jueves, 25 de junio de 2015
miércoles, 17 de junio de 2015
Antes de Eva
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| Adán y Eva. Tiziano. |
En el Génesis se dice: "Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen
de Dios lo creó; varón y hembra los creó" (Esta ambigüedad de singular y plural se ha
prestado a muchas interpretaciones, como el mito del andrógino) . Según el
Yalqut Reubeni, colección de comentarios cabalísticos acerca del Pentateuco,
recopilada por R. Reuben ben Hoshke Cohen (muerto en 1673) en Praga, la mujer
que creó Yahvéh al mismo tiempo que Adán, no era Eva sino Lilith (1).
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| John Maler Collier. Lilith. |
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| Dante Gabriel Rossetti. Lady Lilith. |
Estos dos pintores prerafaelitas inmortalizaron a Lilith. Claramente la figura de Collier encarna mejor el mito, que la lánguida pelirroja que pinta Rossetti.
Al parecer Adán y Lilith no se llevaban muy
bien porque cuando él deseaba copular, Lilith se sentía ofendida por la postura
acostada que él le exigía. "¿Por qué
he de acostarme debajo de ti? Yo también fui hecha con polvo (entiéndase
polvo de la tierra), y por lo tanto soy
tu igual". Razón tenía la primera mujer, ya que es sabido desde Master
y Johnson, que cuando la mujer cabalga al hombre durante el coito tiene más
facilidad para alcanzar el orgasmo. Así que no queda claro en la leyenda si Lilith
protestaba de la postura coital como
símbolo de dominación masculina, o porque Adán era un inexperto y Lilith casi
siempre se quedaba in albis; o por
ambas cosas. No obstante, de esta unión nacieron Asmodeo e innumerables
demonios que todavía atormentan a la humanidad.
Como Adán no había leído a
Master y Johnson, no escuchó las protestas de su hembra, y un día Lilith,
encolerizada, pronunció el nombre mágico de Dios, se elevó por los aires y abandonó
a su cónyuge. Dicen que se fue a las orillas del Mar Rojo , donde se entregó a
la lujuria con muchos demonios (al parecer más expertos que Adán), dando a luz
a los Lilim (demonios con cuerpo de mujer, los famosos súcubos). Tres ángeles
de Dios fueron a buscarla, pero ella se negó a volver al Jardín del Edén.
Entonces Yahvéh la castigó haciendo que
muriesen cien de sus hijos al día (en cuestión de números las leyendas hebreas
siempre han tendido a la exageración). Las tradiciones judías medievales decían
que ella se vengaba matando a los niños menores de ocho días, si todavía
estaban incircuncisos.
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| Franz von Stuck. Lilith. El alemán imprimió aún más voluptuosidad al mito |
Al no tener compañía femenina, Adán, además
de darle nombre a los animales, se dedicó a copular con algunas de sus hembras
(instituyendo así el bestialismo, que siempre habíamos sospechado que era bastante
antiguo). Sin embargo este tipo de fornicación no era de su agrado y reclamó a
Dios: "¡Todas las criaturas tienen
la pareja apropiada, menos yo! " Yahvéh, a la vista de su incontinencia, le hizo caso y fue entonces cuando pronunció la famosa frase "No es bueno que
el hombre esté solo". Y creó a Eva, pero, escarmentado, la creó
sumisa, utilizando como materia prima una costilla de Adán (previa anestesia),
tal vez extrayendo células madre de ese hueso.
Es así que Eva queda para la Historia como
la mujer dócil y respetuosa del marido, que ensalzan las Escrituras, y Lilith
como la mujer concupiscente y liberada, estandarte
avant la lettre del feminismo. El
novelista Primo Levi la describe así:
"A
ella le gusta mucho el semen del hombre, y anda siempre al acecho de ver a
dónde ha podido caer (generalmente en las sábanas). Todo el semen que no acaba
en el único lugar consentido, es decir, dentro de la matriz de la esposa, es
suyo: todo el semen que ha desperdiciado el hombre a lo largo de su vida, ya
sea en sueños, o por vicio o adulterio. Te harás una idea de lo mucho que
recibe: por eso está siempre preñada y no hace más que parir".
| Adan y Eva. Ilustración de un manuscrito medieval. Les acompaña un extraño ser con pechos de mujer. |
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Grupo escultórico de Notre Dame, París, donde están representados Adan y Eva, el árbol y la serpiente, también con morfología femenina. Además hay varias personas que en teoría no deberían estar ahí.![]() |
La misma escena pintada por Miguel Ángel en la Capilla Sixtina.
