martes, 10 de noviembre de 2015
viernes, 6 de noviembre de 2015
LA MUERTE DE ARTEMISA - CAPÍTULOS 25, 26 y 27.
25
MADRID,
12 DE SEPTIEMBRE
El
señor Osborne se despertó muy temprano. Permaneció acostado largo rato
escuchando el trinar de los pájaros y los escasos ruidos que provenían de la
calle. Esperó hasta que su reloj de pulsera marcó las siete. Entonces se levantó
sin hacer ruido. La habitación estaba sumida en una suave penumbra a la que el
señor Osborne ya se había habituado durante la espera. Se vistió con rapidez,
salió al pasillo y se encerró en el cuarto de baño. De regreso al dormitorio se
detuvo ante la cama de Silvia. La muchacha dormía boca a abajo, abrazada a la
almohada. Se ofrecía a la contemplación del señor Osborne un escorzo de su
cuerpo apenas cubierto por el camisón. No la miró más allá de unos segundos y,
procurando evitar el crujir de la madera, se acercó a la cuna. El niño estaba
dormido. Se había despertado tres veces durante la noche y Silvia había
atendido sus necesidades. El problema consistía ahora en mover al bebé sin que
se despertara. Con sumo cuidado intentó levantarlo, pero el pequeño lloriqueó y
el señor Osborne se quedó en suspenso. Luego, al ver que cerraba de nuevo los
ojos, lo depositó con delicadeza sobre la cama. Algo hizo que se volviera y
descubrió a Silvia sentada en la cama mirándole. El señor Osborne la observó un
instante y ella sonrió con acento de disculpa. Con movimientos precisos levantó
la colchoneta de la cuna y sacó el paquete alargado que aún seguía envuelto en
el mismo plástico. Giró de nuevo la cabeza, pero Silvia ya no le miraba,
parecía vigilar atentamente al niño. Fue hasta el otro extremo de la
habitación, sacó del armario una bolsa de viaje y guardó en su interior el
paquete. Miró hacia atrás y comprobó que la muchacha había devuelto el niño a
su cuna. Sentada en la cama, seguía sonriéndole con sumisión. El señor Osborne
hizo un breve gesto de despedida y salió de la habitación.
Le
cegó la claridad del día. El cielo, de un azul intenso, estaba limpio de nubes
y el sol reverberaba en los muros enjalbegados de las casas. Anduvo unos
minutos orientándose por el ruido del tráfico hasta salir a una amplia avenida.
Paró un taxi y ordenó al conductor que le llevara al aeropuerto. El coche le
dejó en llegadas internacionales, cruzó rápidamente el hall y se dirigió a los
lavabos. Esperó a que el recinto estuviera vacío y acto seguido se encerró en
uno de los retretes, Se quitó el traje que llevaba y la corbata y lo guardó
todo en la bolsa, de la que extrajo un uniforme azul, una corbata negra y una
gorra. Se vistió con presteza y poco después pudo verse a un comandante de las
Scandinavian Airlines salir de los lavabos. Cruzó de nuevo el vestíbulo, esta
vez sin apresuramiento, llevando consigo el bolsón de viaje y se dirigió a la
salida. Tomó de nuevo un taxi y pidió ir a un hotel céntrico. Si en el viaje
anterior el señor Osborne no había despegado los labios, esta vez, a pesar de
su escaso conocimiento del idioma, hizo comentarios comparando el clima de
Madrid y el de Estocolmo y sobre la ajetreada vida de los pilotos.
Una
vez en el hotel, se dirigió en inglés al recepcionista y le interrogó sobre la
tripulación sueca que estaba alojada allí. El empleado movió con gesto
dubitativo la cabeza y, tras consultar el registro, confirmó al señor Osborne
que allí no había tripulación alguna ni existían reservas al efecto. Cabeceó el
señor Osborne y masculló algo sobre una maldita confusión. Terminó pidiendo una
habitación para dos noches. Cuando el recepcionista solicitó su pasaporte, el
señor Osborne se palpó los bolsillos, repitió los cabeceos y dijo que debería
estar en otra maldita maleta y en otro maldito hotel con el resto de la
tripulación. Aseguró que en cuanto pudiese localizar a su grupo se lo
entregaría. El empleado aceptó la excusa y le entregó la llave. El señor
Osborne entró en la cafetería y pidió un desayuno inglés que consumió en poco
tiempo. Luego se dirigió a los ascensores y subió a su habitación del séptimo
piso.
Veinte
minutos después volvió a bajar, dejó la llave en recepción y salió al exterior.
