martes, 26 de mayo de 2015
domingo, 24 de mayo de 2015
EL RINCÓN DE LA ÓPERA - TENORES LÍRICOS
jueves, 21 de mayo de 2015
LA MUERTE DE ARTEMISA (Novela) - CAPÍTULOS 16 Y 17
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In the street. Fotografía de Mercedes Vall Viñuela |
16
AUTOPISTA
PARIS-BURDEOS, 10 DE SEPTIEMBRE
Habían
dejado atrás París y el señor Osborne conducía relajadamente. En contra de lo
previsto, el niño no había dado excesivo quehacer. Había dormido casi todo el
tiempo, despertándose sólo en demanda de alimento. El señor Osborne se
alegraba; hubiera tenido reparo de emplear tranquilizantes con el niño. Por lo
demás, Silvia se había comportado magníficamente y demostraba que conocía el
oficio; también se alegraba por eso. El señor Osborne sentía un optimismo
moderado. Sabía que un exceso de optimismo era contraproducente en su trabajo;
la mente debía permanecer alerta en todo momento, fríamente preparada para
afrontar cualquier imprevisto. Al mismo tiempo sentía revivir antiguas
sensaciones, ese extraño cosquilleo que precede a la acción.
Su
compañera no había sido curiosa acerca del paquete traído desde Amsterdam. Mientras
ella preparaba el equipaje el señor Osborne había sacado al niño de la cuna y,
con suma delicadeza, lo había dejado sobre la cama. Luego había colocado el
envoltorio en el fondo de la cuna y lo había cubierto con las ropas, alisándolo
de manera que no se produjesen desniveles significativos. Había acostado de
nuevo al pequeño, que no pareció sentirse incómodo. Una vez cerrada la
cremallera sólo era visible la cabecita del niño y nada hacía suponer que allí
había algo escondido. Silvia había presenciado la operación sin hacer ningún
comentario.
Conforme
se alejaban de Bélgica el clima se hizo más agradable. En aquel momento,
cincuenta kilómetros al sur de París, el sol se desembarazó de las nubes y
comenzó a brillar. No tenía intención el señor Osborne de hacer el viaje de un
tirón, pese a que deseaba llegar cuanto antes a su punto de destino; pero
también sabía que la precipitación es un error de principiante y el señor
Osborne era todo menos eso. Con un punto de inquietud advirtió que acaso
actuaba con excesiva minuciosidad -se felicitaba a cada momento por su destreza
en prevenir contratiempos-, y se preguntó si esa actitud no revelaría, en el
fondo, un oculto sentimiento de inseguridad. Le asaltó de nuevo el fantasma de
la vejez, pero se dijo que, a fin de cuentas, lo que contaba eran los
resultados. Echó una ojeada ala siento posterior. El pequeño estaba despierto y
jugaba con un sonajero. Procuró alejar de su mente todo pensamiento pesimista;
sin duda, viejo o joven, la suerte le acompañaba por el momento. Conectó la
radio del coche y sonrió a su compañera. Pensaba dormir en Burdeos y continuar
a primera hora del día siguiente hasta la frontera española. El señor Osborne
se concentró en el verdor de la campiña y pensó que, después de todo, era el
último y definitivo trabajo de esta índole que pensaba efectuar.
17
REENCUENTRO
Necesitaba
estar solo y mezclarme con la gente como un desocupado más. Quería callejear,
detenerme ante los escaparates, pisar aceras, sumarme a un ambiente ajeno,
olvidar, siquiera momentáneamente, el absurdo que me envolvía. La soledad había
sido insoportable al principio y de no ser por los muchachos mi huida hubiera
sido breve. Gracias a ellos me sentía con ánimo para llevar a cabo una empresa
descabellada, pero sin duda esperanzadora. Lo cierto era que, en las últimas
horas, apenas había pensado por mí mismo. Al margen de una innegable confusión,
¿qué sentía en aquel momento? Sobre todas las cosas tenía una intensa sensación
de inminencia: como si todos mis proyectos fueran a frustrarse en el instante
siguiente, y en cualquier momento alguien pudiera tocar mi hombro y me
conminase a darme preso. También tenía miedo. No un pánico incontrolado como el
que me había dominado al descubrir el cadáver de Artemisa, pero sí un temor
oscuro y persistente que no conseguía neutralizar. Advertí que bajo el miedo
latía un incómodo desasosiego, un fastidio creado por la alteración inesperada
de los acontecimientos. Era ridículo, pero me molestaba que alguien desconocido
hubiera perturbado el planteamiento inicial. ¿Con qué derecho alteraban mi
aventura? Porque no sólo me sentía amenazado, sino que no sabía bien qué hacer.
