miércoles, 29 de abril de 2015

Gaia

Simplicidad
Qué especie animal más rara somos los humanos. Cuando tiembla la Tierra y mueren miles de personas la humanidad se desvive por ayudar a las víctimas. Hay una idea única: ayudar. Por encima de las ideas, las políticas o las economías, las naciones se apuntan a una idea única, solidaria y compartida: ayudar. Los países se movilizan, envían alimentos, medicinas, bomberos, soldados, cooperantes, incluso mandamos ministros de asuntos exteriores, aunque no se entienda para qué coño vale un ministro en medio del desastre. Los terremotos, los tsunamis, los huracanes, las inundaciones, cualquier catástrofe natural despierta en nosotros ese altruismo, dormido la mayor parte del tiempo, acaso porque reconocemos en estos fenómenos un común enemigo ancestral: la Tierra.


Pero si el hambre, la enfermedad o  la miseria afecta a unos cientos o miles de inmigrantes que huyen de países inhóspitos, pero no son víctimas de una catástrofe natural, entonces la cosa cambia. ¿Inmigrantes? No, gracias. Que no crucen el Mediterráneo, hay que bombardear sus embarcaciones, y si llegan  los devolvemos por SEUR para que se mueran en su país de origen, que en nuestras ciudades ahuyentan al turismo, como dice Esperanza Aguirre. Y si hay un grupo enloquecido en África que mata, secuestra y viola a mansalva, decimos: Oiga usted, qué burrada, pero, claro, no es asunto nuestro. Y si hay guerras por ahí, en Siria, en Libia, con su goteo incesante de muertos, pues según: hay que ver primero si esas guerras son buenas o malas para el capital, porque si son buenas, qué Dios los ampare. Y si hay epidemias de Ebola qué le vamos a hacer, que se pudran, eso les pasa por jugar con murciélagos, porque las farmacéuticas no pueden sostener un sobrecoste, y lo que hay que hacer es no mandar sacerdotes, que luego se infectan y nos traen el bicho. Leila Guerriero, en una columna en que habla de estas cosas, sintetiza muy bien el espíritu solidario de nuestros gobernantes: "muéranse en sus países, víctimas de la guerra, el hambre y las pestes, pero no vengan aquí a dar –a darnos- su horrendo espectáculo".


Ya sabemos que la Hipótesis Gaia, que desarrolló el meteorólogo James Lovelock, no es muy aceptada en el mundo científico. Según Lovelock, la Tierra (Gaia) es un sistema autorregulado que fomenta y mantiene unas condiciones adecuadas para sí misma y su entorno. Este equilibrio se ha mantenido más o menos bien, hasta que nosotros los humanos hemos empezado a ponerle trabas a Gaia. Lovelock dice que en ciertos aspectos, los seres humanos se comportan como un organismo patógeno o un tumor, incluso les da un nombre de plaga: Primatemaia disseminata. Por tanto, los terremotos y demás catástrofes naturales no serían otra cosa que ajustes del planeta, aunque nuestro inconsciente las interprete como una venganza de Gaia y haga aflorar nuestra escondida solidaridad. Sean o no ciertas la teorías de Lovelock, habrá que convenir que el género humano es en efecto una plaga, capaz de crear destrucción  a sí mismo y a su entorno. Lo cual supone un progreso real con respecto a otras especies, porque, hasta la fecha, y por muy animales que sean, no consta que ninguna  otra especie haya cometido genocidios. Que Gaia nos proteja.

domingo, 26 de abril de 2015

Una hipótesis

Bodegón con libro. Pintura digital.

No sé en otros países, pero en el nuestro existen escritores que se consideran depositarios de las esencias de la literatura. Estos elegidos no solo escriben y se alaban entre ellos, en círculos endogámicos, sino que se permiten denostar a otros escritores y menospreciar sus libros, aunque sean éxitos de ventas. Y lo que es peor: no solo nos dicen cómo hay que escribir, sino que pretenden decirnos lo que hay que leer. Ya he hablado aquí de este asunto, pero quiero ahora repetir un texto que escribí hace tiempo. Esta es mi opinión sobre la novela.

Una hipótesis. La novela es solo una forma de ficción. Si la ficción no muere, la novela no muere, solo cambia. Nadie debe definir, ni constreñir, ni clasificar, ni juzgar la novela. La ficción –sea novela, poesía, teatro, cine - es el reflejo de una época, la expresión de una sensibilidad cambiante. Quizá la ficción active en el cerebro (esta es la hipótesis) áreas o redes neuronales que nos producen placer, o ensimismamiento, o éxtasis  Quizá también lo hace la música, en las mismas áreas o en otras semejantes. (¡No hay ficción más pura que la música!).

