lunes, 23 de enero de 2023

Cinco microrelatos



EL BANCO DE MADERA

Antonio paseaba una mañana por el parque y al sentarse en un banco de madera encontró un poema. No es que fuera una hoja de papel escrita ni un libro de poesías, los versos estaban allí, flotando, y Antonio pudo sentir como el poema le invadía. Se sintió muy sorprendido y admirado porque el poema le pareció muy bello. Sin saber qué hacer se sentó en el banco de madera y, maravillado, sintió como cada estrofa le penetraba e iluminaba sus pensamientos. Al pronto imaginó que algún poeta había dejado olvidados sus versos, pero enseguida se dio cuenta de que estaba pensando tonterías: quien escribe poemas no los olvida, los lleva dentro y, a veces, ni siquiera se atreve a recitarlos. Entonces pensó que quizá no fuera un olvido, quizá el poema pertenecía al banco y surgía cuando alguien se sentaba en el banco o merodeaba a su alrededor.

El poema era triste y Antonio sintió que aquellas palabras le estremecían, aunque al final la tristeza se transformaba en esperanza. De algún modo, pensó, todos los poemas son tristes, la poesía refleja un sentimiento de sueños perdidos o de añoranza de un momento dulce de amor. Pero en los versos finales no se percibían una rendición o un olvido, había un deseo de volver, de recuperar una esperanza.

Era ya tarde y tenía que regresar a su casa, así que se alejó del banco de madera no sin volver la cabeza de vez en cuando. En su domicilio encontró a su mujer atareada y vaciló antes de contarle el suceso. Al fin dijo:

-Hoy, en el parque, he encontrado un poema.

- ¿Un poema? ¿De quién?

- No lo sé, me senté en un banco de madera y estaba allí flotando.

La mujer le miró consternada unos segundos.

-¡Ay Antonio! -respondió-. Otra vez con tus fantasías. Más te valdría encontrar pronto un trabajo, porque así no podemos seguir.

Antonio guardó silencio y no volvió a hablar del asunto.

Estuvo ocupado los días siguientes y no pudo volver al parque. Un día,  que era sábado, aprovechó para volver a sus paseos, aunque lo que verdaderamente deseaba era volver al banco de madera. Pero el banco ya no estaba donde debía de estar y encontró a varios operarios escavando la tierra.  Uno de ellos le informó de que estaban haciendo una acequia para el regadío.

- ¿Y el banco de madera? -preguntó Antonio.

- Ah, no sé, lo habrán retirado -dijo el hombre, y siguió trabajando.

Con el corazón oprimido Antonio se acercó más al lugar. Solo había silencio, los versos habían desaparecido. Se acercó aún más y, como un soplo de brisa, pudo percibir lo que recordaba como la última línea del poema: "Nunca te olvidé, pero a veces te olvidaba".


APOCALÍPSIS

Era de noche y ella dijo: 

- Va a llegar el apocalipsis, Manolo.

- Desde luego vivimos tiempos apocalípticos, querida - dijo él de forma distraída levantando la vista del libro.

- No, yo me refiero al apocalipsis de verdad, el de los siete sellos.

  Manolo esbozó una sonrisa y dijo: 

-¿Ah sí? ¿Cómo lo sabes?

-Me lo ha dicho mi amiga la bruja.

- Ah, ya me parecía a mí -dijo Manolo volviendo a la lectura.

Ella dijo: 

-¿No te lo crees?

Él volvió a dejar el libro y se volvió hacia su mujer sonriendo.

- Mujer, es cierto que el mundo está loco, pero lo del apocalipsis es una metáfora. No se va a acabar el mundo ahora, corazón.

- ¿Una metáfora? Asómate a la terraza.

Manolo se levantó con desgana y salió al balcón. Entonces abrió desmesuradamente los ojos y contuvo la respiración. En la inmensa noche negra las estrellas se iban apagando una a una.



