Mostrando entradas con la etiqueta Literatura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Literatura. Mostrar todas las entradas

jueves, 30 de mayo de 2019

LEER



Hay una expectación especial cuando abrimos un libro y comenzamos su lectura sin saber lo que nos espera, sin conocer si el libro ha tenido buenas o malas críticas y sin que nadie, un amigo, un familiar, nos haya recomendado leerlo. En ocasiones uno se guía por el nombre del autor, porque antes ha disfrutado con sus escritos previos, pero otras veces, ante un escritor desconocido, uno se arriesga a empezar la lectura atraído por la portada o por el breve resumen que precede al texto o, quizá, por una intuición especial que no se sabe de dónde viene, pero nos invita a seguir leyendo. Comenzamos el libro con la máxima atención esperando que en pocas páginas su contenido nos atrape, lo que no siempre sucede, aunque a veces basta con la primera línea: "Desde la puerta de La Crónica Santiago mira la avenida Tacna, sin amor:", "Anoche soñé que había vuelto a Manderley". Y una vez que se establece ese lazo invisible, nuestra conciencia se abandona al curso del relato dejando que sea nuestro inconsciente quien se apropie de la belleza de la prosa, de la música de las palabras, de ese motivo secreto que siempre se esconde detrás de la escritura. Entonces uno ya lee como si estuviera dentro del libro, igual que oímos hipnotizados una sinfonía o nos extasiamos ante un paisaje.

Y nos da lo mismo que lo leído sea una novela, un ensayo, un poema o un artículo periodístico, porque no es la extensión lo que cuenta. A veces es la misma historia quien decide la extensión que precisa para ser contada. Jorge Luis Borges escribía argumentos o resúmenes de novelas, quizá porque pensaba que desarrollar esos esquemas era una pérdida de tiempo, pero en esos cortos escritos de Borges hay una insuperable aventura literaria.

Quizá la lectura active en el cerebro áreas o redes neuronales que nos producen placer, o ensimismamiento, o éxtasis, como también debe hacerlo la música, en las mismas áreas o en otras semejantes. Esos imaginados rincones de la mente, receptores de ficción y productores de placer, no discriminan lo antiguo de lo nuevo, lo culto de lo popular, lo experimental de lo consagrado, la literatura comprometida de la de evasión: solo es necesario que se produzca una resonancia, una sintonía, que no tiene por qué ser la misma en todas las personas, ni la misma en distintos momentos de la vida.

La literatura es también una invitación a crear, como las nubes invitan a volar o los árboles inspiran quietud. Cuando uno traspasa la última página leída desearía continuar escribiendo ese libro, o inventar otras palabras distintas que acaso lleguen a conmover a alguien en algún lugar. Y qué larga es la espera hasta que otro libro nos atrae y sentimos su tacto y ojeamos sus páginas en busca de esa sensación que nos atrapa. Porque si una línea, una frase o un fragmento despiertan de improviso nuestra atención, todo volverá a recomenzar eternamente.

Imagen: Amanecer.

viernes, 24 de noviembre de 2017

Años 1960 - Salidas nocturnas


Luís Porres recorre de un lado a otro la habitación. De vez en cuando se asoma al amplio ventanal. Su mujer permanece sentada en un ángulo de la estancia.

-Las doce y cuarto de la noche y Rosa sin venir. ¿Es esta la educación que le das a tus hijas? -dice con voz tensa mirando a su esposa.
-Te aseguro que no me lo explico, Luis. Rosita siempre está aquí antes de las diez. A veces sale luego un rato con sus amigas, pero lo de hoy es un poco raro.
-¿Y lo dices así, tan tranquila? ¿Es que no estás preocupada?
-Pero, Luis, si está con sus amigos de siempre. Con el hijo de Rosillo, que es muy formal, con Susana, con Loli y los demás, si los conoces a todos.
-Ya. El hijo de Rosillo. Parece mentira que no te des cuenta de las cosas. Roberto es un gran muchacho, pero no tiene atractivo para las chicas. ¡Ojala estuviese con el hijo de Rosillo! Pero mucho me temo que a tu hija le gusten otros.
 -La verdad es que el pobre no es muy agraciado, pero es tan buen chico...
-Para el caso es lo mismo, Amparo -se irrita de nuevo Luis Porres -. La cuestión es que mira la hora que es y Rosa aún no ha llegado. 
-Seguro que han tenido una fiesta más larga y se ha entretenido.
-¡Que no son horas, coño! Puede que esté con la pandilla o puede que no. Esté con quien esté, ¿te parece lógico que ande por ahí a estas horas de la noche?
-Pero Luis, que estamos en Fallet.
-¡Por eso, Amparo, por eso! Este pueblo ha cambiado mucho, ya no es lo que era. Está lleno de night clubs y de cabarets.
-Pero, Luis, sé razonable. ¿Qué le puede pasar a la niña?
-¿Que qué le puede pasar? A veces pareces tonta. ¿Te gustaría que a tu hija le hiciesen una tripa?
-Por Dios, Luis, no digas barbaridades.
-Pero bueno, ¿tú qué te crees -dice Luis Porres cruzándose de brazos ante su mujer-, que tu hija es un espíritu puro?
-¡Qué cosas dices! Si quisiera pecar tendría todo el tiempo del mundo para hacerlo. ¡Si no veo a los niños en todo el día!
-La oportunidad, Amparo, la oportunidad. Que no te enteras de nada. Esas cosas suceden de noche, si lo sabré yo...

Se interrumpe al oír el ruido de la puerta. Se vuelve. Entra Rosa con cara afligida.

-Hola papá, hola mamá. Me he retrasado un poquito.
-¿Sabes qué hora es? -dice Luis Porres.
-Sí, ya sé que es un poco tarde. Perdón -contesta Rosa e intenta escabullirse hacia el interior.
-¡No tan deprisa! ¿Te parece bonito llegar a estas horas?
-Ya he pedido perdón.
-¡Ah, y con eso se arregla todo! La señorita piensa que con pedir perdón es suficiente.

Rosa calla y su padre se exalta cada vez más.

-¡A ver! ¿De dónde vienes?
-De estar con la pandilla. Hemos tenido guateque en casa de María Eugenia y se ha prolongado un poco.
-¿Un poco? ¿Me quieres hacer creer que un guateque ha durado hasta las doce y media?
-Bueno, no... Es que luego nos hemos ido a dar una vuelta.
-¿Ah, sí? ¿Con quién y por dónde?
-Con Susana y Marisa y Loli. Pero bueno, ¿a qué viene este interrogatorio?
-¡Oye niña, mide tus palabras! Esa no es forma de hablarle a tu padre. ¡Contesta! ¿Con quién estuviste?
-¡Ya te lo he dicho! Mamá, ¿a qué viene esto?
-¡Deja a tu madre en paz, estás hablando conmigo! ¡Contesta!
-¿Por qué me tratas así? ¡Ya no soy ninguna niña! ¡Tengo derecho a disfrutar de mi propia libertad!
-Para andar golfeando por ahí, ¿verdad? ¡Tu tendrás la libertad que yo quiera darte! ¿Entendido?
-¡No, no entiendo nada! ¡Eres injusto, injusto!
-¡Cállate Rosa, que no respondo!
-¡No me callaré! ¡Lo repetiré mil veces! ¡Eres injusto, injusto!

