sábado, 11 de abril de 2015

Raíces Profundas

Estaría incompleta la pequeña revisión de la épica en los western, que sin proponérmelo estoy realizando, si no mencionara "Raíces Profundas" (Shane, 1953), de George Stevens, un clásico del cine del Oeste. Es una película que trata de la lucha por la tierra entre ganaderos y agricultores, un asunto que ha sido el hilo conductor de muchos western. El protagonista es un pistolero que quiere redimirse y busca un lugar donde olvidar su pasado. De manera inevitable tendrá que volver a usar la violencia que quería desterrar para defender a los más débiles. Al final tendrá que irse, porque como él mismo dice con amargura: "No puede uno dejar de ser lo que es, torcer su destino". Pero "Raíces Profundas" es mucho más que eso. He visto este film varias veces, pero sobre todo he visto dos películas: una cuando era niño, y otra cuando ya era adulto. Aunque no debería marcar demasiado las diferencias, porque muchas cosas que uno racionaliza de mayor están ya implícitas en la percepción infantil.

Sin duda existe esa épica que añoraba Borges en la narración, pero hay dos líneas argumentales secundarias que pueden pasar inadvertidas. Una es la amistad que surge entre el pistolero y el niño. Esa rara complicidad que a veces se establece entre un niño y un adulto ha sido un tema muy estimado en la gran literatura: recuerden "La isla del tesoro", de Robert Lewis Stevenson,  "Kim", de Rudyard Kipling o "Huckleberry Finn", de Mark Twain. Es un tipo de amistad que  el niño no puede encontrar ni en sus padres ni en otros niños de su edad: siente admiración por el adulto y al propio tiempo le enorgullece que éste le considere su amigo.  Por su parte el adulto encuentra en el niño un afecto desinteresado, una persona sin malicia en quien proyectar sus esperanzas. Gran parte del peso emocional de "Raíces Profundas" gira en torno a esta relación.

El otro aspecto que permanece en un segundo plano es el poderoso sentimiento que surge entre Shane y la mujer del campesino. Es un sentimiento culpable y contenido que se expresa más en miradas y silencios que con palabras. Algún crítico lo ha descrito como "amor platónico". Nada más lejos de la realidad, el deseo sexual se masca en el ambiente, si bien no de la manera explícita que utiliza el cine en nuestros días, sino con la tórrida insinuación propia de los años 50. Cuando al final de la historia el pistolero abandona el poblado, quizá no solo lo hace porque tiene las manos manchadas de sangre, sino porque hubiera sido incapaz de controlar su pasión por la mujer de Starrett.


Alan Ladd nunca fue un gran actor, pertenecía a esa estirpe de actores carismáticos de Hollywood con escaso talento interpretativo, como lo fueron Robert Taylor, Erroll Flyn o Stewart Grainger. Quizá fue este su mejor papel. Espléndidos los secundarios Van Heflin, como el granjero, y Jack Palance, como Wilson, el malvado pistolero rival de Shane. George Stevens fue un director artesanal, pero en Raíces Profundas casi hizo cine de autor. Los exteriores de la película fueron rodados en Wyoming, con la inolvidable silueta de los Grand Teton como fondo del paisaje.

A menudo, al revisar películas antiguas, decimos que han envejecido mal. Una obra clásica, sea literatura, cine o teatro, es la que no envejece, porque cada generación la interpreta a su manera sin que la narración original pierda su esencia.