jueves, 14 de mayo de 2015

Sexo, mentiras y cintas de vídeo


Tengo que votar. Me lo han repetido muchas veces: la abstención favorece a los grandes partidos, si no votas no puedes protestar... en fin, los preceptos del catecismo democrático. Así que tengo que votar, pero ¿a quién? Abro la ventana, observo el panorama electoral de mi país, cierro los ojos, los vuelvo a abrir. Cierro la ventana. La gente está endemoniada con los políticos. Con razón. Pero ser político, o sea dedicarse a la política, no es necesariamente malo (a lo mejor debería tachar esto último). Puede que haya políticos buenos en algún lugar, en algún tiempo... (creo que lo voy a tachar todo). Lo incuestionable es que ÉSTOS, los de ahora, son malísimos, peores imposible. No es que sean corruptos, que también, o mentirosos o canallas o incultos (Wert) o melifluos (Rajoy) ... es que no saben ser políticos, son absolutamente ineptos para desempeñar su trabajo. ¿Qué pasaría si pusiéramos a un veterinario a construir edificios y a un arquitecto a curar animalitos? Un desastre, claro. Pues esto es lo que hacen nuestros políticos, poner a Wert de ministro de cultura, por ejemplo. ¿Cabe mayor desatino? La incompetencia, Carmen, la incompetencia, que decía Franco (Juan Diego) en "Dragon Rapide", (Camino, 1986).

Tengo que votar, lo he prometido. ¿Pero a quién? Pasemos lista a ver que sale. El PP, cinematográficamente hablando, sería "Apocalypse Now" (Coppola, 1979) o "El Crepúsculo de los Dioses" (Wilder, 1950); además, entre sus filas están Bárcenas, "La gran evasión" (Sturges, 1963), Aznar "El Halcón Maltés" (Huston, 1941) y la trama Gürtel "Por un puñado de dólares" (Leone, 1964). Así que al PP no, pasemos a otro. Siguiendo con las analogías cinematográficas el PSOE podría ser "Lo que el viento se llevó" (Fleming, 1939) o "Hay un camino a la derecha" (Rovira Veleta, 1953), y su jefe, Pedro Sánchez, "Caballero sin espada" (Capra, 1939). Sin olvidar los reinados de Zapatero, "Forrest Gump" (Zemeckis, 1994) y González "El temible burlón" (Siodmak, 1952), y la gran esperanza del partido, Susana Díaz, "Horizontes de grandeza" (Wyler, 1958). Podría ser una alternativa, pero no me convence del todo.

Dejando a los nuevos para el final, nos quedan Izquierda Unida, "Odio entre hermanos" (Mankiewycz,1949), y UP y D, "En busca del arca perdida" (Spielberg, 1981), con la desafortunada Rosa Díez "Con la muerte en los talones" (Hitchcock, 1959). No parece un voto muy útil, pero nunca se sabe. ¿Y qué películas adjudicar a los recién llegados? En el caso de Ciudadanos está claro, "Sospechosos habituales" (Singer, 1995), porque  en sus filas "to er mundo e bueno", y  a su líder, el jovencito Ribera, le podríamos asimilar a "El extraño caso del Dr. Jekyll" (Fleming, 1941). Y nos queda Podemos, que en este tipo de analogías es una mina. Fíjense, Podemos se nos va derechito a "El enigma de otro mundo" (Hawks,Nyby, 1951) o a "El reino de los cielos" (Scott, 2005). Y de sus dirigentes no hablemos: Iglesias, "Solo ante el peligro" (Zinnemann, 1952)  y Monedero "El tercer hombre" (Reed, 1949).


La conclusión es que no hay conclusión. Iré a votar, porque es mi deber, pero luego me iré al cine.

viernes, 8 de mayo de 2015

EL RINCÓN DE LA ÓPERA - TENORES LIGEROS

La Bohéme. Acto II. Escenografía Franco Zefirelli.

Aunque los académicos distinguen la voz del tenor ligero de la voz del lírico, son muy escasos los ejemplos de cantantes que únicamente hayan cantado en una de estas dos categorías. Lo más frecuente en esta tesitura es el tenor lírico-ligero, cuya voz se adapta a ambos cometidos. La voz de estos tenores es la más aguda y ágil, aunque no muy potente, y es la más adecuada para el bel canto, ya que en estas óperas la orquestación es pequeña. El tenor ligero puro se denomina también tenore di grazia y su más genuino representante fue Tito Schipa. Estas voces son capaces emitir sobreagudos, es decir sobrepasar el Do5 (do de pecho) y alcanzar el Do#5 y el re natural. En el aria de Arturo credeasi, misera, de I Puritani, Bellini escribió un Fa5, nota inalcanzable con voz de pecho, aunque la historia cuenta que el tenor Rubini sí la alcanzó, pero naturalmente no hay grabación del suceso. Los cantantes modernos obvian esa nota diabólica y se conforman con emitir un Re sobreagudo. En una grabación dirigida por Bonynge Pavarotti cantó el Fa5 en falsete, pero no resultó muy convincente. Veamos dos ejemplos de este tipo de tenor.

