martes, 10 de junio de 2014

Mirarse el ombligo



Escritores que critican a los lectores. Ya escribí algo sobre este asunto y hoy vuelvo a hacerlo. Miren, a mí, como a mucha gente, me gusta leer y me considero un lector empedernido sin que esto deba interpretarse como una vanagloria intelectual: no están en un nivel inferior los deportistas empedernidos, ni los que coleccionan sellos o se dedican con fruición al bricolaje. Cuando tenía 13 o 14 años un adulto me preguntó cuál era mi vocación. Respondí: la lectura y el sexo. Así que, ya ven, soy lector desde siempre.

A propósito de un libro de culto, Stoner, de John Williams, el escritor Vila-Matas ha dicho: "Stoner, que  es una discreta oda al trabajo bien hecho, lo han comprado 20.000 personas en nuestro país. Que amen el trabajo bien hecho y sepan leer de verdad debe de haber 30.000 personas en todo el país. Las demás, ramonean por las praderas. Por eso estamos tan mal”. Manda huevos el señor Vila-Matas. Por descontado él debe incluirse en ese grupo tan restringido. Déjenme decirles una cosa: ya está bien de intelectuales elitistas que solo saben mirarse el ombligo; florecen como amapolas en este país. ¿Acaso piensan que despreciando a la gente van a vender más libros? El escritor no elitista Eduardo Mendoza ha dicho: "Al fin y al cabo, cada uno vive la lectura como sabe, como puede o de cualquier manera". Escuche este sabio comentario, señor Vila-Matas, y disimule su megalomanía. Por cierto, nunca me ha gustado lo que escribe este escritor. Debo ser de los que ramonean por las praderas.

viernes, 6 de junio de 2014

Mosaico 1


En el día de hoy

¿Llegará un día en que termine nuestra guerra civil? Sí, la de 1936, la que ganó Franco, una guerra en la que los cañones enmudecieron hace tiempo pero sobrevive en el pensamiento de las personas y se transmite de generación en generación. Porque aquel lejano día de abril terminó la batalla, pero no la guerra. ¿Llegará un día en que no oigamos hablar de Paracuellos ni de Casas Viejas? ¿O que no se esgrima el asesinato de García Lorca contra el de Calvo Sotelo? ¿Llegará un día en que esos nombres y esos lugares figuren en los libros de historia con la misma sencillez que figuran las Guerras Púnicas o la batalla de Las Termópilas? ¿Cuándo acabará el rencor y empezará la historia?

No se trata de olvidar. Las guerras y los muertos nunca se olvidan, como no se olvidan las víctimas de un naufragio o de un desastre natural. Lo que no se puede es seguir viviendo en esa guerra tantos años después, en una guerra que ya es historia.

Vivimos ahora grandes cambios, grandes conmociones. Abdica un rey, decaen los grandes partidos, surgen nuevos líderes... y los inanes tertulianos seguirán vociferando: "¡Paracuellos!", "¡ADN franquista!", "¡Monarquía!", "¡República!", "¡Que viene el Frente Popular!" ¿No se han dado cuenta de que estamos en el siglo XXI, en el año 2014? ¿No comprenden esos descerebrados que es absurdo seguir con esa mierda? Sí, con esa mierda, porque todas las guerras lo son. Preocúpese quien le corresponda de que haya trabajo, libertad de pensamiento, honestidad, futuro para nuestros hijos. Todo lo demás nos importa un carajo.


Enterremos a los muertos con dignidad, a todos, porque todos eran españoles. Y tengamos memoria de lo que fue y ya no es, porque esa es la auténtica memoria histórica, no la que utilizan como señuelo demagógico nuestros queridos charlatanes. Puede que así, algún día, termine esta guerra.

miércoles, 28 de mayo de 2014

2001


Algo así

Escribo como lector, más que como escritor, lo cual me da más libertad para expresarme, porque todo el mundo juzga a los escritores y casi nadie a los lectores. Escribir es una actividad común que se aprende en la infancia, como se aprende a leer y a sumar, pero no todo el que escribe es escritor en el sentido profesional del término. ¿Pero qué es entonces ser escritor? ¿Solo quien publica lo que escribe? ¿El que le pagan por escribir? Me parece una definición incompleta, ya que hay escritores que nunca han publicado un libro y otros que sí lo han hecho, pero que no merecerían ser calificados como tales. Creo que en este asunto hay un vacío semántico. Podríamos recuperar la palabra "escribidor", con o sin comillas, que lanzó en su día con tanto acierto el escritor Vargas Llosa, de manera que los profesionales podrían denominarse escritores y escribidores los que vamos por libre. O viceversa.