EL ESCRITOR

Un escritor joven escribió una primera novela que causó sensación en el mundo editorial. El argumento es la historia de un escritor joven y desconocido que aspira a triunfar en la literatura. El tema de su novela es, a su vez el relato de un escritor desconocido que quiere triunfar, cuyo argumento es nuevamente las vicisitudes de un escritor novel que escribe su primera novela para contar como un escritor joven busca la gloria con una novela que relata... En este momento la novela primera se convierte en espejos enfrentados que repiten la misma imagen hasta el infinito; es decir, la novela no tiene fin y es impublicable, por lo cual el escritor fracasa. Posteriormente un editor afirmó que en la repetición 596 el protagonista llega a ver publicada su novela, lo que sería un final definitivo. Pero otros lectores han desmentido este supuesto.


ESTRES

Hace unos días me preguntó un espíritu si iba a votar a Sánchez. Me sobresalté un poco. De manera instintiva contesté que el voto es secreto. El espíritu pidió disculpas y dejó de hablar. Me quedé un poco preocupado, pero acabé por olvidarlo. Pero otro día, sin avisar, me preguntó qué opinaba sobre Vargas Llosa, Esta vez no contesté y pedí hora con el neurólogo. El médico me hizo muchas pruebas y al final me dijo que todo estaba normal. ¿No tengo nada malo en la cabeza?, pregunté. Nada, contestó, solo un poco de caspa. ¿Y el espíritu? No hay espíritu, caballero, es solo el estrés. Usted trabaja mucho, ¿verdad? Le dije que sí para que se quedara contento y me fui. Nada más salir, el espíritu me preguntó: ¿qué tal la consulta? Un robo, contesté, dice que todo es por el estrés. Bueno, si él lo dice... Ya con más confianza, le dije: oye, no sé quién eres, pero yo no creo en espíritus. Así que tú no existes. Bueno, lo que tú digas, si quieres no te vuelvo a hablar. Lo pensé un momento y tomé una decisión: No, no te vayas, como no eres un espíritu no hay problema en que hables conmigo. Pero con una condición, no me hables de política. De acuerdo, ¿te hablo de Marilyn Monroe? Sonreí. Por ahí vamos bien. Venga, te invito a una cerveza, pero no me hables mucho. Durante una semana no le volví a oír. Ya lo echaba de menos.


EL SEÑOR AURELIO

El señor Aurelio se quería morir. No era especialmente desgraciado, pero su vida le parecía monótona y aburrida y pensaba que ya había cumplido su misión en este mundo. No tenía miedo al desenlace, ya que, alejado de creencias religiosas, pensaba que con la muerte terminaba todo. Sin duda era consciente de que la forma más rápida de dejar de vivir era suicidarse, pero tal acto le parecía una agresión imperdonable a la vida, no solo a la suya, sino a la vida en general.

Su anhelo era que una grave enfermedad o un accidente le llevaran con rapidez al final de su existencia. De esta manera, fumaba sin cesar, bebía alcohol sin tasa y conducía su vehículo de forma arriesgada esperando que su muerte ocurriera de manera accidental, nunca provocada. Pero el señor Aurelio tenía una salud de hierro y nunca se encontró cercano a un accidente o una catástrofe. Cansado de esta situación decidió dejarse morir de manera pasiva. Salió de la ciudad y caminó sin descanso por campos y bosques en busca de la soledad hasta encontrar un cobijo donde fuera improbable que persona alguna le descubriese. Allí se acostó sobre la hierba y permaneció inmovil esperando la muerte.

Pasaron diez años y el señor Aurelio no se moría. Desesperanzado se incorporó y admitió que su sistema había fracasado. También comprendió que debía regresar. Al llegar a su casa supo que su mujer se había vuelto a casar y que su hija mayor estaba hecha una mujer. Después del estupor y la tensión que supuso su llegada, su mujer, su hija y el nuevo marido le acogieron con cariño y amabilidad. Aurelio estaba emocionado y le aseguró a la nueva familia que no pretendía cambiar nada y se adaptaría sin problema a las novedades. Solo pedía que le dejaran vivir con ellos y disfrutar de su compañía.

Nadie puso el menor inconveniente y así, el señor Aurelio pudo vivir feliz los cuatro meses que le quedaban de vida.