Era extraño inquietarse por algo tan banal en mis circunstancias, quizás fuese
un recurso mental inconsciente para desviar mi atención hacia cosas más
tangibles. Sí, era preciso pensar despacio y adoptar una actitud propia, no ser
un mero espectador de cuanto me sucedía. Debía existir un punto de ruptura, un
giro lógico que introdujera alguna coherencia en los hechos. Yo no me sentía
capaz de hacer un análisis frío de la situación y los chicos sólo veían las
cosas bajo la óptica de la aventura. Era necesario encontrar a alguien con
sentido común capaz de enfocar con sensatez el asunto. Entonces pensé en Marta.
Consideré
la idea: Marta como oposición a mis fantasías, lo metódico frente a lo
imaginativo. Era una posibilidad. Supuse que también deseaba ver a Marta por
otras razones. Revivió en mí la sensación de cosa no resuelta que siempre me
mortificaba al evocarla. A lo largo del tiempo, el temor o el cansancio de
enfrentar algo que nunca había entendido del todo, me habían convencido de que
era mejor no volver a verla. Durante más de dos años había bloqueado mentalmente
el asunto y tratado de alejar de mí todo lo que pudiera desequilibrar mi nueva
vida. Y ahora, cuando lo que estaba en juego era mi supervivencia, sentía la
necesidad urgente de descubrir el por qué de nuestro fracaso.
Tampoco
me sorprendió demasiado llegar a esa conclusión en un momento en que la
contradicción y la paradoja estaban a la orden del día. Decidí actuar de
inmediato. Marta era directora de relaciones públicas de una empresa y confié
en que a aquella hora no fuera imposible localizarla. Consulté mi agenda y
busqué una cabina telefónica. Ella misma contestó a la llamada.
-¡Adrián,
qué sorpresa!
-Estoy
en Madrid, Marta, y me gustaría verte. ¿Podemos comer juntos?
-Espera
un momento... Sí, ningún problema. Dentro de dos horas, ¿te parece bien?
-Perfecto.
Hasta luego, Marta.
Me
abstuve de sugerir alguno de los lugares frecuentados en otro tiempo (ni
siquiera sabía si existirían) y Marta escogió un pequeño restaurante próximo a
su oficina. Uno frente al otro, nos contemplamos en silencio. Estaba más
delgada y se peinaba de otro modo, pero era ella misma: el cabello negro
brillante, los rasgos angulosos, la boca ancha, invariable también la luz
oscura de sus ojos y la forma sensual, inconfundible, de moverse, de echar
hacia atrás la cabeza y apartarse el pelo de la cara. Pensé en la lucha
demoledora, en la crispación de aquellos días y me entristeció la evidencia
súbita del tiempo perdido. Toda su vida después de mí, tan irrecuperable ya,
llena de emociones, de rutinas, de proyectos, que yo había dejado de compartir.
-Estás
igual, Marta.
-Tú
tampoco has cambiado mucho.
-Ha
sido un error no vernos en estos años y sé que soy el más culpable.
-A
veces es necesario que pase el tiempo.
Ella
frente a mí, mirándome con suavidad, demoliendo el pasado, apartando de mi
mente otras cosas, invadiéndome con su presencia.
-¿Cómo
van tus cosas, Adrián?
-No
me van mal.
-¿Pero
estás a gusto? Cuéntame de tu vida.
Le
hablé de la serenidad, del sosiego, de la soledad, tal vez de la nostalgia. No
sabía qué impresión quería causar en Marta. No deseaba dar una imagen resignada
y conformista con añoranzas del pasado, ni me parecía honesto mentirle y decir
que había alcanzado la paz y que las cosas habían sido como tenían que ser.