A Lilith siempre se la inmortaliza o se la
describe asociada a la serpiente, y cabría pensar, vista la anatomía de la iconografía anterior, si la fatídica serpiente que
tienta a Eva para que coma frutos (que no manzanas) del Árbol del Bien y del
Mal, no sería la amiga inseparable de Lilith, o incluso ella misma transformada
en reptil, dispuesta a vengarse de su ex.
Con lo cual tendríamos
ya definido, desde la más remota antigüedad, el eterno triángulo.
1.-El mito de Lilith no es originalmente judío,
sino perteneciente a la más antigua mitología babilónica, de donde los hebreos
tomaron la mayoría de sus dioses.
miércoles, 10 de junio de 2015
La música coral
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| Imagen: Marie Heiberg |
No hay ningún secreto en la música coral, solo se trata de que varias voces emitan simultáneamente diferentes notas acordes entre sí. Pero lo que se consigue con esto, que parece tan fácil, es un misterio, porque al resonar afinadamente múltiples voces, más que oír, parece que lo sintamos en nuestro interior, en las tripas, que diría Hemingway, o en el espíritu, si se quiere ser más fino. Un acorde orquestal hace lo mismo, solo que en vez de voces suenan instrumentos, y puede ser grandioso, pero es una emoción distinta. Las voces unidas despiertan resonancias primitivas que nos conmueven, al fin y al cabo la música primordial es el canto, y quién sabe cuándo empezó, tal vez cuando un hombre de las cavernas alzó el rostro hacia el sol y brotó la voz. "La música es siempre una canción, incluso cuando no puede cantarse: no es una filosofía, no es una visión del mundo. Es, sobre todo, un canto, una canción que el mundo canta sobre sí mismo, es el testimonio musical de la vida". Esto dijo Valentín Silvestrov, un compositor extraordinario nacido en Ucrania.
Pero si emociona escuchar un coro, participar en él es una experiencia mística. Cuando yo era joven cantaba con mis amigos, como hacen los jóvenes de todas las épocas, cantábamos folclore, canciones de moda, lo que se terciase. Una amiga común nos dijo un día que un maestro ruso andaba buscando tenores para un nuevo coro que se estaba formando. El asunto era que una princesa rusa (debía haber muchas) se casaba con un español. Sería una boda de máximo esplendor, oficiada según el rito ortodoxo, en la que se cantaría la misa rusa. A tal efecto, la principesca familia había contratado un maestro de música ruso para que organizara el coro. Y allá nos fuimos un amigo y yo, con la indolencia propia de los años, a la dirección que nos había dado nuestra común amiga, que resultó ser la mansión de un conocido marqués, cuya esposa participaba en el coro. Nos recibió un mayordomo con librea y entramos en el señorial vestíbulo, con bastante acojono a esas alturas. En seguida salió el maestro ruso, un vejete con bigote y melena blancos, y nos condujo a una gran estancia. "Estos son los nuevos tenores", dijo el ruso. Ante nosotros se desplegaban en semicírculo no menos de 40 personas, que según supimos después pertenecían al coro profesional del Teatro de La Zarzuela. Sin más preámbulos, el ruso nos ubicó, nos dio una partitura a cada uno, y a un gesto suyo el coro entonó el Credo. Tan inmovilizados y mudos nos quedamos -ninguno sabía leer música-, que el maestro interrumpió el canto, nos miró con perplejidad y preguntó: "¿Por qué no cantan?" Sin esperar respuesta se echó a reír y dijo: "Ah, comprendo, tienen dificultades porque la partitura está en ruso antiguo".
