miércoles, 10 de junio de 2015

La música coral

Imagen: Marie Heiberg
Las relaciones políticas serían menos tensas si los políticos cantasen a coro. Usted quizá no lo entienda si nunca ha cantado en un coro, aunque sería raro, porque todo el mundo ha formado parte de un coro alguna vez, en el colegio, en la mili, en el futbol. Si no es así, seguro que se ha emocionado escuchando música coral, que no tiene porque ser música clásica, puede ser folclórica o un himno o música moderna. Fíjense por ejemplo en el coro de Nabucco, de Giuseppe Verdi, el conocidísimo Va pensiero. Cuando se estrenó la ópera en 1842, la gente salía de La Scala de Milan canturreando esa música: primero porque era bella, pero también porque era un canto de libertad (los judíos esclavizados en Babilonia) que los italianos adoptaron para protestar de la dominación austriaca. 

No hay ningún secreto en la música coral, solo se trata de que varias voces emitan simultáneamente diferentes notas acordes entre sí. Pero lo que se consigue con esto, que parece tan fácil, es un misterio, porque al resonar afinadamente múltiples voces, más que oír, parece que lo sintamos en nuestro interior, en las tripas, que diría Hemingway, o en el espíritu, si se quiere ser más fino. Un acorde orquestal hace lo mismo, solo que en vez de voces suenan instrumentos, y puede ser grandioso, pero es una emoción distinta. Las voces unidas despiertan resonancias primitivas que nos conmueven, al fin y al cabo la música primordial es el canto, y quién sabe cuándo empezó, tal vez cuando un hombre de las cavernas alzó el rostro hacia el sol y brotó la voz. "La música es siempre una canción, incluso cuando no puede cantarse: no es una filosofía, no es una visión del mundo. Es, sobre todo, un canto, una canción que el mundo canta sobre sí mismo, es el testimonio musical de la vida". Esto dijo Valentín Silvestrov, un compositor  extraordinario nacido en Ucrania.

Pero si emociona escuchar un coro, participar en él es una experiencia mística. Cuando yo era joven cantaba con mis amigos, como hacen los jóvenes de todas las épocas, cantábamos folclore, canciones de moda, lo que se terciase. Una amiga común nos dijo un día que un maestro ruso andaba buscando tenores para un nuevo coro que se estaba formando. El asunto era que una princesa rusa (debía haber muchas) se casaba con un español. Sería una boda de máximo esplendor, oficiada según el rito ortodoxo, en la que se cantaría la misa rusa. A tal efecto, la principesca familia había contratado un maestro de música ruso para que organizara el coro. Y allá nos fuimos un amigo y yo, con la indolencia propia de los años, a la dirección que nos había dado nuestra común amiga, que resultó ser la mansión de un conocido marqués, cuya esposa participaba en el coro. Nos recibió un mayordomo con librea y entramos en el señorial vestíbulo, con bastante acojono a esas alturas. En seguida salió el maestro ruso, un vejete con bigote y melena blancos, y nos condujo a una gran estancia. "Estos son los nuevos tenores", dijo el ruso. Ante nosotros se desplegaban en semicírculo no menos de 40 personas, que según supimos después pertenecían al coro profesional del Teatro de La Zarzuela. Sin más preámbulos, el ruso nos ubicó, nos dio una partitura a cada uno, y a un gesto suyo el coro entonó el Credo. Tan inmovilizados y mudos nos quedamos -ninguno sabía leer música-, que el maestro interrumpió el canto, nos miró con perplejidad y preguntó: "¿Por qué no cantan?" Sin esperar respuesta se echó a reír y dijo: "Ah, comprendo, tienen dificultades porque la partitura está en ruso antiguo".  