El recepcionista no podía saberlo, pero para entonces la bolsa de viaje del
olvidadizo piloto sueco había perdido una parte considerable de su peso. El
señor Osborne se alejó del hotel a paso vivo y, al poco, aminoró la marcha
seducido por la tibieza de la mañana. Caminó despacio por el andén lateral de
la gran avenida, contempló con agrado el amarillear de los árboles, y, casi por
primera vez, tomó conciencia de que se hallaba en España, un nombre que
despertaba en su interior lejanos sentimientos. La primera parte de su misión
había concluido y aunque existía una segunda -más difícil y decisiva-, no sabía
con exactitud en que momento habría de iniciarse. Y eso era peligroso. El señor
Osborne se daba cuenta de que la inactividad le hacía vulnerable a los
recuerdos. Peligroso, muy peligroso. Por ello, trató de no considerar una
descabellada ocurrencia que acababa de cruzar por su mente. Sin embargo era muy
improbable que volviese a Madrid alguna vez. Entonces, ¿por qué no aprovechar
la ocasión? Las probabilidades de que aquello interfiriese en la misión eran realmente
escasas. Ante la parada de taxis se detuvo indeciso y trató de desproveer de
toda afectividad al dilema. No lo consiguió. Otro signo de vejez, se dijo, no
soy capaz de pensar fríamente. Admitida así la derrota no tuvo ya mayor
problema en abrir la portezuela, acomodarse en el taxi y ordenar al conductor
que le llevase a un lugar del Madrid antiguo.
No
sabía con certeza adonde dirigirse y admitió la posibilidad de no encontrar lo
que se había propuesto. El tiempo hacía borrosos los recuerdos. El coche le
dejó en las cercanías de la Plaza Mayor, el único punto de referencia que
poseía, y allí trató de orientarse. Callejeó por los alrededores, leyendo con
dificultad los nombres de las calles sin dar con la que buscaba. A la vista de
la poca efectividad de sus pesquisas decidió preguntar -no sin cierta
prevención- a un agente municipal, que le atendió con inesperada solicitud, lo
que no dejó de sorprenderle, hasta que recordó que iba vestido de uniforme. El
guardia aclaró al señor Osborne que la calle en cuestión había cambiado de
nombre y le explicó con profesionalidad cómo encontrarla.
Resultó
ser una calle corta y estrecha. El señor Osborne la recorrió varias veces y
leyó con atención los rótulos de los establecimientos, pero ninguno de aquellos
nombres tenía significado para él. Entró en el único bar de la calle y pidió
una cerveza. Le sirvió un muchacho joven y el señor Osborne vaciló antes de
hablar.
-¿Sabe
si existe o existía en esta calle un sitio llamado Cervecería Amberes?
-No
señor -replicó el chico-, pero le puede preguntar a mi padre. Ahora le aviso.
El
dueño del bar era un hombre calvo y sonriente. El señor Osborne repitió la
pregunta.
-¿Cervecería
Amberes, dice usted? Pues no caigo.
-¿Lleva
mucho tiempo viviendo aquí?
-¿Que
si llevo? Figurese, la taberna la puso mi padre.
-El
propietario de la cervecería era extranjero. Se llamaba Hoffman.
-¿Hoffman?
¡Calle, ya sé quien dice! Usted habla de la señora Sofía, la del 15, que el
marido era extranjero y lo mataron. Era yo un chaval, pero aún me acuerdo. Fue
muy sonado.
El
señor Osborne notó una sensación parecida a la falta de aire, pero su expresión
no cambió.
-Si
hombre, ya me acuerdo -siguió el tabernero-. Tenían un bar, como usted dice,
pero no en esta calle sino en la paralela. La señora Sofía lo vendió al poco de
ocurrir lo de su marido. Luego tiraron la casa y construyeron un edificio
nuevo.
-¿Sabe
usted si es posible encontrar a la señora Sofía?
-Pues
claro. Vive en esta misma calle, ya le digo, en el 15. Creo que es el segundo
izquierda.
El
señor Osborne agradeció la información al tabernero y durante un rato soportó
con cortesía su locuacidad. Localizó si dificultad la casa y el piso y pulsó el
timbre con decisión. Salió a abrir una joven, casi una adolescente, de melena
lisa y grandes y confiados ojos azules.
-¿Qué
desea?
-Quisiera
hablar con la señora Sofía. ¿Es posible?
La
muchacha le miró con suspicacia, extrañada de su acento más que de otra cosa.
Se volvió hacia el interior y dijo:
-Abuela,
te busca un señor.
El
señor Osborne calculó que la mujer que vino a su encuentro tendría más o menos
su misma edad. Aún era una mujer atractiva. En sus ojos había un destello de
arrogancia que sorprendió al anticuario.
