viernes, 27 de febrero de 2015

Filosofía popular


Nuevos diálogos de besugos

- Lo he decidido. Vamos a formar un partido político nuevo.
- ¿Ahora? Pero si ya hay dos nuevos que están triunfando.
- Precisamente. Hay que aprovechar la crisis de los partidos clásicos y ofrecer una novedad. A los ciudadanos les gusta lo novedoso, tener opciones para elegir,  y si tienen tres, mejor que dos. Además es un buen terreno para invertir antes de que se le ocurra a más gente.
- ¿Y qué ideología tendría el partido?
- Un poco de todo. Ahora es lo que se lleva. Lo de izquierda y derecha ya no mola nada. Yo había pensado en un partido socialautócrata, anarcoliberal, lerrouxista y de las J.O.N.S.
- Lo último suena un poco trasnochado.
- Sí, bueno, se puede cambiar. Pero eso es la ideología, que no se la cree casi nadie, lo que importa es el nombre del partido y el programa electoral. Eso es lo que vende.
- ¿Ya has pensado en el programa electoral?
- Sí, claro. Tiene que ser atractivo para las multitudes. El mejor referente es la publicidad, algo así como los anuncios de la tele. Slogans como: "¡Libertad a precio de saldo!" o "¿Hay corrupción en su municipio? ¡Nosotros tenemos la solución!". ¿Qué te parece?
- No sé. Parece un poco superficial.
- Ya, pero es que, con la que está cayendo, los votantes no están para profundidades. La gente quiere que le den soluciones  fáciles, quiere votar con la misma confianza que tiene en su detergente o en su dentífrico.
- Hombre, lo que quieren es salir de la pobreza y acabar con el paro.
- Por supuesto, eso también hay que prometerlo como hacen todos los partidos, faltaría más. Pero tenemos que hacerlo de una forma diferente. Ese será nuestro proyecto estrella: ¡venderemos puestos de trabajo!
- ¿Qué? ¿Te has vuelto loco?
- No, qué va. Mira, hablamos con los empresarios para que pongan a la venta sus empleos. Entonces el trabajador comprará el empleo, a plazos, claro, y todos los meses el empresario le descontará del sueldo una cantidad hasta que amortice el puesto de trabajo. Entonces el trabajador será poseedor de un empleo indefinido. ¿Qué te parece?
- No sé qué decirte. ¿Y la financiación? Porque  entre los cuatro que somos...
- Un sponsor. Como en los equipos de futbol. En los mítines, en televisión, en las redes sociales todos los afiliados aparecemos con una camiseta que anuncie algo como  Nike, Flan Duhl, Quatar o lo que nos salga. Y antes o en medio metemos un spot publicitario de la marca. ¿Qué te parece?
- Un disparate, pero a lo mejor funciona. ¿Cómo se va a llamar el partido?
- Todavía no lo sé. Ese es un punto difícil, porque lo de las siglas ya está muy visto: PP, UP y D, PSOE, etc. Y lo de los verbos está muy cogido: Podemos, Ganemos...
- ¿Qué tal Follemos? Eso le gusta a todo el mundo.
- ¡Hala! Eso es demasiado directo, hay que ser más sutil, hombre. Un nombre en la línea de Ciudadanos no estaría mal. Algo como Habitantes o Individuos... pero no acaba de gustarme.
- Podría llamarse Españoles todos, que le gustaba mucho a  Franco.
- Sí hombre, lo que nos faltaba. Bueno ya se verá, lo que importa es el contenido.
- ¿Y somos o no somos casta?
- Ya he pensado en eso. Ni una cosa ni otra ¡Vamos a ser castizos!
- Joder, qué bien. Eso triunfa seguro.
- Pues ya está. Espera que me llaman por teléfono... ¿Diga? ¿Quién? ¿Polkafone? Oiga, ¿a ustedes les interesaría patrocinar un partido político?¿Oiga? ¿Oiga? Vaya, han colgado.

