jueves, 24 de abril de 2014
Sobre el pasado
Toda buena novela es en parte autobiográfica. O algo así. Una de esas
frases que se repiten de vez en cuando sin que nadie sepa a ciencia cierta
quién la pronunció, si es que la pronunció alguien, porque estoy seguro que
algunas frases surgen por generación espontanea de esa sabia vox populi que nos
rodea. Y no es que los escritores nos cuenten literalmente su vida, sino que
siempre escribimos a partir del bagaje acumulado por nuestras percepciones a lo
largo de la vida; y no importa si lo que uno escribe es una novela
costumbrista, policiaca o de ciencia ficción, porque siempre habrá vivencias
del escritor reflejadas en un personaje, una acción o un paisaje.
Las personas de mi edad, o sea los viejos, seamos escritores o no,
tenemos cierta renuencia a contar cosas de nuestra vida, pensamos que nuestro
pasado no interesa a los más jóvenes y que, aunque no lo digan, quizá piensen:
"¡Qué coñazo el abuelo con sus batallitas!". Confieso que, a veces,
yo mismo me siento cohibido al hablar de mis recuerdos. Pero es un error. Las
novelas no envejecen porque sean antiguas, sino porque no son buenas novelas.
El pasado nunca es despreciable, es la parte más sólida de nuestra vida, más
que un presente efímero o un incierto futuro. A diferencia de otros animales,
los humanos conservamos nuestro pasado y sobre él edificamos nuestra cultura. Y
no se trata de decir "con Franco vivíamos mejor" o "cualquier
tiempo pasado fue mejor". No se puede vivir en el pasado, pero es bueno
recordarlo y recrearlo en nuestros pensamientos y en nuestras palabras. Vivir
descontento con el presente y añorar el pasado no conduce a nada. Pero revivir
los recuerdos o deleitarse en la nostalgia, no es un error. El que ese pasado
pueda interesar o no a otras personas ya no es nuestro problema.
Hoy ha muerto Alfonso Sainz, uno de los fundadores de "Los
Pekenikes", un conjunto que forma parte de mis recuerdos. Este tema era uno de mis favoritos.
jueves, 10 de abril de 2014
Verano del 59
El año en que Carlos conoció a
Isabel, Fallet de Mar era un pueblo pequeño y desconocido, bañado por un suave
mar azul. No verde, ni azul verdoso, ni gris, sino azul como el mar azul de las
geografías, diría años más tarde el propio Carlos en una de aquellas cartas
pretendidamente literarias que solía escribir a los amigos o a las chicas que
intentaba deslumbrar. Jorge Remesal, que lo conocía de antiguo, decía que
aquella fue su etapa de impacto mediterráneo y que fue entonces cuando comenzó
a amar el mar. Mucho después habría intentado recuperar esa exaltación oceánica
en otras playas -como un elemento más de la obsesiva recapitulación de momentos
de plenitud a que se había entregado - sin lograr revivir aquella primitiva e
irrepetible sensación, sea porque la vida cambia nuestra forma de percibir las
cosas, sea porque los paisajes también cambian y mueren con el paso del tiempo.
Entonces los veranos eran largos y uno llegaba a olvidarse de Madrid, y al
regresar, las personas y las cosas nos parecían extrañas y alejadas. Fallet era
un puñado de casas blancas encaramadas en un promontorio que se adentraba en el
mar como la proa de un navío. Había una plaza en la parte alta donde se
celebraban las fiestas del Carmen, con fuegos artificiales y baile hasta la madrugada
y había una montaña protectora, cercana y distante, que estaba siempre presente
en nuestros días. Hacia el norte, el pueblo descendía con suavidad hasta el mar
a través de un entramado de callejas que se extinguía en la playa de La
Asunción; hacia el sur finalizaba de modo abrupto en un semicírculo de
acantilados y allí, al socaire de la roca, se había construido un mirador,
lugar obligado para turistas y cobijo de parejas en las horas oscuras. Muchas
noches vimos allí amanecer escuchando el fragor de la espuma.
sábado, 5 de abril de 2014
Epílogo (continuación)
Primero los obituarios; después los artículos
evocativos ("Sí, aquel día nos tomamos un café...; yo fui testigo de su
indignación...; pues a mí me dijo..."); los comentarios laudatorios y los
levemente críticos; después o al mismo tiempo las tertulias televisivas y
radiofónicas con los "expertos" habituales. Añadan un conglomerado de
twitters y facebooks variopintos y tendrán la semblanza del héroe. Pero aún
queda el plato fuerte: la novelización lucrativa del personaje. Son esos libros
ya escritos y guardados en el congelador esperando de manera vultúrica el
deceso del héroe. Libros de páginas milenarias escritos por narradores
omniscientes que se atreven a decir lo que pensaba el protagonista en tal
situación o el diálogo secreto que mantuvo en determinado momento. Puede que me lea alguno de esos biopics -como si me leyera una novela de ciencia-ficción-, pero solo si puedo descargar gratuitamente el libro.
Omar Al
Khayyam dijo: "¿De qué sirve
resucitar si todos continúan viendo al muerto?"
domingo, 30 de marzo de 2014
¿Hay alguien ahí?
Encontré en Internet un blog cuyo subtítulo era: "Este blog está escrito para gilipollas como usted". Asumí mi condición y seguí leyendo. En Internet está todo, es un universo sin fondo, inabarcable, incontrolable, ilimitado. Hay un blog para gilipollas, pero seguro que hay muchos más. Para gilipollas, quiero decir. Habrá otros para astronautas, para poceros, para alpinistas (y dentro de los de alpinistas, para una determinada montaña). Seguro que hay blogs para los que odian los blogs. Hay miles, quizá millones de blogs. Hay blogs para vender y otros para comprar. Hay blogs muy visitados, a juzgar por el número de comentarios, y otros casi anónimos. Como este blog, por ejemplo. ¿Quién lee mi blog? Por supuesto familiares y allegados (no todos, no siempre) pero esos no cuentan. Todos los días compruebo que unas pocas personas han visitado mi blog, unos días más, otros menos. ¿Quiénes son? A veces siento una soledad parecida a la de los científicos del SETI, los que buscan señales de vida extraterrestre. Todos los días enfocan sus antenas hacia el universo y se preguntan ¿hay alguien ahí? Otras veces me pregunto para qué escribo este blog. ¿Es solo un entretenimiento, una tarea ocupacional de jubilado? La respuesta es no, obviamente. Hablamos para que nos escuchen, para poder decir públicamente lo que antes de internet no podíamos decir... aunque solo hablemos para unas pocas personas. Internet es una ventana abierta a no se sabe dónde, pero está ahí, para que uno se asome y hable o grite o guarde silencio. Es algo parecido a aquellos oradores de Hyde Park que, ante un puñado de desocupados, se subían a un cajón y proponían incendiar Buckingham Palace. Luego, muy satisfechos, se iban a su casa y se tomaban un té con su esposa.
miércoles, 26 de marzo de 2014
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