-Usted
dirá.
Absorto
en la contemplación, el señor Osborne no parecía dispuesto a hablar, pero, al
percibir la extrañeza de la mujer, dijo en voz baja:
-Sofía,
soy Peter... Peter Hoffman.
26
FOR THE GOOD
TIMES
La
macroestructura acristalada de la Seymour & Davidson se alzaba en la zona
norte de La Castellana. Las gigantescas letras iluminadas del anagrama S &
D eran familiares en la noche madrileña. Se me antojó simbólico mi acercamiento
a la mole de acero y cristal, pero procuré desproveer de todo sentido épico a
mis actos y concentrarme en la sencilla idea de que iba a saludar a un amigo.
Imaginé que en días de trabajo hormiguearía en el interior del edificio un
ejército de empleados, pero aquella mañana de sábado sólo un solitario
vigilante armado, que no disimuló su extrañeza ante mi lamentable aspecto,
acudió a mi encuentro.
-Quisiera
ver al señor Sinclair.
-Las
oficinas están cerradas.
-Sí,
pero el señor Sinclair está aquí. Me han informado en su casa.
-¿Quiere
darme su nombre?
Se
lo di y el vigilante se retiró y habló a través de un teléfono interior.
-El
señor Sinclair le recibirá. Su carné de identidad, si hace el favor.- Anotó mis
datos y me devolvió el carné y una tarjeta de control-. Póngase esto, por
favor. Piso catorce, ala norte, despacho 216. Por aquellos ascensores.
El
ascensor ascendió con un suave susurro y sólo mi estómago acusó la disparatada
velocidad del artefacto. Frenó con dulzura y mis vísceras se reorganizaron.
Salí a un hall que se prolongaba en dos interminables corredores a derecha e
izquierda. Elegantes rótulos de letras doradas indicaban: North Side y South
Side. Puse rumbo norte y me adentré en el corredor. El silencio era tan
sobrecogedor como la soledad. Mis pies se deslizaban sin ruido sobre gruesas
alfombras y en los recodos encontré mesas vacías que imaginé ocupadas, en los
días de labor, por eficaces secretarias. Avisté al fin una puerta marcada con
el número 216 y entré sin llamar. Una secretaria de mediana edad se levantó a
recibirme con expresión solícita.
-¿Señor
Sánchez? Pase, por favor.
Empujó
otra puerta que, al abrirse, descubrió la figura de Jorge Sinclair.
-Adrián,
qué sorpresa.
-¿Qué
tal Jorge? Cuánto tiempo sin vernos.
-En
efecto. Pero hombre, ¿qué te ha pasado?
-Un
pequeño accidente.
Nos
fundimos en un abrazo y nos palmeamos la espalda, mientras la eficiente
secretaria sonreía a media boca y salía de la habitación dejándonos solos. El
despacho era un derroche de piel y maderas nobles. La mesa era de caoba maciza
y las estanterías de madera y cristal. Había en un ángulo un tresillo Chester
de color burdeos y de las paredes, también forradas de madera, colgaban cuadros
de firma. Todo indicaba que mi amigo Sinclair tenía un rango elevado en la
compañía. A Jorge lo hubiera reconocido en cualquier lugar: estaba algo más
grueso y su pelo se había agrisado, pero sus piernas cortas y separadas, su
cuerpo trapezoidal, casi sin cuello, y su cabeza en forma de pera no eran
materia de confusión. Sobre todo persistía en mi memoria aquella mirada lúcida
y dura que desconcertaba a los que pretendían mofarse de su poco agraciado
físico.
-Bueno,
bueno, el viejo Adrián. Siéntate, hombre. ¿Quieres un whisky? Tengo un Malta
especial.
-Prefiero
ginebra -dije sentándome en uno de los sillones.
-Ah,
pues la ginebra que tengo es nacional.
-Esa
es buena, Jorge. Antes sólo bebíamos ginebra a granel.
-Es
verdad. Creo que no he vuelto a beberla desde entonces. Aquí tienes.-Me alargó
un vaso tallado y añadió-: For the good times.
-For
the good times -contesté repitiendo la antigua fórmula de cuando la
pedantería nos hacía brindar en inglés por los viejos buenos tiempos.
-Creo
que no te veía desde tu boda -decía Jorge-. ¿O no estuve en tu boda?
-No,
nos vimos después, en una cena.
-Cierto.
Al que he visto hace poco es a Escudero, ¿te acuerdas de Escudero?
