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domingo, 17 de septiembre de 2017

Extraterrestres

Trappist-1

No lo niegue, usted también cree en los extraterrestres. Le parece imposible que seamos las únicas mentes inteligentes en nuestro vasto universo. Se sobrecoge, quizá, ante una soledad tan absoluta e incomprensible y siente una punzada de esperanza cada vez que los astrónomos identifican un planeta extrasolar capaz de albergar formas de vida. 

En la mente de escritores, artistas y científicos siempre ha bullido la necesidad de que existan otras civilizaciones inteligentes y otros mundos habitables. Y no es un fenómeno reciente, la literatura y el arte están plagados de alienígenas y fantásticos viajes a otros mundos. Los más antiguos o mejor recordados son los relatos de Cyrano de Bergerac, Histoire comiqué des Estats et empires de la Lune, 1657. La Luna fue el primer cuerpo celeste en el que la imaginación humana se atrevió a situar habitantes, incluso se los bautizó con un nombre: selenitas. Ellos fueron los primeros extraterrestres. De hecho hasta los primeros años del siglo XX –cuando ya no parecía verosímil que los selenitas pululasen por nuestro satélite- no se imaginaron viajes a Venus y a Marte y más tarde a otras galaxias.

En la ficción, las intenciones de los extraterrestres que visitan nuestro planeta han oscilado entre dos extremos: unas veces han sido crueles invasores, otras, seres superiores que nos han hecho ver los problemas de nuestra catastrófica civilización. En cuanto a su aspecto, los alienígenas han adoptado una variadísima gama de morfologías. Pueden ser individuos con extremidades tentaculares, arácnidos gigantescos, seres de color verdoso (los famosos "hombrecillos verdes" con orejas en forma de trompeta), etcétera. También podían adoptar una forma semejante a la humana, aunque con diferencias marcadas de estatura, color y tamaño de la cabeza. 

"Encuentros en la tercera fase". Spielberg, 1977.

El experto en robótica japonés Masahiro Mori improvisó en 1970 una curiosa teoría, que denominó Valle Inquietante, según la cual los robots con aspecto humanoide despiertan una empatía creciente, mientras no llegan a ser demasiado parecidos a un ser humano. "Pero cuando las réplicas antropomórficas se acercan en exceso a la apariencia y comportamiento de un ser humano real, causan una respuesta de rechazo entre los observadores humanos". En ese momento la curva empática cae bruscamente (valle inquietante), la empatía desaparece y se experimentan extrañeza y repulsión. No sé  si los psicólogos estarán de acuerdo con esta teoría, pero al menos, como su propio nombre indica, resulta inquietante.

Igual que ocurrió en nuestro planeta, el progreso empequeñeció las distancias del sistema solar. La Luna estaba ya demasiado cerca y los escritores trasladaron su fabulación a Venus y Marte. La posibilidad de que Marte estuviese habitado se consideró muy seriamente hasta bien entrado el siglo XX, y no solo en la ficción, que inauguró H.G. Wells  con su novela La guerra de los mundos (1898). (Es muy conocido el pánico real que despertó la adaptación radiofónica de esta novela por Orson Welles en 1938). 

Pero sustos aparte, los astrónomos empezaron a tomarse muy en serio la posibilidad de que hubiera habitantes en Marte a partir de las observaciones de Giovanni Schiaparelli (1835-1910). Este astrónomo creyó observar una red de estructuras lineales en el planeta rojo que denominó canales. Esos canales, según los dibujó Schiaparelli, sugerían fuertemente que se trataba de construcciones artificiales y abrían por tanto la posibilidad de que Marte estuviera habitado. 


Mapas de Marte de Schiaparelli.
Sus observaciones causaron una gran expectación, aunque no todos los astrónomos estuvieron de acuerdo con el italiano. Sin embargo el multimillonario norteamericano Percival Lowell (1855-1916), excéntrico y astrónomo aficionado, fue un converso del descubrimiento de Schiaparelli, y dedicó su vida a demostrar que en Marte había vida inteligente. A tal fin, construyó su particular observatorio astronómico y trazó sus propios mapas. Aunque no encontró marcianos, el Observatorio Lowell, en Flagstaff, Arizona, sigue funcionando en la actualidad. Dos cráteres, uno en la Luna y otro en Marte, llevan su nombre.

