiero a usted, pero tengo que casarme con el hombre designado por mi padre". "¿Tú le amas?" "No, pero en mi familia eso no cuenta." Figuraos, una situación casi medieval. Pero yo estaba inflamado de amor y dispuesto a arriesgarme a todo. Le pedí que me dijera cuáles eran sus aposentos porque me proponía visitarla esa noche. Ella se asustó, pero terminó transigiendo y a través de la rejilla juntamos nuestros dedos y sellamos un pacto de amor.


Aquella noche salté la cerca de la hacienda y trepé por las enredaderas que crecían al pie de su ventana. Ella me esperaba temblando y sin decir palabra nos fundimos en un beso ardiente. ¡Qué momentos, muchachos, qué noche inolvidable! No olvidaré jamás aquel cuerpo blanco jamás hollado por boca alguna, ni la pasión primaria que desperté en aquella chiquilla. Al amanecer abandoné la alcoba con el presentimiento de que la había amado por primera y última vez en mi vida. Y qué cierto era este presagio, pues al poner pie en el suelo me salió al paso un hombre fornido. Me miró con odio y dijo: "Soy el prometido de María Luisa y voy a matarte". Era como digo un hombre corpulento, pero yo tampoco soy un alfeñique y viendo que no tenía ningún arma me apresté a la pelea. Luchamos con manos y pies en un combate salvaje. Era muy duro el cabrón, pero de pronto empezó a flaquear y comprendí que tenía la pelea ganada. Lo había derribado ya por dos veces cuando el tipo comenzó a gritar. De entre los árboles surgieron tres chinos que se abalanzaron sobre mí y consiguieron reducirme. Cuando estuve bien sujeto, el prometido de María Luisa se echó mano al bolsillo, sacó una navaja y empuñándola se acercó a mí. Sonreía al decir: "Ahora verás, hijo de puta". 



Justo entonces silbé tres veces y al momento apareció Malcom seguido de dos estibadores que habían insistido en acompañarme. Iban pertrechados de contundentes estacas y entre los cuatro propinamos un buen escarmiento a los chinos. El prometido de María Luisa, que ya había recibido bastante, huyó en el momento en que vio aparecer la caballería. Por descontado que nosotros también salimos de najas antes de que acudiera más personal de la hacienda. 

No volví a ver a mi adorada María Luisa, que por cierto no llegó a casarse con aquel sujeto y, según supe después, fue enviada por su padre a un convento en Coimbra. Como podéis suponer yo también tuve que abandonar Macao, porque después de aquella aventura mi vida valía más bien poco. Nunca olvidaré a María Luisa, pero decidme ¿hay alguna mujer que pueda ser olvidada?

domingo, 21 de diciembre de 2014

A contraluz


La Transición

¿Que la Transición fue pactada con los franquistas? Hombre, claro, vaya un descubrimiento. ¿Cómo hubiera podido ser si no? Ellos tenían el poder. ¿Cómo hubieran reaccionado si un jovencito con chaqueta de pana y un veterano con peluca les hubieran dicho: por favor, desalojen que ha llegado la democracia? No, hombre, no, tenían que alcanzar un consenso entre todos: unos para entrar en el juego con confianza y otros para retirarse sin perder la compostura. Los dirigentes de izquierda, con la boca pequeña, exigían la ruptura, pero solo para contentar a sus militantes. En aquellos momentos los únicos que de verdad se sintieron traicionados fueron los fanáticos de extrema derecha y de extrema izquierda. ¿Los demás? A negociar con prudencia sin sobresaltar demasiado al Ejército. Además, como el general se murió lentamente tuvieron tiempo de sobra para planificar el tránsito y dejarlo todo atado y bien atado como quería su excelencia. Claro que esto lo hemos sabido después, entonces no teníamos ni idea de lo que iba a pasar. Pero visto ahora, con perspectiva, puede uno hacerse una idea de cómo se hizo la Transición. 

Vamos a ver, tenemos un país europeo en manos de un dictador anciano y deteriorado que ve su muerte no lejana. En el Imperio (EEUU) se preguntarían: ¿Qué nos conviene tener en este país, democracia o más dictadura? (No es una pregunta banal, dos años antes Kissinger había elegido dictadura en Chile) Debieron pensar: Bueno, esta nación está en Europa y allí tenemos bases. Además tienen un rey que habla inglés y el representante de los socialistas es un recomendado de Willy Brandt que es aliado nuestro, así que mejor democracia. De esta manera, con las bendiciones del Imperio y de las democracias europeas (que seguramente prometieron abrirnos la puerta del Mercado Común Europeo si nos portábamos bien), los mejores cerebros franquistas e izquierdistas- sin olvidar al chico de Ávila que fue quien le echó huevos al asunto- se pusieron en marcha para elaborar una Transición modélica, lo más incruenta posible.