Luis Porres alza la mano y abofetea a su hija. Rosa se echa hacia atrás con los ojos muy abiertos. Luego rompe a llorar y escapa corriendo escaleras arriba.Se arroja sin desvestirse sobre su cama, solloza durante un largo rato, en ese momento detesta a su padre y cree que el mundo es cruel. Se siente la persona más desgraciada del mundo y esa sensación comunica intensidad a su llanto. Luego el llanto cede paso a los recuerdos. Ha estado con Jimmy. Ha paseado con Jimmy a luz de la luna y se han besado. Rosa se estremece.

En la oscuridad, Rosa oye la voz de su hermana Julieta que tiene quince años.

-Rosa. Oye, Rosa
-¿Qué quieres?
-Te ha pegado, ¿verdad?
-Anda, duérmete, que es muy tarde.
-¿Pero te ha pegado?
-Sí.
-¡Es un cerdo!
-Cállate, anda. Y duerme.
-Cuéntamelo todo, por favor -dice Julieta encendiendo la lamparita de noche. Rosa guarda silencio y Julieta insiste -: Has estado con un chico, ¿verdad? ¿Con Jimmy?
-Sí, con Jimmy.
-Jo, qué suerte. Está como un queso. ¿Se te ha declarado?
-¡A ti que te importa!
-No seas así, cuéntamelo todo. ¿Te ha besado?

Rosa se desviste y se acuesta.

-Anda, apaga la luz.
-Pero te ha besado, ¿sí o no?
-Sí, me ha besado. ¡Apaga la luz!
-Qué suerte tienes -dice Julieta obedeciendo la orden de su hermana. Al poco su voz vuelve a oírse en la oscuridad -. ¿Ha sido un beso de lengua o normal?
-¡Pero bueno, será posible! ¡Calla de una vez!
-Bueno, ya me callo. Buenas noches, Rosa.
-Buenas noches.
-Rosa...
-Qué.
-¿Estás enamorada de Jimmy?
-Sí, pero no se lo digas a nadie.
-No te preocupes, soy una tumba. Buenas noches.
-Buenas noches.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Plainsong



Kent Haruf (1943 –2014) es un escritor norteamericano poco conocido. Wikipedia apenas le dedica media página. Para mí ha sido un hallazgo. Escribió cinco o seis novelas de las que solo hay dos traducidas al castellano. He leído las dos y como suele ocurrir cuando uno lee un libro bueno,  me quedé con ganas de leer más de este autor. Ojalá traduzcan más novelas de Haruf, pero no sé a quién pedírselo. 

Son novelas intimistas, que describen sentimientos, pero están escritas con sobriedad, sin caer en sentimentalismos. De la primera hay dos ediciones. Una de ellas respeta el título original, Plainsong, que es la que he leído;  la otra se titula La canción de la llanura. No sé si este último título es una traducción pretendidamente literal o una metáfora de las llanuras de Colorado. En realidad plainsong  es la palabra en inglés para designar el canto llano, la melodía unísona de la Iglesia medieval. Puede traducirse también como salmodia, pero no es una palabra agradable. Creo que el canto llano tiene mucho que ver con los personajes de Haruf: voces sencillas que cuentan su vida.

Nosotros en la noche (Our souls at night) se publicó después de la
muerte del autor. Cuando empezó a escribir esta novela, Haruf  ya sabía que iba a morir; le habían diagnosticado de enfermedad pulmonar intersticial, un trastorno muy raro que es irreversible. Apenas le dio tiempo a terminar el libro, pero sus páginas no reflejan amargura o desesperación. Por el contrario es un canto a la vida. Al menos es lo que me ha parecido a mí.

lunes, 28 de marzo de 2016

David Goodis: el escritor en la sombra



"Era una de esas noches cálidas y pegajosas que hacen que a Manhattan se le note la edad". Así empieza la novela de David Goodis "Al anochecer" (Night fall, 1947) y es difícil imaginar un comienzo mejor para una novela negra. Sin embargo, este escritor, que nació en Filadelfia en 1917 y solo vivió 49 años, es un perfecto desconocido a pesar de que algunas de las 17 novelas que escribió no tienen nada que envidiar a las escritas por Dashiell Hammett o Raymond Chandler.

En los años 30 va a la universidad pero pronto se cansa de estudiar y empieza a escribir, y se gana la vida trabajando en una agencia de publicidad en Filadelfia. Con 21 años escribe su primera novela, "Retreat from oblivion", que puede traducirse como "Retirada del olvido", un título un poco lúgubre para una primera novela. Pero ya en este primer libro habla de la desesperanza, un sentimiento que impregnará siempre a sus personajes y estará presente en toda su obra: "Al cabo de un rato, uno se siente tan mal que quisiera detenerlo todo en ese momento". Consigue publicar esta novela en 1939, pero no tiene éxito. Decepcionado se traslada a Nueva York donde con diferentes seudónimos escribe compulsivamente para varias revistas pulp. Hay días que escribe 10.000 palabras, pero, a diferencia de Hammett y Chandler, que también escribieron para este tipo de revista, los relatos de Goodis nunca fueron reeditados.

Escribe varias novelas que son sistemáticamente rechazadas por los editores, pero en 1946 consigue que The Saturday Evening Post publique por entregas su novela "Senda tenebrosa" (Dark Passage),
y pocos meses después es llevada al cine por Delmer Daves, con Humphrey Bogart y Lauren Bacall en los papeles protagonistas. La película tiene éxito -hoy se considera un clásico del cine negro-, por lo que Goodis se traslada a Hollywood y empieza a escribir numerosos  guiones basados en sus novelas. Pero nunca es considerado un escritor serio, los productores manipulan sus guiones y eligen actores inadecuados, desvirtuando el sentido de lo que escribe Goodis. En 1950, regresa decepcionado a Filadelfia donde vive con sus padres y Herbert, su hermano esquizofrénico. De noche merodea los barrios bajos de Filadelfia, frecuenta clubes nocturnos y lugares sórdidos. Este será el ambiente de sus próximas novelas. Después de la muerte de sus padres, incapaz de vencer su alcoholismo, se recluye él mismo en una institución psiquiátrica, donde fallece en enero de 1967, antes de cumplir 50 años. En ese momento todos sus libros están descatalogados en las librerías de Estados Unidos y David Goodis cae en el olvido.

En Francia, sin embargo, sus novelas se siguieron reeditando, un ejemplo más de esa curiosa afición que tienen los franceses de subir a los altares los iconos no suficientemente valorados por los americanos, como ocurrió con Hitchckok o con el saxofonista Lester Young. Ya en 1960, François Truffaut había realizado "Tirez sur le pianiste", una película de éxito, protagonizada por Charles
Aznavour, basada en la novela de Goodis "Down there". El crítico estadounidense James Sallis, en su libro "Vidas difíciles", dedicado a Goodis, Chester Himes y Jim Thompson, relata la acogida que tuvieron los libros de David Goodis entre los intelectuales franceses, destacando a Jean-Paul Sartre, Albert Camus y Andre Gide, entre otros, tal vez por la afinidad de su temática desesperanzada con la filosofía existencial francesa de posguerra.