Mapas de Lowell

Al final, los avances tecnológicos demostraron que los supuestos canales marcianos solo eran un efecto óptico, pero la posible existencia de marcianos dejó una profunda huella en el imaginario popular, hasta el punto que el término marciano se ha convertido en sinónimo de extraño en el lenguaje coloquial.

No se puede decir si es probable o improbable que haya vida en otros planetas, ya que solo conocemos una pequeña porción del universo. Tampoco quiere decir nada que hasta ahora no se haya establecido comunicación con posibles extraterrestres. Puede que estén muy lejos, o que no tengan tecnología adecuada o simplemente que no quieran comunicarse. Lo que sí se puede decir es que el recorrido desde la primera célula hasta el ser humano es largo, difícil y azaroso, y todo ello asumiendo que la vida se basa en el carbono. ¿Podría ser diferente en otro planeta? Es poco probable, ya que los elementos que conocemos son los mismos en todo el cosmos y no parece que haya un elemento más apropiado para la vida que el carbono. 

Que la vida se base en el carbono es una limitación temporal para su desarrollo. Este elemento se forma en el interior de las estrellas y solo cuando una estrella se convierte en supernova y estalla, el carbono y otros elementos pesados se difunden por el espacio y pueden alcanzar un planeta. Si el Big Bang se produjo hace 13.800 millones de años, y la vida, según los últimos cálculos, empezó en la Tierra hace 4000 millones de años, y el Homo Sapiens existió hace tan solo 130.000 años, somos como quien dice unos recién llegados. Se podría asumir por tanto que otras civilizaciones, si las hay, hayan empezado un poco antes o un poco después que la nuestra. ¿Pero habrá sido su evolución semejante a la nuestra? 

Se puede pensar que los procesos que han llevado a la aparición de la vida estaban determinados por las leyes de la naturaleza. La formación de átomos, moléculas y compuestos químicos cumplen estas leyes. Pero después, quizá desde que se reprodujo el primer ser unicelular, ha entrado en juego la selección natural, la cual, partiendo de las premisas ambientales básicas que permiten el desarrollo de la vida, ha sido responsable de la evolución de los seres vivos en la Tierra. Sin embargo, así como las leyes de la naturaleza es probable que sean válidas en cualquier lugar del universo, la selección natural puede haber actuado de manera muy distinta sobre las hipotéticas vidas surgidas en otros planetas. 

La evolución no depende únicamente de la adaptación al medio, sino que gran parte de mutaciones han sido aleatorias o provocadas por catástrofes: glaciaciones, sequías, colisión de meteoritos (extinción de los dinosaurios), etc. El paleontólogo Stephen Jay Gould dejó dicho que si por azar recomenzara la vida en la Tierra, la evolución nunca seguiría los mismos caminos. Por tanto, si ha habido evolución en otros planetas es prácticamente imposible que se asemeje a la nuestra. De esta manera, podríamos imaginar seres vivos que aún no hubieran alcanzado la inteligencia, o tener una inteligencia incomprensible para nosotros, o ser inteligentes con una anatomía totalmente distinta. 

En un viejo cuento de ciencia ficción los humanos establecen contacto con una nave extraterrestre que viaja hacia la Tierra, y no tienen problemas para entenderse con ellos por radio. Un nutrido grupo de personas aguarda su aterrizaje, pero pasa el tiempo y la nave no aparece. En realidad los alienígenas han aterrizado ya, pero su nave se ha hundido en un charco de lluvia porque sus tripulantes son del tamaño de bacterias.

martes, 30 de diciembre de 2014



 EL EMBRUJO DE MACAO
Tendría yo poco más de veinte años y estaba trabajando de estibador en el puerto de Macao. Era una vida dura y pagaban una miseria, pero había un ambiente de gran compañerismo entre los muchachos. Como podéis imaginar yo no estaba allí por dinero, sino por afán de aventura y porque en aquella época me vino bien desaparecer durante un tiempo de España. Pero la aventura era escasa y las privaciones abundantes, de manera que me pasaba los días imaginando la forma de salir de allí. Los mejores momentos eran cuando, después de la jornada, nos reuníamos en una taberna portuaria que se llamaba "O Cangaceiro". Allí escuchábamos las historias de los viejos marinos, nos emborrachábamos y nos acostábamos con las putas, unas chinitas delicadas y suaves, pero maestras en el arte de follar, que nos alegraban la vida y nos hacían creer que nuestra existencia no era tan miserable.