Aunque parezca mentira no nos expulsaron. Con un poco de astucia hacíamos como que cantábamos, sumándonos al cantante de al lado en los finales, hasta que aprendimos de oído letra y música y todo fue sobre ruedas. La boda no llegó a celebrarse, porque el español dio la espantada y dejó plantada a la princesa, con lo cual los cantantes de La Zarzuela se despidieron y la marquesa nos invitó a abandonar su mansión. El ruso no se lo tomó a mal y nos propuso a los diez o doce aficionados restantes continuar con el coro. Mi amigo ofreció su casa y todos los sábados por la tarde nos reuníamos a cantar en ruso, cita insoslayable a despecho de novias, amigas y demás compromisos. La cosa terminó como suelen terminar estas cosas, o sea con el abandono progresivo de la comunidad requeridos por otras obligaciones. Pero fue bueno mientras duró. No sé si aquel coro llegó a sonar muy bien, pero recuerdo el sentimiento de solidaridad que surgía al juntar nuestras voces. Era una percepción física de la belleza, una vibración, que como decía el maestro, se sentía en los labios. 


domingo, 7 de junio de 2015

LA MUERTE DE ARTEMISA (Novela) - CAPÍTULOS 18 Y 19




                                                                         18

                                                                 BLACKFIRE

Itciar había decidido recabar la ayuda de Rodrigo Cortés. No había comunicado a nadie su intención y eso la inquietaba; Tracy no veía con buenos ojos las improvisaciones. Pero pensaba que tener un contacto con El Diario podía resultar útil aunque comportase algún riesgo. Si actuaba con habilidad y conseguía información confidencial, su iniciativa sería elogiada por el grupo. No tenía una idea clara de cómo justificar ante su amigo Cortés el interés por la muerte de Artemisa sin revelar su implicación en los hechos. Pero confiaba en Rodrigo, al que le unía una franca amistad, por más que el periodista no ocultara su predisposición a transformar esa amistad en una relación más adulta. Propósito irrenunciable, a pesar de las repetidas negativas de Itciar, pero no peligroso, ya que ella sabía eludir sin aspereza los asaltos de Cortés.

A la misma hora que nosotros escuchábamos las confidencias de la amiga de Blasco, Itciar hacía sonar el timbre de la casa del periodista. Tras una larga espera, un Rodrigo Cortés en bata y con el pelo alborotado abría la puerta.

-¡San Pedro! Creí que se hundía el mundo. ¿Sabes qué hora es?
-Las once y media. ¿Me invitas a pasar?


-No me lo digas, adivino qué te trae. Al fin has decidido desprenderte de tu absurda virginidad. Sabía que tarde o temprano te decidirías, aunque escoges unas horas...
-No seas pelma, Rodrigo. Vengo por un asunto profesional.
-¿Profesional? -Rodrigo abrió desolado los brazos -. Me decepcionas. Bueno, pasa y rebusca por ahí. A lo mejor encuentras una revista pornográfica y te instruyes mientras me visto. ¿Quieres café?
-No, gracias, he desayunado hace horas -. Hizo una pausa y añadió -: He leído tu crónica sobre el crimen de la modelo. Está muy bien.
-Ah, eso -la voz de Cortés llegaba a través de la puerta medio abierta del dormitorio -. Para comentar eso podría haber venido a una hora más decente. ¿No sabes que los periodistas se acuestan tarde?

Itciar rebuscó en el hueco del salón que hacía las veces de cocina.

-Si me dices dónde está la cafetera te preparo café.
-De cafetera, nada -dijo Cortés asomando la cabeza -. La gente apresurada como yo toma café soluble. Calienta agua sin más.

Itciar puso agua a hervir y paseó por la habitación.

-Es muy curioso lo de la muerte de esa chica y el tipo ese que ha desaparecido. Me gustaría conocer más detalles.


-¿A qué viene ese repentino interés? -Cortés apareció, ya vestido, abrochándose el cinturón.
-Pues es que ayer me quedé intrigada y he hecho averiguaciones por mi cuenta.
-A ver, a ver. ¿Qué te traes entre manos?
-Bueno, el artículo de El Diario era muy sugerente y he estado en la hemeroteca buscando información sobre Franco Dalessio y todo ese rollo de la Mandrágora. Pensé que te podía interesar.

Le mostraba un cuaderno lleno de anotaciones. Cortés dejó la taza sobre la mesa y se rascó la cabeza.