Esos imaginados rincones de la mente, receptores de ficción y productores de placer, no discriminan lo antiguo de lo nuevo, lo culto de lo popular, lo experimental de lo consagrado, la literatura comprometida de la de evasión: solo es necesario que se produzca una resonancia, una sintonía, que no tiene por qué ser la misma en todas las personas, ni la misma en distintos momentos de la vida. Solo es necesario que el lector se conmueva.

El escritor no necesita atenerse a pautas o a estilos, ni pertenecer a escuelas o tendencias efímeras, ni debe temer ser liviano o críptico o caótico: solo necesita que su ficción, lo que cuenta o imagina, conmueva al lector. Porque solo así  formará parte de su vida.

jueves, 23 de abril de 2015

LA MUERTE DE ARTEMISA (Novela) - CAPÍTULO 13


                                                                         13

                                             EL HOMBRE DE LA BARBA NEGRA



No fue fácil seguir al BMW a causa de la creciente densidad del tráfico en la calle Ferráz. Daniel hubo de manejar con habilidad su viejo automóvil para no perderlo de vista. En un momento dado el perseguido no se detuvo ante un semáforo rojo y Daniel tuvo que acelerar a fondo, dejando tras él una sonora protesta de los coches que cruzaban. El BMW enfiló una calle secundaria y giró de nuevo por la primera transversal. Había menos coches y Daniel se distanció un poco de su perseguido. Advirtió que aminoraba la marcha y finalmente estacionaba en un espacio libre. Sobrepasó en unos metros el vehículo y detuvo su coche. Por el espejo retrovisor Daniel vio salir al hombre de la barba negra. Era un individuo de aspecto endeble, muy calvo, vestía un traje negro que acentuaba su aire siniestro y portaba una cartera de mano igualmente negra. Giró el brazo para consultar la hora y desapareció en el interior de un portal. Los tres amigos saltaron del coche y corrieron tras el hombrecillo. El portal era amplio y bien iluminado, tras un mostrador había un conserje de uniforme que levantó la cabeza al entrar los muchachos. Al fondo, alcanzaron a ver al hombre de la barba negra retirando cartas de un buzón. Sin ponerse de acuerdo Jaime y Daniel avanzaron hacia el portero, que se había puesto en pie, en tanto Itziar se deslizaba hacia el interior.

-¿Qué desean?
-¿Vive aquí don Heráclito Perez?

El hombre de la barba negra cerró el buzón y se encaminó hacia los ascensores sin volver la cabeza. Itziar se detuvo a la altura de los casilleros.

-No, aquí no vive ese señor. ¿Busca usted algo señorita?
-Venimos juntos -respondió Itciar retrocediendo -. Estaba mirando a ver...
-Les digo que aquí no vive nadie con ese nombre.
-Nos habrán indicado mal, usted perdone.

El conserje los contempló con suspicacia. Itciar le dedicó una amplia sonrisa y se dirigió a la calle seguida de sus amigos.

-Los porteros siempre tan cordiales -comentó Jaime -. ¿Has podido ver algo, Itciar?
-Creo que sí. Pude ver la tarjeta del buzón que cerró ese tipejo. Dice: "A. Peña y J. Orozco. Arquitectos. Proyectos y diseños. 3º B." ¿Qué hacemos ahora?
-Vamos a ese bar de ahí enfrente y lo discutimos -sugirió Daniel.

Se instalaron en una mesa desde donde podían vigilar el portal.

-¿Quién será nuestro hombre, Peña u Orozco? -preguntó Daniel.
-Me pega que es Orozco -dijo Itciar.
-Vale, daremos un voto de confianza a  la intuición femenina -afirmó Jaime -. Sea quien sea lo que parece evidente es que aquí tiene la oficina. Podemos esperar a que salga y seguirle de nuevo.
-¿Seguirle otra vez? ¿Para qué? -dijo Daniel.
-No sé, puede que de aquí se vaya a su casa, o puede que se entreviste con alguien. De momento sólo sabemos que tiene cara de llamarse Orozco y que posiblemente es arquitecto.


-Me parece bien -dijo Itciar -, pero no necesitamos seguirle todos. Yo podría ir a hablar con Cortés, ese periodista de El Diario que es amigo mío, a ver si sabe algo del crimen.
-De acuerdo. De paso mira a ver si te enteras de algo sobre los Amigos del Barroco, y de quién es ese Reuber, el presidente.
-Haré lo que pueda. Nos vemos en el estudio de Tracy.

El arquitecto no apareció hasta pasadas las nueve de la noche. Subió a su automóvil y arrancó sin recelar nada. Los muchachos le siguieron a prudente distancia. Había anochecido y Daniel conectó las luces con temor a delatar su presencia; pero el arquitecto conducía relajadamente y sólo aumentó la velocidad al entrar en la autopista. Daniel le siguió sin dificultad durante diez o doce kilómetros, luego el BMW se situó en el carril derecho y encendió el intermitente. Salió de la autopista por la primera desviación y continuó por una carretera que conducía a una lujosa urbanización.

