martes, 10 de noviembre de 2015

La buena muerte

Pieter Brueghel el Viejo, El triunfo de la muerte, detalle, Museo del Prado, 1562

El griego Epicuro dijo: "El peor de los males, la muerte, no significa nada para nosotros, porque mientras vivimos no existe, y cuando está presente nosotros no existimos". Es una pena que el filósofo tuviera razón, porque si alguien nos pudiera relatar lo que ocurre después morir, sería una importante aportación a nuestra cultura. Ya se intentó en el siglo XIX y principios del XX, cuando florecieron los fantasmas, los médiums y las sesiones de espiritismo, pero todo ese movimiento se fue desinflando a causa de las frecuentes supercherías y la imposibilidad de demostrar aquellos pretendidos prodigios. En cualquier caso, tanto en creyentes como en agnósticos, un temor supersticioso hacia  la muerte no se ha perdido por completo, y en casi todos los códigos éticos del mundo existe un obligado respeto por la vida humana. Y es precisamente en el comienzo y el final de la vida, donde la supuesta infracción de esos códigos resulta más conflictiva. Hablo del aborto y la eutanasia.

Las colectividades han elaborado leyes que regulan estas dos situaciones, pero llama la atención la disparidad de criterio que existe entre los distintos países. Es obvio que la presión religiosa influye en la elaboración de estas leyes, pero no solo la religión, ya que tanto el aborto como la eutanasia son utilizados como instrumentos políticos:  de forma restrictiva, por parte de los partidos conservadores, y permisiva por parte de los partidos progresistas. Actitud lamentable en ambos casos, porque se convierten en etiqueta multiuso situaciones graves que requieren una mayor reflexión y soluciones distintas en cada caso individual.

Ni en la Grecia clásica ni en el Imperio Romano, el provocarse la muerte o ayudar a otro a morir planteaba problemas legales. Existía el concepto de que una vida indigna -fuera por enfermedad, ruina o desgracia política - no merecía la pena ser vivida. En la Edad Media,  la doctrina cristiana, pero sobre todo la Santa Iglesia Romana, cambiaron este concepto. Si la vida era un don otorgado por Dios, la persona incurría en pecado grave al disponer libremente de ella. Curiosa disposición que naturalmente no incluía las vidas arrebatadas en una guerra o en una ejecución, ya que estas muertes "estaban justificadas". Esta paradoja medieval - que no afectó al pensamiento oriental- no se ha extinguido y sigue vigente en nuestros días. Aunque estuviera inspirada por el clero, la espera resignada de la muerte fue también un hábito social. La muerte repentina (mors repentina et improvisa), se consideraba  una muerte mala (mala mors). Lo correcto era estar plenamente consciente para despedirse de familiares y amigos y poder presentarse en el más allá con un claro conocimiento del fin de la vida.

Jules-Élie Delaunay. Peste en Roma. 1869

Arnold Böcklin, La peste, Museo de Arte, Basilea, 1898

A finales de la década de 1340, la peste negra mató entre uno y dos tercios de la población mundial y miles de personas se enfrentaron a la muerte sin posibilidad de ser asistidos por un sacerdote. Esto causó frecuentes levantamientos populares y para mitigar  esta carencia, entre 1415 y 1450, apareció el tratado Ars Moriendi, de autor anónimo, en el que se daban consejos y reglas para morir bien. Presentaba la muerte como la última batalla que debe librar el ser humano para ganar la salvación de su alma. Los consejos de este libro no afectaban solo a los moribundos, sino también a los familiares y amigos,  que debían comportarse de manera adecuada  junto al lecho del doliente. 

Ars Moriendi.Tentación de la falta de fe; grabada por Maestro E.S. circa 1450.

El Ars Moriendi tuvo un éxito fulgurante en toda Europa y se siguió editando durante siglos.

En la sociedad actual, las leyes que regulan la eutanasia y el aborto no deberían estar influidas por los preceptos religiosos. Lo que una religión prohíbe a sus adeptos, no debería hacerse extensivo al resto de la sociedad. Pero los jerarcas del Vaticano hablan a menudo para toda la humanidad. Joseph Ratzinguer, antes de ser Papa, dijo estas palabras contradictorias o hipócritas  : "Aunque la Iglesia exhorta a las autoridades civiles a buscar la paz, y no la guerra, y a ejercer discreción y misericordia al castigar a criminales, aún sería lícito tomar las armas para repeler a un agresor o recurrir a la pena capital. Puede haber una legítima diversidad de opinión entre católicos respecto de ir a la guerra y aplicar la pena de muerte, pero no, sin embargo, respecto del aborto y la eutanasia"

Parece entonces que en nuestras sociedades democráticas occidentales, henchidas de derechos humanos, existe una doble vara de medir con respecto a la muerte: se contemplan homicidios legales  y homicidios  ilegales. Los legales son numerosos: la guerra en todas sus modalidades incluyendo las victimas colaterales, la pena de muerte, en los estados donde no está abolida (por supuesto el verdugo no es un homicida), la defensa propia con resultado de muerte, incluso inmolarse en un acto heroico que cause víctimas enemigas puede ser legal y hasta romántico, y no solo para los musulmanes si recordamos al Sansón bíblico. Sin embargo acortar la agonía de un enfermo o frustrar el crecimiento de un embrión, son homicidios ilegales, y para tener visos de legalidad deben ajustarse a confusas leyes que los anteriores homicidios, descritos como legales, no precisan. Y que además pueden depender de la objeción de conciencia de profesionales de la medicina, que hace valer sus creencias personales en nombre de la humanidad. ¿No hay una gran hipocresía en esas personas, supuestamente defensoras de la vida, que condenan el aborto y la eutanasia, y permiten las masacres bélicas en nombre de la democracia? 