En sus novelas, David Goodis crea un mundo donde se combinan de manera extraña sordidez, inocencia  y nobleza, un mundo en el cual  los personajes son arrastrados por el destino hacia una inevitable destrucción.


Los seres creados por David Goodis están regidos por el destino, sus vidas están marcadas y sus esfuerzos para apartarse de esa línea fatídica son infructuosos. No son antihéroes, como los personajes de Raymond Chandler, son simplemente perdedores. Phillip Marlowe es un personaje irónico, simpático, con un punto de cinismo, pero no ha perdido la esperanza. Sabe que el mundo es perverso, pero lo contempla con sentido del humor y no descarta que algún día pueda alcanzar un punto de redención. 

Por el contrario, Harbin, el protagonista de "Rateros" (The Burglar, 1953), sabe de antemano que solo le espera el fracaso y no podrá hacer nada para cambiarlo. Es un ladrón y vive fuera de la ley, pero tiene sus propios principios a los que es fiel, aunque sabe que su lealtad le conducirá al desastre. En "Al anochecer" (Night Fall, 1947), Vanning es un hombre normal involucrado sin pretenderlo en un hecho delictivo. Le persiguen de manera simultánea la policía y los asesinos, pero Vanning, en su huida, ha matado un hombre y esa muerte le hace sentirse culpable. Uno piensa que la narración va a seguir caminos trillados, pero nos encontramos con un policía que no quiere detener al fugitivo y un delincuente que demuestra sentimientos amistosos hacia Vanning.

Después de escribir "Night Squad" en 1961, Davis Goodis se encierra en un periodo de silencio y se ingresa voluntariamente en un centro para combatir su  alcoholismo. Solo volveremos a oír de él  cuando se publique su obra póstuma, "La víctima"(Somebody's Done For, 1967). Pero ni siquiera esta obra, en la que vierte todas sus obsesiones, logra despertar interés por este solitario y sombrío escritor que describió con ternura la vida de los marginados de Filadelfia y Nueva York. Quizá la aventura literaria de David Goodis queda reflejada es este párrafo de uno de sus escritos: "se dijo que ya era hora de ponerse en movimiento. No sabía adónde iba, pero, fuera donde fuese, tenía mucha prisa por llegar".






domingo, 25 de octubre de 2015

El mito de Don Juan


"La noche de Varennes". Ettore Scola, 1982.

Con frecuencia se olvida que Don Juan es un personaje inexistente. Es un mito, como lo es Fausto, surgido del inconsciente colectivo y posteriormente moldeado por diversos autores, según su propio criterio o atendiendo a los convencionalismos éticos y morales de cada época. Así, lo que la filosofía, la literatura o la música nos ofrecen sobre este personaje, no debería ser atribuido a una personalidad simbólica, a un icono definido, como es lo habitual, sino al imaginario popular, que es el que crea a Don Juan con sus virtudes y sus defectos, no como persona sino como expresión de un sentimiento colectivo. No se debe, por tanto, comparar a la figura de Don Juan con libertinos vivos o extintos, como Giacomo Casanova, ya que éste y otros actúan a nivel personal, inspirándose o no en el mito. (Se dice que el caballero Casanova ayudó a Da Ponte en la elaboración del libreto de Don Giovanni).
Tanto Don Juan como Fausto son mitos relacionados con el sexo, aunque una mínima reflexión basta para preguntarse si hay algún mito en el que no exista subyacente esta poderosa fuerza vital. Don Juan, un depredador del amor, se caracteriza por la cantidad (muchas conquistas), mientras que Fausto lo hace por la calidad (consagra su pasión a una sola mujer), pero en los dos hay una rebelión frente a lo establecido, una lucha contra Dios, cuyo antecedente inequívoco es el mito de Prometeo. Foucault lo explica: "Los dos grandes sistemas de reglas que Occidente ha concebido para regir el sexo -la ley de la alianza y el orden de los deseos- son destruidos por la existencia de Don Juan". Se ha equiparado el instinto del poder con el instinto sexual, y etiquetado a ambos como los grandes motores de la humanidad. Pero no son fuerzas independientes, porque desde la más remota antigüedad se sabe que quien controla el sexo controla el poder. No hay instinto biológico más penalizado que el sexo, y no solo por las religiones, sino también por las diferentes normas éticas y sociológicas que han regulado las sociedades humanas. Aún hoy, no nos hemos desprendido de esa lacra.
El mito de Don Juan entraña una contradicción aparente. Es una figura que a pesar de su manifiesta depravación, gusta al pueblo, y, más aún si cabe, a grandes dramaturgos, novelistas y músicos que reeditan el personaje a través de los años, sea para condenarlo o ensalzarlo. ¿Cómo se explica que un individuo detestable, a menudo tachado de insensible y carente de inteligencia, se haya convertido en fuente de inspiración intelectual desde su origen hasta nuestros días? Quizás, en vez de estudiar la supuesta psicología de Don Juan, habría que mirar los deseos ocultos o reprimidos- sin distinción de género- de ese imaginario colectivo que es, a la postre, el que ha originado y hecho perdurar el mito. 
Visto de esta manera, Don Juan es un malvado, pero al ser también un luchador contra la represión y despreciar lo establecido, sintoniza con el sentir popular que se mimetiza en él para ser desagraviado. De Tirso a Mozart, la gran mayoría de los autores que retoman el mito lo condenan y, aun así, en el imaginario popular sigue siendo un héroe.Pero con una condición: que al final su maldad sea castigada. Esta es la contradicción, que no lo es en realidad, porque más que contradicción es un proceso complementario: bien está que el gran seductor se burle de lo divino y de lo humano, pero la conciencia religiosa del pueblo  debe quedar ilesa, no se puede permitir que un redomado pecador escape del infierno, porque si el héroe-pecador se salva, ¿para qué sirve la sacrificada vida que lleva un buen cristiano con objeto de salvar su alma?
El Romanticismo trata de dulcificar un poco las cosas, dándole al abyecto personaje la posibilidad de redimirse por amor, pero al hacerlo destruye el mito: Don Juan no es nadie sin su orgullo desmedido, sin su sensualidad sin límite, sin su desprecio de la muerte. Don Juan se humaniza al aproximarse a un nuevo gusto popular: como el más común de los mortales goza, peca, sufre, se arrepiente y se salva. Pero deja de ser un mito.

¿Qué queda del personaje en la actualidad? Muy poco. Para que Don Juan exista, tienen que existir a su vez mujeres incautas que se dejen seducir y comendadores que quieran vengar su honor mancillado. Estos últimos, escasean, y la mujer actual ya no teme a los seductores, si no es ella misma la seductora. Los seductores modernos envejecen, forman una familia y tienen hijos, como previó Kierkegaard en "Diario de un seductor". 

En “La noche de Varennes” (Ettore Scola, 1982), un Casanova ya viejo, interpretado por Mastroianni, se encuentra con una mujer joven que queda prendada de él, o quizás de su fama, y el eterno seductor, ya vencido, le dice: “te encontré demasiado tarde en la vida y tú me encontraste demasiado temprano”.


martes, 15 de septiembre de 2015

Tu nombre me sabe a hierba


Grant Haffner.Good Night Scuttle Hole road -  acrylic on wood panel. 

