martes, 10 de marzo de 2015

LA MUERTE DE ARTEMISA (Novela) - CAPÍTULO 4


4
                                             EL HOMBRE DEL OJO DE CRISTAL


El viento había barrido las nubes llevando la tormenta tierra adentro. El cielo estaba limpio y me encaminé con resolución hacia el puerto. La vieja casa estaba construida sobre un montículo. Dejé el coche orillado en la carretera y me dispuse a recorrer a pie el resto del camino. Recordaba vagamente aquel sombrío caserón, semioculto por árboles frondosos, que siempre me había parecido deshabitado. Caminé a través de la maleza del descuidado jardín dominado por una extraña sensación de irrealidad. Al margen del amor propio y de la dignidad, acercarme a aquella casa provocaba en mí un oscuro sentimiento de rechazo, como si presintiera algo maléfico escondido entre sus viejos muros. La convicción de que era el último sitio en donde buscar a Lucía me animó a seguir.

El sendero finalizaba en la cima de una suave colina. Dejé atrás los últimos árboles y arribé a la explanada en la que se alzaba el caserón. Era una antigua casa solariega de dos plantas, en la que los signos de abandono eran evidentes. La alta hiedra, que en otro tiempo habría tupido de verdor la fachada, se había secado; había algunas contraventanas desvencijadas y la balaustrada de madera del porche estaba vencida en varios puntos. El silencio era absoluto.

Me estremecí al descubrir en el zaguán una figura inmóvil. Era un hombre alto, delgado, de abundante pelo gris cuidadosamente peinado; vestía un inmaculado traje blanco de verano y una corbata roja. Traspuse los últimos metros y el hombre salió a mi encuentro.

-Buenas tardes -saludé con voz insegura -. Estoy buscando a Lucía. (Me di cuenta de que ignoraba su apellido).

La expresión del hombre era cordial, aunque advertí algo raro en su rostro que, al pronto, no supe identificar.

-Lucía no está aquí -dijo-. En cambio yo le estaba esperando a usted.
-¿A mí?
-Usted es el profesor Adrián Sánchez, ¿no es así? Me gustaría hablar un rato con usted. Mi nombre es Calabor.

Estreché la mano que me tendía y no supe qué contestar. Entonces descubrí qué era lo que me había llamado la atención: aquel hombre tenía un ojo de cristal.

-¿Le importa si caminamos un rato? -sugirió con voz armoniosa -. Ha dejado de llover y la temperatura es sumamente agradable.

Le seguí maquinalmente y a los pocos pasos me detuve.

-No quisiera parecer descortés, pero he venido aquí en busca de Lucía. Con franqueza, si no está...


-Le aseguro que luego hablaremos de Lucía.

La promesa me hizo transigir, aunque mi ánimo no era el más adecuado para charlas convencionales. Tomamos el sendero que circundaba la casa y descendimos hasta una pequeña playa solitaria llena de algas. El desconocido inició la conversación con afirmaciones sobre el clima y la belleza del paisaje; yo me limité a responder con monosílabos a la espera de que abordase el verdadero motivo de la entrevista. Al fin dijo Calabor:

-Delicioso rincón para encontrar inspiración, ¿no le parece? Ya sé que es usted escritor.
-Digamos que un escritor menor.
-¿A qué viene esa modestia, amigo mío? No es un escritor menor quien tiene en su haber una larga lista de libros.

Me molestó que se refiriera a un aspecto en el que no me encontraba especialmente cómodo. También me molestó que Lucía hubiera divulgado mis intimidades.