-Ahora viene lo peor -murmuró Daniel -. Aquí vamos a estar solos.

El BMW se adentró en una zona residencial desierta y mal iluminada. Al doblar una esquina vieron que el coche del arquitecto se había detenido ante un chalet. Daniel le sobrepasó sin aminorar la marcha, torció por la primera calle y paró el motor. Saltaron del coche y atisbaron desde la esquina a tiempo de ver como entraba el BMW en el chalet. Les llegó el gemido metálico de la cancela cerrándose. Se acercaron con cautela. Rodeaba la casa una cerca de ladrillo de media altura, que se prolongaba con una tela metálica tupida desde el interior con frondosas arizónicas. Alcanzaron a oír el rodar del coche sobre la grava y el golpe seco de una portezuela al cerrarse. Por entre el ramaje podía verse el jardín en sombras y los contornos vagos de una casa. Sin decir palabra Jaime señaló el buzón débilmente iluminado. Se leía: José Orozco Ruiz. Arquitecto.

Rondaron la cancela sin saber qué hacer. Daniel señaló en silencio un estrecho pasadizo que separaba el chalet de Orozco de la finca colindante y Jaime asintió. Se adentraron en la negrura del callejón, procurando no pisar la hojarasca que tapizaba el suelo, y rodearon la casa hasta situarse en la fachada posterior. En este punto el edificio estaba más cercano y la arboleda era escasa. El silencio era casi absoluto; de lejos llegaba el rumor apagado de la autopista y una débil brisa hacía susurrar a los árboles. De improviso se iluminó una ventana de la casa y proyectó un rectángulo de luz hacia el exterior. Jaime y Daniel se agazaparon instintivamente. La silueta de Orozco se recortó en la ventana abierta, permaneció inmóvil unos segundos y arrojó una colilla encendida al jardín. Orozco desapareció y le oyeron trajinar en el interior, de vez en cuando veían su cabeza, como si el arquitecto paseara de un extremo a otro de la habitación. Transcurrió algún tiempo. Daniel cuchicheó al oído de Jaime: "Qué coño hacemos aquí". El timbre del teléfono les sobresaltó. Enseguida oyeron una voz:

-¿Sí? Hola, Carmen, ¿qué tal los niños? Yo bien, con trabajo, ya sabes. Sí, lo de Colmenar, creo que lo terminaremos la semana que viene. Ángel cree que sí... No, por aquí calor, como en pleno verano, sí, terrible. Mañana me acercaré al tapicero, si tengo tiempo. No, hoy imposible. No, ahora iba a cenar, no te preocupes, tomaré cualquier cosa. Bueno, entonces hasta mañana. Besos a los niños. Adiós, Carmen.

Se hizo de nuevo el silencio. Daniel volvió a musitar: "Interesante conversación". Jaime se encogió de hombros. El teléfono volvió a sonar.

-¿Sí? Ah, es usted.- Les pareció que la voz de Orozco se hacía más ahogada -. Sí, lo sé. He sido informado. Pero, créame, no entiendo, yo hice lo previsto...- Ahora hablaba más bajo y se percibía un claro temblor en su voz-. Sí, sí, comprendo la trascendencia, pero en cualquier caso hemos neutralizado el contacto... No, perdón, no quería decir eso... Sí, comprendo, no se preocupe... sí, lo que usted diga. Esperaré instrucciones.

Jaime le dio un codazo a su amigo, sus ojos chispeaban en la oscuridad. (Tracy comentaría más tarde: ¡Habéis estado en el barril de manzanas!) De nuevo se escuchó la voz del arquitecto:

-¿Oiga? ¿Club Malibú? ¿Pueden avisar a Luzdivina? Sí, espero... ¿Luz? Soy yo, necesito verte enseguida. Ya te explicaré, se han complicado las cosas y estoy en una situación difícil. Voy ahora a verte... No, no importa, voy para allá. Hasta ahora.

Orozco apagó la luz. Poco después oyeron cómo el coche se ponía en marcha, el ruido de la cancela y el zumbido del motor alejándose. De nuevo reinó el silencio y durante unos segundos los muchachos no se atrevieron a moverse. Daniel dijo en voz muy baja:

-Este tío esta complicado en el asunto.
-De eso no hay duda, y además está asustado.
-¿Qué hacemos ahora?
-Podemos hacer dos cosas. Volver por donde hemos venido o jugárnosla.

Y al tiempo Jaime señalaba una puerta entreabierta en la cerca que les franqueaba el acceso al chalet. Daniel contuvo la respiración.

-Me gustaría echar una ojeada dentro -dijo Jaime.
-De acuerdo. Tengo una linterna.