Durante un ensayo en Weimar, en 1842, Franz Listz sorprendió a la orquesta cuando exclamo: "Por favor, caballeros, ¡un poco mas azul, ese tono lo precisa!". Y en otro pasaje "Este es un violeta profundo, por favor, ¡no lo olviden! ¡No tan rosado!" El famoso compositor húngaro era sinestésico.

Davis Hockney. Mr and Mrs Clark and Percy (1970–71), Tate Gallery, London


¿Pero qué es la sinestesia? Sepamos lo que dice la ciencia: "Sinestesia es la asimilación conjunta o interferencia de varios tipos de sensaciones de diferentes sentidos en un mismo acto perceptivo". Pero esta definición tan académica no nos descubre la magia de este fenómeno. Un sinestésico puede oír colores, ver sonidos, y percibir sensaciones gustativas al tocar un objeto. No es que lo asocie o tenga la sensación de sentirlo: lo siente realmente. ¿Cómo es posible este prodigio? Todavía no sabemos muy bien porqué se produce, a pesar de que ya era conocido por los filósofos griegos. En 1880, Sir Francis Galton publicó la primera comunicación científica sobre la sinestesia. Hasta entonces, los que aseguraban que la música tenía color o que podían saborear las palabras eran considerados dementes. A causa de esto, muchos sinestésicos preferían ocultar sus percepciones, y otros canalizaban sus habilidades por la vía del arte, terreno en el que su "excentricidad" era menos comprometida. Si en el siglo XIX este fenómeno se consideraba un trastorno mental, podemos imaginar su significado en la Edad Media. Cuántas personas habrán sido condenadas a la hoguera, acusadas de brujería, o sometidas a tenebrosos exorcismos, solo por confesar que percibían los colores del viento o el sabor de los nombres.
Piet  Mondrian. Composición en rojo, amarillo, azul y negro, 1926. 

¿Pero es o no es un trastorno mental la sinestesia?  Esta era la respuesta de Oliver Sacks: “Hace veinte años, la sinestesia –unión automática de dos o más sentidos- era considerada por los científicos (y eso cuando se la tenía en cuenta) como una curiosidad rara. Ahora debemos considerarla como una parte esencial y fascinante de la experiencia humana”. Y debía tener razón, porque para la mayoría de los "afectados", la sinestesia funciona como un don que enriquece su experiencia del mundo. Vladimir Nabokov, un sinestésico reconocido, en su autobiografía Speak, Memory, nos explica: ”Resulta inexacto decir que uno ‘sufre’ de sinestesia. La verdad es que se trata de algo que se agradece tener. Cuando era adolescente, padecí un periodo de depresión y una de las cosas peores que experimenté fue que todos mis colores adquirieron el tinte grisáceo del cartón mojado. Sabía que estaba mejor cuando todo recuperaba un brillo total de Technicolor. El único inconveniente es que, cuando alguien está hablando, es fácil distraerse con los colores de sus frases. (...) Para mí, por ejemplo, una H es siempre de color rojizo anaranjado, mientras que la L adopta el mismo tono que la leche en un tazón de cereales”
No está claro si Rimbaud y Baudelaire fueron sinestésicos auténticos, sobre todo el segundo, ya que las drogas, sobre todo el LSD, pueden crear sensaciones sinestésicas, y Baudelaire, como se sabe, era muy dado a experimentar con estas sustancias.
"Como largos ecos que de lejos se confunden
En una tenebrosa y profunda unidad,
Vasta como la noche y como la claridad,
Los perfumes, los colores y los sonidos se responden.
Hay perfumes frescos como carnes de niños,
Dulces como los oboes, verdes como los prados,
– Y otros corrompidos, ricos y triunfantes".
....
(Charles Baudelaire. Correspondencias).

Es famoso el soneto de Arthur Rimbaud, titulado "Voyelles", que en su inicio describe los colores de las vocales. Comienza así:
"A negro, E blanco, I rojo, U verde, O azul: vocales
Yo diré algún día vuestros nacimientos latentes:
A, negro corsé velludo de las moscas brillantes
Que zumban alrededor de hedores crueles",

Vassily Kandinsky. Points, 1920, 110.3 × 91.8 cm, Ohara Museum of Art

Hay muchos poseedores de este don entre los pintores. Sabemos que David Hockney, es sinestésico, y quizá lo fueron tambiénMondrian y Klee. Seguro lo fue Vassily Kandinsky, quien en sus cuadros afirmaba combinar cuatro sentidos: olor, color, tacto y olor. Grant Haffner, uno de cuyos cuadros encabeza este post, no sabemos si se confiesa sinestésico, pero ha dicho:  "En la carretera soy una parte de la pintura. Soy el movimiento , el color , el sonido , la aventura y las emociones .
Concluyo con  otra afirmación de Oliver Sacks: "Quienes disfrutan de esta cualidad, poseen un elevado coeficiente intelectual, así como una gran inteligencia emocional".

Les dejo con una canción ¿sinestésica? de Joan Manuel Serrat.


Álvaro Valle me descubrió la sinestesia de Olivier Messiaen y me inspiró esta entrada.

martes, 26 de mayo de 2015

Una ola de calor

Londres, 1976.






"En Londres, en el verano de 1976, durante una ola de calor y una sequía legendarias, Robert Riordan, recientemente jubilado, sale de casa por la mañana, como todos los días, para comprar el periódico, pero esta vez no regresa". Este párrafo figura en el resumen editorial de la novela "Instrucciones para una ola de calor", de Maggie O'Farrell, (Salamandra, 2013).

A un servidor le encantan las desapariciones como elemento central de un relato de intriga, sin que esta preferencia suponga un menosprecio del entrañable cadáver, casi insustituible, de las novelas policiacas. Pero una desaparición se sale de los cauces habituales, tiene algo de número circense, está envuelta en un halo de misterio. La muerte tiene un destino único, inmutable; la desaparición, en cambio, sugiere un número incierto de destinos. Empecé a leer la novela con la idea de enfrentarme a un misterio indescifrable, pero a las pocas páginas comprendí que no estaba leyendo una novela de intriga.

Desde luego hay una desaparición, la de un padre de familia llamado Robert Riordan, y este hecho es el desencadenante de la acción, pero el relato no sigue los cauces habituales de una investigación policial. Lo que hace la autora es contarnos la vida y tribulaciones de una familia irlandesa en Londres y describir la actitud de sus miembros ante la desaparición del padre. Lo cual no importa nada, porque la novela está tan bien escrita que uno se olvida enseguida de su suposición inicial y se adentra con gusto en una trama costumbrista que relata las vivencias personales de la madre y los hijos, en el entorno difícil de los inmigrantes irlandeses católicos en la Inglaterra de los años 70. La novela se desarrolla a través de voces múltiples, cuyas vidas se remodelarán para afrontar el problema común de la ausencia del padre, y en la búsqueda se revelarán antiguos secretos de familia.

He disfrutado leyendo este libro en el que apenas pasan cosas, pero no se echan en falta. La prosa, sencilla sin excluir metáforas, me ha recordado a la canadiense Margaret Attwood. La escritora estructura bien su novela, mide adecuadamente los tiempos y describe con ternura a sus personajes. En ocasiones puede ser un tanto prolija en sus descripciones, pero es un defecto menor. La trama converge hacia un final, no inesperado, pero convincente. La elipsis final es muy acertada.









domingo, 26 de abril de 2015

Una hipótesis

Bodegón con libro. Pintura digital.