Aunque parezca mentira no nos expulsaron. Con un poco de astucia hacíamos como que cantábamos, sumándonos al cantante de al lado en los finales, hasta que aprendimos de oído letra y música y todo fue sobre ruedas. La boda no llegó a celebrarse, porque el español dio la espantada y dejó plantada a la princesa, con lo cual los cantantes de La Zarzuela se despidieron y la marquesa nos invitó a abandonar su mansión. El ruso no se lo tomó a mal y nos propuso a los diez o doce aficionados restantes continuar con el coro. Mi amigo ofreció su casa y todos los sábados por la tarde nos reuníamos a cantar en ruso, cita insoslayable a despecho de novias, amigas y demás compromisos. La cosa terminó como suelen terminar estas cosas, o sea con el abandono progresivo de la comunidad requeridos por otras obligaciones. Pero fue bueno mientras duró. No sé si aquel coro llegó a sonar muy bien, pero recuerdo el sentimiento de solidaridad que surgía al juntar nuestras voces. Era una percepción física de la belleza, una vibración, que como decía el maestro, se sentía en los labios.
domingo, 7 de junio de 2015
LA MUERTE DE ARTEMISA (Novela) - CAPÍTULOS 18 Y 19
18
BLACKFIRE
Itciar
había decidido recabar la ayuda de Rodrigo Cortés. No había comunicado a nadie
su intención y eso la inquietaba; Tracy no veía con buenos ojos las
improvisaciones. Pero pensaba que tener un contacto con El Diario podía
resultar útil aunque comportase algún riesgo. Si actuaba con habilidad y
conseguía información confidencial, su iniciativa sería elogiada por el grupo.
No tenía una idea clara de cómo justificar ante su amigo Cortés el interés por
la muerte de Artemisa sin revelar su implicación en los hechos. Pero confiaba
en Rodrigo, al que le unía una franca amistad, por más que el periodista no
ocultara su predisposición a transformar esa amistad en una relación más
adulta. Propósito irrenunciable, a pesar de las repetidas negativas de Itciar,
pero no peligroso, ya que ella sabía eludir sin aspereza los asaltos de Cortés.
A
la misma hora que nosotros escuchábamos las confidencias de la amiga de Blasco,
Itciar hacía sonar el timbre de la casa del periodista. Tras una larga espera,
un Rodrigo Cortés en bata y con el pelo alborotado abría la puerta.
-¡San
Pedro! Creí que se hundía el mundo. ¿Sabes qué hora es?
-Las
once y media. ¿Me invitas a pasar?
-No
me lo digas, adivino qué te trae. Al fin has decidido desprenderte de tu
absurda virginidad. Sabía que tarde o temprano te decidirías, aunque escoges
unas horas...
-No
seas pelma, Rodrigo. Vengo por un asunto profesional.
-¿Profesional?
-Rodrigo abrió desolado los brazos -. Me decepcionas. Bueno, pasa y rebusca por
ahí. A lo mejor encuentras una revista pornográfica y te instruyes mientras me
visto. ¿Quieres café?
-No,
gracias, he desayunado hace horas -. Hizo una pausa y añadió -: He leído tu
crónica sobre el crimen de la modelo. Está muy bien.
-Ah,
eso -la voz de Cortés llegaba a través de la puerta medio abierta del
dormitorio -. Para comentar eso podría haber venido a una hora más decente. ¿No
sabes que los periodistas se acuestan tarde?
Itciar
rebuscó en el hueco del salón que hacía las veces de cocina.
-Si
me dices dónde está la cafetera te preparo café.
-De
cafetera, nada -dijo Cortés asomando la cabeza -. La gente apresurada como yo
toma café soluble. Calienta agua sin más.
Itciar
puso agua a hervir y paseó por la habitación.
-Es
muy curioso lo de la muerte de esa chica y el tipo ese que ha desaparecido. Me
gustaría conocer más detalles.
-¿A
qué viene ese repentino interés? -Cortés apareció, ya vestido, abrochándose el
cinturón.
-Pues
es que ayer me quedé intrigada y he hecho averiguaciones por mi cuenta.
-A
ver, a ver. ¿Qué te traes entre manos?
-Bueno,
el artículo de El Diario era muy sugerente y he estado en la hemeroteca
buscando información sobre Franco Dalessio y todo ese rollo de la Mandrágora.
Pensé que te podía interesar.
Le
mostraba un cuaderno lleno de anotaciones. Cortés dejó la taza sobre la mesa y
se rascó la cabeza.
-Un
momento, pequeña, ¿a quién tratas de engañar? A Rodrigo Cortés no se le viene
con esos cuentos. ¡Tu sabes algo!- La chica miró a su amigo sin saber qué decir
y Cortés se echó las manos a la cabeza- ¡Hay que joderse! Mis jefes cogen un
asunto vulgar y le dan una importancia desmesurada, pero, claro, sin explicarle
nada a este inmundo reportero. ¡Y ahora resulta que hasta los estudiantes de
periodismo saben más que yo del caso! Todo el mundo piensa que soy gilipollas,
¿o qué?