Penetraron en el jardín con infinitas precauciones. Jaime se encaramó con facilidad al alféizar de la ventana y tendió una mano a su amigo. Ya en el interior, Daniel paseó el estrecho haz de luz de su linterna por la habitación. Parecía ser un despacho o un cuarto de trabajo. En una mesa se amontonaban planos y dibujos; en las paredes había fotografías de edificios y una gran variedad de máscaras y carátulas que, a la incierta luz de la linterna, resultaban siniestras. Jaime revolvió los papeles de la mesa con mano insegura e intentó abrir sin éxito un archivador; en un cajón de la mesa encontró útiles de dibujo y en otro una carpeta con facturas. Daniel por su parte inspeccionaba las estanterías. No sabían lo que buscaban, confiaban en que algo resultase significativo. De pronto el teléfono volvió a sonar con un estruendo de mil diablos. Se movieron sin ponerse de acuerdo. Fue Daniel el primero en reaccionar y el primero que, con insospechada celeridad, alcanzó la ventana y saltó al exterior. Jaime le siguió a corto trecho. El teléfono seguía sonando y temieron que alertara a todo el vecindario. Abandonada toda prudencia corrieron por el pasadizo y aceleraron la marcha hasta llegar al coche. Daniel arrancó con brusquedad y se alejó echando humo hacia Madrid. Cuando rodaban por la autopista, Daniel aminoró la velocidad.

-Joder, qué susto.
-Mira esto. Lo he cogido dentro.- Jaime le mostraba a su amigo un objeto rectangular.
-¿Qué es?
-Tal vez nada. Es una casete, una grabación de conciertos para oboe de Albinoni. Pero hay algo interesante. Aquí dice: "Grabación especial para Amigos de la Música Barroca".


lunes, 20 de abril de 2015

La banalidad del mal

Violeta y azul

Volvamos a Hannah Arendt y su "banalidad del mal". De toda una obra literaria, periodística y filosófica, a esta mujer se la recuerda por una frase. La escribió en una crónica para el New Yorker, durante el proceso de Eichmann en Israel (1961): "Fue como si en aquellos últimos minutos [Eichmann] resumiera la lección que su larga carrera de maldad nos ha enseñado, la lección de la terrible banalidad del mal, ante la que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes". El término banalidad aplicado a un exterminador suscitó innumerables condenas entre judíos y no judíos, pues ¿cómo calificar de banal a un genocida? Arendt ofreció una aclaración inteligente que no cambió las cosas: "Eichmann no era Macbeth. A excepción de una diligencia poco común por hacer todo aquello que pudiese ayudarle a prosperar, no tenía absolutamente ningún motivo". No debería extrañarnos, los conceptos de bien y mal adoptados por comunidades exaltadas, sea por principios religiosos, raciales o políticos, son tan incontrovertibles como inciertos.

La cuestión es que quitar la vida a una sola persona por venganza, por odio, por obtener un beneficio o por otra razón, no es un acto banal para el asesino: siente temor al castigo, subvierte quizá sus principios morales y a veces su sentido de culpa le empuja al suicidio. Pero asesinar a 1.500 personas es en efecto banal porque se convierte en un oficio, una rutina macabra, un acto cotidiano que se ejecuta de manera casi inconsciente y no perturba en modo alguno la conciencia del ejecutor. Creo que esto es lo que expresó Hannah Arendt y es aplicable a todos los Eichmann que vinieron después.

He reflexionado sobre esto al saber que había sido detenido en Mexico "El Carnicero de Ciudad Juarez", un capo del narcotráfico. En 2008 se le atribuyeron 1.600 muertes, y en 2010 ya eran 3.115 las personas exterminadas. He mirado su fotografía en el periódico y he tratado de encontrar en él rasgos malignos, una mirada asesina, no sé, algo que delatase en su expresión la atrocidad cometida, como quería Lombroso. En vano, es una fotografía policial como otras, la imagen hostil de un recluso que lo mismo podría haber sido detenido por robar un banco que por haber dado positivo en un control de alcoholemia. Sin embargo es el ejecutor de más de tres mil personas a las que habrá matado sin odio, sin rencor, impasible, con oficio, con innegable destreza. Por eso su maldad es terriblemente banal, como habría certificado Arendt de haber vivido en nuestra época.

¿Habrá sentido este hombre el horror, como el Kurtz de Conrad? No lo sé, pero recuerden que solo es un hombre, un ser humano como usted y como yo, con las mismas neuronas y los mismos neurotransmisores, y piensen que esas estructuras no son anormales en este individuo, y que por sus venas no circula una hormona de maldad. Les parecerá terrible, pero este sujeto solo es, como Eichmann, un hombre banal experto en su oficio. Ante estas cosas, es verdad que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes.

sábado, 18 de abril de 2015

Un músico libre

Dimitri Shostakovich.