- Lástima, a lo mejor te regalaban un teléfono.

lunes, 23 de febrero de 2015

LA MUERTE DE ARTEMISA (Novela) - CAPÍTULO 2

(Capítulo anterior el 17/2/15)

2
MEDITACIONES EN LA CASA DEL PUERTO
          
       La muchacha rubia se agitó inquieta mientras encendía un cigarrillo con imprecisión. Consultó de nuevo su reloj de pulsera y miró hacia la puerta una vez más. No más de veinte años, pensé, e intenté cruzar mi mirada con la suya. Yo estaba allí, en el otro extremo de la barra, observando el mundo a través de un cubalibre, algo que hacía últimamente con demasiada frecuencia. Una forma como otra cualquiera de matar el tiempo, aunque debo reconocer que mis intensas miradas se perdían en el vacío las más de las veces. La chica tenía una mirada virginal y un cuerpo inquietante. En particular, los muslos eran notables: densos y tostados escapando de la leve presión del vestido de verano. ¿Sería ella consciente de la perturbación telúrica que producía cada vez que descruzaba las piernas? Posiblemente no. Era demasiado joven y los jóvenes han introducido una maldita naturalidad en el sexo: todo queda en una placentera modalidad de gimnasia sueca. Sonreí al fondo de mi vaso. Qué sabía yo en realidad de los jóvenes. Estaba a años luz de aquella chica. A los cuarenta el tiempo empieza a pasar deprisa y con poco significado.

La muchacha rubia estaba sonriendo. Dos jóvenes habían entrado en el bar y se dirigían hacia ella. Pedí otro cubalibre. El calor era sofocante, anormal para finales de agosto, y no me seducía en absoluto irme a casa. Examiné otras posibilidades: podía ir al cine (pero ya había visto la película); quizás ir a cenar a alguno de los restaurantes del puerto (lo que en definitiva terminaba por hacer casi todos los días); tal vez podría invitarme a casa de Braulio. En fin, una deslumbrante serie de posibilidades. Me sentí abrumado. Después de todo lo mejor sería cenar con Braulio y darle ocasión para que me largara una de sus habituales digresiones políticas; mientras, yo me bebería su ginebra y su mujer dormitaría en un sillón. Capté mi imagen en el espejo de detrás del mostrador: el cabello desertaba imparable de mi cabeza, de aquella lucida y envidiada cabellera tan sólo restaba un pelo fino y agonizante que se espesaba de manera falaz sobre las orejas. Me sumí en sombrías consideraciones sobre el paso del tiempo. Apuré de un golpe mi bebida. Aquél no había sido uno de mis días más brillantes, pero para qué hablar de los anteriores. Tendría que meditar sobre ello, analizar aquella especie de desgana. Eran casi las nueve y seguía haciendo calor. Consideré la posibilidad de un nuevo cubalibre.

La niña angelical y sus compañeros se disponían a salir. Al pasar frente a mí la muchacha me miró durante un segundo. Tuve la visión fugaz de un cuerpo joven desnudo, del baile salvaje de unos muslos incontenibles... Luego todo volvió a ser como antes: la única realidad era el contacto frío de mi vaso y el rumor de la gente, ahora perfectamente audible. Renuncié a beber más y busqué dinero en los bolsillos.

En la puerta tropecé con alguien que entraba y murmuré una excusa. Sentí que me retenían.

-¡Adrián! ¡Tú eres Adrián!

Era una mujer desconocida. Me miraba y sonreía ante mi confusión.

-¡Adrián, no has cambiado nada! ¿No me recuerdas? Soy Lucía, la hermana pequeña de Adela.

La miré más despacio y de súbito me hice cargo de la situación. No tenía ni la menor idea de quién era; pero era joven, no muy alta, pelo corto color castaño, ojos oscuros y poseía unos hermosos senos. No vacilé ni una fracción de segundo.

-¡Ah, sí, Lucía, claro! ¡Qué sorpresa! ¿Qué tal estás Lucía?

Empezó a reírse y me zarandeó con familiaridad.

-¡Qué cara tienes! Seguro que no sabes quien soy.
-Es verdad. ¿Pero eso qué importa? Ahora sé que no te olvidaré jamás.
-Pero hombre -insistió entre risas -, ¿no te acuerdas de Adela?

¿Adela? ¿Qué Adela? De pronto un salto brusco hacia atrás: viejas imágenes abriéndose camino, el grupo de la sierra ocho o diez años antes... Adela, claro, un romance de verano que apenas había dejado huella.