-Un momento, pequeña, ¿a quién tratas de engañar? A Rodrigo Cortés no se le viene con esos cuentos. ¡Tu sabes algo!- La chica miró a su amigo sin saber qué decir y Cortés se echó las manos a la cabeza- ¡Hay que joderse! Mis jefes cogen un asunto vulgar y le dan una importancia desmesurada, pero, claro, sin explicarle nada a este inmundo reportero. ¡Y ahora resulta que hasta los estudiantes de periodismo saben más que yo del caso! Todo el mundo piensa que soy gilipollas, ¿o qué?
-Veras, Rodrigo -Itciar se mordió el labio vacilante -. Puedo decirte algo, pero no todo. Existe un pacto de silencio.



Cortés se desmadejó en una butaca con los ojos cerrados.

-Madre mía -murmuró.
-Resulta que un amigo mío -empezó Itciar-, alguien que yo conozco, sabe quién es el hombre que estaba con la modelo, el que ha desaparecido.
-¿Qué?
-Y sabemos, mi amigo sabe, que es inocente.

Cortés angustiado se inclinó hacia delante.

-¿Pero no se da cuenta Tracy del lío en que os estáis metiendo?
-Yo no he dicho que fuera Tracy -replicó Itciar sobresaltada.
-Vamos, vamos, Itciar, ¿tú también me tomas por tonto? Es evidente que tu insoportable amigo Tracy y ese absurdo grupito vuestro tiene algo que ver con lo que me cuentas.

La muchacha guardó silencio.

- Mira, pequeña -Cortés la apuntó con un dedo-, te diré lo que vas a hacer. Me vas a contar ahora mismo todo lo que sabes sin dejarte una coma, o si no ya sabes donde está la puerta. Te vas por donde has venido y aquí no ha pasado nada.



Itciar miró a Cortés con desaliento. Lo había hecho todo mal: no sólo no había sonsacado al periodista sino que había comprometido a sus amigos. Permanecer callada y dejar las cosas como estaban no resolvía nada y estimularía aún más la curiosidad de Cortés, pero si le hacía partícipe del asunto, tal vez pudiera evitar su indiscreción. Itciar optó por esto último y puso al tanto a su amigo de los acontecimientos. Al concluir había una luz de éxtasis en los ojos del reportero.

-¿Qué día es hoy? Tengo que consultar mi horóscopo. ¡Dios mío qué historia! No sé si creerte, es demasiado sublime. ¿Seguro que no te burlas de tu viejo amigo?
-Venga, Rodrigo, no hagas teatro. La cosa no es para tomarla a broma.
-¿A broma dices? Claro que no. De modo que tenéis escondido al señor A.S. Bueno, bueno, es inaudito. ¿Me dejaréis participar? ¿Crees que Tracy se opondrá?
-Prométeme ser discreto, Rodrigo.
-Claro, claro, no te preocupes. Ya sabes que soy zorro viejo.
-Bueno, ya te he contado todo. Ahora, dime tú lo que sepas.
-Pues el caso es que... -Cortés se detuvo cohibido- no sé mucho más. Los jefes no sueltan prenda. Ahora bien, a partir de ahora... Oye, pequeña, supongo que sois conscientes de que este es un asunto peligroso.
-Venga, Rodrigo, ¿no estarás asustado?
-¿Yo? No me conoces. No pararé hasta llegar al final. Soy un profesional. ¡Este puede ser el reportaje de mi vida!
-Rodrigo, te recuerdo que esta es mi historia.
-No te preocupes, criatura, aquí hay trabajo sobrado para dos. Una sola noticia lanzó a la fama a Woodward y Bernstein, recuérdalo. Ahora no perdamos tiempo y empecemos a trabajar.


sábado, 6 de junio de 2015

PREMIO LITARCIHIS


Elisenda Segura, cuyo magnífico blog SON LAS FOTOGRAFÍAS DE MIS VIAJES, http://sonlasfotografiasdemisviajes.blogspot.com.es/, nos ilustra sobre los parajes más bellos del planeta, ha tenido la gentileza de mencionar EQUINOCCIO en los Premios Litarcihis, cuyas normas transcribo a continuación. Gracias Elisenda.