Es muy injusto que en la música -no tanto en otras artes- exista lo que los expertos denominan repertorio, un conjunto de obras integrado por sinfonías y conciertos de Beethoven, Mozart, Tchaikovski y algunos otros, y que sea esta música la que siempre se toca en los auditorios y la única que conoce el gran público. Esto pasa en todos los países, aunque más en España, donde la educación musical ha sido pésima desde la noche de los tiempos, y lo seguirá siendo mientras la música dependa de individuos de sensibilidad granítica como el señor Wert, al que verá usted muchas veces en el futbol y pocas en un concierto, a no ser que se interprete la Novena Sinfonía de Beethoven, caso en el que puede que asista para poder comentar después de que se ha emocionado con La Oda a la Alegría. Me gustaría preguntarle a ese ministro brutal si conoce, por ejemplo,  la música de Louise Farrenc (1804-1875), una extraordinaria compositora y pianista que tuvo la mala suerte de ser coetánea de Schumann, razón por la que su música se perdió en el olvido. 

Desde luego Shostakovich no es un compositor desconocido, algunas de sus sinfonías se incluyen en el repertorio, pero con todo su música no es para todos los paladares. Al gran público le ha costado asimilar su modernidad y aún tiene muchos detractores. Por lo que a mí respecta, desde el primer momento me compenetré con su música, y no porque me pareciera entonces mejor que otros, sino porque percibí ese algo intangible que vibra, que nos conmueve al escuchar (o mirar, o leer, o tocar) y que constituye la más íntima percepción del arte. Desde un ángulo menos emocional puedo decir, a día de hoy, que Shostakovich me parece el compositor más completo del siglo XX. Además su vida está revestida de leyenda y manipulada por intereses políticos: desde los que lo califican de víctima del estalinismo, hasta los que lo acusan de bolchevique convencido. De igual modo se han atribuido a sus sinfonías oportunistas contenidos morales o patrióticos, no siempre sancionados por el creador.

Soy de la opinión que Shostakovich hizo lo que le dio la gana. Compuso la música que quiso componer. Si le censuraban una composición, aceptaba la censura y escribía algo patriótico; cuando recuperaba el favor del Kremlin volvía a componer con libertad. Esto en lo que se refiere a sinfonías y óperas, porque cuando hizo música de cámara nadie le perturbó. Prueba de ello son sus cuartetos, la obra más importante en este género después de los Cuartetos de Beethoven, en opinión de muchos musicólogos. Y es que la música de cámara es demasiado intimista para los conductores de masas, que solo disfrutan con la grandiosidad orquestal, como le pasaba a Hitler con Wagner.
Algunos autores piensan que la música de Shostakovich hubiera sido más  vanguardista si no hubiera estado sometida al yugo de Stalin. No lo creo. Las dos influencias fundamentales que tuvo este compositor fueron Mahler y la Segunda Escuela  de Viena -además del bagaje clásico, claro. Shostakovich prefirió a Mahler y recogió algunos aspectos de Schoenberg. Su música es politonal (aunque tenga alguna obra atonal) y rompe con la estructura clásica de la sinfonía siguiendo la huella de Mahler.

Dimitri Shostakovich fue un hombre libre. Amaba a su patria, y aunque sufrió la persecución estalinista, no dejó de ser un socialista convencido que nunca quiso abandonar Rusia como hicieron Prokofiev y Stravinsky.

Krzysztof Meyer. "SHOSTAKOVICH.Su vida, su obra, su época". Alianza Música, 1997. 

viernes, 17 de abril de 2015


Equinoccio ha sido galardonado con el premio ME QUEDO CONTIGO, que se otorga "Por sus aportaciones de arte, historia, fotografía, ciencia, literatura, música y viajes". Muchas gracias a Suni Mocholí Roselló por nominar mi blog y también a Soraya, autora del blog Crochet y Demos creadora del premio.

jueves, 16 de abril de 2015

LA MUERTE DE ARTEMISA (Novela) - CAPÍTULOS 11 Y 12


11


                                               AMSTERDAM, 9 DE SEPTIEMBRE



El señor Osborne pensó que las bicicletas mantenían el espíritu de la ciudad tanto o más que los canales. Amsterdam es una de esas ciudades cuya fisonomía cambia poco con el paso del tiempo y el señor Osborne se dejó ganar moderadamente por la nostalgia. En la estación central tomó un tranvía que en pocos minutos le dejó en la Plaza del Damm, y allí se dirigió a una de las múltiples agencias que organizan recorridos turísticos por el Zuiderzee. Compró su boleto, como un turista más, y se arrellanó en su asiento hasta que el ómnibus inició la marcha. Un guía explicaba en dos idiomas las curiosidades históricas y geográficas del terreno que recorrían, sin olvidarse de recomendar a los excursionistas la adquisición de cerámica en Delf o quesos en Alkmaar. En cada pueblo, el señor Osborne participó colectivamente en el recorrido y escuchó con atención las explicaciones del guía. Sin embargo, al llegar a Volendamm, se apartó discretamente del grupo; el pueblo estaba en fiestas, sonaba música en las calles y muchas personas se ataviaban con trajes regionales. Le fue fácil confundirse entre el gentío y dirigirse a una zona menos transitada.