En el primer vídeo escuchamos a Alfredo Kraus en el aria Spirto gentil, de La Favorita de Donnizetti. El fraseo, la regulación, la emisión y el squillante agudo son admirables en esta grabación, sin que se aprecie la nasalidad que a veces afeaba el canto del tenor. Fijense en  la regulación y el legato de la voz al enlazar d'onta mortal ohime, ohime...con Spirto gentil ne' sogni miei. Justo ahí respira.En cualquier caso Kraus fue un cantante más técnico que pasional, y entusiasmó más a los musicólogos que a las multitudes.


El segundo vídeo corre a cargo del peruano Juan Diego Florez, la mejor voz lírico-ligera de la actualidad. Parece seguir una carrera parecida a Alfredo Kraus, en el sentido de no abandonar el repertorio lírico para no oscurecer el timbre y prolongar así la vida de su voz. La técnica de Florez es magnífica, aunque sin llegar por el momento a la maestría de Kraus. Sin embargo el color y el timbre de su voz son más bellos. Escúchenlo cantar A te o cara, de I Puritani, de Bellini. Si en la grabación no se ha bajado medio tono la tonalidad (lo cual ocurre con demasiada frecuencia cuando se canta en directo), el agudo es un Do#5, que Juan Diego afronta con insultante facilidad.

jueves, 7 de mayo de 2015

Sin palabras. Tango.



De este dibujante chino desconocemos casi todo, ya que aparentemente quiere permanecer en el anonimato. Se llama Shangai Tango, o simplemente Tango, y sigue con brillantez la estela de los grandes dibujantes de humor sin palabras. Aporta una novedad, el transformismo, casi siempre con resultados enternecedores. Espero que sonrían.































martes, 5 de mayo de 2015

Sombras oscuras


Cómo quieres que piense o escriba sobre todo esto que nos envuelve y nos abruma, sobre lo que leemos o hablamos o nos lamentamos todos los días, la suciedad que nos rodea, nos contamina, nos aleja del ensueño de una vida imaginada como la que tú y yo y vosotros y ellos vivíamos hace ya no sé cuánto tiempo, no te das cuenta que nos han hecho no pensar, no escribir, hastiarnos de lo sucio que gotea de estos cielos manchados por la podredumbre que quebranta todo lo bello o hermoso de vivir con esperanza, no es el robo o la estafa lo que nos mata, no son los sonámbulos que vagan por las casas y las calles sin saber qué hacer, sin saber cómo mirar la vida, no es la miseria material lo que nos mata, es la mentira, la mentira, la mentira, lo que mata, lo que cada día con lentitud nos envilece, nos hace inclementes, nos aparta de las cosas y pudre nuestros pensamientos, nos hace pensar que todo es tan mentira como son ellos, los que mienten, los que siempre nos mentirán aunque sean otros, aunque estos se vayan y se vayan los que vengan después y vuelvan otra vez los primeros, porque dónde encontraremos un alivio si se han dormido nuestros corazones y agostado nuestras mentes y matado nuestra esperanza.

sábado, 2 de mayo de 2015

LA MUERTE DE ARTEMISA (Novela) - CAPÍTULOS 14 Y 15



14

                                                  EL MISTERIOSO SEÑOR A.S.

Hasta muy avanzada la noche estuvimos analizando los hallazgos obtenidos y discutiendo los pasos a seguir. El comienzo había sido en cierto modo alentador y reinaba en el grupo un moderado optimismo. Orozco constituía sin duda el elemento más valioso, era innegable que el arquitecto estaba involucrado en los hechos. Itciar iba más allá: estaba convencida de que era el asesino de Artemisa. Tal suposición, aunque fundada, fue rebatida enseguida por Jaime y Daniel, que preferían trabajar sólo a partir de hechos objetivos. Tracy les dio la razón, si bien manifestó que a Orozco había que sacarle más partido.

-Será o no será el asesino, pero hemos de conseguir que se sienta acosado -dijo.