-Son libros de escasa calidad -declaré con alguna sequedad.
-Permítame disentir. La calidad literaria es una estimación subjetiva. Usted tendrá probablemente muchos más lectores que otros autores, supuestamente de más categoría, a los que sólo leen detestables minorías.
-¿Intenta halagarme? Cierto que el escritor escribe para ser leído, pero eso no basta. También la gente lee anuncios, prospectos, informes, folletos, cosas escritas sin calidad literaria. Existe algo que es la capacidad creativa, por medio de la cual el escritor intenta comunicar algo. Nada de eso hay por el momento en los libros que yo escribo.
-A lo mejor hay más de lo que cree -Calabor sonrió con afabilidad -. En cualquier caso ése es sólo un aspecto del problema. Si he de serle franco, no he leído una sola línea escrita por usted. Por falta de oportunidad o porque tal vez pertenezco a esas detestables minorías. Pero me gustaría desarrollar el tema de una manera más general.

domingo, 8 de marzo de 2015

Mañana


Los sonidos del silencio


Los caminos del éxito son a veces insospechados. Aunque en la música pop la versión original suele ser la mejor y más conocida, ha habido numerosos ejemplos de lo contrario. La canción Unchained Melody solo alcanzó fama mundial en la versión de los Rightheous Brothers, como ya comentamos en este blog. Lo mismo ocurrió con The first time ever I saw your face, cuyo primer intérprete pasó sin pena ni gloria, y solo fue un éxito mundial cantada por Roberta Flack. Más curiosa es la historia de The sounds of silence.  Simon y Garfunkel incluyeron esta melodía en su primer álbum  Wednesday Morning, 3 A.M. grabado en marzo de 1964. El LP no tuvo ningún éxito hasta el punto que ambos amigos deshicieron el dúo, Paul Simon regresó a Inglaterra y Art Garfunkel retomó sus estudios en la Columbia University. Sin embargo, su productor Tom Wilson no se quedó conforme. En la primera versión de The sounds of silence solo se oían las voces del dúo y la guitarra de Paul, como pueden comprobar en el siguiente vídeo.



Lo que hizo Wilson, sin conocimiento de sus intérpretes, fue introducir guitarras eléctricas y batería en la canción (a cargo de los mismos instrumentistas que habían acompañado a Bob Dylan en Like a rolling stone) y reeditar un single que inmediatamente alcanzó el número uno en The Billboard Hot 100 en diciembre de 1965. Este fue el arreglo:






El suceso hizo que Simon y Garfunkel volvieran a cantar juntos y se convirtieran en uno de los grupos más conocidos de la música pop. Rarezas del destino.

(En la primera versión sound era en singular y se pluralizó en la segunda)

jueves, 5 de marzo de 2015

Anselm Kiefer, 2011.

 Mixed media and lead boat on canvas

Música y romance

Panufnik y su hija Roxana
Andrzej Panufnik, (Varsovia, 1914 - Twickenham, Londres 1991), es un compositor cuya obra merecería ser más conocida; pero también su biografía, porque la vida de este músico bien podría haber inspirado una novela de aventuras o de amor. Su madre era violinista y su padre aficionado a construir violines, así que vivió la música desde niño. Su abuela le matriculó en unas clases de piano, pero su dedicación fue errática, ya que además de la música le apasionaban los aviones, y como era de esperar suspendió todos los exámenes. No obstante Andrzej se preparó para ingresar en el Conservatorio de Varsovia. Obviamente suspendió el examen de piano, pero logró ser admitido como estudiante de percusión, aunque pronto dejó esa clase para concentrarse en el estudio de composición y dirección. Muchos compositores suelen ser aceptables instrumentistas, pero a algunos les basta con crear la música en su imaginación, como parece que fue el caso de Panufnik. Se graduó en 1936 y planeó viajar a Viena para estudiar con el compositor austriaco Félix Weingartner, pero justo entonces fue llamado para hacer el Servicio Militar. Desesperado, pasó la noche antes del examen médico bebiendo litros de café puro y oyendo música folclórica polaca. No sabemos si la cafeína aceleró peligrosamente su corazón hasta el punto de alarmar a los médicos, pero en el examen del día siguiente le declararon no apto para la milicia.