Si un Papa dictaminara urbi et orbe que el aborto y la eutanasia, debidamente reglamentados, son homicidios legales, disminuiría la confusión entre los católicos y se privaría a los políticos -de derechas y de izquierdas- de una de sus demagogias preferidas. Homicidios legales y homicidios ilegales, piensen en ello.


viernes, 6 de noviembre de 2015

LA MUERTE DE ARTEMISA - CAPÍTULOS 25, 26 y 27.

                                                                         25

                                                  MADRID, 12 DE SEPTIEMBRE



El señor Osborne se despertó muy temprano. Permaneció acostado largo rato escuchando el trinar de los pájaros y los escasos ruidos que provenían de la calle. Esperó hasta que su reloj de pulsera marcó las siete. Entonces se levantó sin hacer ruido. La habitación estaba sumida en una suave penumbra a la que el señor Osborne ya se había habituado durante la espera. Se vistió con rapidez, salió al pasillo y se encerró en el cuarto de baño. De regreso al dormitorio se detuvo ante la cama de Silvia. La muchacha dormía boca a abajo, abrazada a la almohada. Se ofrecía a la contemplación del señor Osborne un escorzo de su cuerpo apenas cubierto por el camisón. No la miró más allá de unos segundos y, procurando evitar el crujir de la madera, se acercó a la cuna. El niño estaba dormido. Se había despertado tres veces durante la noche y Silvia había atendido sus necesidades. El problema consistía ahora en mover al bebé sin que se despertara. Con sumo cuidado intentó levantarlo, pero el pequeño lloriqueó y el señor Osborne se quedó en suspenso. Luego, al ver que cerraba de nuevo los ojos, lo depositó con delicadeza sobre la cama. Algo hizo que se volviera y descubrió a Silvia sentada en la cama mirándole. El señor Osborne la observó un instante y ella sonrió con acento de disculpa. Con movimientos precisos levantó la colchoneta de la cuna y sacó el paquete alargado que aún seguía envuelto en el mismo plástico. Giró de nuevo la cabeza, pero Silvia ya no le miraba, parecía vigilar atentamente al niño. Fue hasta el otro extremo de la habitación, sacó del armario una bolsa de viaje y guardó en su interior el paquete. Miró hacia atrás y comprobó que la muchacha había devuelto el niño a su cuna. Sentada en la cama, seguía sonriéndole con sumisión. El señor Osborne hizo un breve gesto de despedida y salió de la habitación.



Le cegó la claridad del día. El cielo, de un azul intenso, estaba limpio de nubes y el sol reverberaba en los muros enjalbegados de las casas. Anduvo unos minutos orientándose por el ruido del tráfico hasta salir a una amplia avenida. Paró un taxi y ordenó al conductor que le llevara al aeropuerto. El coche le dejó en llegadas internacionales, cruzó rápidamente el hall y se dirigió a los lavabos. Esperó a que el recinto estuviera vacío y acto seguido se encerró en uno de los retretes, Se quitó el traje que llevaba y la corbata y lo guardó todo en la bolsa, de la que extrajo un uniforme azul, una corbata negra y una gorra. Se vistió con presteza y poco después pudo verse a un comandante de las Scandinavian Airlines salir de los lavabos. Cruzó de nuevo el vestíbulo, esta vez sin apresuramiento, llevando consigo el bolsón de viaje y se dirigió a la salida. Tomó de nuevo un taxi y pidió ir a un hotel céntrico. Si en el viaje anterior el señor Osborne no había despegado los labios, esta vez, a pesar de su escaso conocimiento del idioma, hizo comentarios comparando el clima de Madrid y el de Estocolmo y sobre la ajetreada vida de los pilotos.



Una vez en el hotel, se dirigió en inglés al recepcionista y le interrogó sobre la tripulación sueca que estaba alojada allí. El empleado movió con gesto dubitativo la cabeza y, tras consultar el registro, confirmó al señor Osborne que allí no había tripulación alguna ni existían reservas al efecto. Cabeceó el señor Osborne y masculló algo sobre una maldita confusión. Terminó pidiendo una habitación para dos noches. Cuando el recepcionista solicitó su pasaporte, el señor Osborne se palpó los bolsillos, repitió los cabeceos y dijo que debería estar en otra maldita maleta y en otro maldito hotel con el resto de la tripulación. Aseguró que en cuanto pudiese localizar a su grupo se lo entregaría. El empleado aceptó la excusa y le entregó la llave. El señor Osborne entró en la cafetería y pidió un desayuno inglés que consumió en poco tiempo. Luego se dirigió a los ascensores y subió a su habitación del séptimo piso.

