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viernes, 2 de enero de 2015

Es la ley

Lo habéis logrado. Habéis derribado el último baluarte cultural que nos quedaba. Ayer fueron las películas y las series, luego la música, y hoy, por fin, en la más alta expresión de contracultura, nos habéis quitado los libros. Esa ley atrabiliaria, que no protege la propiedad intelectual de los creadores sino las ganancias hipertrofiadas de las empresas, ha puesto el punto final a Papyre, una página de internet que nutría de libros a centenares de lectores. Ahora tendremos que errar por la red en busca de un sucedáneo, pero no será lo mismo. Vosotros, los antidescargas, pensáis que bajábamos libros de Papyre porque eran gratuitos, pero eso era lo de menos. Lo importante era disponer de una biblioteca de 27.000 libros. ¿Habéis pensado en la riqueza cultural que entrañaba esa cifra? ¿Cómo vamos a encontrar ahora esos libros descatalogados que ya no existen ni en las editoriales? ¿Cómo completar la bibliografía de un autor poco conocido cuyos libros no se venden en las librerías? ¿Cuántos estudios, tesis, biografías, trabajos literarios se van a ver ahora entorpecidos al no disponer de la accesibilidad de consulta de que antes disponían? Pero eso no era todo. En Paypre los lectores comentaban los libros, expresaban sus opiniones y aportaban información, muy importante a veces; otras, a propósito de libros políticos, históricos o religiosos, se establecían intensos debates que nos hacían conocernos mejor unos a otros. Porque los libros no solo viven en sus páginas sino en la mente de sus lectores. 

Así pues, 27.000 libros quemados en una hoguera con marcadas reminiscencias nazis. Qué alegres se sentirán ahora esos escritores que reniegan de la cultura de internet pensando que ahora van a vender más libros. Cómo se frotarán las manos esos grandes editores que seguirán pagando una miseria a sus escritores asalariados. Habéis ganado, pero no habéis convencido. Dudo que algún día vuestras mentes obtusas encuentren el significado de la palabra Cultura.





lunes, 30 de diciembre de 2013

Ladrones de banda ancha

En un artículo reciente, Las bandas de la banda ancha, (El País, 23/12/2013) Javier Marías se siente estafado por las eventuales descargas gratuitas de sus libros desde Internet y la consiguiente disminución de las ventas en papel de sus novelas. No digo que le falte razón, pero ¿quién tiene la culpa de que esto ocurra? Les cuento mi propia experiencia. Durante toda mi vida he comprado libros -en papel, claro, no había otros-, y por lo menos en tres ocasiones, por falta de espacio, he tenido que aligerar mi biblioteca regalando o donando los ejemplares descartados. Otro tanto me ha ocurrido con la música. Tengo una discoteca de casi 3000 discos, cedes originales, y no contabilizo los antiguos LP que también ocupan lo suyo.

Luego vinieron los ordenadores, Internet, los primitivos modems y por último la banda ancha, esa que tanto molesta a Marías. Y un día parecieron los libros electrónicos. Eran cómodos, pesaban poco y podían almacenar una cantidad insospechada de libros que, en papel, hubieran ocupado un espacio considerable  en nuestras estanterías. Hasta aquí, nada perjudicial para los escritores: los libros se compraban y se descargaban de determinadas páginas web sin mayor problema. Es verdad que el precio de los libros en formato electrónico, en comparación con su costo en papel, resultaba (y resulta) un poco elevado: si el precio de un libro encuadernado es 24, 90 euros (éste es un ejemplo real, aunque hay mucha variación) y el mismo, en formato e-book, cuesta 17 euros, uno piensa que no hay proporción entre los gastos editoriales de uno y otro. Si además estos libros vienen por lo común encriptados y en diferentes formatos, de modo que solo se pueden leer en un determinado aparato y en un solo ordenador, y como consecuencia uno no los puede prestar a los amigos, como hacíamos antes con los libros de papel, resulta que comprar un libro virtual no es que sea caro, es que es carísimo.

Un día aparecieron las páginas de descarga gratuita: libros, música, películas, series... No voy a repetir lo que todo el mundo conoce, las polémicas sobre los derechos de autor, las leyes antipiratería, la clausura de algunos servidores, etc. Fue como ponerle puertas al campo. Pero eso no es lo que aquí se discute. El lector corriente, el usuario de Internet, no pinta nada en esos discursos. Si hay un vacío legal, si los estados no pueden domesticar la fuerza de la red, es problema de ellos; la gente no tiene la culpa y se limita a coger lo que le ofrecen. Porque vamos a ver, ¿hay delito en aceptar lo que a uno le regalan? Para mí no constituye un latrocinio ni un problema ético realizar descargas gratuitas de Internet, ni tengo conciencia de estar estafando a nadie. Tampoco necesito justificarme con el argumento -muy extendido- de que bastante sobreprecio hemos tenido que pagar antes de las "descargas ilegales". Cuando he tenido que pagar (y tengo, porque sigo comprando libros y discos) he pagado; cuando me ofrecen algo gratuito lo acepto. Todo lo demás es hipocresía y no me merecen consideración los que enarbolan el estandarte de una honestidad ficticia.


Me parece injusto que los escritores y los interpretes ganen menos (no tanto las editoriales y las discográficas), y si en el futuro los gobiernos logran erradicar lo que ellos llaman piratería informática lo aceptaré sin problemas, pero hasta entonces continuaré siendo un descargador ilegal . A veces me pregunto si esos escritores tan enojados son tan puros y solidarios como para comprar siempre los libros que leen o se benefician alguna vez (aunque sea a oscuras) de los mismos regalos informáticos que el resto de los mortales.