Pero por encima de las otras cosas, quería saber qué quedaba de mí en ella.
sábado, 16 de mayo de 2015
Los cines de la Gran Vía
Cuando en este blog aparecen fotos que no son
mías, siempre intento dar el nombre de su autor, y si son antiguas, quién las ha
recopilado, o al menos quién me las envió. Nada de esto puedo decir en esta
entrada, pero no dejaré por ello de agradecer el envío a mi anónimo
comunicante.
jueves, 14 de mayo de 2015
Sexo, mentiras y cintas de vídeo
Tengo que votar. Me lo han repetido muchas
veces: la abstención favorece a los grandes partidos, si no votas no puedes
protestar... en fin, los preceptos del catecismo democrático. Así que tengo que
votar, pero ¿a quién? Abro la ventana, observo el panorama electoral de mi
país, cierro los ojos, los vuelvo a abrir. Cierro la ventana. La gente está
endemoniada con los políticos. Con razón. Pero ser político, o sea dedicarse a
la política, no es necesariamente malo (a lo mejor debería tachar esto último).
Puede que haya políticos buenos en algún lugar, en algún tiempo... (creo que lo
voy a tachar todo). Lo incuestionable es que ÉSTOS, los de ahora, son
malísimos, peores imposible. No es que sean corruptos, que también, o
mentirosos o canallas o incultos (Wert) o melifluos (Rajoy) ... es que no saben
ser políticos, son absolutamente ineptos para desempeñar su trabajo. ¿Qué pasaría
si pusiéramos a un veterinario a construir edificios y a un arquitecto a curar
animalitos? Un desastre, claro. Pues esto es lo que hacen nuestros políticos,
poner a Wert de ministro de cultura, por ejemplo. ¿Cabe mayor desatino? La incompetencia,
Carmen, la incompetencia, que decía Franco (Juan Diego) en "Dragon Rapide", (Camino, 1986).
Tengo que votar, lo he prometido. ¿Pero a quién?
Pasemos lista a ver que sale. El PP, cinematográficamente hablando, sería "Apocalypse Now" (Coppola, 1979)
o "El Crepúsculo de los Dioses"
(Wilder, 1950); además, entre sus filas están Bárcenas, "La gran evasión" (Sturges, 1963),
Aznar "El Halcón Maltés" (Huston,
1941) y la trama Gürtel "Por un
puñado de dólares" (Leone, 1964). Así que al PP no, pasemos a otro.
Siguiendo con las analogías cinematográficas el PSOE podría ser "Lo que el viento se llevó" (Fleming,
1939) o "Hay un camino a la
derecha" (Rovira Veleta, 1953), y su jefe, Pedro Sánchez, "Caballero sin espada" (Capra,
1939). Sin olvidar los reinados de Zapatero, "Forrest Gump" (Zemeckis, 1994) y González "El temible burlón" (Siodmak,
1952), y la gran esperanza del partido, Susana Díaz, "Horizontes de grandeza" (Wyler, 1958). Podría ser una
alternativa, pero no me convence del todo.
Dejando a los nuevos para el final, nos quedan
Izquierda Unida, "Odio entre
hermanos" (Mankiewycz,1949), y UP y D, "En busca del arca perdida" (Spielberg, 1981), con la
desafortunada Rosa Díez "Con la
muerte en los talones" (Hitchcock, 1959). No parece un voto muy útil,
pero nunca se sabe. ¿Y qué películas adjudicar a los recién llegados? En el
caso de Ciudadanos está claro, "Sospechosos
habituales" (Singer, 1995), porque en sus filas "to er mundo e bueno", y a su líder, el jovencito Ribera, le podríamos
asimilar a "El extraño caso del Dr.
Jekyll" (Fleming, 1941). Y nos queda Podemos, que en este tipo de
analogías es una mina. Fíjense, Podemos se nos va derechito a "El enigma de otro mundo" (Hawks,Nyby,
1951) o a "El reino de los
cielos" (Scott, 2005). Y de sus dirigentes no hablemos: Iglesias, "Solo ante el peligro" (Zinnemann,
1952) y Monedero "El tercer hombre" (Reed, 1949).
La conclusión es que no hay conclusión. Iré a
votar, porque es mi deber, pero luego me iré al cine.
viernes, 8 de mayo de 2015
EL RINCÓN DE LA ÓPERA - TENORES LIGEROS
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