-Entonces tú eres...
-Lucía. Adela tenía dos hermanas y yo soy la pequeña. Pero no te esfuerces, no te puedes acordar. Yo era muy pequeña.
-Debe hacer unos diez años.
-Exacto. Yo tenía entonces doce años.

Por tanto ahora tenía veintidós años. Veintidós tiernos y apetecibles años. Era exactamente lo que yo necesitaba. Dejé volar la imaginación presintiendo que el encuentro bien podía cambiar las fúnebres perspectivas que me ofrecía aquella noche y la vida en general. La chica dijo:

-Bueno, ¿qué hacemos aquí como dos tontos? Invítame a algo, anda.

Elegí una mesa al fondo del salón. Después de un nuevo cubalibre experimenté dos agradables sensaciones, en apariencia contradictorias: por una parte, la evocación de viejos amigos y ambientes lejanos me sumergía en una atmósfera cálida y familiar de mesa camilla; por otra, los ojos pícaros y el cuerpo sugestivo de Lucía disparaban mi fantasía hacia terrenos menos domésticos. Ella hablaba sin cesar, dejando oír a veces su risa fuerte que, para mi regocijo, despertaba la atención de las mesas vecinas.

-Habla algo, hombre -dijo de pronto-. A mí si no me cortan... Cuéntame cosas. ¿Estás casado?
-Sí y no. Vaya, estoy separado. La cosa no duró más de dos años.

Le hablé de Marta, del error de nuestro matrimonio, de la incomunicación y el hastío... Me callé. Estaba adoptando un tono de víctima que no me gustaba nada. A Lucía parecía divertirle mi relato.

         -Yo estuve enamorada de ti, ¿sabes? -declaró sin previo aviso-. Con doce años, imagínate, eras para mí algo inalcanzable. Eras el novio de mi hermana mayor, así que tuve que sufrir en silencio. Tenía una foto tuya, recortada de un grupo, guardada entre las páginas de un libro.

Lo único que se me ocurrió fue sonreír estúpidamente sin saber donde fijar la mirada.

-Recuerdo que querías ser escritor -siguió Lucía-. ¿Eres ya un autor consagrado?
-No, qué más quisiera. Sólo soy un modesto profesor de literatura en un instituto de provincias. Bueno, también escribo, aunque es un tipo de literatura...diferente.

Todo había empezado cuando, a causa de una apuesta, una editorial de novelas de bolsillo me publicó un relato policíaco. Escribí un par de novelas más, que también fueron aceptadas, y lo que comenzó como un juego se convirtió en un pasatiempo agradable con una no despreciable retribución económica. Desde entonces escribía una novela al mes bajo el seudónimo de Alan Parker.

Lucía no pudo contener la risa:

-¡Alan Parker! Es increíble.
-No te burles. En realidad es una especie de divertimento y además me pagan. Como puedes comprender yo aspiro a más. Ahora que he alcanzado la serenidad necesaria pienso empezar algo más serio. Tengo algunos proyectos, algunas cosas muy pensadas.


 Estaba claro que no resultaba muy convincente, ni siquiera para mí mismo. Cambié de tema:

-Bueno, bueno, la pequeña Lucía. ¿Cómo se te ha ocurrido pasar las vacaciones en este pueblo perdido del norte peninsular?
-No estoy de vacaciones -su voz se hizo cautelosa-. Estoy con un grupo. Estamos siguiendo unas meditaciones.
-¿Religiosas? -Intuí con alarma algo relacionado con algún tipo de secta.
-No, nada de eso. Es una nueva forma de conocer las posibilidades de nuestro espíritu, un método para liberarnos de los esquemas habituales del conocimiento.

Torcí el gesto. Ese tipo de cosas siempre me ha sonado a impostura, a pesar de la aceptación que parecen tener entre la gente joven. De nuevo me sentí distante. Las sesiones se celebraban en una vieja casa del puerto. En cualquier caso, no estaba dispuesto a que Lucía se me escapara tan fácilmente, así que me mostré educadamente escéptico e indagué si sus ejercicios espirituales, perdón, intelectuales, le impedirían cenar con un viejo amigo. Ella aceptó y sus ojos oscuros chispearon.