-Veras,
Rodrigo -Itciar se mordió el labio vacilante -. Puedo decirte algo, pero no
todo. Existe un pacto de silencio.
Cortés
se desmadejó en una butaca con los ojos cerrados.
-Madre
mía -murmuró.
-Resulta
que un amigo mío -empezó Itciar-, alguien que yo conozco, sabe quién es el
hombre que estaba con la modelo, el que ha desaparecido.
-¿Qué?
-Y
sabemos, mi amigo sabe, que es inocente.
Cortés
angustiado se inclinó hacia delante.
-¿Pero
no se da cuenta Tracy del lío en que os estáis metiendo?
-Yo
no he dicho que fuera Tracy -replicó Itciar sobresaltada.
-Vamos,
vamos, Itciar, ¿tú también me tomas por tonto? Es evidente que tu insoportable
amigo Tracy y ese absurdo grupito vuestro tiene algo que ver con lo que me
cuentas.
La
muchacha guardó silencio.
-
Mira, pequeña -Cortés la apuntó con un dedo-, te diré lo que vas a hacer. Me
vas a contar ahora mismo todo lo que sabes sin dejarte una coma, o si no ya
sabes donde está la puerta. Te vas por donde has venido y aquí no ha pasado
nada.
Itciar
miró a Cortés con desaliento. Lo había hecho todo mal: no sólo no había
sonsacado al periodista sino que había comprometido a sus amigos. Permanecer
callada y dejar las cosas como estaban no resolvía nada y estimularía aún más
la curiosidad de Cortés, pero si le hacía partícipe del asunto, tal vez pudiera
evitar su indiscreción. Itciar optó por esto último y puso al tanto a su amigo
de los acontecimientos. Al concluir había una luz de éxtasis en los ojos del
reportero.
-¿Qué
día es hoy? Tengo que consultar mi horóscopo. ¡Dios mío qué historia! No sé si
creerte, es demasiado sublime. ¿Seguro que no te burlas de tu viejo amigo?
-Venga,
Rodrigo, no hagas teatro. La cosa no es para tomarla a broma.
-¿A
broma dices? Claro que no. De modo que tenéis escondido al señor A.S. Bueno,
bueno, es inaudito. ¿Me dejaréis participar? ¿Crees que Tracy se opondrá?
-Prométeme
ser discreto, Rodrigo.
-Claro,
claro, no te preocupes. Ya sabes que soy zorro viejo.
-Bueno,
ya te he contado todo. Ahora, dime tú lo que sepas.
-Pues
el caso es que... -Cortés se detuvo cohibido- no sé mucho más. Los jefes no
sueltan prenda. Ahora bien, a partir de ahora... Oye, pequeña, supongo que sois
conscientes de que este es un asunto peligroso.
-Venga,
Rodrigo, ¿no estarás asustado?
-¿Yo?
No me conoces. No pararé hasta llegar al final. Soy un profesional. ¡Este puede
ser el reportaje de mi vida!
-Rodrigo,
te recuerdo que esta es mi historia.
-No
te preocupes, criatura, aquí hay trabajo sobrado para dos. Una sola noticia
lanzó a la fama a Woodward y Bernstein, recuérdalo. Ahora no perdamos tiempo y
empecemos a trabajar.
sábado, 6 de junio de 2015
PREMIO LITARCIHIS
Elisenda Segura, cuyo magnífico blog SON LAS FOTOGRAFÍAS DE MIS VIAJES, http://sonlasfotografiasdemisviajes.blogspot.com.es/, nos ilustra sobre los parajes más bellos del planeta, ha tenido la gentileza de mencionar EQUINOCCIO en los Premios Litarcihis, cuyas normas transcribo a continuación. Gracias Elisenda.
BOR: Blog Original
Litarcihis: Nombre de la mención. A los blogs Literarios: libros, poesía, relatos y todo tipo de escrituras fantásticas, terror, ciencia ficción...
Sobre Arte: Pintura, escultura, música, arquitectura, decoración, cocina, cine, teatro...
Ciencia: Biología, naturaleza, arqueología, ecología, física, matemáticas, astrología, botánica...
Historia: todos aquellos que nos hablen de nuestro pasado y recuerden con fotos y escritos todo aquello que la memoria olvida.