Viajó a Viena al año siguiente para estudiar con Weingartner y cuando todo parecía ir bien, se frustraron de nuevo sus proyectos. En marzo de 1938 Hitler incorporó Austria al III Reich, lo que, entre otras cosas, provocó que Weingartner fuese expulsado de la Academia. Panufnik vivió durante algunos meses en París y Londres, donde estudió privadamente y compuso su Primera sinfonía. Encontró de nuevo a Weingartner en Londres, y el viejo profesor le instó a permanecer en Inglaterra  dado el empeoramiento de la situación internacional. Andrzej desoyó el consejo y decidió regresar a Polonia.

Durante la ocupación alemana de Varsovia Panufnik formó un dúo de piano con su amigo el compositor Witold Lutosławski. Tocaban en los cafés de Varsovia para ganarse la vida, ya que las fuerzas de ocupación habían prohibido las reuniones multitudinarias y era imposible organizar conciertos. Panufnik compuso en ese tiempo algunas Canciones para la Resistencia, que se hicieron bastante populares, y terminó su Segunda sinfonía. Pero en 1943, justo antes del Levantamiento del Gueto de Varsovia, huyó precipitadamente de la ciudad con su madre enferma, dejando toda su música en su vivienda. Cuando regresó a Varsovia, en la primavera de 1945 para enterrar el cuerpo de su hermano y recuperar sus manuscritos, descubrió que el nuevo inquilino de sus habitaciones había quemado todas sus partituras.

Después de la guerra, Panufnik se trasladó a Cracovia, donde encontró trabajo componiendo música de cine para la "Unidad de Cine del Ejército", que en su mayor parte realizaba películas propagandísticas. Panufnik relató después cómo el director de la película "La electrificación de las ciudades" había sido incapaz de encontrar una casa sin suministro eléctrico y tuvo que derribar algunas torres a fin de filmar en la película cómo se construían. Por fin le ofrecieron el cargo de director de la Orquesta Filarmónica de Cracovia y, ya con un trabajo estable, se dedicó a reconstruir alguna de sus obras perdidas, lo que solo consiguió en parte. Más adelante fue nombrado director musical de la Orquesta Filarmónica de Varsovia,  y en ese momento comenzó a aceptar contratos como director en el extranjero. 

Empezó a componer de nuevo, escribiendo la Sinfonía Rústica, a la que decidió darle un nombre (en lugar de la denominación Sinfonía nº 1) por el sentimiento de pérdida de sus dos anteriores sinfonías. Pero Panufnik estaba cada vez más descontento, ya que el gobierno polaco -siguiendo la estela estalinista- se volvió cada vez más intervencionista con las artes, sobre todo cuando ordenó que todos los compositores debían seguir el "Realismo Socialista". Panufnik, que no era miembro del Partido Comunista, intentó avanzar en el camino de una solución aceptable componiendo obras basadas en la música tradicional polaca. No obstante, su Nocturno fue retirado por las críticas y, más tarde, el general Sokorski, secretario de Cultura, anunció que la Sinfonía Rústica también había "dejado de existir". Mientras que sus composiciones eran tachadas de formalistas en su patria, Panufnik era promovido en el extranjero como exportación cultural, tanto como compositor como director, y las mismas autoridades que censuraban su música le concedieron su más alta distinción, la Medalla del Trabajo de Primera Clase.
Panufnik y Scarlett

En 1951 conoció a la irlandesa Marie Elizabeth O'Mahoney, a la que llamaban
Scarlett por su semejanza, tanto física como temperamental, con la Scarlett O'Hara de la película "Lo que el viento se llevó". A pesar de que estaba de luna de miel con su tercer marido, Elizabeth se  enamoró perdidamente de Panufnik y comenzaron un romance. Ese mismo año se casó con ella. Las continuas exigencias políticas del gobierno polaco desestabilizaron a Panufnik de tal forma que decidió emigrar a Inglaterra, donde contaba con el apoyo de la familia de su mujer. Pero abandonar Polonia no era fácil. De acuerdo con unos emigrantes polacos establecidos en Londres, improvisó una invitación para realizar una gira en Suiza, que en principio fue aceptada por las autoridades polacas. 