Veinte minutos después volvió a bajar, dejó la llave en recepción y salió al exterior. El recepcionista no podía saberlo, pero para entonces la bolsa de viaje del olvidadizo piloto sueco había perdido una parte considerable de su peso. El señor Osborne se alejó del hotel a paso vivo y, al poco, aminoró la marcha seducido por la tibieza de la mañana. Caminó despacio por el andén lateral de la gran avenida, contempló con agrado el amarillear de los árboles, y, casi por primera vez, tomó conciencia de que se hallaba en España, un nombre que despertaba en su interior lejanos sentimientos. La primera parte de su misión había concluido y aunque existía una segunda -más difícil y decisiva-, no sabía con exactitud en que momento habría de iniciarse. Y eso era peligroso. El señor Osborne se daba cuenta de que la inactividad le hacía vulnerable a los recuerdos. Peligroso, muy peligroso. Por ello, trató de no considerar una descabellada ocurrencia que acababa de cruzar por su mente. Sin embargo era muy improbable que volviese a Madrid alguna vez. Entonces, ¿por qué no aprovechar la ocasión? Las probabilidades de que aquello interfiriese en la misión eran realmente escasas. Ante la parada de taxis se detuvo indeciso y trató de desproveer de toda afectividad al dilema. No lo consiguió. Otro signo de vejez, se dijo, no soy capaz de pensar fríamente. Admitida así la derrota no tuvo ya mayor problema en abrir la portezuela, acomodarse en el taxi y ordenar al conductor que le llevase a un lugar del Madrid antiguo.



No sabía con certeza adonde dirigirse y admitió la posibilidad de no encontrar lo que se había propuesto. El tiempo hacía borrosos los recuerdos. El coche le dejó en las cercanías de la Plaza Mayor, el único punto de referencia que poseía, y allí trató de orientarse. Callejeó por los alrededores, leyendo con dificultad los nombres de las calles sin dar con la que buscaba. A la vista de la poca efectividad de sus pesquisas decidió preguntar -no sin cierta prevención- a un agente municipal, que le atendió con inesperada solicitud, lo que no dejó de sorprenderle, hasta que recordó que iba vestido de uniforme. El guardia aclaró al señor Osborne que la calle en cuestión había cambiado de nombre y le explicó con profesionalidad cómo encontrarla.

Resultó ser una calle corta y estrecha. El señor Osborne la recorrió varias veces y leyó con atención los rótulos de los establecimientos, pero ninguno de aquellos nombres tenía significado para él. Entró en el único bar de la calle y pidió una cerveza. Le sirvió un muchacho joven y el señor Osborne vaciló antes de hablar.

-¿Sabe si existe o existía en esta calle un sitio llamado Cervecería Amberes?
-No señor -replicó el chico-, pero le puede preguntar a mi padre. Ahora le aviso.

El dueño del bar era un hombre calvo y sonriente. El señor Osborne repitió la pregunta.

-¿Cervecería Amberes, dice usted? Pues no caigo.
-¿Lleva mucho tiempo viviendo aquí?
-¿Que si llevo? Figurese, la taberna la puso mi padre.


-El propietario de la cervecería era extranjero. Se llamaba Hoffman.
-¿Hoffman? ¡Calle, ya sé quien dice! Usted habla de la señora Sofía, la del 15, que el marido era extranjero y lo mataron. Era yo un chaval, pero aún me acuerdo. Fue muy sonado.

El señor Osborne notó una sensación parecida a la falta de aire, pero su expresión no cambió.

-Si hombre, ya me acuerdo -siguió el tabernero-. Tenían un bar, como usted dice, pero no en esta calle sino en la paralela. La señora Sofía lo vendió al poco de ocurrir lo de su marido. Luego tiraron la casa y construyeron un edificio nuevo.
-¿Sabe usted si es posible encontrar a la señora Sofía?
-Pues claro. Vive en esta misma calle, ya le digo, en el 15. Creo que es el segundo izquierda.

El señor Osborne agradeció la información al tabernero y durante un rato soportó con cortesía su locuacidad. Localizó si dificultad la casa y el piso y pulsó el timbre con decisión. Salió a abrir una joven, casi una adolescente, de melena lisa y grandes y confiados ojos azules.

-¿Qué desea?
-Quisiera hablar con la señora Sofía. ¿Es posible?



La muchacha le miró con suspicacia, extrañada de su acento más que de otra cosa. Se volvió hacia el interior y dijo:

-Abuela, te busca un señor.

El señor Osborne calculó que la mujer que vino a su encuentro tendría más o menos su misma edad. Aún era una mujer atractiva. En sus ojos había un destello de arrogancia que sorprendió al anticuario.

-Usted dirá.

Absorto en la contemplación, el señor Osborne no parecía dispuesto a hablar, pero, al percibir la extrañeza de la mujer, dijo en voz baja:

-Sofía, soy Peter... Peter Hoffman.




                                                                         26

                                                       FOR THE GOOD TIMES



La macroestructura acristalada de la Seymour & Davidson se alzaba en la zona norte de La Castellana. Las gigantescas letras iluminadas del anagrama S & D eran familiares en la noche madrileña. Se me antojó simbólico mi acercamiento a la mole de acero y cristal, pero procuré desproveer de todo sentido épico a mis actos y concentrarme en la sencilla idea de que iba a saludar a un amigo. Imaginé que en días de trabajo hormiguearía en el interior del edificio un ejército de empleados, pero aquella mañana de sábado sólo un solitario vigilante armado, que no disimuló su extrañeza ante mi lamentable aspecto, acudió a mi encuentro.