Lo malo de profesionalizarse es que, en muchos casos, escribir se convierte no en un acto creativo sino en una necesidad crematística. Se dice en el cine que tal director ha hecho una película "alimenticia", y lo mismo podríamos decir de algunos escritores y sus novelas. Ocurre mucho con las novelas de género, en las que el autor se ve obligado a publicar al menos un libro al año si quiere seguir en la cresta de la ola. Por ejemplo, Charlotte Link, una escritora alemana de novela negra que siempre sitúa la acción de sus libros en Inglaterra. Es una buena escritora en mi opinión, un poco morosa pero escribe bien. Una de sus primeras novelas, La Casa de las Hermanas (Salamandra, 2002) me pareció fascinante. Maneja con maestría dos elementos clásicos de la novela de intriga: la casa aislada por la nieve de la que nadie puede salir, y el manuscrito encontrado. Y es precisamente ese manuscrito, un relato folletinesco en el mejor sentido de la palabra, que recorre la historia de Inglaterra entre las dos guerras mundiales, lo que, a mi juicio, otorga personalidad a esta novela.


Luego he leído otras buenas novelas de esta escritora, pero en las últimas me ha parecido ver indicios de escritura alimenticia. Qué le vamos a hacer, tampoco se puede ser genial todos los días. Pero bueno, esto no  solo ocurre con los escritores, hay también algunos pensadores (fíjense, otra palabra indefinida) cuya profundidad parece ir debilitándose con el tiempo. En fin, "Sic transit gloria mundi", como decía en cada naufragio uno de los piratas de Asterix.

sábado, 24 de mayo de 2014

Bodegón con libro


El voto inútil

La perfecta democracia es una utopía comparable a la irreal Arcadia. Ni siquiera en Atenas hubo una democracia ejemplar, ya que ni las mujeres ni los esclavos tenían derecho al voto. Lo que ahora llamamos democracia es, en apariencia, un sistema de gobierno mejor que otros (Churchill dixit), pero en modo alguno es el gobierno del pueblo. La democracia es el estandarte que exhiben los líderes como antídoto del poder absoluto. Es una falacia. El poder no muere en realidad, solo se transforma, se hace más asequible, más asimilable por el ciudadano. El poder absoluto siempre se ha mostrado a cara descubierta, no oculta su absolutismo; los tiranos son tan sinceros como los asesinos a sueldo. Los grandes líderes que en la actualidad se autodenominan demócratas son en el fondo tiranuelos  disfrazados con anhelos absolutistas. Pero estos políticos tampoco ostentan el poder, son solo marionetas-bien pagadas, eso sí- de las oligarquías financieras, el poder oculto, que, en realidad, ahora ya no es oculto. La democracia -esta democracia- es un entretejido de eslabones confusos destinado a engatusar al pueblo, una pantomima de libertad representada por el voto inútil.

La posibilidad de cambiar las cosas mediante el voto -el fundamento de la democracia- es ilusorio y solo es eficaz en los movimientos asamblearios o en pequeñas comunidades. Es posible derrocar electoralmente a un partido, pero solo para sustituirlo por otro similar, tan dependiente del capital como el anterior. La sublimación del poder económico ha hecho inútiles las grandes guerras como procedimiento de conquista territorial. Es posible que la última guerra de invasión geográfica sea la que enfrenta a Palestinos e Israelíes. Ahora ya no es necesario invadir físicamente un país para someterlo: basta con destruir o esclavizar su economía. En cuanto a los enfrentamientos étnicos o religiosos basta con cruzarse de brazos y dejar que los contendientes se exterminen entre sí. Cito a Shlomo Ben Ami: "A diferencia de las democracias, las dictaduras están más equipadas para dar cabida a la diversidad étnica y religiosa. Como vimos en Yugoslavia y estamos viendo ahora en las rebeliones de la primavera árabe, una sociedad multiétnica o multirreligiosa y un régimen autoritario pueden ser una receta para la implosión estatal". Puede ser, pero al final, lo que estaba atado y bien atado estalla en un desorden incontrolable.