No sé en otros países, pero en el nuestro existen escritores que se consideran depositarios de las esencias de la literatura. Estos elegidos no solo escriben y se alaban entre ellos, en círculos endogámicos, sino que se permiten denostar a otros escritores y menospreciar sus libros, aunque sean éxitos de ventas. Y lo que es peor: no solo nos dicen cómo hay que escribir, sino que pretenden decirnos lo que hay que leer. Ya he hablado aquí de este asunto, pero quiero ahora repetir un texto que escribí hace tiempo. Esta es mi opinión sobre la novela.

Una hipótesis. La novela es solo una forma de ficción. Si la ficción no muere, la novela no muere, solo cambia. Nadie debe definir, ni constreñir, ni clasificar, ni juzgar la novela. La ficción –sea novela, poesía, teatro, cine - es el reflejo de una época, la expresión de una sensibilidad cambiante. Quizá la ficción active en el cerebro (esta es la hipótesis) áreas o redes neuronales que nos producen placer, o ensimismamiento, o éxtasis  Quizá también lo hace la música, en las mismas áreas o en otras semejantes. (¡No hay ficción más pura que la música!).

Esos imaginados rincones de la mente, receptores de ficción y productores de placer, no discriminan lo antiguo de lo nuevo, lo culto de lo popular, lo experimental de lo consagrado, la literatura comprometida de la de evasión: solo es necesario que se produzca una resonancia, una sintonía, que no tiene por qué ser la misma en todas las personas, ni la misma en distintos momentos de la vida. Solo es necesario que el lector se conmueva.

El escritor no necesita atenerse a pautas o a estilos, ni pertenecer a escuelas o tendencias efímeras, ni debe temer ser liviano o críptico o caótico: solo necesita que su ficción, lo que cuenta o imagina, conmueva al lector. Porque solo así  formará parte de su vida.

miércoles, 15 de abril de 2015

Dune

Desierto de Dune. David Lynch, 1984.

Leí la novela "Dune", de Frank Herbert, en los años 70 (se editó en español diez años después de ser publicada) cuando ya casi no leía Ciencia Ficción. Este género fue la lectura principal de mis 14 años, cuando una supuesta Fiebre Reumática me obligó a estar acostado seis u ocho meses seguidos. Obviamente este tipo de tratamiento es impensable en la actualidad. Tenía una radio que me acompañaba cuando en mi casa todo el mundo dormía, y las novelas que periódicamente me mandaba Rafael, el encargado de una librería del barrio que dejó hace mucho de existir. La mayoría de estos libros, no recuerdo si la elección dependía de mí o del librero, eran de Ciencia Ficción, de la Editorial Nebulae, que en aquellos años comenzó a publicar en España a los grandes clásicos de este tipo de novela: Arthur C. Clarke, Isaac Asimov, Theodore Sturgeon, A.E.Van Vogt y muchos otros. Todavía conservo primeras ediciones de alguno de esos libros.

Cuando esos autores murieron o dejaron de escribir me desinteresé de este género, con escasas excepciones. Una de ellas fue Dune, novela que, aun siguiendo el estereotipado modelo de los imperios galácticos, me interesó, e incluso vi con agrado la versión cinematográfica de David Linch. Confieso que solo leí el primer volumen, aunque la saga completa son seis novelas, a las que hay que añadir secuelas y precuelas (¡cómo odio esta palabra!) escritas después de la muerte de Herbert por sus herederos, dispuestos a exprimir al máximo el rentable filón. Sin embargo mi hijo Manuel ha leído la saga completa (los seis de Herbert) con distintas valoraciones de cada libro, y ha hecho una selección de frases de la obra.     

«Las leyes tienden a ser transitorias a la larga. El acto creativo limitado por normas es algo que no existe»

«Participar en una conspiración, al igual que pertenecer a un ejército, libera a las personas del sentimiento de responsabilidad personal»

«La educación no es un sustituto para la inteligencia. Esa elusiva cualidad es definida tan sólo en parte por la habilidad en resolver rompecabezas. Es en la creación de nuevos rompecabezas que reflejen lo que tus sentidos informan que completas la definición»

«Muchas cosas que hacemos de una forma natural se vuelven difíciles únicamente cuando intentamos convertirlas en temas intelectuales. Es posible saber tanto acerca de un tema que te vuelvas completamente ignorante»

«Dadme el juicio de mentes equilibradas antes que leyes. Códigos y manuales crean un comportamiento esquematizado. Todo comportamiento esquematizado tiende a seguir adelante de forma incuestionada, acumulando impulso destructivo»

«En última instancia, todas las cosas son conocidas porque tú deseas creer que las conoces»

 «Todos los gobiernos sufren de un problema recurrente: el poder atrae a las personalidades patológicas. El poder no es entonces corruptible. Esa gente tiene tendencia a emborracharse de poder, a condición que se convierta rápidamente en adicta a él»

 «Para conocer bien una cosa, debes conocer sus límites. Tan sólo cuando es llevada más allá de su tolerancia puede ser vista su auténtica naturaleza»

«Las reglas construyen fortificaciones tras las cuales las mentes pequeñas crean satrapías. Algo peligroso en los mejores tiempos, desastroso durante las crisis.»

«Los Imperios no sufren de falta de finalidad en el momento de su creación. Es luego cuando se produce ésta, cuando ya están establecidos y sus objetivos iniciales son olvidados y reemplazados por vagos rituales.»

«No se puede evitar la influencia de la política en el seno de una religión ortodoxa. Esta lucha por el poder impregna el adiestramiento, la educación y la disciplina de una comunidad ortodoxa. A causa de esta presión, los jefes de una tal comunidad deben afrontar inevitablemente este último dilema interior: sucumbir al más completo oportunismo como precio para mantener su poder, o arriesgarse al sacrificio de sí mismos en nombre de la ética ortodoxa»

«Debería existir una ciencia del descontento. La gente necesita tiempos difíciles y de opresión para desarrollar la musculatura de la mente»

“El poder absoluto no corrompe absolutamente, el poder absoluto atrae la corrupción.”

“La Naturaleza no se equivoca. Correcto o equivocado son categorías humanas.”

 “La fe puede ser manipulada. Solo el conocimiento es peligroso.”