-¿Cómo? -preguntó Itciar.
-De la manera más simple. Acusándole, hablando con él, exponiéndole los hechos.

Jaime expuso sus reservas a un plan tan audaz. Significaría descubrir nuestra existencia y perder la posibilidad de continuar la investigación desde el anonimato. (No estaba yo tan seguro de que en realidad fuéramos anónimos en aquel momento). Jaime pensaba que era mejor agotar otras líneas de investigación antes de meternos en la boca del lobo. Tracy no insistió.



Otra cuestión era la actitud de la policía. No estaba claro por qué habían omitido mi nombre, ofreciendo a la prensa sólo unas iniciales. Yo ignoraba si esa reserva era un procedimiento normal o si, como defendía Itciar, era una evidencia de que detrás de la muerte de Artemisa había intereses oscuros. De lo relatado por la muchacha se deducía que en El Diario debían poseer información reservada, y no era impensable que, a través de Rodrigo Cortés, pudiéramos llegar a conocerla. Se comentó también la fotografía cedida por Anselmo: puesto que, en teoría, Artemisa y Calabor actuaban en el mismo bando, no tenía nada de extraño que estuvieran juntos. Pero ¿y los otros? ¿Estaban implicados o eran compañeros circunstanciales? Itciar se propuso investigar en ese sentido. Dalessio era un maduro y muy discreto actor y se le conocía más por sus romances; la Scampi -al margen de sus desenfrenada vida social y sus reconocidas tendencias sáficas- estaba casada con financiero español que había sido ministro con el general Franco. Por último estaba el marido de Artemisa. Había un acuerdo general -con la disidencia de Daniel, que siempre parecía cargar con la parte negativa -en que el paso menos arriesgado sería hablar con el taxidermista. Daniel aducía que si Artemisa estaba separada de su marido desde hacía tiempo, era poco probable que éste aportase datos de interés. Pero Tracy defendía lo contrario. Estaba convencido de que el Juan con el que habíamos hablado por teléfono aquella mañana y el marido de Artemisa eran la misma persona. Y en la conversación había demostrado una sospechosa reticencia. Se decidió que, en cualquier caso, hablar con el taxidermista no ofrecía riesgos y, si no una información decisiva, bien podía proporcionarnos otros aspectos sobre la personalidad de Artemisa. Tracy dio el visto bueno final, no sin antes recordarnos que ante una situación crítica, era preciso actuar con audacia, y que antes o después tendríamos que presionar a Orozco.

-Si al menos conociéramos el valor de la grabación -dijo Jaime.

Esto nos llevaba al último y más singular hallazgo de la jornada: la casete que Jaime había sustraído de la casa del arquitecto.

-Oigámosla otra vez -pidió Daniel.



Habíamos oído ya varias veces la cinta al comienzo de la noche, pero Tracy accedió a la petición. Comenzó a oírse el "allegro" del Concierto para oboe número 11 en si bemol mayor de Tomaso Albinoni y la habitación se llenó de vibrante alegría palaciega. Seguía un "adagio", más profundo, cuyo tema principal era una melodía triste cantada con dulzura por el oboe y acompañada pausadamente por las cuerdas. Hacia la mitad del movimiento la música se interrumpía y comenzaba a oírse un sonido desconcertante. Parecía el chirriar de una puerta o el graznido de un pájaro moribundo. El sonido ondulaba, se hacía más agudo, luego grave y entrecortado, se extinguía y reaparecía; después cesaba tan repentinamente como había empezado y retornaba la música.

Cuando se hizo el silencio, Daniel murmuró:

-¡Esos ruidos...! Tienen un significado, eso está claro, ¿pero cuál?
-¿Puede ser algo grabado al revés? -preguntó Itciar.
-No, no suena de ese modo. Es algo grabado de una determinada manera y para interpretarlo debe reproducirse con la misma técnica. Parecido a cuando los radioaficionados emiten sólo en los picos de frecuencia. Me llevaré la cinta y la estudiaré en casa.
-Muy bien -dijo Tracy -. Si lo desciframos, mejor, pero si no, no olvidemos lo más importante: que tenemos la casete. No sabemos lo que significa, pero es seguro que para ellos tiene valor.
-¿Crees que el tipo de la barba se pondría nervioso al saber que la cinta está en nuestro poder? -pregunté.
-Estoy convencido, Parker. Pero por ahora sigamos con el plan previsto. Mañana intentaremos hablar con Juan Blasco. Ahora debemos descansar.