Apresuró el paso, tomó una callecita estrecha y en poco tiempo alcanzó la periferia del pueblo. Sin titubear, subió los peldaños de entrada de una casa baja rodeada de un pequeño jardín y golpeó la puerta. Enseguida apareció un rostro en la ventana y el señor Osborne saludó con una inclinación de cabeza. El rostro desapareció tras los visillos y poco después un hombre joven le franqueó la puerta.

-Me envía De Haan -dijo escuetamente el señor Osborne.

El individuo no hizo ningún comentario, desapareció en el interior de la vivienda y regresó con un paquete alargado metido en una bolsa de plástico. A cambio, el señor Osborne le entregó un sobre que el joven guardó sin abrir. El señor Osborne se despidió con un gesto y regresó en busca de su grupo. Una vez más se sintió complacido de que sus contactos siguieran funcionando y que las cosas marcharan con la requerida precisión. El paquete no despertó la curiosidad de sus compañeros de excursión; a esas alturas, quien más quien menos, todos iban cargados de recuerdos y regalos.

El viaje en tren de regreso a Bruselas transcurrió sin incidencias. No era la primera vez que el señor Osborne hacía ese recorrido y, como en otras ocasiones, se ensimismó en la contemplación de la planicie que en primavera se adornaría con los colores violentos de los tulipanes. Llegó a Bruselas sobre las cinco de la tarde y sin abandonar la estación alquiló un coche; le contrarió un poco que en la agencia sólo dispusieran de coches nuevos. Por fin se decidió por un Volvo, al considerar que esa marca no modificaba demasiado el aspecto de sus nuevos modelos. Firmó el alquiler con el nombre de François Lambert y advirtió que dejaría el coche en Madrid.

Guardó el paquete en el maletero y se dirigió al hotel. Subió a su habitación llevando consigo la bolsa de plástico y llamó con suavidad. Le abrió Silvia y con un gesto señaló una de las camas. En una cuna transportable dormía con placidez un niño de pocos meses. A su lado había una bolsa que contenía pañales, biberones y útiles infantiles de aseo. El señor Osborne se acercó en silencio y contempló al niño largo rato. Nunca en su azarosa vida había precisado colaboradores de tan corta edad. La idea del pequeño le había parecido acertada, aun contando con las numerosas incomodidades que iba a ocasionar; pero una cosa era el plan teórico y otra muy distinta hacerse caso de aquella cosa diminuta y frágil. Se preguntó si, después de todo, no estaría al borde de la senilidad.

Miró a la ecuatoriana con una pregunta pintada en el rostro y ella le devolvió una sonrisa tranquilizadora.

-He trabajado antes con niños y sé cómo se maneja un bebé.

El señor Osborne no dijo nada y se sentó en la cama. Luego habló con su voz habitual, monótona e indiferente.


-Mañana emprenderemos el viaje. Lo haremos sin prisa y nos ajustaremos a las necesidades del niño. Pararemos para alimentarlo a sus horas, para darle agua, para entretenerlo si llora o para cambiarle el pañal. Somos un matrimonio con su hijo en viaje de placer. ¿Alguna pregunta?
-No.
-Muy bien. Espero que la suerte nos acompañe. Pero recuerda esto: no hay mejor suerte que no cometer errores.

En ese instante el niño despertó y comenzó a lloriquear.




12
                                                                          

CONCIERTO BARROCO

A las cinco y cuarto llegamos en dos coches a la calle de Santa Clara, una estrecha vía del barrio viejo de Madrid. Yo fui con Tracy, en su pequeño Lancia, y los demás en el viejo Opel de Daniel. Tracy tuvo suerte de aparcar a unos metros del portal en cuestión; Daniel tuvo que resignarse a estacionar en doble fila. Se decidió que Tracy y yo entraríamos en la casa y el grupo esperaría en la calle. Era un edificio antiguo, de cuatro plantas, con macetas y canarios en los balcones. El portal estaba oscuro y al fondo se vislumbraba el inicio de una escalera. No había rastros de ascensor. Las placas de la entrada notificaban la consulta de un callista en el segundo piso, una tienda de encajes y bordados en el primero derecha, y una sastrería en el tercer piso; ninguna indicación sobre los Amigos del Barroco. Bajo el hueco de la escalera, en una reducida caseta de madera, un anciano leía un diario deportivo a la luz de una débil bujía.

-¿Los Amigos del Barroco, por favor? -preguntó Tracy.

-Primero centro -informó el portero sin interrumpir la lectura.