 “La verdad siempre comporta la ambigüedad de las palabras usadas para definirla.”

domingo, 18 de enero de 2015

Yo descubrí el caso Savolta

Bueno, no es que yo descubriese el misterio de la novela de Eduardo Mendoza, lo que descubrí fue el libro sin que nadie me hubiese hablado de él, sin leer una crítica ni un comentario, esas cosas pasan a veces, ves un título, una portada, un autor desconocido y piensas que ese libro va a ser diferente, y cuando lo terminas te das cuenta que has acertado, que ese libro es otra cosa, quizá lo que estabas esperando sin saber por qué. Enseguida se lo cuentas a tus amigos y se lo prestas a los más cercanos, a los que sabes de antemano que leen igual que tú o parecido, y dices, este libro hay que leerlo, con la suficiencia que te da tener treinta y cuatro años. Así ocurrió con La verdad sobre el caso Savolta, en 1975, fíjense que año, entonces leíamos a Juan Marsé, a Vázquez Montalbán, a Vargas Llosa, a Cortázar, porque nos descubrían una forma nueva de escribir, de hacer literatura, aunque seguramente eso nos lo han contado después los expertos, los críticos, lo nuestro en aquella época era más intuitivo, una avidez por lo nuevo que seguramente había empezado con Cien años de soledad.  Y entre los de aquí, ya digo, el Marsé de Últimas tardes con Teresa, cómo nos cautivó esa novela, y las de Pepe Carvalho, claro, eran libros que sugerían un cambio, una respiración profunda en aquel ambiente constreñido de intelectuales crípticos y arrogantes como Juan Benet que, con todos los respetos, era muy aburrido. Por eso ahora, que se conmemoran los 40 años de Savolta y los entendidos nos explican la revolución que supuso esa novela, a uno le parece que ayudó un poco como lector a ese cambio y que el tiempo confirmó aquella intuición, porque sus siguientes novelas demostraron que Mendoza era un escritor de raza al que no hemos dejado de leer, un autor que inspira amistad, una cosa rara, porque los escritores y sus libros pueden despertar admiración, risa o tedio en los lectores, pero pocas veces amistad. Y créanme, La verdad sobre el caso Savolta es de esos libros que hay que releer porque siempre descubres algo nuevo. Es lo que hago yo estos días.

viernes, 26 de septiembre de 2014

Los pedantes

Pedante, según la RAE: "Persona engreída que hace inoportuno y vano alarde de erudición, téngala o no en realidad".
Aunque es fácil distinguir a un pedante por cómo actúa, por su forma de hablar y opinar sobre las cosas, justo es decir que siempre es un juicio subjetivo, pues el pedante no se considerará él mismo engreído y acusará de pedantería a otro que le supere en engreimiento. (Siempre habrá quien califique de pedante lo que escribo). Este vano alarde de erudición puede manifestarse en diversos aspectos de la cultura, pero sin duda es más evidente en la literatura. En la música, por ejemplo, sería comprometido afirmar que tal compositor o tal intérprete acusan este defecto, y otro tanto podríamos decir de la pintura o de cualquier otra manifestación artística.

Como se sabe, a comienzos del siglo XX las artes experimentaron grandes cambios que quebraron radicalmente la ortodoxia secular. Así, en Música, la Segunda Escuela de Viena rompió con la tonalidad y desarrolló formas nuevas como el dodecafonismo, el serialismo y la música atonal. En la Pintura, la desestructuración de las formas clásicas fue más amplia si cabe, con la aparición del cubismo y de la abstracción como estilos más rompedores. También alcanzaron los vientos del cambio a la Literatura, y más específicamente a la novela. Los escritores trataron de subvertir la rígida estructura de la narración decimonónica creando la novela experimental. Estos cambios, como siempre ocurre, fueron en principio incomprendidos por el gran público. Pero el tiempo suaviza las aristas, y lo que ayer era vanguardia hoy está incorporado a lo cotidiano o está olvidado. Así, vemos ahora coexistir en la Pintura lo abstracto con lo figurativo y en la Música la tonalidad con su ausencia, sin discordias dignas de mención entre sus representantes y sin que ninguna tendencia se atribuya la autenticidad absoluta.
Con la novela no ha ocurrido lo mismo. No ha habido género literario más vapuleado desde hace un siglo: cada estilo ha tratado de aniquilar al anterior, se han creado idolatrías indiscutibles y excluyentes, se ha hablado del resurgir, del hundimiento y hasta de la muerte de la novela. Y en este "suburbio de la discordia", en palabras de V.H.Auden, algunos escritores (ahora hablo de España) se han nombrado a sí mismos depositarios de las más excelsas esencias literarias y paradigma de lo único que merece la pena escribir, desautorizando y tratando como apestados a los que escriben de otro modo. Ellos no advierten que es muy quebradiza la línea sutil que separa la originalidad de la pedantería. Escribí en otra ocasión sobre declaraciones públicas del escritor Vila-Matas y la escritora Marta Sanz. Esta última, a propósito de si hay o no literatura en las series televisivas, escribe lo siguiente:
 Hace tiempo, el adjetivo literario se utilizaba indistintamente para consagrar o denigrar una serie como Yo, Claudio. También existían novelas cinematográficas. Ahora, cuando se dice de una novela que es literaria —pleonasmo más bestia que el de los sus ojos tan fuertemente llorando—, casi siempre el significado es peyorativo. En nuestra movediza sociedad líquida, la sinestesia no se usa como instrumento crítico, sino que los géneros se hibridan hasta el punto de que no nos extraña esa categorización —ontológica— de lo audiovisual como literario. Mezcla y mistificación se constituyen en eslóganes de un mundo en el que el tajo de la desigualdad es hondo: el imaginario de lo líquido, ecléctico y lábil es eufemismo estético de una ética de la globalización donde todo tiende a ser igual excepto los capitales para adquirir bienes. La opacidad y lentitud de la palabra literaria, y el espesor connotativo de un texto que no solo sea una historia, definen lo literario. No obstante, prevalece la inmediatez del consumo televisivo —normalmente de pago—, la anorexia expresiva, la supremacía de la trama y la sintaxis de las narraciones frente al relieve semántico de esa literatura que hace del esfuerzo crítico e imaginativo, del tiempo del lector, un ingrediente. En una ceremonia in de la confusión entre lo popular y lo elitista, en un falso difuminado de los límites, nos fascinan la banalización de la literatura sometida a la superficialidad de ciertos lenguajes audiovisuales y la metamorfosis seudointelectual del entretenimiento televisivo. La consideración de las series como literatura resulta cuestionable académicamente y se vincula con una corriente de desprestigio de la palabra literaria por parte de lectores que experimentan cierto aburrimiento sine nobilitate, o que no se molestan en leer y cubren su cuota de prestigio cultural con Mad Men. Yo prefiero la adaptación televisiva de El comisario Montalbano. Esa me gusta de verdad. (Marta Sanz  Babelia Desprestigio de la palabra 20/9/14)

¿Comprenden a qué me refiero?

lunes, 11 de agosto de 2014

Invierno del 62

Tiempo atrás solían definir los límites del mundo. El norte lo constituía la calle Diego de León, desde su arranque cuesta arriba en Serrano, un repecho en el que renqueaban los tranvías, hasta su disolución en una falsa plaza donde confluían Francisco Silvela y Conde de Peñalver. Esta última calle -antes Torrijos- descendía hacia el sur hasta entroncar con Goya, que era el contorno oriental del mundo, camino obligado para alcanzar uno de los más frecuentados puntos de encuentro, la intersección Torrijos-Goya-Alcalá. Allí, en la boca del Metro, junto a unas pañerías desaparecidas, se citaban con sus novias y sus amigos, haciendo frente al cierzo invernal que corría en aquella esquina. Torrijos o Conde de Peñalver fue siempre una calle de invierno y en Navidad se llenaba de casetas que vendían musgo y figuras para el belén. Frente a esa esquina, formando el vértice entre Alcalá y Goya, se alzaba majestuosa la cervecería de La Cruz Blanca, en cuya segunda planta se reunían a tomar café desde tiempo inmemorial. La calle de Goya delimitaba el mundo en su extremo sur y siempre fue muy frecuentada. Por último, el mundo se cerraba al oeste por la calle Serrano, que tenía su propio universo y sus propios habitantes. Fuera estaba el espacio exterior, aunque en ocasiones viajasen a otros mundos, como el planeta Fuencarral o el planeta Gran Vía.