Surge
le conversación trabada de recuerdos, de noticias, de nombres ausentes, sin
esfuerzo, como si el tiempo apenas contase. Veo a Jorge feliz, su expresión es
relajada e intuyo que distinta a la cotidiana. Lo veo contento de verme, de
hablar conmigo y me pregunto qué estoy haciendo aquí, si él sabe a qué vengo y
por qué debo romper este momento. Los vasos se agotan y Jorge los rellena
mientras rememora alguna fabulosa hazaña. Hay de pronto un silencio, un remanso
en la conversación, y Jorge me mira con sus ojos duros y lúcidos y apenas
sonríe.
-Bueno
chico, estoy encantado, pero me has cogido hasta aquí de trabajo. ¿Por qué no
cenamos juntos una noche de estas y seguimos hablando?
Comprendí
que era necesario abandonar el pasado. Sinclair también lo sabía y me forzaba
suavemente a ello.
-En
realidad, tengo que hablar contigo de un asunto muy concreto. Un asunto
urgente, Jorge.
-Muy
bien, tú dirás.
-Estoy
metido en un buen lío, Jorge.
-¿Un
lío de faldas, de dinero...?
-No,
no es nada de eso -aferré con ambas manos mi vaso y agregué -: Tú sabes a lo
que he venido, Jorge.
Me
miró con curiosidad sin afirmar ni negar nada, bebió un sorbo de whisky y
pareció esperar a que yo continuase.
-A
qué andarnos con rodeos, Jorge. Somos amigos. Sería estúpido andar con
fingimientos. Hay una especie de juego en el que yo estoy metido y del que tú
también formas parte.
Alce
los ojos para observar su rostro. Su expresión no había variado. Dejó pasar
unos segundos y se reclinó en su sillón con el vaso en la mano.
-¿Qué
te hace pensarlo, Adrián?
-Bueno,
hay una serie de hechos que me han llevado hasta ti. Si no los hubiera, si yo
no tuviera la certeza de que tú estás implicado, no estaría aquí proponiéndote
adivinanzas. Si no sabes de qué estoy hablando o no quieres darte por enterado,
no insistiré. Habremos tomado unas copas y en paz. ¿Qué me dices?
-Lástima
-movió una mano con aire resignado y concentró su atención en el fondo del
vaso-. Hubiera preferido que esto fuera únicamente una reunión de antiguos
compañeros. Pero tienes razón, hay que afrontar los hechos aunque no sean tan
agradables, Adrián.- Permaneció unos instantes en silencio y luego me miró con
una expresión distinta -: Voy a proponerte algo. Vete de aquí, desaparece,
regresa a tu casa.
-¿Que
me vaya? ¿Así, sin más?
-Eso
es.
-¿Y
no me ocurrirá nada? Quiero decir...
-Yo
garantizo tu seguridad -dijo Jorge con firmeza.
-Eso
quiere decir que a nadie le va a inquietar lo que he averiguado, o simplemente
el hecho de que esté vivo.
-Precisamente.
-¿Y
la policía?
-Todo
puede arreglarse.
-Realmente
tu proposición es muy generosa, Jorge. No pensé que todo resultara tan fácil
-dije, y Sinclair no consideró necesario hacer ningún comentario. Pero para mí,
las cosas no estaban tan claras.- Todo esto es un poco desconcertante, ¿sabes?
Estos últimos días han sido de gran tensión. Me han ocurrido muchas cosas, me
han golpeado -señalé vagamente mi rostro-, he tenido miedo, ha muerto gente...
y tú me pides simplemente que me olvide de todo y me vaya. No sé, no acabo de
entenderlo.
-Las
cosas son así: has de tomarlo o dejarlo -atajó Sinclair-. Lo que por desgracia
no puedo ofrecerte es una compensación a tus esfuerzos, una explicación, que es
lo que estás buscando, supongo. Créeme, te aconsejo lo más conveniente. Quiero
ayudarte. Sólo te pido que te olvides de este negocio.
Sentí
deseos de moverme, de caminar por aquel mundo de alfombras silenciosas y mirar
desde lejos a Jorge para distanciarme un poco de los recuerdos. Sabía cuales
iban a ser mis próximas palabras y no podía hacer nada para evitarlo.
-Me
pides más que eso, Jorge.
-¿A
qué te refieres?
-Me
pides que renuncie a mi dignidad.
domingo, 1 de noviembre de 2015
Premio Blogger House
Quedo muy agradecido a Suni Mocholí Roselló que ha tenido a bien nominar EQUINOCCIO para el Premio Blogger House, que se concede por "La contribución positiva de aquellos blogueros que tengan al menos un blog actualizado regularmente y con contenido de calidad".
Un premio a la constancia y a la pasión por lo que se publica.