BOR: Blog Original
Litarcihis: Nombre de la mención. A los blogs Literarios: libros, poesía, relatos y todo tipo de escrituras fantásticas, terror, ciencia ficción...
Sobre Arte: Pintura, escultura, música, arquitectura, decoración, cocina, cine, teatro...
Ciencia: Biología, naturaleza, arqueología, ecología, física, matemáticas, astrología, botánica...
Historia: todos aquellos que nos hablen de nuestro pasado y recuerden con fotos y escritos todo aquello que la memoria olvida.
Bloguers: Un premio que es concebido no sólo al blog, sino también al creador que se lo curra y lo maquea dándole presencia, estética y realce para que quede bonito a simple vista además de llenarlo con contenido adictivo.

lunes, 1 de junio de 2015

Evocación del misterio

Sesión de espiritismo.


Hemos perdido el significado del misterio, una palabra que ya casi no se usa y antes evocaba un mundo de fantasía. No es que ya no haya misterios, el Universo está lleno de cosas asombrosas, pero, de manera inconsciente, sabemos que un día u otro la ciencia dará una explicación a todo lo que nos sorprende. La ciencia, en los últimos cien años, ha derribado muchas creencias y supersticiones y explicado fenómenos que durante milenios habían maravillado al ser humano. La ciencia busca la verdad, por inalcanzable que nos parezca, como antaño lo hicieron la filosofía y la religión, y esa búsqueda forma parte del progreso, algo que es imposible detener.

Echo de menos los antiguos mitos. Serían falsos, pero estimulaban la fantasía. ¿Quién se acuerda hoy de aquellas sesiones de espiritismo que congregaban a la alta sociedad? ¿Qué fue de aquellas medium cuya fama sobrepasó fronteras? ¿O de aquellos pseudofilósofos que propagaban sabidurías ocultas?




¿Alguien recuerda quién fue Madame Blavatsky? Helena Petrovna Blavatsky (1831-1891) fue una escritora ocultista rusa, fundadora de la Sociedad Teosófica. Sus libros más importantes son Isis sin velo y La clave Secreta. (Yo encontré en una librería de viejo de la Cuesta de Moyano, un ejemplar editado en los años 20 de Isis sin Velo, que no creo que conserve, y otro libro del teósofo español Mario Roso de Luna). Esta mujer fue tremendamente popular el siglo XIX, pero la ciencia, o la realidad si se quiere, barrió el recuerdo de Madame Blavatsky y sus esotéricas elucubraciones. La Teosofía fue un movimiento ecléctico occidental que fundía religiones como el cristianismo, el budismo y el hinduismo, y estaba directamente relacionado con los movimientos esotéricos espiritistas de finales del siglo XVIII, como los Gnósticos y los Rosacruces. Proponían el conocimiento de Dios a través del desarrollo espiritual y la intuición directa, fundiendo en un todo armonioso religión, ciencia y mitología. Y lo que son las cosas, resulta que, tras años de olvido, es esto mismo lo que predican ahora los cristianos posmodernos -Vattimo, Caputo-, aunque sin incluir la parafernalia espiritista. 

Hemos olvidado un poco la fantasía, estas cosas son recuerdos en blanco y negro, como las películas de Drácula y el Hombre Lobo. No es que creyéramos a pie juntillas en todo aquello, pero dejábamos una puerta abierta a la imaginación. 

Nada tan romántico como esos barcos que se encuentran a la deriva en el océano, cuya tripulación ha desaparecido misteriosamente. Esos enigmas nunca han llegado a resolverse. Ha habido muchos casos de este tipo.




Quizá el más emblemático fue el del Mary Celeste, un bergantín botado en Escocia en 1861. El 5 de noviembre de 1872 zarpó, con el capitán Benjamín S. Briggs al mando, desde el puerto de Nueva York. La tripulación consistía en siete hombres, además de la mujer y la hija de dos años del capitán.Transportaban barriles de alcohol industrial hasta Italia. 