Conocí a María Luisa Oliveira Do Santos un domingo a la salida de misa. Os sorprenderá que yo fuese a misa, pero en aquel tiempo me había entrado una vena mística muy profunda, quizá para compensar el ambiente degradado en el que me desenvolvía y en reparación de algunas trapacerías de mi vida pasada. Como os decía la vi salir un domingo de la iglesia y creí que era una aparición sobrenatural: tendría 15 años, los ojos azules como el cielo, las mejillas sonrosadas y un aire angelical y candoroso que me hechizó de inmediato. Nos miramos, quizá más tiempo del debido en un cruce casual de miradas, y ella desapareció en el interior de un lujoso Rolls Royce cuya puerta mantenía abierta un chófer uniformado. Comprendí que era un sueño imposible, una quimera: la dama de elevada posición social y el inmundo descargador de los muelles.


Sin embargo volví a verla el domingo siguiente y durante la ceremonia religiosa nuestras miradas se encontraron repetidas veces. No había duda de que yo también le gustaba o por lo menos sentía curiosidad por mí. Supe que era la hija de un terrateniente portugués, uno de los hombres más influyentes de la región, y que la mayor parte del tiempo lo pasaba en la hacienda que su padre poseía a pocos kilómetros de la ciudad. Durante varios domingos se repitió el cruce de miradas y aunque ardía en deseos de dirigirme a ella, no lograba encontrar el momento oportuno.




Mi mejor amigo en Macao era Malcom Smith, un americano larguirucho y rubio que se parecía a Gary Cooper y era estibador como yo. Él me animó a seguir adelante y me sugirió la idea de enviarle un mensaje, de modo que el siguiente domingo pasé con disimulo por el lado de María Luisa y dejé caer un papelito entre las hojas de su devocionario. En él había escrito: "Es usted maravillosa. Me gusta muchísimo y desearía hablar con usted" y firmaba Vic, que era como se me conocía por aquellos pagos. Desde mi lugar vi que leía la nota y se ruborizaba. Luego sacó un lapicito, escribió algo al dorso del papel y, al salir, lo dejó sobre su banco. Me apresuré a recogerlo y a leer su respuesta. Decía: "Usted también me gusta, pero es imposible que nos veamos. Estoy comprometida." Imaginaros mi alegría, yo le gustaba, y aunque al parecer existían dificultades insalvables me sentía dispuesto a vencer cualquier obstáculo. 

Las siguientes ocasiones volvimos a intercambiar mensajes y las palabras escritas eran cada vez más ardientes. Pero yo necesitaba hablarla y tocarla e ideé una estratagema. Aquel domingo escribí: "Después del Sanctus vaya al confesionario de detrás de la columna izquierda." Yo había observado que aquel confesionario siempre quedaba vacío a mitad de la misa, así que en cuanto salió el cura me escabullí dentro sin que nadie me viera. A través de las cortinillas observé que, pasado el Sanctus, María Luisa se levantaba de su asiento y venía a arrodillarse en uno de los laterales del confesionario. Nos separaba la rejilla de madera, pero yo podía aspirar su perfume y contemplar de cerca su precioso rostro. No había tiempo para formalismos y ambos lo sabíamos, por eso mis primeras palabras fueron: "María Luisa, mi amor, te adoro y necesito verte". Ella susurró: "Yo también le quiero a usted, pero tengo que casarme con el hombre designado por mi padre". "¿Tú le amas?" "No, pero en mi familia eso no cuenta." Figuraos, una situación casi medieval. Pero yo estaba inflamado de amor y dispuesto a arriesgarme a todo. Le pedí que me dijera cuáles eran sus aposentos porque me proponía visitarla esa noche. Ella se asustó, pero terminó transigiendo y a través de la rejilla juntamos nuestros dedos y sellamos un pacto de amor.