-Quisiera ver al señor Sinclair.
-Las oficinas están cerradas.
-Sí, pero el señor Sinclair está aquí. Me han informado en su casa.
-¿Quiere darme su nombre?

Se lo di y el vigilante se retiró y habló a través de un teléfono interior.

-El señor Sinclair le recibirá. Su carné de identidad, si hace el favor.- Anotó mis datos y me devolvió el carné y una tarjeta de control-. Póngase esto, por favor. Piso catorce, ala norte, despacho 216. Por aquellos ascensores.

El ascensor ascendió con un suave susurro y sólo mi estómago acusó la disparatada velocidad del artefacto. Frenó con dulzura y mis vísceras se reorganizaron. Salí a un hall que se prolongaba en dos interminables corredores a derecha e izquierda. Elegantes rótulos de letras doradas indicaban: North Side y South Side. Puse rumbo norte y me adentré en el corredor. El silencio era tan sobrecogedor como la soledad. Mis pies se deslizaban sin ruido sobre gruesas alfombras y en los recodos encontré mesas vacías que imaginé ocupadas, en los días de labor, por eficaces secretarias. Avisté al fin una puerta marcada con el número 216 y entré sin llamar. Una secretaria de mediana edad se levantó a recibirme con expresión solícita.



-¿Señor Sánchez? Pase, por favor.

Empujó otra puerta que, al abrirse, descubrió la figura de Jorge Sinclair.

-Adrián, qué sorpresa.
-¿Qué tal Jorge? Cuánto tiempo sin vernos.
-En efecto. Pero hombre, ¿qué te ha pasado?
-Un pequeño accidente.

Nos fundimos en un abrazo y nos palmeamos la espalda, mientras la eficiente secretaria sonreía a media boca y salía de la habitación dejándonos solos. El despacho era un derroche de piel y maderas nobles. La mesa era de caoba maciza y las estanterías de madera y cristal. Había en un ángulo un tresillo Chester de color burdeos y de las paredes, también forradas de madera, colgaban cuadros de firma. Todo indicaba que mi amigo Sinclair tenía un rango elevado en la compañía. A Jorge lo hubiera reconocido en cualquier lugar: estaba algo más grueso y su pelo se había agrisado, pero sus piernas cortas y separadas, su cuerpo trapezoidal, casi sin cuello, y su cabeza en forma de pera no eran materia de confusión. Sobre todo persistía en mi memoria aquella mirada lúcida y dura que desconcertaba a los que pretendían mofarse de su poco agraciado físico.

-Bueno, bueno, el viejo Adrián. Siéntate, hombre. ¿Quieres un whisky? Tengo un Malta especial.
-Prefiero ginebra -dije sentándome en uno de los sillones.


-Ah, pues la ginebra que tengo es nacional.
-Esa es buena, Jorge. Antes sólo bebíamos ginebra a granel.
-Es verdad. Creo que no he vuelto a beberla desde entonces. Aquí tienes.-Me alargó un vaso tallado y añadió-: For the good times.
-For the good times -contesté repitiendo la antigua fórmula de cuando la pedantería nos hacía brindar en inglés por los viejos buenos tiempos.
-Creo que no te veía desde tu boda -decía Jorge-. ¿O no estuve en tu boda?
-No, nos vimos después, en una cena.
-Cierto. Al que he visto hace poco es a Escudero, ¿te acuerdas de Escudero?

Surge le conversación trabada de recuerdos, de noticias, de nombres ausentes, sin esfuerzo, como si el tiempo apenas contase. Veo a Jorge feliz, su expresión es relajada e intuyo que distinta a la cotidiana. Lo veo contento de verme, de hablar conmigo y me pregunto qué estoy haciendo aquí, si él sabe a qué vengo y por qué debo romper este momento. Los vasos se agotan y Jorge los rellena mientras rememora alguna fabulosa hazaña. Hay de pronto un silencio, un remanso en la conversación, y Jorge me mira con sus ojos duros y lúcidos y apenas sonríe.

-Bueno chico, estoy encantado, pero me has cogido hasta aquí de trabajo. ¿Por qué no cenamos juntos una noche de estas y seguimos hablando?

Comprendí que era necesario abandonar el pasado. Sinclair también lo sabía y me forzaba suavemente a ello.



-En realidad, tengo que hablar contigo de un asunto muy concreto. Un asunto urgente, Jorge.
-Muy bien, tú dirás.
-Estoy metido en un buen lío, Jorge.
-¿Un lío de faldas, de dinero...?
-No, no es nada de eso -aferré con ambas manos mi vaso y agregué -: Tú sabes a lo que he venido, Jorge.

Me miró con curiosidad sin afirmar ni negar nada, bebió un sorbo de whisky y pareció esperar a que yo continuase.

-A qué andarnos con rodeos, Jorge. Somos amigos. Sería estúpido andar con fingimientos. Hay una especie de juego en el que yo estoy metido y del que tú también formas parte.