¿Qué pasa, que ahora algunos dicen que fue un fraude? ¿Que aquella Transición permitió que los franquistas siguieran en la política? Miren, ambiciones políticas al margen, lo que todo el mundo quería entonces era un tránsito rápido y sin demasiado ruido. Hubo amnistías, se legalizaron los partidos políticos, se eligieron unas cortes constituyentes, se aprobó una Constitución y hubo elecciones generales. ¿Que no fue perfecto? Puede ser, pero fue algo que hicimos todos. ¿Cuál fue el resultado? Un país similar a cualquier otro país democrático de Europa, con sus virtudes y sus defectos. Si ahora las cosas van mal, no culpen al pasado sino al momento presente, y recuerden que no se puede construir el futuro "empezando una y otra vez", como pretendía Vladímir Ilich Ulíanov, o sea Lenin. 

sábado, 13 de diciembre de 2014

Llueve


Los Fronterizos


Fue una de esas oleadas musicales que se extienden sin previo aviso sin que nadie sepa por qué, uno de esos fenómenos de los que crees ser el descubridor o que formas parte de un reducido grupo de descubridores, pero adviertes enseguida con asombro que esas canciones distintas las escucha más gente, cada vez más gente, y lo que creías privado, exclusivo de unos pocos, se extiende como una marea lenta pero imparable, y en unas semanas, en unos meses, en un año como mucho, esa música se ha apoderado de las reuniones, de las radios, las televisiones y los discos, y se han instalado también en tu guitarra y en tu voz. En la segunda mitad de la década de los 60 oías sobre todo música cantada en inglés, algunas canciones en italiano y pocas en español. El folclore -el de cualquier lugar- no tenía mucho predicamento entre tus amigos, aunque las canciones sudamericanas de toda la vida- boleros, rancheras, etcétera- eran idóneas para cantar y guitarrear en las reuniones. Un día alguien te hizo escuchar a un conjunto folclórico argentino llamado Los Fronterizos. Tú no conocías nada de la música folclórica argentina, a excepción del tango, pero aquella música era muy diferente, no era urbana o de barriada, era un canto áspero, campesino, de voces incultas, que parecía recién salido de la tierra. Aquel disco cambió el rumbo de la música que normalmente hubieras debido seguir oyendo, y te apartó casi por completo de otras músicas que no fueran folclore argentino. Luego conociste otros grupos y otros cantantes que se hicieron famosos o ya lo eran en Argentina, y algunos vinieron a cantar en España y otros países europeos, y como siempre ocurre había quienes preferían a este conjunto o a aquel otro, aunque todos interpretaban esa música que te había cautivado, y cuando actuaban bajabas a los camerinos para saludarlos, como si fueras un adolescente fan de tus ídolos. También vinieron otros argentinos que no eran famosos ni aquí ni en su país, chicos corrientes que cogían su guitarra y se venían a España a probar fortuna, a cantar zambas y chacareras en las peñas y en los garitos, donde los oías a menudo y te hacías su amigo y cantabas con ellos a veces.



Aquella oleada terminó un día como suelen acabar todas las oleadas, siendo sustituida por otras músicas o simplemente olvidada. Un día de pronto descubriste que los cantantes que ibas a oír en los teatros ya no venían a España y que los grupos que tanto te gustaban se habían disuelto. Te sorprendió comprobar que ya nadie cantaba folclore argentino, se cantaban otras canciones, otras músicas, y los argentinos que cantaban en los garitos ya no estaban y no sabías qué había sido de ellos. No sabes por qué te ha dado ahora por recordar y casi ni quieres saber, después de tantos años, qué fue de aquella música ni qué fue de sus intérpretes, si todavía cantan o siquiera si viven. Pero buscas en internet que es como una bola mágica, como un aleph donde se encuentra todo, y sí, ahí están todavía Los Fronterizos cantando aquellas canciones que se te enredaban en el pensamiento y en la voz. Después de oírlos puede que  desempolves con sigilo tu vieja guitarra y, sin que nadie te escuche, entones con torpeza y ya sin voz una de aquellas canciones que un día te conmovieron.