¿Y dónde encontraremos cobijo
para la alegría o el simple bienestar
cuando apenas queda nada en pie
más que los suburbios de la discordia?
W. H. AUDEN

lunes, 14 de julio de 2014

Thriller


La escritora Louise Doughty

Cuando hablamos de literatura de evasión nos referimos a novelas cuyo propósito es facilitarnos la huida de la desagradable realidad que nos rodea. Aunque, si bien se mira, cualquier ficción es en sí misma una evasión. Pero bueno, hay expresiones que se consolidan por el uso y lo mejor es aceptarlas. Lo injusto, desde mi punto de vista, es que los puristas consideren toda la literatura de evasión como un género menor. A ver quién se atreve a discutir la calidad literaria de "La Isla del Tesoro", por ejemplo, novela de evasión donde las haya.

El paradigma de este tipo de literatura ha sido siempre la novela
policíaca, aunque ahora nos da por llamarla thriller. El último grito es el thriller psicológico, que parece referirse a un thriller en el que no hay cadáver (y si lo hay es poco importante) y lo que estremece en realidad es la aberrante mentalidad de los personajes o tal vez del autor. Así se califican las novelas de la escritora inglesa de etnia romaní Louise Doughty. Tiene dos libros traducidos a nuestro idioma, "Lo que más quieres" (Whatever You Love, 2010) y "En el momento equivocado (Apple Tree Yard, 2013)". Debo reconocer que ambos me han impresionado y no de la manera convencional, porque la habitual trama policíaca en estos relatos es casi secundaria. Lo que la autora quiere, y consigue, es profundizar hasta lo más hondo de dos mujeres enfrentadas a un suceso fortuito que cambiará sus vidas: una madre aturdida por un terrible dolor y un invencible deseo de venganza, en la primera novela, y una prestigiosa científica cuya vida ordenada escapa de pronto de su control y se ve abocada a consecuencias indeseables, en la segunda novela. 

 Doughty escribe sin concesiones: fuerza hasta el límite la crudeza de cada descripción, sin ningún reparo moral o sexual, lo que puede llegar a herir la sensibilidad de algún lector, pero sin duda nos lleva con el alma en vilo hasta el desenlace final. Que las dos novelas mantienen la tensión de principio a fin es indiscutible, pero ¿es creíble lo que Louise nos cuenta? A mi modo de ver la autora se mueve en ese difícil equilibrio entre lo plausible y lo grotesco, que en algún momento puede desilusionar al lector o incluso provocar su rechazo en determinadas secuencias. Por decirlo de alguna manera, Louise Doughty parece mejor escritora mientras uno está leyendo, que cuando ha concluido. Por eso sobre esta escritora hay opiniones encontradas. Yo creo que "Lo que más quieres"-la más dura- es mejor novela, pero sin despreciar para nada "En el momento equivocado"-la más erótica. Es solo una opinión, pero siempre es refrescante leer algo que escapa a la monotonía habitual.

Como es habitual en autores extranjeros, si las novelas de prueba no tienen éxito comercial, no vuelven a traducirse más libros suyos.

domingo, 22 de junio de 2014

Lo que leemos

Hay una expectación especial cuando abrimos un libro y comenzamos  su lectura sin saber lo que nos espera, sin conocer si el libro ha tenido buenas o malas críticas y sin que nadie, un amigo, un familiar, nos haya recomendado leerlo. En ocasiones uno se guía por el nombre del autor, porque antes ha disfrutado con sus escritos previos, pero otras veces, ante un escritor desconocido, uno se arriesga a empezar la lectura atraído por la portada o por el breve resumen que precede al texto o, quizá, por una intuición especial que no se sabe de dónde viene, pero nos invita a seguir leyendo. Comenzamos el libro con la máxima atención esperando que en pocas páginas su contenido nos atrape, lo que no siempre sucede, aunque a veces basta con la primera línea: "Desde la puerta de La Crónica Santiago mira la avenida Tacna, sin amor:", "Anoche soñé que había vuelto a Manderley". Y una vez que se establece ese lazo invisible, nuestra conciencia se abandona al curso del relato dejando que sea nuestro inconsciente quien se apropie de la belleza de la prosa, de la música de las palabras, de ese motivo secreto que siempre se esconde detrás de la escritura. Entonces uno ya lee como si estuviera dentro del libro, igual que oímos hipnotizados una sinfonía o nos extasiamos ante un paisaje.


Y nos da lo mismo que lo leído sea una novela, un ensayo, un poema o un artículo periodístico, porque no es la extensión lo que cuenta. Esto me ha ocurrido ayer con un artículo de Antonio Muñoz Molina (Una historia antigua. El País. Babelia. 21/6/14). Muñoz Molina ha escrito un artículo que podría haber sido una novela o, tal vez, ha escrito una novela en el corto espacio de un artículo. Nunca se sabe si es mejor alargar o recortar lo que se escribe. Es más, pienso que es la misma historia quien decide la extensión que precisa para ser contada. Jorge Luis Borges escribía argumentos o resúmenes de novelas, quizá porque pensaba que desarrollar esos esquemas era una pérdida de tiempo. Sea como fuere, en esos cortos escritos de Borges hay una insuperable aventura literaria. Puedo decir lo mismo del artículo de Muñoz Molina y, aunque haya imaginado la novela que podría haber sido (o pudiera ser en un futuro), lo he leído como si leyera un pequeño libro que luego he guardado entre mis favoritos.

martes, 10 de junio de 2014

Mirarse el ombligo



Escritores que critican a los lectores. Ya escribí algo sobre este asunto y hoy vuelvo a hacerlo. Miren, a mí, como a mucha gente, me gusta leer y me considero un lector empedernido sin que esto deba interpretarse como una vanagloria intelectual: no están en un nivel inferior los deportistas empedernidos, ni los que coleccionan sellos o se dedican con fruición al bricolaje. Cuando tenía 13 o 14 años un adulto me preguntó cuál era mi vocación. Respondí: la lectura y el sexo. Así que, ya ven, soy lector desde siempre.

A propósito de un libro de culto, Stoner, de John Williams, el escritor Vila-Matas ha dicho: "Stoner, que  es una discreta oda al trabajo bien hecho, lo han comprado 20.000 personas en nuestro país. Que amen el trabajo bien hecho y sepan leer de verdad debe de haber 30.000 personas en todo el país. Las demás, ramonean por las praderas. Por eso estamos tan mal”. Manda huevos el señor Vila-Matas. Por descontado él debe incluirse en ese grupo tan restringido. Déjenme decirles una cosa: ya está bien de intelectuales elitistas que solo saben mirarse el ombligo; florecen como amapolas en este país. ¿Acaso piensan que despreciando a la gente van a vender más libros? El escritor no elitista Eduardo Mendoza ha dicho: "Al fin y al cabo, cada uno vive la lectura como sabe, como puede o de cualquier manera". Escuche este sabio comentario, señor Vila-Matas, y disimule su megalomanía. Por cierto, nunca me ha gustado lo que escribe este escritor. Debo ser de los que ramonean por las praderas.

miércoles, 28 de mayo de 2014

Algo así

Escribo como lector, más que como escritor, lo cual me da más libertad para expresarme, porque todo el mundo juzga a los escritores y casi nadie a los lectores. Escribir es una actividad común que se aprende en la infancia, como se aprende a leer y a sumar, pero no todo el que escribe es escritor en el sentido profesional del término. ¿Pero qué es entonces ser escritor? ¿Solo quien publica lo que escribe? ¿El que le pagan por escribir? Me parece una definición incompleta, ya que hay escritores que nunca han publicado un libro y otros que sí lo han hecho, pero que no merecerían ser calificados como tales. Creo que en este asunto hay un vacío semántico. Podríamos recuperar la palabra "escribidor", con o sin comillas, que lanzó en su día con tanto acierto el escritor Vargas Llosa, de manera que los profesionales podrían denominarse escritores y escribidores los que vamos por libre. O viceversa.