El silencio me devolvió a la realidad. Había sido un día largo, lleno de acontecimientos, y apenas había tenido tiempo para pensar. Tenía una extraña sensación de brevedad, como si el tiempo hubiera transcurrido más deprisa y ahora, de pronto, se remansara ofreciéndome el lado real de las cosas. ¿Qué me estaba ocurriendo? ¿Qué hacía yo allí? No encontraba una conexión lógica entre lo que me sucedía y mi vida anterior: un charlatán con un ojo de vidrio, una absurda misión, una mujer muerta, unos chicos extraños... Y, como una zarpa, la precisa y angustiosa percepción del peligro que a cada minuto se cernía sobre mí. Encontré una oportuna botella de ginebra y me dejé caer en un sillón.

-¿Cómo te sientes, Parker? -Tracy me observaba sin que su rostro reflejase inquietud.
-No lo sé. Todavía no creo que esto me esté pasando a mí. No sé lo que me ocurre ni lo que debo hacer.
-Tal vez no confías demasiado en nosotros.
-No, no es eso. Confío en vosotros, aunque si quieres que te lo diga no sé muy bien por qué. Pero veo que existe una tremenda desproporción de fuerza, nos enfrentamos con algo desconocido y poderoso, eso es innegable, y, francamente, desconfío de nuestra capacidad.
-Recuerda que no estamos solos. En algún lugar está la organización de Calabor. Ellos pueden ayudarnos.
-Puede que ya no les interese el asunto.


-¿Cómo puedes decir eso? -se exaltó Tracy -. Ésta no es una operación de trámite, estoy convencido de que se juegan mucho. Todo indica que existe una estrategia sutil, muy bien elaborada, y sería absurdo que abandonaran por un pequeño contratiempo. En tu cerebro hay una información, un mensaje, un código, lo que sea. Algo que debe ser vital para el éxito de una operación. ¡Y eso sigue ahí, virgen, ignorado, dentro de tu cabeza! Eres muy valioso para ellos, Parker.

Moví la cabeza dubitativo.

-Puede ser, pero ¿cómo encontrarlos?
-Los encontraremos, estoy seguro. ¿Qué hubiera hecho Kantor en esta situación?
-Bueno, Kantor no es muy reflexivo. Supongo que emprendería una acción directa.
-Exacto. Acosaría al arquitecto.

Me encogí de hombros y me serví otro vaso de ginebra.

-Procuremos dormir -dijo Tracy.

Dejó una manta y una almohada sobre el diván y entró en su dormitorio. Con todo, el sofá no era tan incómodo si uno le cogías las vueltas. Parecerá increíble, pero me quedé dormido al instante y disfruté de eso que suele llamarse un sueño reparador.



En El Diario del día siguiente se informaba de la muerte de Artemisa en la sección de noticias locales. Cortés había escrito:


Aparece muerta una mujer en extrañas circunstancias. A las doce del mediodía de ayer fue descubierto, en la habitación de un céntrico hotel, el cadáver de una mujer que resultó ser Artemisa, una conocida modelo profesional. La mujer estaba desnuda, pero no se encontraron en el cuerpo signos de violencia. No podrá determinarse la causa de la muerte en tanto no sea practicada la autopsia, pero algunos indicios apuntan a que la muerte podía haber sido provocada. La policía ha revelado que en la habitación se alojaba un individuo cuyas iniciales son A.S., del cual se desconoce el paradero. La policía no ha hecho declaraciones que pudieran incriminar a A.S. ni se tiene constancia de si se encuentra en realidad huido.Otras informaciones a las que ha tenido acceso este periódico sugieren que este crimen podría estar relacionado con sucesos similares, no totalmente aclarados. Artemisa, cuyo nombre real era Julia Galván, gozaba de una creciente popularidad, tanto en el ámbito profesional, como en los círculos sociales que frecuentaba con asiduidad.

                En un recuadro, sin firma, figuraba el siguiente texto:


                                      EL DESTINO DE ARTEMISA

No es infrecuente que muchachas jóvenes y ambiciosas que tratan de alcanzar la cima de una popularidad vinculada casi exclusivamente a su belleza física, caigan en manos de agentes o promotores desaprensivos que explotan la indefensión de estas chicas deslumbradas por el señuelo del éxito. No pocas veces, en el curso de esa arriesgada ascensión, se ven envueltas en sórdidas manipulaciones de las que, tristemente, son ellas las primeras víctimas. No sería la primera vez que una de estas incautas starlets encuentra la muerte como única cosecha de sus ilusionados esfuerzos. ¿Es éste el caso de Artemisa? No lo sabemos, pero no hay duda de que sería la explicación más cómoda, la menos inquietante para una sociedad culpable que mañana habrá olvidado su existencia. No era una modelo desconocida; por el contrario, estaba considerada como una de las diez más cotizadas del país y mantenía una relevante vida social.