Un mes después, exactamente el 5 de diciembre, hacia las tres de la tarde, la tripulación del Dei Gratia, un barco que navegaba desde Nueva York hasta Gibraltar, avistó el bergantín cerca de las Azores. El capitán de este barco, David Reed Morehouse, conocía a Briggs, por lo que, cuando estuvieron los dos barcos lo suficientemente cerca y leyó el nombre del bergantín , Morehouse se temió lo peor, ya que de inmediato se dio cuenta de que no había nadie en cubierta. El capitán mandó a algunos de sus hombres al Mary Celeste para registrarlo y ayudar en lo posible. Al llegar al barco, no encontraron a ninguno de los tripulantes ni a la familia Briggs. La ropa de unos y otros estaba ordenada en sus respectivos cajones. No encontraron el bote salvavidas, el sextante, el cronómetro ni la bitácora. El diario de navegación se encontraba en el cuarto del capitán; la última anotación era del día 24 de noviembre, pero no señalaba nada relevante. Según el diario, el tiempo había estado revuelto, pero ninguna otra circunstancia de gravedad. El misterio del Mary Celeste conmovió a la sociedad de su época y se hicieron múltiples suposiciones para explicar lo sucedido. Incluso el escritor Conan Doyle escribió una novela sobre el asunto. Nunca se llegó a descifrar el misterio del Mary Celeste.

Nada mejor para terminar que el 5º movimiento, Songe d'une Nuit du Sabbat", de la Sinfonía Fantástica, de Hector Berlioz.











martes, 26 de mayo de 2015

Una ola de calor

Londres, 1976.






"En Londres, en el verano de 1976, durante una ola de calor y una sequía legendarias, Robert Riordan, recientemente jubilado, sale de casa por la mañana, como todos los días, para comprar el periódico, pero esta vez no regresa". Este párrafo figura en el resumen editorial de la novela "Instrucciones para una ola de calor", de Maggie O'Farrell, (Salamandra, 2013).

A un servidor le encantan las desapariciones como elemento central de un relato de intriga, sin que esta preferencia suponga un menosprecio del entrañable cadáver, casi insustituible, de las novelas policiacas. Pero una desaparición se sale de los cauces habituales, tiene algo de número circense, está envuelta en un halo de misterio. La muerte tiene un destino único, inmutable; la desaparición, en cambio, sugiere un número incierto de destinos. Empecé a leer la novela con la idea de enfrentarme a un misterio indescifrable, pero a las pocas páginas comprendí que no estaba leyendo una novela de intriga.

Desde luego hay una desaparición, la de un padre de familia llamado Robert Riordan, y este hecho es el desencadenante de la acción, pero el relato no sigue los cauces habituales de una investigación policial. Lo que hace la autora es contarnos la vida y tribulaciones de una familia irlandesa en Londres y describir la actitud de sus miembros ante la desaparición del padre. Lo cual no importa nada, porque la novela está tan bien escrita que uno se olvida enseguida de su suposición inicial y se adentra con gusto en una trama costumbrista que relata las vivencias personales de la madre y los hijos, en el entorno difícil de los inmigrantes irlandeses católicos en la Inglaterra de los años 70. La novela se desarrolla a través de voces múltiples, cuyas vidas se remodelarán para afrontar el problema común de la ausencia del padre, y en la búsqueda se revelarán antiguos secretos de familia.

He disfrutado leyendo este libro en el que apenas pasan cosas, pero no se echan en falta. La prosa, sencilla sin excluir metáforas, me ha recordado a la canadiense Margaret Attwood. La escritora estructura bien su novela, mide adecuadamente los tiempos y describe con ternura a sus personajes. En ocasiones puede ser un tanto prolija en sus descripciones, pero es un defecto menor. La trama converge hacia un final, no inesperado, pero convincente. La elipsis final es muy acertada.









domingo, 24 de mayo de 2015

EL RINCÓN DE LA ÓPERA - TENORES LÍRICOS

Camille Pissarro. Avenue de l'Opera. 1898. Colección privada.