Alce los ojos para observar su rostro. Su expresión no había variado. Dejó pasar unos segundos y se reclinó en su sillón con el vaso en la mano.

-¿Qué te hace pensarlo, Adrián?
-Bueno, hay una serie de hechos que me han llevado hasta ti. Si no los hubiera, si yo no tuviera la certeza de que tú estás implicado, no estaría aquí proponiéndote adivinanzas. Si no sabes de qué estoy hablando o no quieres darte por enterado, no insistiré. Habremos tomado unas copas y en paz. ¿Qué me dices?


-Lástima -movió una mano con aire resignado y concentró su atención en el fondo del vaso-. Hubiera preferido que esto fuera únicamente una reunión de antiguos compañeros. Pero tienes razón, hay que afrontar los hechos aunque no sean tan agradables, Adrián.- Permaneció unos instantes en silencio y luego me miró con una expresión distinta -: Voy a proponerte algo. Vete de aquí, desaparece, regresa a tu casa.
-¿Que me vaya? ¿Así, sin más?
-Eso es.
-¿Y no me ocurrirá nada? Quiero decir...
-Yo garantizo tu seguridad -dijo Jorge con firmeza.
-Eso quiere decir que a nadie le va a inquietar lo que he averiguado, o simplemente el hecho de que esté vivo.
-Precisamente.
-¿Y la policía?
-Todo puede arreglarse.
-Realmente tu proposición es muy generosa, Jorge. No pensé que todo resultara tan fácil -dije, y Sinclair no consideró necesario hacer ningún comentario. Pero para mí, las cosas no estaban tan claras.- Todo esto es un poco desconcertante, ¿sabes? Estos últimos días han sido de gran tensión. Me han ocurrido muchas cosas, me han golpeado -señalé vagamente mi rostro-, he tenido miedo, ha muerto gente... y tú me pides simplemente que me olvide de todo y me vaya. No sé, no acabo de entenderlo.


-Las cosas son así: has de tomarlo o dejarlo -atajó Sinclair-. Lo que por desgracia no puedo ofrecerte es una compensación a tus esfuerzos, una explicación, que es lo que estás buscando, supongo. Créeme, te aconsejo lo más conveniente. Quiero ayudarte. Sólo te pido que te olvides de este negocio.

Sentí deseos de moverme, de caminar por aquel mundo de alfombras silenciosas y mirar desde lejos a Jorge para distanciarme un poco de los recuerdos. Sabía cuales iban a ser mis próximas palabras y no podía hacer nada para evitarlo.

-Me pides más que eso, Jorge.
-¿A qué te refieres?
-Me pides que renuncie a mi dignidad.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Premio Blogger House


Quedo muy agradecido a Suni Mocholí Roselló que ha tenido a bien nominar EQUINOCCIO para el Premio Blogger House, que se concede por "La contribución positiva de aquellos blogueros que tengan al menos un blog actualizado regularmente y con contenido de calidad".
Un premio a la constancia y a la pasión por lo que se publica.
Para recibirlo es requisito:
El agradecimiento a quien te nomina.
La nominación de 10 blogueros que a título personal contribuyan de forma activa en la blogosfera
Notificarlo públicamente a los nominados.
Poner el logo en tu blog.
Mis nominados son:

Pepa R. Infante, por su blog Cajón-de-sastre .http://peparinfante.blogspot.com.es/
Nuseba Jones, por su blog  Polaroids. http://nusebajones2.blogspot.com.es/


miércoles, 28 de octubre de 2015

Noche transfigurada


Cuando la música empezó a cambiar, cuando también cambiaba la pintura y la literatura, cuando el arte, cualquier arte, se encogía sobre sí mismo para lanzarse al abismo de la modernidad, hubo una pequeña obra musical, un sexteto de cuerda, que juntó el pasado y el futuro de la música. La compuso el austriaco Arnold Schönberg,
Egon Schiele. Arnold Schönberg
en 1899, cuando aún no había desarrollado la música atonal por la que sería recordado y en su mente flotaban todavía resonancias de Brahms y Wagner. Esta obra se titula "
Verklärte Nacht (Noche transfigurada)", y está basada en el poema de Richard Dehmel del mismo título. La pieza se divide en cinco secciones, que corresponden a las cinco partes del poema, y cada sección es una metáfora de la narración. Su estreno en 1902 fue controvertido por las armonías avanzadas de Schönberg y en parte por el contenido sexual del poema de Dehmel.
Estos son el poema y la música:
      
      Dos personas caminan a través de un desnudo          bosque frío;
      La luna corre sobre ellos, se miran en ella.
      La luna corre sobre los altos robles;
      ni una nube oscurece la luz del cielo
     donde las negras ramas se extienden.
     La voz de una mujer habla:

    “Llevo un niño, y no es tuyo,
     camino en pecado junto a ti,
     he cometido una gran ofensa contra mí misma.
    Yo ya no creía que pudiese ser feliz,
     y sin embargo, tenía el fuerte deseo
     de sentir la plenitud, la felicidad de ser madre.

     Y por ello, he cometido un descaro,
     así que, temblando, entregué mi sexo
     a los brazos de un hombre extraño,
     y así quedé embarazada de él.
     Ahora la vida se ha cobrado su venganza:
     Ahora te pertenezco, oh, te he encontrado.”