Caminamos por el paseo marítimo cogidos del brazo. Algunos conocidos me miraron con curiosidad y disfruté imaginando los comentarios que enseguida pondrían en circulación los correveidiles de turno. Divisé a Braulio al otro lado de la calle y le saludé agitando la mano. Estaba con otras personas y no se movió, pero nos siguió con la mirada como quien contempla el paso de un tren hasta que se pierde en la distancia. Me decidí por un tranquilo restaurante del puerto del que yo era asiduo. La comida era aceptable y los camareros me llamaban don Adrián. Nos atendió la dueña en persona. Tenía en el rostro una sonrisa de complicidad y a cada momento estuvo lanzándome lanzando miradas significativas que simulé no ver.

Elegí el menú cargando las tintas en el elogio de las materias primas y las exquisiteces de la sencilla cocina local. Lucía me escuchaba paciente, con un punto de socarronería en la mirada. La brisa de mar atenuaba el calor y disfruté hablando con la muchacha de cosas triviales. Mediada la segunda botella de vino me sentía muy locuaz y me enredé en confusas disquisiciones sobre el amor-rutina, el amor-pasión y el amor-amor. Ella parecía sentirse a gusto. En un olvidable momento recuerdo haberle dicho:

-Tus ojos brillan como estrellas.

Lo cual provocó de nuevo la risa desmesurada de Lucía. Pero no era una risa cruel. Tal vez yo estaba bordeando el ridículo, pero ella no parecía advertirlo. Es más, extendió el brazo desde el otro lado de la mesa y me oprimió la mano. Yo procuré retener el contacto el mayor tiempo posible. Seguimos hablando hasta que la dueña, desolada, me advirtió que tenía que cerrar. Paseamos entonces por el espigón con las manos enlazadas, casi sin hablar, abismados en el reflejo ondulante de las luces de la bahía. Deseé besarla en aquel momento, pero vacilé. No quería echarlo todo a rodar. Aunque quizá ella esperaba que la besara.

-Qué tarde es, Adrián -dijo la muchacha resolviendo mi indecisión -. Mañana tengo que levantarme temprano.

La acompañé al hotel y en la entrada me quedé mirándola.

-Ha sido una noche encantadora, Lucía.
-Yo también he estado muy a gusto.
-¿Puedo verte mañana? Te enseñaré cosas de por aquí.
-Me encanta la idea.
-Bien. Vendré a buscarte sobre las nueve. ¿De acuerdo?
-De acuerdo.

Se acercó a mí y me besó en la mejilla. Luego sonrió y desapareció en el interior del hotel.

jueves, 19 de febrero de 2015

Historia de una canción


Jacques Brel
Sobre la canción "Ne me quitte pas", de Jacques Brel, la gran Edith Piaf dijo: "Esta canción nunca debería haberla cantado un hombre". Piaf se refería a la humillación profunda ante una mujer que destilan los versos de Brel. En efecto, "Ne me quitte pas" es un canto de amor desesperado, quizás la más triste canción que se haya escrito jamás, pero si es o no una humillación es cuestión de puntos de vista. Cómo sentimos la belleza de una música o de un poema es a menudo independiente de las circunstancias personales de su creador, muchas obras de arte adquieren una dimensión intemporal que es la que persiste en el recuerdo.

Cuenta la historia que Jacques Brel escribió "Ne me quitte pas" tras ser abandonado por Zizou (Suzzane Gabriello), una de sus muchas amantes. La vida de este cantante es en sí mismo una contradicción, tenía un talento inmenso pero nunca supo exactamente lo que quería, y su breve historia está llena de indecisiones y remordimientos. Nació en Bruselas en una familia acomodada y recibió una educación católica de la que nunca pudo despegarse. Trabajó en la empresa familiar y se casó a los 21 años con Therese Michielsen, con la que tuvo tres hijos. Pero tres años después, en 1953, viaja a Paris donde abraza una vida bohemia, relacionándose con la intelectualidad francesa de la época, y trata de abrirse camino como cantante. En esa época inicia una intensa actividad amorosa con diversas mujeres, pero el sentimiento de culpabilidad no le permite ser feliz. Nunca abandona a su mujer quien, al parecer, tolera sus infidelidades. En 1955 conoce a Zizou, posiblemente su gran amor, con la que convive casi cinco años,
pero la relación es tormentosa y ella al final lo abandona. Es entonces cuando escribe "Ne me quitte pas".