Viajó atemorizado a Suiza, y aunque cumplió rigurosamente con sus compromisos, una filtración alertó a la legación polaca en Suiza de su inminente fuga. Fue urgentemente requerido a la embajada, pero el compositor, como si fuera el protagonista de una película de acción, esquivó a los miembros de la policía secreta en una persecución nocturna en taxi por las calles de Zurich y consiguió tomar un vuelo a Londres. Su huida fue recogida en titulares internacionales y el gobierno polaco le marcó como traidor suprimiendo de inmediato toda su música y cualquier grabación de sus obras como director.



En Inglaterra le fue concedido asilo político, pero había perdido todo su dinero y no tenía empleo fijo. Panufnik sobrevivió con los ingresos ocasionales por contratos de dirección de conciertos y también recibió apoyo financiero de compositores británicos, como Ralph Vaughan Williams y Arthur Benjamin. Finalmente, en1957, fue nombrado director principal de la Orquesta Sinfónica de la Ciudad de Birmingham. En 1959 Panufnik se enamoró de Winsome Ward, que fue
Panufnik y Camilla
diagnosticada de un cáncer en 1960. Durante ese tiempo, cumplió un encargo para su Piano Concerto y otro para su Sinfonía Sacra. Tras la muerte de Winsome Ward en 1963 se enamoró de Camilla Jessel, que era 23 años más joven que él. Se casaron en noviembre de 1963. A partir de este momento se estabiliza la vida de Andrzej Panufnik, que ya es un compositor y director de orquesta reconocido. Fue nombrado sir en 1991, poco antes de morir a los 77 años. Roxanna Panufnik, la hija que tuvo con Camilla, es también compositora. 


martes, 3 de marzo de 2015

Últimas luces


LA MUERTE DE ARTEMISA (Novela) - CAPÍTULO 3

(Capítulo anterior el 23/2/15)

3

                                             LA ATRACCIÓN DE LO PROHIBIDO

       No olvidaré aquellos días. Recorrimos los pueblos de la costa, le enseñé rincones olvidados y fatigamos mi viejo dos caballos buscando ermitas románicas. Vi cumplidos secretos anhelos, como bañarme desnudo en calas desiertas o hacer el amor en la soledad de la montaña. Fue una adolescencia vivida con la intensidad de la madurez. De mi mente se desvanecieron oscuros fantasmas de inseguridad y frustración. Apenas nos separábamos. Por las mañanas, mientras yo hacía acto de presencia en el Instituto, ella acudía a las reuniones de la casa del puerto. Sobre este tema casi ni volvimos a hablar; estaba claro que yo no deseaba conocer más del asunto y Lucía no trató de interesarme. Tampoco la reproché nada. Por encima de cualquier cosa yo quería respetar su libertad. Era demasiado increíble lo que me estaba ocurriendo como para echarlo todo a perder con suspicacias. Nos reuníamos después y pasábamos juntos la tarde y la noche.

Volví a escribir y comprobé que lo hacía mejor. Avancé en mi novela y sentí que retornaba el ingenio de mis mejores días. Hasta Kantor parecía renovado: más cínico, más petulante, volvía a arriesgar la vida con una sonrisa despectiva en los labios. A Lucía le gustaba leer lo que yo escribía y no ocultaba su admiración, lo cual afianzaba la confianza en mí mismo. ¿Puede extrañarle a alguien que me enamorara de ella?