Para recibirlo es requisito:
El agradecimiento a quien te nomina.
La nominación de 10 blogueros que a título personal contribuyan de forma activa en la blogosfera
Notificarlo públicamente a los nominados.
Poner el logo en tu blog.
Mis nominados son:
Pepa R. Infante, por su blog Cajón-de-sastre .http://peparinfante.blogspot.com.es/
Nuseba Jones, por su blog Polaroids. http://nusebajones2.blogspot.com.es/
miércoles, 28 de octubre de 2015
Noche transfigurada
Cuando la música empezó a
cambiar, cuando también cambiaba la pintura y la literatura, cuando el arte,
cualquier arte, se encogía sobre sí mismo para lanzarse al abismo de la
modernidad, hubo una pequeña obra musical, un sexteto de cuerda, que juntó el
pasado y el futuro de la música. La compuso el austriaco Arnold Schönberg,
en
1899, cuando aún no había desarrollado la música atonal por la que sería
recordado y en su mente flotaban todavía resonancias de Brahms y Wagner. Esta
obra se titula " Verklärte Nacht
(Noche transfigurada)", y está basada en el poema de Richard Dehmel del mismo título.
La pieza se divide en cinco secciones, que corresponden a las cinco partes del
poema, y cada sección es una metáfora de la narración. Su estreno en 1902 fue
controvertido por las armonías avanzadas de Schönberg y en parte por el
contenido sexual del poema de Dehmel.
![]() |
| Egon Schiele. Arnold Schönberg |
Estos son el poema y la música:
Dos personas caminan a través de un desnudo bosque frío;
La luna corre sobre ellos, se miran en
ella.
La luna corre sobre los altos robles;
ni una nube oscurece la luz del cielo
donde las negras ramas se extienden.
La voz de una mujer habla:
“Llevo un niño, y no es tuyo,
camino en pecado junto a ti,
he cometido una gran ofensa contra mí
misma.
Yo ya no creía que pudiese ser feliz,
y sin embargo, tenía el fuerte deseo
de sentir la plenitud, la felicidad de ser
madre.
Y por ello, he cometido un descaro,
así que, temblando, entregué mi sexo
a los brazos de un hombre extraño,
y así quedé embarazada de él.
Ahora la vida se ha cobrado su venganza:
Ahora te pertenezco, oh, te he
encontrado.”
Ella camina con paso torpe.
Ella levanta la vista; la luna corre sobre
ellos.
Sus ojos oscuros se ahogan en la luz.
La voz de un hombre dice:
“Ese niño, ese que tú has recibido,
su alma no es una carga.
Sólo hay que ver ¡cuán claro brilla el
universo!
Hay un resplandor en todas las cosas
Tú vas a la deriva junto a mí en un océano
frío,
pero una calidez especial parpadea
desde ti hacia mí, desde mí hacia ti.
Esa llama transfigurará al niño,
al que tú le darás vida, como si fuese mío.
Tú me has traído la luz,
Tú has hecho un niño de mí.”
Él posa su mano en sus anchas caderas
mientras sus alientos se entremezclan en el
aire.
Dos personas caminan a través de la alta noche
brillante.
domingo, 25 de octubre de 2015
El mito de Don Juan
![]() |
| "La noche de Varennes". Ettore Scola, 1982. |
Con frecuencia se olvida que Don
Juan es un personaje inexistente. Es un mito, como lo es Fausto, surgido del
inconsciente colectivo y posteriormente moldeado por diversos autores, según su
propio criterio o atendiendo a los convencionalismos éticos y morales de cada
época. Así, lo que la filosofía, la literatura o la música nos ofrecen sobre
este personaje, no debería ser atribuido a una personalidad simbólica, a un
icono definido, como es lo habitual, sino al imaginario popular, que es el que
crea a Don Juan con sus virtudes y sus defectos, no como persona sino como
expresión de un sentimiento colectivo. No se debe, por tanto, comparar a la
figura de Don Juan con libertinos vivos o extintos, como Giacomo Casanova, ya que éste y otros actúan a nivel personal, inspirándose o
no en el mito. (Se dice que el caballero Casanova ayudó a Da Ponte en la
elaboración del libreto de Don Giovanni).