Su debut en el Olympia y su consagración como artista se producen en 1961, pero cinco años después, sin abandonar por completo la canción, decide dedicarse al cine. Su triunfo es discreto y en 1973 le diagnostican un cáncer de pulmón. De nuevo abandona todo, se compra un velero de 19 metros y, junto a su actual amante Maddly Bamy, se embarca rumbo a la Polinesia, siguiendo los pasos de Stevenson y Gauguin. Vive con Maddly en las Islas Marquesas, donde vende el barco y se compra un avión, un bimotor de hélice que utiliza como taxi para trasladar a los nativos de una isla a otra. En 1977, vuelve a París en secreto y graba el que será su último disco, Les Marquises, que obtiene un éxito sin precedentes. Pero ya está muy enfermo y fallece a los 49 años en un hospital de Paris. Su esposa, de la que nunca se divorció y a la que dirigió cartas de amor hasta el fin de sus días, y su amante Maddly Bamy, se abrazan desconsoladas ante el lecho del artista.




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martes, 17 de febrero de 2015

LA MUERTE DE ARTEMISA (Novela) - CAPÍTULO 1

 Como habrán adivinado me propongo subir al blog una novela escrita por un servidor de ustedes. He leído que a esta modalidad de difusión se le llama blogonovela, pero yo prefiero llamarla novela por entregas, que es un género de muy antigua tradición en el que trabajaron ilustres escritores del siglo XIX y comienzos del XX. Este tipo de escritura solía ser  un género de ficción caracterizado por el argumento poco verosímil y la simplicidad psicológica. Recurría a la temática amorosa, pero también al misterio y a lo escabroso. Ustedes dirán si me adapto a este modelo. Así pues, cada martes subiré una entrega de esta novela, que fue la primera que escribí. Espero que se lo pasen bien.

Sinopsis: Adrián Sánchez es un profesor de instituto y escritor aficionado que lleva una vida oscura y rutinaria en un pueblo pequeño. Una hermosa mujer y un misterioso individuo le convencerán para salir de su monotonía y emprender una peligrosa aventura.

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CAPÍTULO 1

Londres , 15 de agosto de 1985

El señor Osborne pasó suavemente el pequeño plumero por la pulida superficie del reloj de mesa que acababa de adquirir. Era una pequeña maravilla del siglo XVIII y, pese a estar habituado a las obras de arte por su profesión de anticuario, no dejó de admirar la gracilidad con que el artesano había tallado la caoba que enmarcaba la esfera. Había conseguido el reloj a un precio ridículo y esperaba obtener de su venta sustanciosos beneficios. Era aún temprano y el mercadillo se hallaba poco concurrido por lo que el señor Osborne continuó quitando el polvo y ordenando con meticulosidad su mercancía. La venta de antigüedades había disminuido mucho en los últimos años, pero agosto era un buen mes; tal vez escasearan los auténticos coleccionistas, pero abundaban los turistas caprichosos capaces de pagar con desenfado elevadas sumas.

Sin embargo, aquel hombre alto de aire distinguido que se había detenido ante el puesto, no le pareció un turista corriente. No era inglés, desde luego, a juzgar por el traje blanco de lino, el sombrero del mismo color y la llamativa corbata roja. Más parecía un americano rico, el tipo de cliente que hacía rentable el oficio. El señor Osborne se acercó y tosió con discreción. No le gustaba ser demasiado solícito: era preferible que el posible comprador se sintiera prendido de manera espontánea en la belleza de los objetos. El hombre alzó la vista y sonrió:

-¿El señor Osborne?

El anticuario asintió y sus esperanzas de venta declinaron ligeramente: la expresión de aquel hombre no era la de un cándido comprador. Se sintió, además, algo confuso al advertir que el desconocido tenía un ojo de cristal.

-¿Está interesado en alguna pieza, señor? -aventuró.
-Tiene aquí cosas muy hermosas, señor Osborne, pero en realidad lo que deseo es hablar con usted.