Bloguers: Un premio que es concebido no sólo al blog, sino también al creador que se lo curra y lo maquea dándole presencia, estética y realce para que quede bonito a simple vista además de llenarlo con contenido adictivo.
lunes, 1 de junio de 2015
Evocación del misterio
martes, 26 de mayo de 2015
Una ola de calor
domingo, 24 de mayo de 2015
EL RINCÓN DE LA ÓPERA - TENORES LÍRICOS
jueves, 21 de mayo de 2015
LA MUERTE DE ARTEMISA (Novela) - CAPÍTULOS 16 Y 17
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| In the street. Fotografía de Mercedes Vall Viñuela |
16
AUTOPISTA
PARIS-BURDEOS, 10 DE SEPTIEMBRE
Habían
dejado atrás París y el señor Osborne conducía relajadamente. En contra de lo
previsto, el niño no había dado excesivo quehacer. Había dormido casi todo el
tiempo, despertándose sólo en demanda de alimento. El señor Osborne se
alegraba; hubiera tenido reparo de emplear tranquilizantes con el niño. Por lo
demás, Silvia se había comportado magníficamente y demostraba que conocía el
oficio; también se alegraba por eso. El señor Osborne sentía un optimismo
moderado. Sabía que un exceso de optimismo era contraproducente en su trabajo;
la mente debía permanecer alerta en todo momento, fríamente preparada para
afrontar cualquier imprevisto. Al mismo tiempo sentía revivir antiguas
sensaciones, ese extraño cosquilleo que precede a la acción.
Su
compañera no había sido curiosa acerca del paquete traído desde Amsterdam. Mientras
ella preparaba el equipaje el señor Osborne había sacado al niño de la cuna y,
con suma delicadeza, lo había dejado sobre la cama. Luego había colocado el
envoltorio en el fondo de la cuna y lo había cubierto con las ropas, alisándolo
de manera que no se produjesen desniveles significativos. Había acostado de
nuevo al pequeño, que no pareció sentirse incómodo. Una vez cerrada la
cremallera sólo era visible la cabecita del niño y nada hacía suponer que allí
había algo escondido. Silvia había presenciado la operación sin hacer ningún
comentario.
Conforme
se alejaban de Bélgica el clima se hizo más agradable. En aquel momento,
cincuenta kilómetros al sur de París, el sol se desembarazó de las nubes y
comenzó a brillar. No tenía intención el señor Osborne de hacer el viaje de un
tirón, pese a que deseaba llegar cuanto antes a su punto de destino; pero
también sabía que la precipitación es un error de principiante y el señor
Osborne era todo menos eso. Con un punto de inquietud advirtió que acaso
actuaba con excesiva minuciosidad -se felicitaba a cada momento por su destreza
en prevenir contratiempos-, y se preguntó si esa actitud no revelaría, en el
fondo, un oculto sentimiento de inseguridad. Le asaltó de nuevo el fantasma de
la vejez, pero se dijo que, a fin de cuentas, lo que contaba eran los
resultados. Echó una ojeada ala siento posterior. El pequeño estaba despierto y
jugaba con un sonajero. Procuró alejar de su mente todo pensamiento pesimista;
sin duda, viejo o joven, la suerte le acompañaba por el momento. Conectó la
radio del coche y sonrió a su compañera. Pensaba dormir en Burdeos y continuar
a primera hora del día siguiente hasta la frontera española. El señor Osborne
se concentró en el verdor de la campiña y pensó que, después de todo, era el
último y definitivo trabajo de esta índole que pensaba efectuar.
17
REENCUENTRO
Necesitaba
estar solo y mezclarme con la gente como un desocupado más. Quería callejear,
detenerme ante los escaparates, pisar aceras, sumarme a un ambiente ajeno,
olvidar, siquiera momentáneamente, el absurdo que me envolvía. La soledad había
sido insoportable al principio y de no ser por los muchachos mi huida hubiera
sido breve. Gracias a ellos me sentía con ánimo para llevar a cabo una empresa
descabellada, pero sin duda esperanzadora. Lo cierto era que, en las últimas
horas, apenas había pensado por mí mismo. Al margen de una innegable confusión,
¿qué sentía en aquel momento? Sobre todas las cosas tenía una intensa sensación
de inminencia: como si todos mis proyectos fueran a frustrarse en el instante
siguiente, y en cualquier momento alguien pudiera tocar mi hombro y me
conminase a darme preso. También tenía miedo. No un pánico incontrolado como el
que me había dominado al descubrir el cadáver de Artemisa, pero sí un temor
oscuro y persistente que no conseguía neutralizar. Advertí que bajo el miedo
latía un incómodo desasosiego, un fastidio creado por la alteración inesperada
de los acontecimientos. Era ridículo, pero me molestaba que alguien desconocido
hubiera perturbado el planteamiento inicial. ¿Con qué derecho alteraban mi
aventura? Porque no sólo me sentía amenazado, sino que no sabía bien qué hacer.