Tanto Don Juan como Fausto son
mitos relacionados con el sexo, aunque una mínima reflexión basta para
preguntarse si hay algún mito en el que no exista subyacente esta poderosa
fuerza vital. Don Juan, un depredador del amor, se caracteriza por la cantidad
(muchas conquistas), mientras que Fausto lo hace por la calidad (consagra su
pasión a una sola mujer), pero en los dos hay una rebelión frente a lo
establecido, una lucha contra Dios, cuyo antecedente inequívoco es el mito de
Prometeo. Foucault lo explica: "Los dos grandes sistemas de reglas que
Occidente ha concebido para regir el sexo -la ley de la alianza y el orden de
los deseos- son destruidos por la existencia de Don Juan". Se ha
equiparado el instinto del poder con el instinto sexual, y etiquetado a ambos
como los grandes motores de la humanidad. Pero no son fuerzas independientes,
porque desde la más remota antigüedad se sabe que quien controla el sexo
controla el poder. No hay instinto biológico más penalizado que el sexo, y no
solo por las religiones, sino también por las diferentes normas éticas y
sociológicas que han regulado las sociedades humanas. Aún hoy, no nos hemos
desprendido de esa lacra.
El mito de Don Juan entraña una
contradicción aparente. Es una figura que a pesar de su manifiesta depravación,
gusta al pueblo, y, más aún si cabe, a grandes dramaturgos, novelistas y músicos
que reeditan el personaje a través de los años, sea para condenarlo o
ensalzarlo. ¿Cómo se explica que un individuo detestable, a menudo tachado de
insensible y carente de inteligencia, se haya convertido en fuente de
inspiración intelectual desde su origen hasta nuestros días? Quizás, en vez de
estudiar la supuesta psicología de Don Juan, habría que mirar los deseos
ocultos o reprimidos- sin distinción de género- de ese imaginario colectivo que es, a la postre, el que ha
originado y hecho perdurar el mito.
Visto de esta manera, Don Juan es un
malvado, pero al ser también un luchador contra la represión y despreciar lo
establecido, sintoniza con el sentir popular que se mimetiza en él para ser
desagraviado. De Tirso a Mozart, la gran mayoría de los autores que retoman
el mito lo condenan y, aun así, en el imaginario popular sigue siendo un héroe.Pero con una condición: que al
final su maldad sea castigada. Esta es la contradicción, que no lo es en
realidad, porque más que contradicción es un proceso complementario: bien está
que el gran seductor se burle de lo divino y de lo humano, pero la conciencia
religiosa del pueblo debe quedar ilesa, no se puede
permitir que un redomado pecador escape del infierno, porque si el
héroe-pecador se salva, ¿para qué sirve la sacrificada vida que lleva un buen
cristiano con objeto de salvar su alma?
El
Romanticismo trata de dulcificar un poco las cosas, dándole al abyecto
personaje la posibilidad de redimirse por amor, pero al hacerlo destruye
el mito: Don Juan no es nadie sin su orgullo desmedido, sin su sensualidad sin
límite, sin su desprecio de la muerte. Don Juan se humaniza al aproximarse a un
nuevo gusto popular: como el más común de los mortales goza, peca, sufre, se
arrepiente y se salva. Pero deja de ser un mito.
¿Qué queda del personaje en la actualidad? Muy poco. Para
que Don Juan exista, tienen que existir a su vez mujeres incautas que se dejen
seducir y comendadores que quieran vengar su honor mancillado. Estos últimos,
escasean, y la mujer actual ya no teme a los seductores, si no es ella misma la
seductora. Los seductores modernos envejecen, forman una familia y tienen
hijos, como previó Kierkegaard en "Diario de un seductor".
En “La
noche de Varennes” (Ettore Scola, 1982), un Casanova ya viejo, interpretado por
Mastroianni, se encuentra con una mujer joven que queda prendada de él, o
quizás de su fama, y el eterno seductor, ya vencido, le dice: “te encontré
demasiado tarde en la vida y tú me encontraste demasiado temprano”.
viernes, 9 de octubre de 2015
El sentido de la vida
![]() |
| Paul Gauguin - D'ou venons-nous? Que sommes-nous? Ou allons-nous? 1897, Museo de Bellas Artes (Boston), Boston, MA, USA |
Un capítulo de mi libro "El laberinto de Dios"
El sentido de la vida
Yo vivo, y por tanto mi vida debe tener algún sentido. Esta
puede ser una manera de formular la pregunta sobre el sentido o significado de
la vida, cuestión no resuelta que ha ocupado un lugar preferente en la historia
de la filosofía. La mayor parte de los pensadores ha restringido esta pregunta
al sentido de la vida humana, en razón a que solo nuestra especie tiene
capacidad para preguntarse por el significado de su vida. Pero la vida es
independiente de la conciencia y por consiguiente el hecho de vivir afecta
tanto al ser humano como a cualquier otro ser vivo. Sin embargo la especie
humana es, por lo que sabemos, la
única que conoce que su vida está
limitada en el tiempo, y es precisamente esa certeza de la muerte la que nos
impulsa a preguntarnos por qué y para
qué vivimos.