La voz de tenor lírico es la más frecuente y la mayoría de los compositores románticos escribieron sus óperas para este tipo de tenor. Es una voz más ancha y más potente que la del tenor ligero, adecuada para hacerse oír con orquestaciones de mayor envergadura. Su extensión es similar a la del tenor ligero, aunque con mayor dificultad para alcanzar notas sobreagudas y ejecutar las agilidades del bel canto. El talón de Aquiles del tenor lírico es el passagio  o registro de paso, una frontera imaginaria entre las notas bajas y altas. Canónicamente, el cantante emite el registro más bajo usando el pecho como resonador, la llamada voz de pecho,  y a partir de ciertas notas, variables en cada cantante, debe cambiar la resonancia a la cabeza (voce in maschera) para alcanzar el registro alto. Un passagio correcto es imperceptible para el oyente,  y ocurre cuando la voz consigue pasar pasar de un registro a otro sin perder el timbre. Muchas arias de Verdi se desarrollan en torno a esta frontera, de ahí que el canto verdiano haya entrañado siempre una dificultad añadida para los tenores. Un tenor modélico en este aspecto fue Carlo Bergonzi, y también Alfredo Kraus, aunque este último empleó en casi todas las notas la voz de cabeza. Por supuesto cada tenor ha solventado este escollo a su manera. Giusseppe Distefano siempre tuvo dificultades en el passagio por lo que solía cantar todo el registro con voz de pecho. Según los musicólogos esto acortó la vida de su voz, pero no su carrera, que fue dilatada, ya que el público olvidaba estos tecnicismos subyugado por la belleza deslumbrante de su voz.

El papel más emblemático de tenor lírico es probablemente el de Rodolfo en La Boheme, de Puccini. Ha habido grandes intérpretes de Rodolfo, pero sobre todo ha habido dos tenores que han alcanzado la excelencia: Beniamino Gigli, en los años

40 y 50, y Luciano Pavarotti en los años 70 hasta casi el final de su vida. Quien esto escribe, tuvo la fortuna de escuchar a Pavarotti en 1989, en el Metropolitan de Nueva York, cantando Rigoletto. Fue una experiencia irrepetible (ese mismo día los periódicos anunciaban la caída del Muro de Berlín). Grandes tenores líricos han sido Miguel Fleta, Jussi Björling, Giusseppe Distefano, Francisco Araiza, Jaume Aragall y Nicolai Gedda, por citar algunos.

En el primer vídeo oiremos a Luciano Pavarotti cantando Che gelida manina, de La Bohème, de Giacomo Puccini, en la grabación de 1973, con la Orquesta Filarmónica de Berlín dirigida por Herbert von Karajan. Una interpretación, para mí, insuperable.




Una variedad dentro de esta categoría es el tenor lírico-spinto. Spinto viene del verbo italiano spingere, empujar, en este caso empujar la voz. Esta voz fue necesaria para interpretar la ópera verista, aplicación del verismo literario de Zola o Ibsen al género lírico, con obras tan características como Carmen, de Bizet, o Cavallería Rusticana, de Leoncavallo. Estos papeles exigían pasión e impulso dramático al tenor, cuyo canto discurría sobre todo en el registro medio, siendo necesario empujar o forzar la voz para no ser tapado por la orquesta. Uno de los primeros spintos fue Enrico Caruso, probablemente el tenor más carismático de la historia. Otros spintos famosos han sido el mencionado Bergonzi, Plácido Domingo y en la actualidad el alemán Jonas Kaufmann.

Pero sí no el mejor, sí el más extraordinario tenor lirico-spinto fue Franco Corelli (1921-2003). Venía de la escuela baritonal y tenía la voz más extensa que se recuerde en un tenor. Fue en parte autodidacta y su voz, según los musicólogos, tenía graves defectos. Pero la belleza de su timbre y la arrolladora pasión de su canto compensaba cualquier deficiencia técnica. Era además un hombre apuesto y aceptable actor, aunque le perdía un miedo escénico irrefrenable que nunca llegó a controlar. Se cuenta que en una representación de Il Trovatore, de Giuseppe Verdi, advirtió, en un palco contiguo al escenario,  un gesto de desagrado en un espectador. Con gran indignación Corelli saltó al palco y acometió al espectador con su espada. De attrezzo, claro. El 28 de septiembre de 1968 debía cantar en el Metropolitan de Nueva York la ópera Adriana Lecouvreur, de Cilea. Debido a una indisposición (o por miedo, quién sabe) no pudo actuar y fue sustituido por un cantante, poco conocido entonces, llamado Plácido Domingo.