Lo malo de profesionalizarse es que, en muchos casos, escribir se convierte no en un acto creativo sino en una necesidad crematística. Se dice en el cine que tal director ha hecho una película "alimenticia", y lo mismo podríamos decir de algunos escritores y sus novelas. Ocurre mucho con las novelas de género, en las que el autor se ve obligado a publicar al menos un libro al año si quiere seguir en la cresta de la ola. Por ejemplo, Charlotte Link, una escritora alemana de novela negra que siempre sitúa la acción de sus libros en Inglaterra. Es una buena escritora en mi opinión, un poco morosa pero escribe bien. Una de sus primeras novelas, La Casa de las Hermanas (Salamandra, 2002) me pareció fascinante. Maneja con maestría dos elementos clásicos de la novela de intriga: la casa aislada por la nieve de la que nadie puede salir, y el manuscrito encontrado. Y es precisamente ese manuscrito, un relato folletinesco en el mejor sentido de la palabra, que recorre la historia de Inglaterra entre las dos guerras mundiales, lo que, a mi juicio, otorga personalidad a esta novela.


Luego he leído otras buenas novelas de esta escritora, pero en las últimas me ha parecido ver indicios de escritura alimenticia. Qué le vamos a hacer, tampoco se puede ser genial todos los días. Pero bueno, esto no  solo ocurre con los escritores, hay también algunos pensadores (fíjense, otra palabra indefinida) cuya profundidad parece ir debilitándose con el tiempo. En fin, "Sic transit gloria mundi", como decía en cada naufragio uno de los piratas de Asterix.

sábado, 17 de mayo de 2014

El Jilguero

No voy a poner ejemplos, pero hay novelas largas con las que he disfrutado. Y al revés, hay otras, cortas o normales, que se me han caído de las manos a las primeras de cambio. No todos los libros de más de 500 páginas son insufribles, pero hay que escribir muy bien para justificar ese caudal narrativo. Casi todas las novelas actuales oscilan entre 250 y 300 páginas, quizá porque estadísticamente esa longitud es la más adecuada para que la mayoría de los escritores cuenten lo que quieren contar. Pero, ya digo, no tengo ninguna prevención hacia las más extensas, aunque siempre tengo presente el famoso comentario que hizo un crítico norteamericano sobre una novela de más de 800 páginas: "Mi mejor consejo es que no la lean; el segundo es que no dejen que les caiga en un pie".

Antes tenía el prurito de terminar todos los libros que empezaba. Ahora si me aburren los dejo. Me da igual que sean dramáticos, poéticos, policíacos o costumbristas. Una novela es como el gin tonic de media tarde: si no te entra bien es mejor dejarlo. Cuando era joven un amigo me recomendó que leyera el "Ulises" de James Joyce. "¿A ti te ha gustado?" le pregunté. "Es insufrible hasta más de la mitad del libro. Pero luego empieza a gustarte y acabas encantado", me contestó. No me pareció muy alentador, así que no lo leí entonces, que era cuando había que leerlo, y no creo que a estas alturas me anime. No importa; uno no puede leer todas las obras maestras de la literatura ni tiene por qué hacerlo. Estas cosas se pueden decir ahora, a una edad en la que uno le ha perdido el respeto a casi todo; cuando éramos jóvenes era un pecado cultural no haber leído tal o cual libro y algunos los leíamos casi por obligación. Una equivocación, hay que leer -creo que ya lo he dicho- lo que a uno le conmueve, lo que le llega, lo que hace que te identifiques con un relato y que, mientras dura su lectura y mucho después, forme parte de tu vida. Y da igual que sea un libro clásico, de culto, de vanguardia o de entretenimiento. Lo importante es que se establezca esa sintonía invisible entre el escritor y el lector.


Empecé a leer "El Jilguero", una novela muy voluminosa de la escritora Donna Tartt que ha ganado el Premio Pulitzer, y lo abandoné hacia la página 60. Puede que hubiera empezado a gustarme a partir de la 350, pero he preferido no arriesgarme. Si a alguno de ustedes le gusta esta novela, enhorabuena; pero si, como a mí, se les cae de las manos, procuren que no sea sobre un pie. 

sábado, 10 de mayo de 2014

Este libro...

La norteamericana A.M. Homes no es una escritora muy conocida, a pesar de que su segunda novela, "El fin de Alice", provocó un considerable escándalo por su contenido escabroso, hasta el punto que durante un tiempo estuvo prohibida en Inglaterra. La novela que ahora comento, "Este libro te salvará la vida", es una de esas novelas que a uno le hubiera gustado escribir. Esto implica dos cosas: una, identificación inmediata con la forma y el fondo del relato, y dos, creer que uno es capaz de escribir algo semejante, se alcance o no el nivel literario del autor. Sobrepasada esa fugaz impresión inicial, lees el libro con mayor complacencia que otros, o al menos eso me ha pasado a mí. Recuerden que en este blog yo no hago crítica literaria, me limito a poner por escrito mi opinión personal y discutible sobre un libro. No obstante, he leído varias reseñas profesionales y me atrevo a decir que algún crítico no ha entendido esta novela en absoluto.

En "Este libro te salvará la vida" la escritora cambia el registro sórdido de obras anteriores para ofrecer una historia banal en apariencia, en la que los personajes destilan bondad y espíritu solidario. Por otra parte no existe en el relato un hilo conductor definido, sino una sucesión de secuencias insólitas, que a menudo bordean el absurdo, y como fondo pinceladas de la vida cruel y también insólita de la ciudad de Los Ángeles. Pero aunque la novela tenga en general un carácter amable hay, como en algunas películas de Woody Allen, mucha soledad y dolor más o menos explícitos en sus personajes. Al terminar el libro uno advierte que lo que parecía disperso no lo es tanto y que algunas secuencias que nos han hecho sonreír encubren sentimientos despiadados. Se podrá decir, y se ha dicho, que el exceso de diálogo resta profundidad a esta novela y convierte en superficiales a los personajes. No comparto ese criterio. En mi opinión la solidez de un texto no depende de si la intervención del narrador es más o menos extensa o de cuánto hablan los personajes. Todos hemos sufrido con descripciones superfluas y disfrutado con diálogos inteligentes.


He dicho que  me hubiera gustado escribir esta novela, y es porque siempre he pensado que un buen argumento para un libro es situar un personaje en un mundo desconocido y que empiecen a pasarle cosas. Es lo que ha hecho con acierto A.M. Homes.