El hombre rechazó siempre la idea de que la muerte fuera el
final absoluto de su persona; el cuerpo material desaparecía, eso era
innegable, pero su "yo", su "espíritu", su "alma"
o como quiera llamarse esa supuesta parte no material del ser no podía
extinguirse con la muerte. La creencia en otra vida se remonta al principio de
la humanidad, ya que además de mitigar el miedo a la muerte, proporcionaba un
sentido a la existencia. Vivimos y morimos, para seguir viviendo en otra vida
que es eterna. Las diferentes religiones han ofrecido su particular
interpretación de cómo sería esa otra vida, ya que todo lo relacionado con el
espíritu y la vida después de la muerte ha sido durante siglos competencia casi exclusiva de la clase
sacerdotal, única capaz de interpretar la revelación del dios o los dioses
correspondientes. La existencia de otra vida se convierte así en un importante
instrumento regulador de la conducta del
ser humano, ya que éste alcanzará un premio o un castigo según sus
merecimientos durante tránsito terrenal. El budismo no admite dioses ni vida
eterna en el mismo sentido que las religiones judeocristianas, pero tampoco
escapa a la esperanza de otra vida después de la muerte mediante la reencarnación.
Por tanto, para el creyente, sea cual sea esa creencia, la vida es solo un
tránsito, y su sentido está más allá de la vida misma: procurar que nuestras
obras, nuestros pensamientos y nuestros anhelos se adapten a un determinado
código para, después de la muerte, alcanzar otra vida en la cual, si hemos
cumplido, disfrutaremos del bien absoluto en sus distintas versiones.
Para el no creyente es más difícil encontrar un sentido a la
vida. Si como afirma la ciencia no existen dioses creadores, el universo y la
vida surgieron por azar, no hay un más allá y nuestra conciencia es solo una
consecuencia biológica de la evolución, la vida humana no tiene más sentido que
la de un chimpancé. Pero esta proposición es difícil de aceptar y ha sido uno
de los problemas que más han preocupado a los filósofos. Para Albert Camus
juzgar si la vida merece la pena vivirla es responder a la pregunta fundamental
de la filosofía. El dilema es por tanto suicidarse o no. Para Heidegger, el
hombre habita el mundo, que es su morada, y lo organiza de acuerdo con sus
proyectos y decisiones, en cambio el animal, se limita a corretear por el
mundo. Nietzsche se acerca a Epicuro y propone hallar el sentido de la vida
realizando lo que a uno le hace feliz, de tal manera que si volviera al pasado
volvería a hacer lo mismo, creando así un bucle infinito que confirma el
acierto de nuestros actos respecto a nuestra razón. Es más racional la visión
de Wittgenstein: “Nosotros sentimos que incluso si todas las posibles
cuestiones científicas pudieran responderse, el problema de nuestra vida no
habría sido más penetrado”. “La explicación del sentido del mundo debe quedar
fuera del mundo [...] sólo podríamos decir cosas sobre el mundo como un todo,
si pudiésemos salir fuera del mundo, es decir, si dejase de ser para nosotros
el mundo".
A menudo el hombre encuentra dramático que la vida pueda no
tener sentido. Este pensamiento le angustia, porque parece forzoso que la
inteligencia humana, muy superior a la de otros animales, no sea un hecho fortuito
en la naturaleza. Y si lo es, habría que plantearse, como Camus, si merece la
pena vivir una vida sin sentido. Para John Gray esa frustración nace de la
deprivación de un cristianismo que todavía no hemos conseguido superar. Durante
siglos la Iglesia se ocupó de responder a esta preguntas y sus dogmas
influyeron no solo en la filosofía sino también en la ciencia incipiente.
Revolucionarios hallazgos científicos, las leyes de Newton, por ejemplo, no
eran sino el refrendo de la obra de Dios. En el Renacimiento y después en La
Ilustración se produjo una escisión, una rebelión frente al poder religioso,
sustituyendo la fe por la razón y la teología por la ciencia. Así surgió el
humanismo, un movimiento que renunciaba Dios, pero aceptaba la supremacía del ser humano como especie
capaz de ser dueña de su destino, lo cual no era sino una versión secular del
cristianismo (Gray). El hombre seguía siendo el rey de la creación (aunque nada
hubiera sido creado) y su privilegiada inteligencia construía esa abstracción que llamamos
progreso. Si se descarta el premio después de la muerte, el sentido de la vida
hay que buscarlo en la vida misma. Para Carlos Marx, por ejemplo, el sentido de la vida está en la lucha, tanto
la individual o personal como la social, por la redención del hombre de toda
forma de esclavitud y explotación. Jaspers cree que el sentido de la vida solo
es válido en una dimensión subjetiva: es el móvil supremo de la conducta
humana, es la ley que rige la toma de decisiones del individuo en su acción
social e individual. Para Epicuro el sentido de la vida es evitar el dolor, la
cumbre del placer es la simple y pura destrucción del dolor.