Escuchemos a Franco Corelli, en una grabación de 1962, cantando Nessun dorma, de Turandot, también de Puccini. Admirables sus diminuendi y un fiatto al final del aria casi sobrenatural.

jueves, 21 de mayo de 2015

LA MUERTE DE ARTEMISA (Novela) - CAPÍTULOS 16 Y 17

In the street. Fotografía de Mercedes Vall Viñuela

                                                                         16

                                AUTOPISTA PARIS-BURDEOS, 10 DE SEPTIEMBRE



Habían dejado atrás París y el señor Osborne conducía relajadamente. En contra de lo previsto, el niño no había dado excesivo quehacer. Había dormido casi todo el tiempo, despertándose sólo en demanda de alimento. El señor Osborne se alegraba; hubiera tenido reparo de emplear tranquilizantes con el niño. Por lo demás, Silvia se había comportado magníficamente y demostraba que conocía el oficio; también se alegraba por eso. El señor Osborne sentía un optimismo moderado. Sabía que un exceso de optimismo era contraproducente en su trabajo; la mente debía permanecer alerta en todo momento, fríamente preparada para afrontar cualquier imprevisto. Al mismo tiempo sentía revivir antiguas sensaciones, ese extraño cosquilleo que precede a la acción.

Su compañera no había sido curiosa acerca del paquete traído desde Amsterdam. Mientras ella preparaba el equipaje el señor Osborne había sacado al niño de la cuna y, con suma delicadeza, lo había dejado sobre la cama. Luego había colocado el envoltorio en el fondo de la cuna y lo había cubierto con las ropas, alisándolo de manera que no se produjesen desniveles significativos. Había acostado de nuevo al pequeño, que no pareció sentirse incómodo. Una vez cerrada la cremallera sólo era visible la cabecita del niño y nada hacía suponer que allí había algo escondido. Silvia había presenciado la operación sin hacer ningún comentario.



Conforme se alejaban de Bélgica el clima se hizo más agradable. En aquel momento, cincuenta kilómetros al sur de París, el sol se desembarazó de las nubes y comenzó a brillar. No tenía intención el señor Osborne de hacer el viaje de un tirón, pese a que deseaba llegar cuanto antes a su punto de destino; pero también sabía que la precipitación es un error de principiante y el señor Osborne era todo menos eso. Con un punto de inquietud advirtió que acaso actuaba con excesiva minuciosidad -se felicitaba a cada momento por su destreza en prevenir contratiempos-, y se preguntó si esa actitud no revelaría, en el fondo, un oculto sentimiento de inseguridad. Le asaltó de nuevo el fantasma de la vejez, pero se dijo que, a fin de cuentas, lo que contaba eran los resultados. Echó una ojeada ala siento posterior. El pequeño estaba despierto y jugaba con un sonajero. Procuró alejar de su mente todo pensamiento pesimista; sin duda, viejo o joven, la suerte le acompañaba por el momento. Conectó la radio del coche y sonrió a su compañera. Pensaba dormir en Burdeos y continuar a primera hora del día siguiente hasta la frontera española. El señor Osborne se concentró en el verdor de la campiña y pensó que, después de todo, era el último y definitivo trabajo de esta índole que pensaba efectuar.




                                                                         17

                                                             REENCUENTRO


Necesitaba estar solo y mezclarme con la gente como un desocupado más. Quería callejear, detenerme ante los escaparates, pisar aceras, sumarme a un ambiente ajeno, olvidar, siquiera momentáneamente, el absurdo que me envolvía. La soledad había sido insoportable al principio y de no ser por los muchachos mi huida hubiera sido breve. Gracias a ellos me sentía con ánimo para llevar a cabo una empresa descabellada, pero sin duda esperanzadora. Lo cierto era que, en las últimas horas, apenas había pensado por mí mismo. Al margen de una innegable confusión, ¿qué sentía en aquel momento? Sobre todas las cosas tenía una intensa sensación de inminencia: como si todos mis proyectos fueran a frustrarse en el instante siguiente, y en cualquier momento alguien pudiera tocar mi hombro y me conminase a darme preso. También tenía miedo. No un pánico incontrolado como el que me había dominado al descubrir el cadáver de Artemisa, pero sí un temor oscuro y persistente que no conseguía neutralizar. Advertí que bajo el miedo latía un incómodo desasosiego, un fastidio creado por la alteración inesperada de los acontecimientos. Era ridículo, pero me molestaba que alguien desconocido hubiera perturbado el planteamiento inicial. ¿Con qué derecho alteraban mi aventura? Porque no sólo me sentía amenazado, sino que no sabía bien qué hacer. Era extraño inquietarse por algo tan banal en mis circunstancias, quizás fuese un recurso mental inconsciente para desviar mi atención hacia cosas más tangibles. Sí, era preciso pensar despacio y adoptar una actitud propia, no ser un mero espectador de cuanto me sucedía. Debía existir un punto de ruptura, un giro lógico que introdujera alguna coherencia en los hechos. Yo no me sentía capaz de hacer un análisis frío de la situación y los chicos sólo veían las cosas bajo la óptica de la aventura. Era necesario encontrar a alguien con sentido común capaz de enfocar con sensatez el asunto. Entonces pensé en Marta.