Hace no mucho, la prensa especializada nos descubría la relación sentimental de Artemisa con Franco Dalessio, asiduo participante de todo evento social. Cabe aquí recordar la no disimulada afinidad de Dalessio con grupos españoles e italianos de la derecha más radical, así como su supuesta vinculación con La Mandrágora, sociedad italiana semisecreta que adquirió gran notoriedad a raíz de la quiebra del Banco Rossi. Recordemos también que la investigación judicial aludió en su día a posibles ramificaciones de La Mandrágora en España, concretamente a su relación con una poderosa empresa multinacional establecida en nuestro país. Nada hay probado en este aspecto y nada más lejos de nuestra intención que hacer otras sugerencias que las que entonces se hicieron públicas en virtud del sumario. Señalemos por último la rara fatalidad que acompañó a algunos de los más importantes testigos del caso Rossi que, en menos de un año, hallaron la muerte en circunstancias aún no clarificadas.

Es nuestro propósito que ninguna posibilidad quede ignorada y de ahí que expongamos estos hechos como materia de reflexión. Cualquier cosa antes de aceptar como inevitables esas muertes y desapariciones nunca resueltas, que son secuela trágicamente habitual de algunos procesos o escándalos célebres que, de vez en cuando, afloran a la luz pública. Es la justicia quien debe investigar los hechos y determinar responsabilidades, tanto si Artemisa fue víctima de un triste crimen pasional, como si existen en el caso conexiones más complejas. Nuestro único deseo es que resplandezca la verdad: se lo debemos -se lo debe la sociedad- a esa mujer hermosa e ilusionada que se llamó Artemisa.

miércoles, 29 de abril de 2015

Gaia

Simplicidad
Qué especie animal más rara somos los humanos. Cuando tiembla la Tierra y mueren miles de personas la humanidad se desvive por ayudar a las víctimas. Hay una idea única: ayudar. Por encima de las ideas, las políticas o las economías, las naciones se apuntan a una idea única, solidaria y compartida: ayudar. Los países se movilizan, envían alimentos, medicinas, bomberos, soldados, cooperantes, incluso mandamos ministros de asuntos exteriores, aunque no se entienda para qué coño vale un ministro en medio del desastre. Los terremotos, los tsunamis, los huracanes, las inundaciones, cualquier catástrofe natural despierta en nosotros ese altruismo, dormido la mayor parte del tiempo, acaso porque reconocemos en estos fenómenos un común enemigo ancestral: la Tierra.


Pero si el hambre, la enfermedad o  la miseria afecta a unos cientos o miles de inmigrantes que huyen de países inhóspitos, pero no son víctimas de una catástrofe natural, entonces la cosa cambia. ¿Inmigrantes? No, gracias. Que no crucen el Mediterráneo, hay que bombardear sus embarcaciones, y si llegan  los devolvemos por SEUR para que se mueran en su país de origen, que en nuestras ciudades ahuyentan al turismo, como dice Esperanza Aguirre. Y si hay un grupo enloquecido en África que mata, secuestra y viola a mansalva, decimos: Oiga usted, qué burrada, pero, claro, no es asunto nuestro. Y si hay guerras por ahí, en Siria, en Libia, con su goteo incesante de muertos, pues según: hay que ver primero si esas guerras son buenas o malas para el capital, porque si son buenas, qué Dios los ampare. Y si hay epidemias de Ebola qué le vamos a hacer, que se pudran, eso les pasa por jugar con murciélagos, porque las farmacéuticas no pueden sostener un sobrecoste, y lo que hay que hacer es no mandar sacerdotes, que luego se infectan y nos traen el bicho. Leila Guerriero, en una columna en que habla de estas cosas, sintetiza muy bien el espíritu solidario de nuestros gobernantes: "muéranse en sus países, víctimas de la guerra, el hambre y las pestes, pero no vengan aquí a dar –a darnos- su horrendo espectáculo".