El señor Osborne experimentó un pequeño fastidio y miró en derredor. El público seguía siendo escaso; se encogió de hombros y dijo con amabilidad:

-Dígame.
-En privado, a ser posible.
-¿De qué se trata?

El desconocido bajó la voz.

            -Me envía Meyer.

El cuerpo del señor Osborne se tensó imperceptiblemente y su mirada reflejó desconfianza.

-Aquí no podemos hablar y ahora no puedo abandonar el negocio. Mi empleado vendrá enseguida. Hay un bar al final de la calle. Espéreme allí dentro de quince minutos.

El desconocido se alejó sin prisa, curioseando en otros puestos. El señor Osborne se sintió inquieto y continuó sacudiendo el polvo maquinalmente. Hacía años que no oía el nombre de Meyer. Acudió a la cita en el tiempo previsto; el hombre del ojo de cristal le esperaba. Se sentó frente a él y pidió café.

-¿Qué quiere? -dijo con alguna brusquedad.
-¿No me pregunta por Meyer?
-Es cierto. Estoy olvidando los buenos modales. ¿Cómo está Dan?
-Está bien. Le envía recuerdos. Estuvimos hablando de los tiempos que ustedes dos trabajaban juntos.

El señor Osborne pareció abstraerse unos segundos. Luego recuperó el tono seco:

-Perdone, ¿qué le parece si vamos directamente al asunto?
-De acuerdo, Osborne. Quiero proponerle un trabajo.
-Imagino de qué trabajo se trata. Lo siento, no me interesa.
-¿No quiere conocer los detalles?
-No. Meyer debería haberle dicho que estoy retirado.
-Me lo dijo -admitió el visitante sonriendo-; también me dijo que usted seguía siendo el mejor.
-Meyer es muy amable, pero se equivoca.
-Permítame dudarlo. En el 75 realizó usted un trabajo excelente en Guatemala. En el 78 participó en el caso Kowalsky. En el 81 se dice que trabajó para Tel-Aviv... ¿Quiere que siga?

El señor Osborne alzó una mano.

-No. Espero que entienda esto de una vez. Estoy retirado, ¿comprende? Aquello terminó. Escuche: tengo sesenta y cinco años y estoy cansado. Lamento decírselo, porque viene de parte de Dan, pero está usted perdiendo el tiempo.
-Le pagaríamos muy bien.
-Lo supongo, pero no me interesa. Le ruego que no insista -dijo el señor Osborne poniéndose en pie.

El desconocido siguió sentado sin que parecieran desanimarle las negativas del señor Osborne. Tras una corta pausa dijo:

-Su verdadero nombre es Hoffman, ¿verdad?

Los pálidos ojos azules del señor Osborne brillaron con hostilidad.

-Eso pertenece al pasado -replicó -. Hace mucho tiempo que soy ciudadano británico.
-Lo sé. Estoy bien informado. Sé también que usted vivía en Bélgica durante la ocupación alemana y que padeció la persecución de los nazis. Tendría entonces dieciséis o diecisiete años y tuvo que valerse por sí mismo para sobrevivir. Algunos amigos y familiares suyos no lo lograron, otros tuvieron que huir. Su hermano mayor, Aaron, consiguió pasar con mucho riesgo a Francia y de allí a España, donde comenzó a vivir con nombre supuesto.

Sin perder por completo su expresión correcta, el rostro del señor Osborne se había contraído y el normal tono rosado de sus mejillas era ahora más intenso.

-¿Adónde quiere ir a parar?
-Por desgracia -siguió el hombre del ojo de cristal-, un tiempo después, cuando su hermano estaba ya casado y había iniciado una nueva vida, un grupo fascista descubrió quién era y lo secuestró. Su cadáver, horriblemente mutilado, apareció poco después sin que hasta hoy nadie haya pagado por ese crimen.

El señor Osborne volvió a sentarse.

-El responsable de aquella muerte aún vive. Se da la circunstancia de que el trabajo que le propongo ha de ejecutarse en España y que precisamente ese hombre es nuestro adversario en esta operación.