Aquella noche salté la cerca de la hacienda y trepé por las enredaderas que crecían al pie de su ventana. Ella me esperaba temblando y sin decir palabra nos fundimos en un beso ardiente. ¡Qué momentos, muchachos, qué noche inolvidable! No olvidaré jamás aquel cuerpo blanco jamás hollado por boca alguna, ni la pasión primaria que desperté en aquella chiquilla. Al amanecer abandoné la alcoba con el presentimiento de que la había amado por primera y última vez en mi vida. Y qué cierto era este presagio, pues al poner pie en el suelo me salió al paso un hombre fornido. Me miró con odio y dijo: "Soy el prometido de María Luisa y voy a matarte". Era como digo un hombre corpulento, pero yo tampoco soy un alfeñique y viendo que no tenía ningún arma me apresté a la pelea. Luchamos con manos y pies en un combate salvaje. Era muy duro el cabrón, pero de pronto empezó a flaquear y comprendí que tenía la pelea ganada. Lo había derribado ya por dos veces cuando el tipo comenzó a gritar. De entre los árboles surgieron tres chinos que se abalanzaron sobre mí y consiguieron reducirme. Cuando estuve bien sujeto, el prometido de María Luisa se echó mano al bolsillo, sacó una navaja y empuñándola se acercó a mí. Sonreía al decir: "Ahora verás, hijo de puta". 



Justo entonces silbé tres veces y al momento apareció Malcom seguido de dos estibadores que habían insistido en acompañarme. Iban pertrechados de contundentes estacas y entre los cuatro propinamos un buen escarmiento a los chinos. El prometido de María Luisa, que ya había recibido bastante, huyó en el momento en que vio aparecer la caballería. Por descontado que nosotros también salimos de najas antes de que acudiera más personal de la hacienda. 

No volví a ver a mi adorada María Luisa, que por cierto no llegó a casarse con aquel sujeto y, según supe después, fue enviada por su padre a un convento en Coimbra. Como podéis suponer yo también tuve que abandonar Macao, porque después de aquella aventura mi vida valía más bien poco. Nunca olvidaré a María Luisa, pero decidme ¿hay alguna mujer que pueda ser olvidada?

sábado, 29 de noviembre de 2014

Panorama desde el puente (Diálogos de besugos 2)

- Le ha robado usted el título a un gran dramaturgo.
- Pues sí, lo he tomado prestado de Arthur Miller, uno de los afortunados mortales que tuvo conocimiento carnal de Marilyn Monroe. Me ha parecido adecuado para describir cómo contemplamos la vida los jubilados, los que nos hemos apartado del camino y somos meros espectadores de lo que ocurre. Al menos yo me siento así.
- ¿Va a seguir hablando de Podemos?
- Sí, pero antes tengo que analizar una sentencia: "El poder corrompe". Seguro que la ha oído muchas veces.
- Los espíritus no oímos.
- Ya, bueno, como sea. Suele ocurrir que las frases afortunadas persisten en el tiempo, más o menos modificadas, y a menudo se olvida quién fue su autor y en qué situación fueron pronunciadas. La frase mencionada proviene de un dictamen pronunciado en 1887 por el historiador católico británico John Edward Emerich Dalkberg Acton, más conocido como Lord Acton. La frase original es: "El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente". Que la frase se ajusta a la realidad está fuera de toda duda, pero lo interesante es el contexto en que fue dicha.  Acton era un noble católico de madre alemana y padre inglés. Se formó en Alemania  especializándose en Historia de la Iglesia y de las religiones. Católico de ideas liberales, se opuso a la proclamación del dogma de la infalibilidad pontificia - Pio IX era entonces Papa- en el Concilio Vaticano I, en el que intervino, sin conseguir que el dogma no fuese proclamado. Muy disgustado lord Acton remitió una carta al obispo Mandell Creighton, autor de una monumental Historia del Papado, al parecer muy benévola al juzgar la conducta de algunos papas, en la que figura la famosa frase:

"No puedo aceptar su doctrina de que no debemos juzgar al Papa o al Rey como al resto de los hombres con la presunción favorable de que no hicieron ningún mal. Si hay alguna presunción es contra los ostentadores del poder, incrementándose a medida que lo hace el poder. La responsabilidad histórica tiene que completarse con la búsqueda de la responsabilidad legal. Todo poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente. Los grandes hombres son casi siempre hombres malos, incluso cuando ejercen influencia y no autoridad: más aún si se considera la tendencia o la certeza de la autoridad hacia corrupción".

- ¿Qué saca usted en consecuencia?
- Nada nuevo. Pero me encanta rescatar historias antiguas y comprobar que siguen vigentes.
- ¿No dice nada de Podemos?
- Mejor lo dejamos para otro día.