Ya sabemos que la Hipótesis Gaia, que desarrolló el meteorólogo James Lovelock, no es muy aceptada en el mundo científico. Según Lovelock, la Tierra (Gaia) es un sistema autorregulado que fomenta y mantiene unas condiciones adecuadas para sí misma y su entorno. Este equilibrio se ha mantenido más o menos bien, hasta que nosotros los humanos hemos empezado a ponerle trabas a Gaia. Lovelock dice que en ciertos aspectos, los seres humanos se comportan como un organismo patógeno o un tumor, incluso les da un nombre de plaga: Primatemaia disseminata. Por tanto, los terremotos y demás catástrofes naturales no serían otra cosa que ajustes del planeta, aunque nuestro inconsciente las interprete como una venganza de Gaia y haga aflorar nuestra escondida solidaridad. Sean o no ciertas la teorías de Lovelock, habrá que convenir que el género humano es en efecto una plaga, capaz de crear destrucción  a sí mismo y a su entorno. Lo cual supone un progreso real con respecto a otras especies, porque, hasta la fecha, y por muy animales que sean, no consta que ninguna  otra especie haya cometido genocidios. Que Gaia nos proteja.

domingo, 26 de abril de 2015

Una hipótesis

Bodegón con libro. Pintura digital.

No sé en otros países, pero en el nuestro existen escritores que se consideran depositarios de las esencias de la literatura. Estos elegidos no solo escriben y se alaban entre ellos, en círculos endogámicos, sino que se permiten denostar a otros escritores y menospreciar sus libros, aunque sean éxitos de ventas. Y lo que es peor: no solo nos dicen cómo hay que escribir, sino que pretenden decirnos lo que hay que leer. Ya he hablado aquí de este asunto, pero quiero ahora repetir un texto que escribí hace tiempo. Esta es mi opinión sobre la novela.

Una hipótesis. La novela es solo una forma de ficción. Si la ficción no muere, la novela no muere, solo cambia. Nadie debe definir, ni constreñir, ni clasificar, ni juzgar la novela. La ficción –sea novela, poesía, teatro, cine - es el reflejo de una época, la expresión de una sensibilidad cambiante. Quizá la ficción active en el cerebro (esta es la hipótesis) áreas o redes neuronales que nos producen placer, o ensimismamiento, o éxtasis  Quizá también lo hace la música, en las mismas áreas o en otras semejantes. (¡No hay ficción más pura que la música!).

Esos imaginados rincones de la mente, receptores de ficción y productores de placer, no discriminan lo antiguo de lo nuevo, lo culto de lo popular, lo experimental de lo consagrado, la literatura comprometida de la de evasión: solo es necesario que se produzca una resonancia, una sintonía, que no tiene por qué ser la misma en todas las personas, ni la misma en distintos momentos de la vida. Solo es necesario que el lector se conmueva.

El escritor no necesita atenerse a pautas o a estilos, ni pertenecer a escuelas o tendencias efímeras, ni debe temer ser liviano o críptico o caótico: solo necesita que su ficción, lo que cuenta o imagina, conmueva al lector. Porque solo así  formará parte de su vida.

jueves, 23 de abril de 2015

LA MUERTE DE ARTEMISA (Novela) - CAPÍTULO 13


                                                                         13

                                             EL HOMBRE DE LA BARBA NEGRA



No fue fácil seguir al BMW a causa de la creciente densidad del tráfico en la calle Ferráz. Daniel hubo de manejar con habilidad su viejo automóvil para no perderlo de vista. En un momento dado el perseguido no se detuvo ante un semáforo rojo y Daniel tuvo que acelerar a fondo, dejando tras él una sonora protesta de los coches que cruzaban. El BMW enfiló una calle secundaria y giró de nuevo por la primera transversal. Había menos coches y Daniel se distanció un poco de su perseguido. Advirtió que aminoraba la marcha y finalmente estacionaba en un espacio libre. Sobrepasó en unos metros el vehículo y detuvo su coche. Por el espejo retrovisor Daniel vio salir al hombre de la barba negra. Era un individuo de aspecto endeble, muy calvo, vestía un traje negro que acentuaba su aire siniestro y portaba una cartera de mano igualmente negra. Giró el brazo para consultar la hora y desapareció en el interior de un portal. Los tres amigos saltaron del coche y corrieron tras el hombrecillo. El portal era amplio y bien iluminado, tras un mostrador había un conserje de uniforme que levantó la cabeza al entrar los muchachos. Al fondo, alcanzaron a ver al hombre de la barba negra retirando cartas de un buzón. Sin ponerse de acuerdo Jaime y Daniel avanzaron hacia el portero, que se había puesto en pie, en tanto Itziar se deslizaba hacia el interior.

-¿Qué desean?
-¿Vive aquí don Heráclito Perez?