La democracia actual es hedionda, pero no reivindico la dictadura. Hay personas que no votan por indignación, otras por despecho o por desidia. Yo no voy a votar porque pienso que mi voto es inútil. Solo una abstención masiva en todos los eventos electorales podría inquietar al poder. Y aún así tengo mis dudas.


PS: Personas inteligentes de mi entorno creen que hay que votar a partidos minoritarios, ya que la abstención favorece a los grandes. No estoy convencido. Quizá el mundo ha cambiado y hemos entrado en una nueva era; pero sabemos por la Historia que los grandes cambios originan grandes convulsiones y quizá se necesite ahora una gran convulsión para que el mundo en que vivimos sea más justo.

PS 2 (25/5/2014): No he votado, pero mi mujer quiso votar a un partido minoritario y en su colegio electoral no había papeletas de ese partido. Protestó, como ella sabe hacerlo, lo denunció a la Junta Electoral, revolucionó las mesas e increpó a los delegados. Al final, montar el pollo sirvió de algo: las papeletas aparecieron en una caja olvidada (o escondida) y pudo ejercer su derecho al voto.
Sin comentarios.

sábado, 17 de mayo de 2014

Reflejos


El Jilguero

No voy a poner ejemplos, pero hay novelas largas con las que he disfrutado. Y al revés, hay otras, cortas o normales, que se me han caído de las manos a las primeras de cambio. No todos los libros de más de 500 páginas son insufribles, pero hay que escribir muy bien para justificar ese caudal narrativo. Casi todas las novelas actuales oscilan entre 250 y 300 páginas, quizá porque estadísticamente esa longitud es la más adecuada para que la mayoría de los escritores cuenten lo que quieren contar. Pero, ya digo, no tengo ninguna prevención hacia las más extensas, aunque siempre tengo presente el famoso comentario que hizo un crítico norteamericano sobre una novela de más de 800 páginas: "Mi mejor consejo es que no la lean; el segundo es que no dejen que les caiga en un pie".

Antes tenía el prurito de terminar todos los libros que empezaba. Ahora si me aburren los dejo. Me da igual que sean dramáticos, poéticos, policíacos o costumbristas. Una novela es como el gin tonic de media tarde: si no te entra bien es mejor dejarlo. Cuando era joven un amigo me recomendó que leyera el "Ulises" de James Joyce. "¿A ti te ha gustado?" le pregunté. "Es insufrible hasta más de la mitad del libro. Pero luego empieza a gustarte y acabas encantado", me contestó. No me pareció muy alentador, así que no lo leí entonces, que era cuando había que leerlo, y no creo que a estas alturas me anime. No importa; uno no puede leer todas las obras maestras de la literatura ni tiene por qué hacerlo. Estas cosas se pueden decir ahora, a una edad en la que uno le ha perdido el respeto a casi todo; cuando éramos jóvenes era un pecado cultural no haber leído tal o cual libro y algunos los leíamos casi por obligación. Una equivocación, hay que leer -creo que ya lo he dicho- lo que a uno le conmueve, lo que le llega, lo que hace que te identifiques con un relato y que, mientras dura su lectura y mucho después, forme parte de tu vida. Y da igual que sea un libro clásico, de culto, de vanguardia o de entretenimiento. Lo importante es que se establezca esa sintonía invisible entre el escritor y el lector.


Empecé a leer "El Jilguero", una novela muy voluminosa de la escritora Donna Tartt que ha ganado el Premio Pulitzer, y lo abandoné hacia la página 60. Puede que hubiera empezado a gustarme a partir de la 350, pero he preferido no arriesgarme. Si a alguno de ustedes le gusta esta novela, enhorabuena; pero si, como a mí, se les cae de las manos, procuren que no sea sobre un pie.