Era extraño inquietarse por algo tan banal en mis circunstancias, quizás fuese
un recurso mental inconsciente para desviar mi atención hacia cosas más
tangibles. Sí, era preciso pensar despacio y adoptar una actitud propia, no ser
un mero espectador de cuanto me sucedía. Debía existir un punto de ruptura, un
giro lógico que introdujera alguna coherencia en los hechos. Yo no me sentía
capaz de hacer un análisis frío de la situación y los chicos sólo veían las
cosas bajo la óptica de la aventura. Era necesario encontrar a alguien con
sentido común capaz de enfocar con sensatez el asunto. Entonces pensé en Marta.
Consideré
la idea: Marta como oposición a mis fantasías, lo metódico frente a lo
imaginativo. Era una posibilidad. Supuse que también deseaba ver a Marta por
otras razones. Revivió en mí la sensación de cosa no resuelta que siempre me
mortificaba al evocarla. A lo largo del tiempo, el temor o el cansancio de
enfrentar algo que nunca había entendido del todo, me habían convencido de que
era mejor no volver a verla. Durante más de dos años había bloqueado mentalmente
el asunto y tratado de alejar de mí todo lo que pudiera desequilibrar mi nueva
vida. Y ahora, cuando lo que estaba en juego era mi supervivencia, sentía la
necesidad urgente de descubrir el por qué de nuestro fracaso.
Tampoco
me sorprendió demasiado llegar a esa conclusión en un momento en que la
contradicción y la paradoja estaban a la orden del día. Decidí actuar de
inmediato. Marta era directora de relaciones públicas de una empresa y confié
en que a aquella hora no fuera imposible localizarla. Consulté mi agenda y
busqué una cabina telefónica. Ella misma contestó a la llamada.
-¡Adrián,
qué sorpresa!
-Estoy
en Madrid, Marta, y me gustaría verte. ¿Podemos comer juntos?
-Espera
un momento... Sí, ningún problema. Dentro de dos horas, ¿te parece bien?
-Perfecto.
Hasta luego, Marta.
Me
abstuve de sugerir alguno de los lugares frecuentados en otro tiempo (ni
siquiera sabía si existirían) y Marta escogió un pequeño restaurante próximo a
su oficina. Uno frente al otro, nos contemplamos en silencio. Estaba más
delgada y se peinaba de otro modo, pero era ella misma: el cabello negro
brillante, los rasgos angulosos, la boca ancha, invariable también la luz
oscura de sus ojos y la forma sensual, inconfundible, de moverse, de echar
hacia atrás la cabeza y apartarse el pelo de la cara. Pensé en la lucha
demoledora, en la crispación de aquellos días y me entristeció la evidencia
súbita del tiempo perdido. Toda su vida después de mí, tan irrecuperable ya,
llena de emociones, de rutinas, de proyectos, que yo había dejado de compartir.
-Estás
igual, Marta.
-Tú
tampoco has cambiado mucho.
-Ha
sido un error no vernos en estos años y sé que soy el más culpable.
-A
veces es necesario que pase el tiempo.
Ella
frente a mí, mirándome con suavidad, demoliendo el pasado, apartando de mi
mente otras cosas, invadiéndome con su presencia.
-¿Cómo
van tus cosas, Adrián?
-No
me van mal.
-¿Pero
estás a gusto? Cuéntame de tu vida.
Le
hablé de la serenidad, del sosiego, de la soledad, tal vez de la nostalgia. No
sabía qué impresión quería causar en Marta. No deseaba dar una imagen resignada
y conformista con añoranzas del pasado, ni me parecía honesto mentirle y decir
que había alcanzado la paz y que las cosas habían sido como tenían que ser.
Pero por encima de las otras cosas, quería saber qué quedaba de mí en ella.
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