Fuente: Wikipedia

martes, 25 de noviembre de 2014

Diálogos de besugos

- Habla usted demasiado de política -me dijo ayer el espíritu.
-¿Y qué quiere que haga si no se habla de otra cosa? -me defendí -. Con mi mujer hablo de política, con mis hijos hablo de política, las páginas de opinión de la prensa están llenas de política... hasta leo libros de política, algo que no había hecho nunca.
-La culpa es de la corrupción, claro.
- De la corrupción y de Podemos. Raro es el día que no hay un comentario en la prensa sobre Podemos y yo, créame, a veces tengo que hacer esfuerzos para no escribir sobre ellos. Estos chicos están en la cresta de la ola, atemorizan a unos, desconciertan a otros y llenan el vacío de ilusión de mucha gente. Unos piensan que son el Apocalipsis  y otros que son la resurrección y la vida.
-¿A usted le atemorizan o le ilusionan?
-Ni una cosa ni otra. Ya soy muy mayor para temerle al lobo feroz o para quedarme embobado con los trucos de magia. ¿Sabe lo que me preocupa si ganan? Que se queden a medias, que no puedan cumplir sus promesas, que repitan lo de "OTAN, de entrada no" para luego pedir un sí urbi et orbe, como hizo González en los 80. Porque mire, si los de Iglesias no ganan, si se quedan en tercera fuerza, apaga y vámonos. A la gente de este país no le interesan para nada las terceras fuerzas. Si Podemos fracasa seguiremos con el bipartidismo puro y duro en el más depurado estilo lampedusiano, que es lo que en el fondo desean con fervor tanto el PP como el PSOE y ponen todos los días velas a Santa Rita para conseguirlo. Podemos es, para los establecidos, la amenaza, el espantapájaros, el nubarrón, cualquier cosa que simbolice el temor a perder los privilegios del poder. Y para los que están fuera, para los agraviados, es el castigo, la espada flamígera, el ángel exterminador.
- ¿Cree usted que los políticos merecen un castigo?
- Sí, la mayoría, pero como ha dicho un escritor amigo no se puede confundir el castigo del delito con la solución, aunque forme parte de ella. Desde luego ha habido delitos, corrupción, fraude, nepotismo, robo a mano armada, lo que usted quiera. Pero esto ya lo sabía mucha gente antes de la crisis. ¿Por qué nos sorprende ahora? Mire, no me gusta repetirme, ya escribí algo de esto en otra entrada. Somos un pueblo que vitorea la obviedad, eleva al oportunista que dice en público lo que todo el mundo ha pensado. Ésa es la carta ganadora de Podemos. Pero lo que a mí me asusta es la letra pequeña.  
- ¿A qué se refiere?
- Al cambio. El mundo ha cambiado y nosotros no vemos más allá del señor Mas o el señor Iglesias, nuestros problemas son de patio de vecinos, la última ficha del dominó. Lo dice con claridad el economista Tyler Cowen: "Quien cumplía las reglas del juego de una sociedad conseguía la estabilidad. Esto es lo que se ha acabado". Una visión pesimista pero lúcida. Ya no vale el esquema anterior de la clase media: educación básica, universidad, titulo, empleo, carrera profesional, hijos, educación, etc. La gente no sabe lo que le va a ocurrir: hay una dispersión de ideas, una patada al puzle, una desconfianza masiva en las jerarquías, cada mañana nos cuentan un futuro diferente, más o menos catastrófico, se esbozan soluciones contradictorias, nadie sabe qué hacer, solo permanecen incólumes Messi y CR. Nunca fue más cierta la frase de Sir Francis Bacon: "Truth emerges more readily from error than from confusion".  Ahora bien, ¿cambia todo por la crisis o hay crisis como consecuencia del cambio? La desigualdad, la corrupción, la deshonestidad son solo síntomas, ¿pero cuál es la enfermedad, el diagnóstico? Creo que nadie lo sabe. Los diagnósticos son tan dispersos como todo lo demás.
- ¿Tendrá Podemos la solución?
- No lo creo. Ellos invocan la voluntad popular como depositaria de la verdad. ¡Se ha hecho tantas veces! Mire, hay una marca de lencería americana que ha renunciado a utilizar Photoshop en sus imágenes publicitarias. Como consecuencia sus ventas han aumentado de manera sorprendente. ¿Habrá alguna vez políticos que declaren sin rubor que ni ellos ni el pueblo son perfectos? Vivimos, no sé desde cuando, en una democracia Photoshop.
- Se ha puesto usted trivial.
- Qué remedio.