     Ella camina con paso torpe.
     Ella levanta la vista; la luna corre sobre ellos.
    Sus ojos oscuros se ahogan en la luz.
    La voz de un hombre dice:
   “Ese niño, ese que tú has recibido,
    su alma no es una carga.
    Sólo hay que ver ¡cuán claro brilla el universo!
    Hay un resplandor en todas las cosas
    Tú vas a la deriva junto a mí en un océano frío,
    pero una calidez especial parpadea
    desde ti hacia mí, desde mí hacia ti.

  Esa llama transfigurará al niño,
  al que tú le darás vida, como si fuese mío.
 Tú me has traído la luz,
 Tú has hecho un niño de mí.”
 Él posa su mano en sus anchas caderas
 mientras sus alientos se entremezclan en el aire.
 Dos personas caminan a través de la alta noche brillante.


domingo, 25 de octubre de 2015

El mito de Don Juan


"La noche de Varennes". Ettore Scola, 1982.

Con frecuencia se olvida que Don Juan es un personaje inexistente. Es un mito, como lo es Fausto, surgido del inconsciente colectivo y posteriormente moldeado por diversos autores, según su propio criterio o atendiendo a los convencionalismos éticos y morales de cada época. Así, lo que la filosofía, la literatura o la música nos ofrecen sobre este personaje, no debería ser atribuido a una personalidad simbólica, a un icono definido, como es lo habitual, sino al imaginario popular, que es el que crea a Don Juan con sus virtudes y sus defectos, no como persona sino como expresión de un sentimiento colectivo. No se debe, por tanto, comparar a la figura de Don Juan con libertinos vivos o extintos, como Giacomo Casanova, ya que éste y otros actúan a nivel personal, inspirándose o no en el mito. (Se dice que el caballero Casanova ayudó a Da Ponte en la elaboración del libreto de Don Giovanni).
Tanto Don Juan como Fausto son mitos relacionados con el sexo, aunque una mínima reflexión basta para preguntarse si hay algún mito en el que no exista subyacente esta poderosa fuerza vital. Don Juan, un depredador del amor, se caracteriza por la cantidad (muchas conquistas), mientras que Fausto lo hace por la calidad (consagra su pasión a una sola mujer), pero en los dos hay una rebelión frente a lo establecido, una lucha contra Dios, cuyo antecedente inequívoco es el mito de Prometeo. Foucault lo explica: "Los dos grandes sistemas de reglas que Occidente ha concebido para regir el sexo -la ley de la alianza y el orden de los deseos- son destruidos por la existencia de Don Juan". Se ha equiparado el instinto del poder con el instinto sexual, y etiquetado a ambos como los grandes motores de la humanidad. Pero no son fuerzas independientes, porque desde la más remota antigüedad se sabe que quien controla el sexo controla el poder. No hay instinto biológico más penalizado que el sexo, y no solo por las religiones, sino también por las diferentes normas éticas y sociológicas que han regulado las sociedades humanas. Aún hoy, no nos hemos desprendido de esa lacra.
El mito de Don Juan entraña una contradicción aparente. Es una figura que a pesar de su manifiesta depravación, gusta al pueblo, y, más aún si cabe, a grandes dramaturgos, novelistas y músicos que reeditan el personaje a través de los años, sea para condenarlo o ensalzarlo. ¿Cómo se explica que un individuo detestable, a menudo tachado de insensible y carente de inteligencia, se haya convertido en fuente de inspiración intelectual desde su origen hasta nuestros días? Quizás, en vez de estudiar la supuesta psicología de Don Juan, habría que mirar los deseos ocultos o reprimidos- sin distinción de género- de ese imaginario colectivo que es, a la postre, el que ha originado y hecho perdurar el mito. 
Visto de esta manera, Don Juan es un malvado, pero al ser también un luchador contra la represión y despreciar lo establecido, sintoniza con el sentir popular que se mimetiza en él para ser desagraviado. De Tirso a Mozart, la gran mayoría de los autores que retoman el mito lo condenan y, aun así, en el imaginario popular sigue siendo un héroe.Pero con una condición: que al final su maldad sea castigada. Esta es la contradicción, que no lo es en realidad, porque más que contradicción es un proceso complementario: bien está que el gran seductor se burle de lo divino y de lo humano, pero la conciencia religiosa del pueblo  debe quedar ilesa, no se puede permitir que un redomado pecador escape del infierno, porque si el héroe-pecador se salva, ¿para qué sirve la sacrificada vida que lleva un buen cristiano con objeto de salvar su alma?
El Romanticismo trata de dulcificar un poco las cosas, dándole al abyecto personaje la posibilidad de redimirse por amor, pero al hacerlo destruye el mito: Don Juan no es nadie sin su orgullo desmedido, sin su sensualidad sin límite, sin su desprecio de la muerte. Don Juan se humaniza al aproximarse a un nuevo gusto popular: como el más común de los mortales goza, peca, sufre, se arrepiente y se salva. Pero deja de ser un mito.