martes, 6 de octubre de 2015
Versión original
Cuando yo era joven, escuchar
las canciones de música pop en otra versión que no fuera la original era casi
un sacrilegio. No era un capricho, por lo general las segundas o terceras
versiones de una canción rara vez alcanzaban la calidad de la versión original,
que éramos capaces de reconocer con solo escuchar los primeros compases. Hoy
vamos a recordar algunas excepciones a esta regla.
The first time ever I saw your face. Es una canción folk de 1957 escrita por el
activista británico Ewan MacColl para su amante, la cantante Peggy Seeger. La canción pasó sin pena ni gloria y solo en 1962,
cuando fue grabada por The Kingston Trío, alcanzó una discreta notoriedad.
Existen versiones de otros grupos folk, como Peter, Paul and Mary y The
Brothers Four, que tampoco hicieron despegar esta composición.
Escuchen la
poco afortunada versión original de Peggy Seeguer, cuya voz no era lo que dice
agradable.
Esta canción alcanzó el
éxito absoluto en 1972, en la voz de la
cantante y pianista Roberta Flack, que se olvidó del ritmo folclórico original,
transformándola en una balada romántica. ¿Pero cómo se le pudo ocurrir a su
autor componer una folk song con esta
letra?:
The first time ever I saw your face
I thought the sun rose in your eyes
And the moon and the stars were the gifts you
gave
To the dark and the endless skies, my love
To the dark and the endless skies.
Roberta Flack
deshizo la incongruencia: su voz rezumaba sensualidad por todos los poros. Escúchenla.
A pesar del éxito, MacColl siempre renegó de la versión de Flack y sucesivas versiones.
My way. Esta balada es una adaptación
al inglés, realizada por Paul Anka, de la canción francesa "Comme
d'habitude", escrita por el cantante pop Claude François y Jacques Revaux,
con letra en francés de Claude François y Gilles Thibaut, en 1967. Claude
compuso esta canción después de haber roto su relación sentimental con la
cantante francesa France Gall, que había sido la ganadora, dos años antes, del
Festival de Eurovisión con la mil veces oída cancioncilla "Poupée de cire, poupée de son",
compuesta por Serge Gainsbourg.
No sé si "Comme
d'habitude" triunfó en su país, pero no recuerdo que llegara a España.
Paul Anka la escuchó durante unas vacaciones en el sur de Francia y voló a
Paris para negociar los derechos de la canción. Dejó dicho: " Era una grabación malísima, pero me pareció
que tenía algo". Un tiempo después estuvo cenando con Frank Sinatra en
Florida. El croonner le confesó: "Voy
a dejar este negocio. Me pone enfermo y, además, me estoy yendo a la mierda".
Cuando regresó a Nueva York, Anka desempolvó la canción de François, escribió otra
letra en inglés (que no tenía nada que ver con la original) y trabajó en la
música. A las cinco de la mañana telefoneó a Sinatra, que estaba en Las Vegas,
y le dijo: "Tengo una canción para ti". Sinatra grabó "My way", la
canción que enderezaría su carrera, en
diciembre de 1968. El resto ya lo saben, "My way" se convirtió en un estándar y es
una de esas canciones que hemos oído hasta la saciedad.
Les dejo la
versión de Paul Anka que está menos oída.
Spanish Eyes. En la década de los
sesenta se pusieron de moda, en la música pop, las composiciones instrumentales.
Antiguos directores de orquesta, que hasta entonces habían actuado en cabarets
y night clubs, grabaron discos de éxito. Uno de ellos, el alemán Bert Kaemfert,
popularizó en Europa piezas orquestales bailables como "Wonderland by
night" y "Moon over Naples".
En 1965 Eddie
Snyder y Charles Singleton, escribieron una letra para "Moon over Naples"
y la rebautizaron como "Spanish eyes", pensando, tal vez, que la
música italiana se adaptaba sin problemas a la mujer española. El cantante
elegido fue Al Martino, un crooner de segunda fila que se haría de oro con
"Spanish Eyes", una de las canciones más grabadas de la historia.
Martino aumentaría su popularidad en 1972 interpretando al cantante Johnny
Fontana en la película de Coppola "El Padrino".
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