lunes, 11 de agosto de 2014

Invierno del 62

Tiempo atrás solían definir los límites del mundo. El norte lo constituía la calle Diego de León, desde su arranque cuesta arriba en Serrano, un repecho en el que renqueaban los tranvías, hasta su disolución en una falsa plaza donde confluían Francisco Silvela y Conde de Peñalver. Esta última calle -antes Torrijos- descendía hacia el sur hasta entroncar con Goya, que era el contorno oriental del mundo, camino obligado para alcanzar uno de los más frecuentados puntos de encuentro, la intersección Torrijos-Goya-Alcalá. Allí, en la boca del Metro, junto a unas pañerías desaparecidas, se citaban con sus novias y sus amigos, haciendo frente al cierzo invernal que corría en aquella esquina. Torrijos o Conde de Peñalver fue siempre una calle de invierno y en Navidad se llenaba de casetas que vendían musgo y figuras para el belén. Frente a esa esquina, formando el vértice entre Alcalá y Goya, se alzaba majestuosa la cervecería de La Cruz Blanca, en cuya segunda planta se reunían a tomar café desde tiempo inmemorial. La calle de Goya delimitaba el mundo en su extremo sur y siempre fue muy frecuentada. Por último, el mundo se cerraba al oeste por la calle Serrano, que tenía su propio universo y sus propios habitantes. Fuera estaba el espacio exterior, aunque en ocasiones viajasen a otros mundos, como el planeta Fuencarral o el planeta Gran Vía.



¿Y dónde encontraremos cobijo
para la alegría o el simple bienestar
cuando apenas queda nada en pie
más que los suburbios de la discordia?
W. H. AUDEN

jueves, 10 de abril de 2014

Verano del 59

El año en que Carlos conoció a Isabel, Fallet de Mar era un pueblo pequeño y desconocido, bañado por un suave mar azul. No verde, ni azul verdoso, ni gris, sino azul como el mar azul de las geografías, diría años más tarde el propio Carlos en una de aquellas cartas pretendidamente literarias que solía escribir a los amigos o a las chicas que intentaba deslumbrar. Jorge Remesal, que lo conocía de antiguo, decía que aquella fue su etapa de impacto mediterráneo y que fue entonces cuando comenzó a amar el mar. Mucho después habría intentado recuperar esa exaltación oceánica en otras playas -como un elemento más de la obsesiva recapitulación de momentos de plenitud a que se había entregado - sin lograr revivir aquella primitiva e irrepetible sensación, sea porque la vida cambia nuestra forma de percibir las cosas, sea porque los paisajes también cambian y mueren con el paso del tiempo. Entonces los veranos eran largos y uno llegaba a olvidarse de Madrid, y al regresar, las personas y las cosas nos parecían extrañas y alejadas. Fallet era un puñado de casas blancas encaramadas en un promontorio que se adentraba en el mar como la proa de un navío. Había una plaza en la parte alta donde se celebraban las fiestas del Carmen, con fuegos artificiales y baile hasta la madrugada y había una montaña protectora, cercana y distante, que estaba siempre presente en nuestros días. Hacia el norte, el pueblo descendía con suavidad hasta el mar a través de un entramado de callejas que se extinguía en la playa de La Asunción; hacia el sur finalizaba de modo abrupto en un semicírculo de acantilados y allí, al socaire de la roca, se había construido un mirador, lugar obligado para turistas y cobijo de parejas en las horas oscuras. Muchas noches vimos allí amanecer escuchando el fragor de la espuma.

domingo, 9 de febrero de 2014

Los perros

Le he comentado a mi Espíritu que los perros fomentan la interacción social de manera muy notable. Si usted está paseando por la calle y se cruza con un desconocido y sin más preámbulos le dice: "Vaya frío que hace hoy", lo más probable es que el desconocido crea que está loco o borracho y, sin contestarle, siga su camino. Y si la misma escena se produce de noche, en una calle mal alumbrada, el individuo acelerará el paso pensando que le van a robar. Pero si tanto usted como el desconocido están paseando a sus canes, lo más seguro es que el otro responda: " Sí, no hay quien lo aguante", y luego intercambien algunas frases más. Todo gracias a los perros.