La mirada dura e impía del señor Osborne hubiera desconcertado a sus habituales clientes, acostumbrados a la bonhomía y dulzura de trato del anticuario. Sin modificar el tono de voz, dijo:


-Empiece a hablar.

(Continuará)


 .    

sábado, 14 de febrero de 2015

El próximo verano


Sin palabras

El humor sin palabras- la viñeta, el dibujo en el que nadie habla- tiene una larga tradición de excelentes dibujantes. Es una concepción distinta del efecto cómico, ya que en la mayoría de los chistes la comicidad proviene de una frase o de un diálogo entre los personajes. El chiste mudo suele constar de una sola viñeta, aunque hay excepciones, como aquel gran dibujante del TBO, Josep Coll, que realizaba historietas de una página sin escribir una sola sílaba. Muchos dibujantes de éxito, como OPS, Quino o Sempé han utilizado eventualmente este recurso, pero ha habido humoristas especialmente dedicados a esta modalidad, algo que desde mi infancia me ha producido admiración. Siempre me ha parecido que  hacer reír con un dibujo mudo implicaba una mayor dificultad, una destreza especial no accesible a cualquiera: lograr algo sin emplear el recurso más eficaz de que disponemos, la palabra. Recuerdo que muchas de estas viñetas tenían escrito al pie "sin palabras", como si no fuera evidente, pero tal vez era un modo de que el niño extrañado forzara su imaginación para entender el significado de estos dibujos.

Tengo la impresión de que en la actualidad hay menos cultivadores del humor sin palabras. Por eso me ha alegrado descubrir a Pol Leurs, un excelente dibujante luxemburgués, al que muchos de ustedes ya conocerán. El humor de "Poleurs" ( es como firma) es transparente y hay en sus dibujos una ingenuidad que unas veces es perversa y otras bordea el absurdo. Pero uno advierte enseguida que, por encima de todo, dibuja con cariño a sus personajes. Les dejo un vídeo que he fabricado con las caricaturas que me han hecho más gracia. 


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miércoles, 11 de febrero de 2015

El Quinteto en Do mayor

Gustav Klimt (1899) "Schubert tocando el piano".

Que Franz Schubert terminara el Quinteto para cuerdas en Do mayor tres meses antes de morir ha dado origen a molestas suposiciones oportunistas,  como por ejemplo que en esta partitura el compositor expresó la premonición de su muerte. Nada nuevo, son truculentas leyendas sentimentales muy queridas por los biógrafos, semejantes al insufrible mito construido sobre el Réquiem de Mozart, que pretenden acentuar de manera artificial la trascendencia de la muerte de un genio. Es cierto que en determinadas circunstancias una persona puede intuir que le queda poco tiempo de vida, pero en otras el deceso sobreviene sin previo aviso. En todo caso no sabemos si Schubert intuyó o no la vecindad de la muerte, ya que no dejó nada dicho o escrito al respecto, y a uno le parecen innecesarias estas hipótesis mortuorias si de lo que se trata es de ensalzar la música sublime del Quinteto en Do mayor. No es necesario: esta composición es, sin lugar a dudas, la máxima expresión de la música de Franz Schubert y una de las grandes obras maestras de la música de cámara de todos los tiempos.

Schubert compuso el quinteto de cuerda en el verano de 1828, al mismo tiempo que sus tres últimas sonatas para piano y varias de las canciones del ciclo Schwanengesang (El canto del cisne). Schubert presentó estos trabajos para su examen a uno de sus editores, Heinrich Albert Probst. Escribió: "Por fin he escrito un quinteto para 2 violines, 1 viola, y 2 violonchelos. Si alguna de estas composiciones le parece adecuada, por favor hágamelo saber." El cretino de Probst respondió pidiendo solo algunas de las obras vocales y las partes de piano más populares, rechazando el quinteto (y la última sonata para piano, D. 959, magistral composición avanzada para su tiempo; si pueden oigan el adagio de esta sonata: tiene una intensidad semejante al andantino del quinteto). De este modo la obra cumbre de Schubert permaneció inédita en el momento de su muerte, en noviembre de 1828. Se cuenta que la última obra musical que quiso oír el compositor fue el cuarteto op. 131 de Beethoven, otra cima de la música de cámara.  Hubieron de transcurrir veintidós años antes de que el quinteto en Do mayor fuera interpretado en público, el 17 de noviembre de 1850 en el Musikverein de Viena.