Ascendimos los desgastados escalones hasta el primer piso. Olía a antigüedad y a pis de gato. En la puerta del centro no había rótulo alguno, pero se oía música en el interior. La puerta cedió al ser empujada y transpusimos con resolución el umbral. Accedimos a una habitación amplia y soleada: a un lado se alineaban consolas llenas de discos y estanterías con partituras y libros. Sentada tras una mesa blanca, una rubia muy maquillada nos miró con indiferencia. A su izquierda había otra puerta de donde provenía la música que escuchábamos. Tracy preguntó si podíamos echar un vistazo y la rubia asintió con un gesto reintegrándose a su quehacer, que en aquel momento consistía en limarse las uñas.

Con una calma que estaba muy lejos de sentir, me dedique a revisar los discos mientras Tracy ojeaba las partituras. Me abrumaba pensar que todo aquello era una tremenda improvisación: no sabía por qué estaba allí ni lo que debía hacer. Durante unos minutos no sucedió nada. Poco después la puerta volvió a abrirse y entro un hombre, saludó con la cabeza a la rubia y desapareció tras la otra puerta; a continuación entró una mujer que siguió el mismo camino. En poco tiempo desfilaron seis o siete personas. Era obvio que en la habitación contigua iba a celebrarse la anunciada reunión de los Amigos de la Música Barroca.

Tracy se acercó a la mujer y preguntó con acento profesional:

-¿Tienen el concierto para arpa, cuerda y continuo de Vivaldi?
-¿Grabación o partitura? -preguntó la rubia con desgana.

-Partitura. Es el opus 525.

La mujer giró en su silla y consultó un archivador

-No está.
-¿Pero lo han tenido?
-Sí.
-¿Está segura?
-Por supuesto -replicó la rubia mirando de arriba abajo a Tracy con expresión de fastidio.

Justo entonces entró un hombre calvo con barba negra que desapareció velozmente por la puerta del fondo. Giré la cabeza con rapidez y el corazón empezó a latirme con violencia. Tracy seguía hablando con la mujer.

-¿Es posible asistir a las audiciones?
-No son socios, ¿verdad? Las reuniones son sólo para socios.

Intenté atraer la atención de Tracy por señas. Me vio, pero continuó con la rubia.

-¿Cómo podemos hacernos socios?
-No lo sé.- La rubia parecía estar cada vez más incómoda -. Mire, yo llevo poco tiempo aquí. Supongo que tendrán que hablar con el presidente o el secretario.

-¿Quién es el presidente?
-El señor Reuber. Es alemán, creo, pero no le he visto nunca.
-¿Con el secretario podemos hablar?
-Ahora está ocupado -dijo la mujer señalando la sala de reuniones.
-Muy bien. Muchas gracias. Volveremos otro día.

Tracy se acercó a mí y preguntó en voz baja:

-¿Qué pasa?
-¿Te has fijado en ese tipo calvo con barba que acaba de entrar?
-Sí.
-¡Estaba anoche en la presentación literaria!
-¡No me digas! -Tracy silbó por lo bajo-. ¿Te ha reconocido?
-No lo sé. Creo que no me ha visto.
-Bueno, la cosa se pone interesante. Vámonos y te cuento mi impresión de todo esto.

En la escalera Tracy me habló con excitación.

-Es todo fingido. Esta asociación debe ser la tapadera de algo. Por lo menos esa tía no sabe nada de música. Le pedí la partitura de un concierto que no existe y no se inmutó. Supongo que la secretaria de esta asociación debería saber que Vivaldi nunca escribió un concierto para arpa.
-¿Estás seguro? Vivaldi escribió muchos conciertos.

-Cuatrocientos treinta y cinco, para ser exactos, pero ninguno para arpa. Los primeros son de Mozart.
-No está mal la estratagema.
-No es nueva, Parker. Philip Marlowe emplea un truco parecido en El sueño eterno, como tú muy bien sabes.

Informamos a los demás de las novedades y se decidió que el grupo de Daniel seguiría al hombre de la barba negra cuando acabase la reunión. Tracy y yo investigaríamos en la agencia Euromodel. Media hora después empezaron a salir los musicólogos. Al aparecer el sujeto de la barba Tracy hizo la señal convenida y en respuesta oímos como se ponía en marcha el coche de Daniel. El individuo pasó junto a nosotros sin detenerse y se introdujo en un BMW; el coche se puso en movimiento seguido a corta distancia por el Opel de Daniel. Tracy esperó a que los vehículos desaparecieran y luego arrancó su coche.

La agencia Euromodel estaba en la calle de Serrano y, a  pesar de lo pretencioso del nombre, se reducía a una pequeña oficina con dos secretarias que tecleaban reposadamente. En las paredes había fotografías de modelos y carteles publicitarios. Una de las secretarias, que vestía una turbadora minifalda, vino a nuestro encuentro.

miércoles, 15 de abril de 2015

Dune

Desierto de Dune. David Lynch, 1984.