Estos animales interactúan de una manera sencilla. Si se cruzan dos machos alfa se estudiarán a una cierta distancia, se les erizará el lomo y probablemente hagan un simulacro de acometida, acompañado de ladridos, que obligará a sus dueños a sujetarlos con las respectivas correas.  Si uno de los dos perros no es dominante o es un cachorro, o si son macho y hembra, el encuentro se resolverá en olfateos mutuos, gran agitación de rabos y en algún caso con invitación al juego. Mientras se producen estos rituales, los dos humanos sonreirán, hablaran de perros, del tiempo o de cualquier otra cosa y se despedirán amistosamente. Quién sabe si estas situaciones no pueden ser el comienzo de una hermosa amistad.


Estoy de acuerdo, me ha contestado el Espíritu, y sería recomendable que los políticos fueran al Congreso con sus mascotas para evitar esos agrios e inútiles enfrentamientos. Por ejemplo, el Sr. Rajoy y el Sr. Rubalcaba, mientras sus perros interactúan, conservarían la sonrisa y hablarían de futbol, y luego se sentarían en el escaño más relajados. Otro ejemplo sería una entrevista entre el Presidente del Gobierno y el Sr. Artur Mas, ya que éste último llevaría un perro catalán que se entendería a la perfección con el perro castellano del Sr. Rajoy, sin necesidad de inmersión lingüística. Tenemos mucho que aprender de los animales.

La canción de hoy está dedicada a mis nietos Luna y Samuel.


sábado, 1 de febrero de 2014

Conversaciones con el espíritu

Me han asegurado que no estoy loco, que no padezco esquizofrenia ni ningún tipo de trastorno bipolar. Yo no estoy tan seguro. Soy médico y entiendo un poco de estas cosas. Oír voces no es normal y yo oigo voces. Mejor dicho, oigo una voz con la que puedo dialogar. Esto también es raro, porque los locos oyen voces, pero, que yo sepa, no son capaces de mantener una conversación distendida con quien les habla. Al principio me preocupé, como es lógico, y consulté con psiquiatras y neurólogos y me hicieron toda clase de pruebas y tests. Nada, todo normal. ¿Entonces por qué oigo voces? Sonrisas inciertas, gestos ambiguos, encogimiento de hombros: no te preocupes, a veces se pueden tener alucinaciones sin patología de base, son cosas transitorias, el estrés, la tensión... O sea, nada, ni la menor idea.

Luego reflexioné sobre mi interlocutor invisible: la voz que yo oigo no es compulsiva, ni me ordena hacer cosas antisociales o extravagantes, como les ocurre a los esquizofrénicos; tampoco me atormenta, ni cambia mi personalidad. Eso me tranquilizó un poco. Si tengo alucinaciones auditivas, pero no me angustian, ni me quitan el sueño, ni alteran mi forma de vida... en fin, es como el que tiene acúfenos, ruidos en el oído, son molestos pero no graves. Aunque claro, nadie habla con sus acúfenos, así que la comparación no es muy exacta. Hablamos de cualquier cosa y suelo ser yo quien inicia el diálogo, él es bastante pasivo. Y digo él por decir algo, porque no sé si la voz es femenina o masculina. Él dice que es un espíritu, lo cual es absurdo porque yo no creo en espíritus. Se lo dije el primer día: mira, yo soy una persona racional, soy agnóstico, escéptico, no creo en nada inmaterial o sobrenatural, así que no creo que haya espíritus por ahí flotando, susurrándole cosas a la gente. Bueno, me contestó, piensa lo que quieras. Yo no te obligo a nada. Yo creo que soy un espíritu, pero si tú crees que los espíritus no existen yo no te voy a contradecir. Puede que tengas razón. Ya ven que no es un espíritu maligno, es más bien pasivo y considerado.