El hombre de la barba negra cerró el buzón y se encaminó hacia los ascensores sin volver la cabeza. Itziar se detuvo a la altura de los casilleros.

-No, aquí no vive ese señor. ¿Busca usted algo señorita?
-Venimos juntos -respondió Itciar retrocediendo -. Estaba mirando a ver...
-Les digo que aquí no vive nadie con ese nombre.
-Nos habrán indicado mal, usted perdone.

El conserje los contempló con suspicacia. Itciar le dedicó una amplia sonrisa y se dirigió a la calle seguida de sus amigos.

-Los porteros siempre tan cordiales -comentó Jaime -. ¿Has podido ver algo, Itciar?
-Creo que sí. Pude ver la tarjeta del buzón que cerró ese tipejo. Dice: "A. Peña y J. Orozco. Arquitectos. Proyectos y diseños. 3º B." ¿Qué hacemos ahora?
-Vamos a ese bar de ahí enfrente y lo discutimos -sugirió Daniel.

Se instalaron en una mesa desde donde podían vigilar el portal.

-¿Quién será nuestro hombre, Peña u Orozco? -preguntó Daniel.
-Me pega que es Orozco -dijo Itciar.
-Vale, daremos un voto de confianza a  la intuición femenina -afirmó Jaime -. Sea quien sea lo que parece evidente es que aquí tiene la oficina. Podemos esperar a que salga y seguirle de nuevo.
-¿Seguirle otra vez? ¿Para qué? -dijo Daniel.
-No sé, puede que de aquí se vaya a su casa, o puede que se entreviste con alguien. De momento sólo sabemos que tiene cara de llamarse Orozco y que posiblemente es arquitecto.


-Me parece bien -dijo Itciar -, pero no necesitamos seguirle todos. Yo podría ir a hablar con Cortés, ese periodista de El Diario que es amigo mío, a ver si sabe algo del crimen.
-De acuerdo. De paso mira a ver si te enteras de algo sobre los Amigos del Barroco, y de quién es ese Reuber, el presidente.
-Haré lo que pueda. Nos vemos en el estudio de Tracy.

El arquitecto no apareció hasta pasadas las nueve de la noche. Subió a su automóvil y arrancó sin recelar nada. Los muchachos le siguieron a prudente distancia. Había anochecido y Daniel conectó las luces con temor a delatar su presencia; pero el arquitecto conducía relajadamente y sólo aumentó la velocidad al entrar en la autopista. Daniel le siguió sin dificultad durante diez o doce kilómetros, luego el BMW se situó en el carril derecho y encendió el intermitente. Salió de la autopista por la primera desviación y continuó por una carretera que conducía a una lujosa urbanización.

-Ahora viene lo peor -murmuró Daniel -. Aquí vamos a estar solos.

El BMW se adentró en una zona residencial desierta y mal iluminada. Al doblar una esquina vieron que el coche del arquitecto se había detenido ante un chalet. Daniel le sobrepasó sin aminorar la marcha, torció por la primera calle y paró el motor. Saltaron del coche y atisbaron desde la esquina a tiempo de ver como entraba el BMW en el chalet. Les llegó el gemido metálico de la cancela cerrándose. Se acercaron con cautela. Rodeaba la casa una cerca de ladrillo de media altura, que se prolongaba con una tela metálica tupida desde el interior con frondosas arizónicas. Alcanzaron a oír el rodar del coche sobre la grava y el golpe seco de una portezuela al cerrarse. Por entre el ramaje podía verse el jardín en sombras y los contornos vagos de una casa. Sin decir palabra Jaime señaló el buzón débilmente iluminado. Se leía: José Orozco Ruiz. Arquitecto.

Rondaron la cancela sin saber qué hacer. Daniel señaló en silencio un estrecho pasadizo que separaba el chalet de Orozco de la finca colindante y Jaime asintió. Se adentraron en la negrura del callejón, procurando no pisar la hojarasca que tapizaba el suelo, y rodearon la casa hasta situarse en la fachada posterior. En este punto el edificio estaba más cercano y la arboleda era escasa. El silencio era casi absoluto; de lejos llegaba el rumor apagado de la autopista y una débil brisa hacía susurrar a los árboles. De improviso se iluminó una ventana de la casa y proyectó un rectángulo de luz hacia el exterior. Jaime y Daniel se agazaparon instintivamente. La silueta de Orozco se recortó en la ventana abierta, permaneció inmóvil unos segundos y arrojó una colilla encendida al jardín. Orozco desapareció y le oyeron trajinar en el interior, de vez en cuando veían su cabeza, como si el arquitecto paseara de un extremo a otro de la habitación. Transcurrió algún tiempo. Daniel cuchicheó al oído de Jaime: "Qué coño hacemos aquí". El timbre del teléfono les sobresaltó. Enseguida oyeron una voz:

-¿Sí? Hola, Carmen, ¿qué tal los niños? Yo bien, con trabajo, ya sabes. Sí, lo de Colmenar, creo que lo terminaremos la semana que viene. Ángel cree que sí... No, por aquí calor, como en pleno verano, sí, terrible. Mañana me acercaré al tapicero, si tengo tiempo. No, hoy imposible. No, ahora iba a cenar, no te preocupes, tomaré cualquier cosa. Bueno, entonces hasta mañana. Besos a los niños. Adiós, Carmen.

Se hizo de nuevo el silencio. Daniel volvió a musitar: "Interesante conversación". Jaime se encogió de hombros. El teléfono volvió a sonar.

-¿Sí? Ah, es usted.- Les pareció que la voz de Orozco se hacía más ahogada -. Sí, lo sé. He sido informado. Pero, créame, no entiendo, yo hice lo previsto...- Ahora hablaba más bajo y se percibía un claro temblor en su voz-. Sí, sí, comprendo la trascendencia, pero en cualquier caso hemos neutralizado el contacto... No, perdón, no quería decir eso... Sí, comprendo, no se preocupe... sí, lo que usted diga. Esperaré instrucciones.

Jaime le dio un codazo a su amigo, sus ojos chispeaban en la oscuridad. (Tracy comentaría más tarde: ¡Habéis estado en el barril de manzanas!) De nuevo se escuchó la voz del arquitecto:

-¿Oiga? ¿Club Malibú? ¿Pueden avisar a Luzdivina? Sí, espero... ¿Luz? Soy yo, necesito verte enseguida. Ya te explicaré, se han complicado las cosas y estoy en una situación difícil. Voy ahora a verte... No, no importa, voy para allá. Hasta ahora.

Orozco apagó la luz. Poco después oyeron cómo el coche se ponía en marcha, el ruido de la cancela y el zumbido del motor alejándose. De nuevo reinó el silencio y durante unos segundos los muchachos no se atrevieron a moverse. Daniel dijo en voz muy baja:

-Este tío esta complicado en el asunto.
-De eso no hay duda, y además está asustado.
-¿Qué hacemos ahora?
-Podemos hacer dos cosas. Volver por donde hemos venido o jugárnosla.

Y al tiempo Jaime señalaba una puerta entreabierta en la cerca que les franqueaba el acceso al chalet. Daniel contuvo la respiración.

-Me gustaría echar una ojeada dentro -dijo Jaime.
-De acuerdo. Tengo una linterna.

Penetraron en el jardín con infinitas precauciones. Jaime se encaramó con facilidad al alféizar de la ventana y tendió una mano a su amigo. Ya en el interior, Daniel paseó el estrecho haz de luz de su linterna por la habitación. Parecía ser un despacho o un cuarto de trabajo. En una mesa se amontonaban planos y dibujos; en las paredes había fotografías de edificios y una gran variedad de máscaras y carátulas que, a la incierta luz de la linterna, resultaban siniestras. Jaime revolvió los papeles de la mesa con mano insegura e intentó abrir sin éxito un archivador; en un cajón de la mesa encontró útiles de dibujo y en otro una carpeta con facturas. Daniel por su parte inspeccionaba las estanterías. No sabían lo que buscaban, confiaban en que algo resultase significativo. De pronto el teléfono volvió a sonar con un estruendo de mil diablos. Se movieron sin ponerse de acuerdo. Fue Daniel el primero en reaccionar y el primero que, con insospechada celeridad, alcanzó la ventana y saltó al exterior. Jaime le siguió a corto trecho. El teléfono seguía sonando y temieron que alertara a todo el vecindario. Abandonada toda prudencia corrieron por el pasadizo y aceleraron la marcha hasta llegar al coche. Daniel arrancó con brusquedad y se alejó echando humo hacia Madrid. Cuando rodaban por la autopista, Daniel aminoró la velocidad.

-Joder, qué susto.
-Mira esto. Lo he cogido dentro.- Jaime le mostraba a su amigo un objeto rectangular.
-¿Qué es?
-Tal vez nada. Es una casete, una grabación de conciertos para oboe de Albinoni. Pero hay algo interesante. Aquí dice: "Grabación especial para Amigos de la Música Barroca".