¿Qué queda del personaje en la actualidad? Muy poco. Para que Don Juan exista, tienen que existir a su vez mujeres incautas que se dejen seducir y comendadores que quieran vengar su honor mancillado. Estos últimos, escasean, y la mujer actual ya no teme a los seductores, si no es ella misma la seductora. Los seductores modernos envejecen, forman una familia y tienen hijos, como previó Kierkegaard en "Diario de un seductor". 

En “La noche de Varennes” (Ettore Scola, 1982), un Casanova ya viejo, interpretado por Mastroianni, se encuentra con una mujer joven que queda prendada de él, o quizás de su fama, y el eterno seductor, ya vencido, le dice: “te encontré demasiado tarde en la vida y tú me encontraste demasiado temprano”.


viernes, 9 de octubre de 2015

El sentido de la vida

Paul Gauguin - D'ou venons-nous? Que sommes-nous? Ou allons-nous? 1897, Museo de Bellas Artes (Boston), Boston, MA, USA
 Un capítulo de mi libro "El laberinto de Dios"

El sentido de la vida
Yo vivo, y por tanto mi vida debe tener algún sentido. Esta puede ser una manera de formular la pregunta sobre el sentido o significado de la vida, cuestión no resuelta que ha ocupado un lugar preferente en la historia de la filosofía. La mayor parte de los pensadores ha restringido esta pregunta al sentido de la vida humana, en razón a que solo nuestra especie tiene capacidad para preguntarse por el significado de su vida. Pero la vida es independiente de la conciencia y por consiguiente el hecho de vivir afecta tanto al ser humano como a cualquier otro ser vivo. Sin embargo la especie humana es, por lo que sabemos,  la única  que conoce que su vida está limitada en el tiempo, y es precisamente esa certeza de la muerte la que nos impulsa a preguntarnos  por qué y para qué vivimos.

El hombre rechazó siempre la idea de que la muerte fuera el final absoluto de su persona; el cuerpo material desaparecía, eso era innegable, pero su "yo", su "espíritu", su "alma" o como quiera llamarse esa supuesta parte no material del ser no podía extinguirse con la muerte. La creencia en otra vida se remonta al principio de la humanidad, ya que además de mitigar el miedo a la muerte, proporcionaba un sentido a la existencia. Vivimos y morimos, para seguir viviendo en otra vida que es eterna. Las diferentes religiones han ofrecido su particular interpretación de cómo sería esa otra vida, ya que todo lo relacionado con el espíritu y la vida después de la muerte ha sido durante siglos  competencia casi exclusiva de la clase sacerdotal, única capaz de interpretar la revelación del dios o los dioses correspondientes. La existencia de otra vida se convierte así en un importante instrumento  regulador de la conducta del ser humano, ya que éste alcanzará un premio o un castigo según sus merecimientos durante tránsito terrenal. El budismo no admite dioses ni vida eterna en el mismo sentido que las religiones judeocristianas, pero tampoco escapa a la esperanza de otra vida después de la muerte mediante la reencarnación. Por tanto, para el creyente, sea cual sea esa creencia, la vida es solo un tránsito, y su sentido está más allá de la vida misma: procurar que nuestras obras, nuestros pensamientos y nuestros anhelos se adapten a un determinado código para, después de la muerte, alcanzar otra vida en la cual, si hemos cumplido, disfrutaremos del bien absoluto en sus distintas versiones.

Para el no creyente es más difícil encontrar un sentido a la vida. Si como afirma la ciencia no existen dioses creadores, el universo y la vida surgieron por azar, no hay un más allá y nuestra conciencia es solo una consecuencia biológica de la evolución, la vida humana no tiene más sentido que la de un chimpancé. Pero esta proposición es difícil de aceptar y ha sido uno de los problemas que más han preocupado a los filósofos. Para Albert Camus juzgar si la vida merece la pena vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía. El dilema es por tanto suicidarse o no. Para Heidegger, el hombre habita el mundo, que es su morada, y lo organiza de acuerdo con sus proyectos y decisiones, en cambio el animal, se limita a corretear por el mundo. Nietzsche se acerca a Epicuro y propone hallar el sentido de la vida realizando lo que a uno le hace feliz, de tal manera que si volviera al pasado volvería a hacer lo mismo, creando así un bucle infinito que confirma el acierto de nuestros actos respecto a nuestra razón. Es más racional la visión de Wittgenstein: “Nosotros sentimos que incluso si todas las posibles cuestiones científicas pudieran responderse, el problema de nuestra vida no habría sido más penetrado”. “La explicación del sentido del mundo debe quedar fuera del mundo [...] sólo podríamos decir cosas sobre el mundo como un todo, si pudiésemos salir fuera del mundo, es decir, si dejase de ser para nosotros el mundo".