Por cierto, a falta de un nombre mejor, me referiré a él como el espíritu, pero solo a modo de licencia literaria, no porque me haya convencido de que es un alma en pena. Ya  les contaré más cosas.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Relato de Vicente (Fragmento de mi novela inédita "Los Espejos Rotos")

Pero yo también he sentido el amor, ese amor que te ablanda los sentidos y corta tu respiración cuando contemplas a la persona amada. Es una vieja historia que os contaré si queréis que lo haga y si no me lo impide esta botella que me he propuesto vaciar, aunque no sé muy bien si ya os la he contado antes, pero qué importa, la misma historia es diferente según los días. Esto lo decía mi abuelo, que gustaba de contar historias perversas a sus nietos con gran disgusto de mi madre. Gran tipo mi abuelo, se divertía relatando obscenidades a los niños, que no eran obscenidades aunque entonces lo pareciesen. Eran retazos reales o inventados de su propia vida. Solía contar siempre la misma historia, aunque cada vez la aderezaba de un modo distinto, introduciendo nuevos personajes y acontecimientos, e incluso variaba el final, y cuando se lo hacíamos notar nos miraba con sorna y decía que las historias, como las personas y las nubes, son diferentes según los días. Pero a lo que voy, hace años yo estaba en la legión, no me preguntéis cómo ni por qué, esa es otra historia, pero como digo, me había enrolado en la legión y estaba en África, en el Sahara Español para ser exactos. 

La vida en el tercio era dura y cruel, aunque a mí no me lo parecía tanto, en aquella época los moros estaban tranquilos y existía una cierta relajación de la disciplina. Las únicas peleas eran entre nosotros mismos y se castigaban con severidad. Cuando estábamos de permiso íbamos al pueblo más cercano para emborracharnos y acostarnos con unas moras divinas que ejercían desde muy jóvenes la prostitución. Aquella vida no me parecía tan mala: no tenía uno nada en que pensar, la comida era abundante, las mujeres fáciles, lo único que se me pedía era obediencia y ni siquiera sabían quién era yo, porque me había alistado con un nombre falso. Las cosas se jodieron con la llegada de aquel tenientillo. Había habido otros antes que él: lechuguinos imberbes recién salidos de la academia que pretendían ganarse el respeto de aquella ralea. Pero éste era más cabrón, disfrutaba humillando a sus subordinados, solía golpearlos con una fusta que llevaba siempre consigo, igual que unas botas altas de montar, para que todo el mundo supiese que pertenecía al arma de caballería.


lunes, 21 de octubre de 2013

Identidad






Martes, 9
Mi nombre es Alejo Montesini y alguien me vigila. Hay un hombre que parece estar pendiente de mis movimientos. El individuo no está siempre presente, pero se deja ver con demasiada frecuencia para que los encuentros sean casuales. Por otra parte no es un vigilante discreto, quiero decir que no se oculta, no intenta pasar inadvertido, simplemente se muestra ante mí. Supongo que no tuve conciencia de este hecho hasta la tercera o cuarta vez que se dejó ver. Pensé que era alguien conocido aunque no fuí capaz de identificar su rostro ni precisar en que momento y circunstancia se había realizado el conocimiento. Su aspecto, siempre el mismo, no es difícil de olvidar: es un hombre de edad madura, tal vez más joven pero envejecido por la calvicie; su cara es alargada y flaca y luce un escueto bigote; lleva una gabardina blanca ceñida con un cinturón y usa gafas oscuras. 

Yo había salido de mi oficina (una agencia de publicidad), hacia las siete de la tarde, y estaba esperando que se abriera el semáforo para cruzar la calle y dirigirme al aparcamiento cuando lo vi. Su imagen me resultó familiar y supe que lo había visto antes. Después se abrió el semáforo, crucé la calle y dejé de verlo. Durante unos segundos me esforcé en identificar aquel rostro y luego lo olvidé.
Sábado 13
Hoy he vuelto a ver al individuo. Estaba en unos grandes almacenes mirando unas corbatas y al alzar la vista lo he vuelto a ver. Estaba a unos diez metros y parecía interesado en un expositor de ropa interior. Mientras yo le observaba se ha vuelto hacia mí y ha sostenido mi mirada. Por un momento he creído que iba a acercarse y me iba a saludar. Eso hubiera normalizado la situación. Yo hubiera dicho: "creo que nos conocemos, pero no consigo recordar..." Nada de eso ocurrió y reprimí el deseo de hablarle. Fijé la vista en las corbatas y cuando me volví a mirar había desaparecido. No acierto a darle explicación a este suceso y me siento desconcertado. ¿Es posible que alguien me vigile? Le hablaré a Andrés de este asunto.