Consideré la idea: Marta como oposición a mis fantasías, lo metódico frente a lo imaginativo. Era una posibilidad. Supuse que también deseaba ver a Marta por otras razones. Revivió en mí la sensación de cosa no resuelta que siempre me mortificaba al evocarla. A lo largo del tiempo, el temor o el cansancio de enfrentar algo que nunca había entendido del todo, me habían convencido de que era mejor no volver a verla. Durante más de dos años había bloqueado mentalmente el asunto y tratado de alejar de mí todo lo que pudiera desequilibrar mi nueva vida. Y ahora, cuando lo que estaba en juego era mi supervivencia, sentía la necesidad urgente de descubrir el por qué de nuestro fracaso.

Tampoco me sorprendió demasiado llegar a esa conclusión en un momento en que la contradicción y la paradoja estaban a la orden del día. Decidí actuar de inmediato. Marta era directora de relaciones públicas de una empresa y confié en que a aquella hora no fuera imposible localizarla. Consulté mi agenda y busqué una cabina telefónica. Ella misma contestó a la llamada.

-¡Adrián, qué sorpresa!
-Estoy en Madrid, Marta, y me gustaría verte. ¿Podemos comer juntos?
-Espera un momento... Sí, ningún problema. Dentro de dos horas, ¿te parece bien?
-Perfecto. Hasta luego, Marta.

Me abstuve de sugerir alguno de los lugares frecuentados en otro tiempo (ni siquiera sabía si existirían) y Marta escogió un pequeño restaurante próximo a su oficina. Uno frente al otro, nos contemplamos en silencio. Estaba más delgada y se peinaba de otro modo, pero era ella misma: el cabello negro brillante, los rasgos angulosos, la boca ancha, invariable también la luz oscura de sus ojos y la forma sensual, inconfundible, de moverse, de echar hacia atrás la cabeza y apartarse el pelo de la cara. Pensé en la lucha demoledora, en la crispación de aquellos días y me entristeció la evidencia súbita del tiempo perdido. Toda su vida después de mí, tan irrecuperable ya, llena de emociones, de rutinas, de proyectos, que yo había dejado de compartir.

-Estás igual, Marta.
-Tú tampoco has cambiado mucho.
-Ha sido un error no vernos en estos años y sé que soy el más culpable.
-A veces es necesario que pase el tiempo.

Ella frente a mí, mirándome con suavidad, demoliendo el pasado, apartando de mi mente otras cosas, invadiéndome con su presencia.

-¿Cómo van tus cosas, Adrián?
-No me van mal.
-¿Pero estás a gusto? Cuéntame de tu vida.

Le hablé de la serenidad, del sosiego, de la soledad, tal vez de la nostalgia. No sabía qué impresión quería causar en Marta. No deseaba dar una imagen resignada y conformista con añoranzas del pasado, ni me parecía honesto mentirle y decir que había alcanzado la paz y que las cosas habían sido como tenían que ser. Pero por encima de las otras cosas, quería saber qué quedaba de mí en ella.

sábado, 16 de mayo de 2015

Los cines de la Gran Vía

Cuando en este blog aparecen fotos que no son mías, siempre intento dar el nombre de su autor, y si son antiguas, quién las ha recopilado, o al menos quién me las envió. Nada de esto puedo decir en esta entrada, pero no dejaré por ello de agradecer el envío a mi anónimo comunicante.