Leí la novela "Dune", de Frank Herbert, en los años 70 (se editó en español diez años después de ser publicada) cuando ya casi no leía Ciencia Ficción. Este género fue la lectura principal de mis 14 años, cuando una supuesta Fiebre Reumática me obligó a estar acostado seis u ocho meses seguidos. Obviamente este tipo de tratamiento es impensable en la actualidad. Tenía una radio que me acompañaba cuando en mi casa todo el mundo dormía, y las novelas que periódicamente me mandaba Rafael, el encargado de una librería del barrio que dejó hace mucho de existir. La mayoría de estos libros, no recuerdo si la elección dependía de mí o del librero, eran de Ciencia Ficción, de la Editorial Nebulae, que en aquellos años comenzó a publicar en España a los grandes clásicos de este tipo de novela: Arthur C. Clarke, Isaac Asimov, Theodore Sturgeon, A.E.Van Vogt y muchos otros. Todavía conservo primeras ediciones de alguno de esos libros.

Cuando esos autores murieron o dejaron de escribir me desinteresé de este género, con escasas excepciones. Una de ellas fue Dune, novela que, aun siguiendo el estereotipado modelo de los imperios galácticos, me interesó, e incluso vi con agrado la versión cinematográfica de David Linch. Confieso que solo leí el primer volumen, aunque la saga completa son seis novelas, a las que hay que añadir secuelas y precuelas (¡cómo odio esta palabra!) escritas después de la muerte de Herbert por sus herederos, dispuestos a exprimir al máximo el rentable filón. Sin embargo mi hijo Manuel ha leído la saga completa (los seis de Herbert) con distintas valoraciones de cada libro, y ha hecho una selección de frases de la obra.     

«Las leyes tienden a ser transitorias a la larga. El acto creativo limitado por normas es algo que no existe»

«Participar en una conspiración, al igual que pertenecer a un ejército, libera a las personas del sentimiento de responsabilidad personal»

«La educación no es un sustituto para la inteligencia. Esa elusiva cualidad es definida tan sólo en parte por la habilidad en resolver rompecabezas. Es en la creación de nuevos rompecabezas que reflejen lo que tus sentidos informan que completas la definición»

«Muchas cosas que hacemos de una forma natural se vuelven difíciles únicamente cuando intentamos convertirlas en temas intelectuales. Es posible saber tanto acerca de un tema que te vuelvas completamente ignorante»

«Dadme el juicio de mentes equilibradas antes que leyes. Códigos y manuales crean un comportamiento esquematizado. Todo comportamiento esquematizado tiende a seguir adelante de forma incuestionada, acumulando impulso destructivo»

«En última instancia, todas las cosas son conocidas porque tú deseas creer que las conoces»

 «Todos los gobiernos sufren de un problema recurrente: el poder atrae a las personalidades patológicas. El poder no es entonces corruptible. Esa gente tiene tendencia a emborracharse de poder, a condición que se convierta rápidamente en adicta a él»

 «Para conocer bien una cosa, debes conocer sus límites. Tan sólo cuando es llevada más allá de su tolerancia puede ser vista su auténtica naturaleza»

«Las reglas construyen fortificaciones tras las cuales las mentes pequeñas crean satrapías. Algo peligroso en los mejores tiempos, desastroso durante las crisis.»

«Los Imperios no sufren de falta de finalidad en el momento de su creación. Es luego cuando se produce ésta, cuando ya están establecidos y sus objetivos iniciales son olvidados y reemplazados por vagos rituales.»

«No se puede evitar la influencia de la política en el seno de una religión ortodoxa. Esta lucha por el poder impregna el adiestramiento, la educación y la disciplina de una comunidad ortodoxa. A causa de esta presión, los jefes de una tal comunidad deben afrontar inevitablemente este último dilema interior: sucumbir al más completo oportunismo como precio para mantener su poder, o arriesgarse al sacrificio de sí mismos en nombre de la ética ortodoxa»

«Debería existir una ciencia del descontento. La gente necesita tiempos difíciles y de opresión para desarrollar la musculatura de la mente»

“El poder absoluto no corrompe absolutamente, el poder absoluto atrae la corrupción.”

“La Naturaleza no se equivoca. Correcto o equivocado son categorías humanas.”

 “La fe puede ser manipulada. Solo el conocimiento es peligroso.”

 “La verdad siempre comporta la ambigüedad de las palabras usadas para definirla.”

lunes, 13 de abril de 2015

Fotos históricas 2 - Josep Brangulí .

En estas fotos, publicadas por El País.com, se recoge la obra del fotógrafo catalán Josep Brangulí (1879-1945) y la del madrileño Santos Yubero (1903-1994). Hoy veremos las fotografías de Josep Brangulí.