A menudo el hombre encuentra dramático que la vida pueda no tener sentido. Este pensamiento le angustia, porque parece forzoso que la inteligencia humana, muy superior a la de otros animales, no sea un hecho fortuito en la naturaleza. Y si lo es, habría que plantearse, como Camus, si merece la pena vivir una vida sin sentido. Para John Gray esa frustración nace de la deprivación de un cristianismo que todavía no hemos conseguido superar. Durante siglos la Iglesia se ocupó de responder a esta preguntas y sus dogmas influyeron no solo en la filosofía sino también en la ciencia incipiente. Revolucionarios hallazgos científicos, las leyes de Newton, por ejemplo, no eran sino el refrendo de la obra de Dios. En el Renacimiento y después en La Ilustración se produjo una escisión, una rebelión frente al poder religioso, sustituyendo la fe por la razón y la teología por la ciencia. Así surgió el humanismo, un movimiento que renunciaba Dios, pero aceptaba  la supremacía del ser humano como especie capaz de ser dueña de su destino, lo cual no era sino una versión secular del cristianismo (Gray). El hombre seguía siendo el rey de la creación (aunque nada hubiera sido creado) y su privilegiada inteligencia  construía esa abstracción que llamamos progreso. Si se descarta el premio después de la muerte, el sentido de la vida hay que buscarlo en la vida misma. Para Carlos Marx, por ejemplo,  el sentido de la vida está en la lucha, tanto la individual o personal como la social, por la redención del hombre de toda forma de esclavitud y explotación. Jaspers cree que el sentido de la vida solo es válido en una dimensión subjetiva: es el móvil supremo de la conducta humana, es la ley que rige la toma de decisiones del individuo en su acción social e individual. Para Epicuro el sentido de la vida es evitar el dolor, la cumbre del placer es la simple y pura destrucción del dolor.

martes, 6 de octubre de 2015

Versión original


Cuando yo era joven, escuchar las canciones de música pop en otra versión que no fuera la original era casi un sacrilegio. No era un capricho, por lo general las segundas o terceras versiones de una canción rara vez alcanzaban la calidad de la versión original, que éramos capaces de reconocer con solo escuchar los primeros compases. Hoy vamos a recordar algunas excepciones a esta regla.

The first time ever I saw your face. Es una canción folk de 1957 escrita por el activista británico Ewan MacColl para su amante, la cantante Peggy Seeger. La canción pasó sin pena ni gloria y solo en 1962, cuando fue grabada por The Kingston Trío, alcanzó una discreta notoriedad. Existen versiones de otros grupos folk, como Peter, Paul and Mary y The Brothers Four, que tampoco hicieron despegar esta composición.

Escuchen la poco afortunada versión original de Peggy Seeguer, cuya voz no era lo que dice agradable.


Esta canción alcanzó el éxito absoluto en 1972,  en la voz de la cantante y pianista Roberta Flack, que se olvidó del ritmo folclórico original, transformándola en una balada romántica. ¿Pero cómo se le pudo ocurrir a su autor componer una  folk song con esta letra?:
The first time ever I saw your face
I thought the sun rose in your eyes
And the moon and the stars were the gifts you gave
To the dark and the endless skies, my love
To the dark and the endless skies.

Roberta Flack deshizo la incongruencia: su voz rezumaba sensualidad por todos los poros. Escúchenla.



A pesar del éxito, MacColl siempre renegó de la versión de Flack y sucesivas versiones.

My way. Esta balada es una adaptación al inglés, realizada por Paul Anka, de la canción francesa "Comme d'habitude", escrita por el cantante pop Claude François y Jacques Revaux, con letra en francés de Claude François y Gilles Thibaut, en 1967. Claude compuso esta canción después de haber roto su relación sentimental con la cantante francesa France Gall, que había sido la ganadora, dos años antes, del Festival de Eurovisión con la mil veces oída cancioncilla "Poupée de cire, poupée de son", compuesta por Serge Gainsbourg.  


No sé si "Comme d'habitude" triunfó en su país, pero no recuerdo que llegara a España. Paul Anka la escuchó durante unas vacaciones en el sur de Francia y voló a Paris para negociar los derechos de la canción. Dejó dicho: " Era una grabación malísima, pero me pareció que tenía algo". Un tiempo después estuvo cenando con Frank Sinatra en Florida. El croonner le confesó: "Voy a dejar este negocio. Me pone enfermo y, además, me estoy yendo a la mierda". Cuando regresó a Nueva York, Anka desempolvó la canción de François, escribió otra letra en inglés (que no tenía nada que ver con la original) y trabajó en la música. A las cinco de la mañana telefoneó a Sinatra, que estaba en Las Vegas, y le dijo: "Tengo una canción para ti". Sinatra grabó "My way", la canción que enderezaría su carrera,  en diciembre de 1968. El resto ya lo saben, "My way" se convirtió en un estándar y es una de esas canciones que hemos oído hasta la saciedad.
Les dejo la versión de Paul Anka que está menos oída.


Spanish Eyes. En la década de los sesenta se pusieron de moda, en la música pop,  las composiciones instrumentales. Antiguos directores de orquesta, que hasta entonces habían actuado en cabarets y night clubs, grabaron discos de éxito. Uno de ellos, el alemán Bert Kaemfert, popularizó en Europa piezas orquestales bailables como "Wonderland by night" y "Moon over Naples". 



En 1965 Eddie Snyder y Charles Singleton, escribieron una letra para "Moon over Naples" y la rebautizaron como "Spanish eyes", pensando, tal vez, que la música italiana se adaptaba sin problemas a la mujer española. El cantante elegido fue Al Martino, un crooner de segunda fila que se haría de oro con "Spanish Eyes", una de las canciones más grabadas de la historia. Martino aumentaría su popularidad en 1972 interpretando al cantante Johnny Fontana en la película de Coppola "El Padrino".