Sería superfluo añadir algo más a todo lo que se ha escrito sobre esta obra. Solo les pido que se entreguen a la hipnosis del andantino y quizás concluyan que, a pesar de todo, ha habido seres humanos capaces de crear belleza.


martes, 3 de febrero de 2015

Trigal movido por el viento


B

Antes la B solo se empleaba para los planes, todo el mundo sabía que el plan B era una alternativa al plan A, aunque plan A no se decía nunca, el plan A era simplemente el plan, la estrategia que uno maquinaba para conseguir algo, para aprobar un examen mal preparado, para ligar con una chica difícil o para sacarle algo de dinero extra a tus padres. Si la estrategia inicial fracasaba recurrías al plan B y para ello empleabas una logística diferente , que en el caso del dinero, por ejemplo, consistía en  sacárselo a esa tía tuya que era tu madrina y te adoraba. Esta alternancia no solo funcionaba a nivel individual, también a nivel colectivo, en el futbol era muy evidente, no era lo mismo ir ganando 2-1 que perdiendo 0-4 en tu campo, porque ese era el momento en que el entrenador recurría al plan B y sacaba la toda artillería. Hablamos en pasado, pero estas cosas siguen ocurriendo, sigue habiendo planes B en todos los órdenes: si una nación poderosa, pongamos por caso, no consigue por medios diplomáticos que otra menos poderosa le rinda pleitesía, le manda los drones y asunto terminado; y también en la política, si un partido después de recortar a diestro y siniestro sin consultar a nadie se encuentra con dos o tres encuestas desfavorables, recurre al plan B y lanza un vídeo de dirigentes tomando café diciendo qué bien lo hemos hecho.

Y a nivel íntimo no digamos, cuando en un matrimonio él o ella tienen un amante, es como si tuvieran un plan B sexual: una vez al mes el confortable sexo legítimo, y más a menudo el encoñe enfebrecido del sexo B. Ya que hablamos de intimidad, nada más íntimo que las creencias: honorables ciudadanos del pasado, defensores fervientes de la vida, podían encontrarse de pronto en una disyuntiva fatal si su hija adolescente se quedaba embarazada. Y, claro, ante el riesgo de que su honor se mancillara algunos recurrían al plan B, o sea al aborto, porque una cosa es ser antiabortista de corazón y otra tener el problema en casa. Ya se sabe, vicios privados, virtudes públicas, porque desde fuera uno puede hablar de doble moral o de hipocresía, pero los trapos sucios hay que lavarlos en casa.

Aunque estas cosas han ocurrido siempre, ahora nos llevamos las manos a la cabeza con las cajas B de los partidos políticos y las tarjetas black y los paraísos fiscales y toda esa basurilla, sin darnos cuenta que solo son planes B como los de toda la vida. Algunos imputados de corrupción parecen incluso sorprendidos del cabreo popular, quizás porque no creen haber vulnerado la ley. Ellos, como decía Franco, solo se sienten responsables ante Dios y ante la historia. Así que no se extrañen de que un ex tesorero salga de la cárcel  y diga: "No me arrepiento de nada. Volvería a hacer lo mismo".


Lógico, solo había recurrido al plan B.

lunes, 2 de febrero de 2015

Hace un rato


Callejas polvorientas

Plaza Mayor de Lima, Perú.


Hay canciones que forman parte de tu vida, canciones aprendidas sin saber de dónde venían, quién era su autor, quién las cantaba, estaban ahí, las oías en la radio o las cantaba un amigo y esa música te entraba en las venas y te llegaba al corazón. Son canciones que dejaste de cantar hace años y que un día, sin pretenderlo, las escuchas en tu memoria y son como como un resplandor que se abre camino en el tiempo y te obliga a pensar quién eras tú entonces, qué queda de ti, dónde se fue aquella guitarra, aquellos amigos, la chica que entonces te gustaba, y piensas que acaso solo te queda una canción.




Alicia Rosa Maguiña Málaga (Lima, 28 de noviembre de 1938) es una reconocida cantante y compositora peruana.