Ocurrió de manera fulminante. Tras unos días de forcejeo intelectual conmigo mismo, acabé aceptando la incuestionable verdad: estaba perdidamente enamorado de Lucía. El reconocimiento ensombreció en parte mi felicidad. Yo no sabía nada de Lucía, salvo la remota relación que ella había enunciado, y no quería saber más. Me bastaba con sentir día a día su presencia y hubiera deseado prolongar de manera indefinida la plenitud de aquellos días. Pero el amor no puede dejar de presentir el futuro y empecé a pensar que nuestro idilio podría tener un final. Lo lógico era pensar que un día, tal vez cercano, ella volvería a su mundo y yo a mis rutinas de siempre. Pero ¿cómo asumir ese desenlace ahora que sabía que la amaba? Las cosas nunca volverían a ser como antes. Lucía alentaba en mí expectativas de vida que yo casi había excluido, despertaba en mi interior el reto de crear, de vivir sin amurallar los sentimientos. Lo más acertado sería entonces vivir con intensidad aquellos días sin hacer preguntas ni alimentar proyectos. Aunque algo me decía no iba a ser fácil conseguirlo.

Tampoco Lucía hablaba del futuro, como si existiese un acuerdo tácito para excluir de nuestras conversaciones cualquier referencia al porvenir. No se mencionaba la palabra amor: hablábamos de felicidad, de placer, de bienestar, pero nunca de amor. Casi había conseguido adormecer mi inquietud cuando, una tarde que regresábamos de un pueblo vecino, Lucía preguntó:

-¿Adrián, tú eres feliz?

La miré con sorpresa durante un instante y sonreí.

-Muy feliz.
-No me refiero a esto, a nosotros -dijo ella con cierta brusquedad -. Te pregunto si eres feliz viviendo aquí.
-Bueno -repliqué sin dejar de mirar la carretera-, esa es otra cuestión. Nadie es por completo feliz, pero en fin, digamos que disfruto de una razonable felicidad. Aunque claro, todo ha cambiado desde que tú...
-Pero lo que haces, lo que tienes -me interrumpió -, ¿te satisface por completo?
-Nada es por completo satisfactorio, Lucía, pero esto se parece bastante a lo que yo deseaba.
-Muchas veces lo que deseamos no es lo que nos hace feliz.
-¿Qué quieres decir?
-Tú huiste de Madrid, de tu mundo, de tus cosas. ¿No echas en falta nada de eso?

La miré y sentí un incómodo desasosiego.

-Tal vez sí, Lucía. Algunas veces echo de menos aquello. Pero aquí he encontrado otras cosas.
-¿Y te satisfacen? ¿No te has vuelto un poco conformista? -Sin esperar respuesta Lucía continuó -: Tu trabajo, por ejemplo. Es posible que no te disguste, pero no creo que te apasione. Tus libros: escribes novelas, pero no las que te gustaría escribir. Tu vida sentimental: te separaste de tu mujer, pero no sabes vivir solo. Cualquier día te volverás a casar con una chica provinciana... ¿Dónde están tus fantásticos proyectos?

No dije nada. No podía haber hecho Lucía una disección más precisa de mi estado de ánimo. Ni más cruel.

-Bueno, no me hagas caso. Son tonterías mías -dijo ella para romper el silencio. Sonrió  y me apretó el brazo.

No eran tonterías. Era el primer indicio de que la realidad invadía nuestro sueño. Ella había infringido el pacto removiendo inquietudes que yo había procurado olvidar. No había aludido a nuestro futuro, pero era aún peor: me había recordado mi propio problema, un problema al que yo, ni siquiera después de aquellos días idílicos, había sido capaz de dar solución.

            -En resumen -sentenció Braulio -, que te has enamorado de ella.

 Me encogí de hombros.

          -Si es que eres un caso, coño. No podías ligar por las buenas, como todo el mundo. Si no te complicas la vida no disfrutas. Bueno, y si estás enamorado, ¿qué hay de malo en ello?
-Es más que eso, Braulio. Es plantearme mi propia estabilidad. Yo tengo aquí una vida organizada, tranquila. Lucía es lo opuesto: tiene veinte años, es libre, independiente. ¿Qué le puedo ofrecer? ¿Pudrirse en este agujero junto a un escritor de quinta categoría?
-Muchacho, lo que te pasa a ti es que eres incapaz de vencer tus propias contradicciones. Vamos a ver, rompes con todo en Madrid porque estás harto de la gran ciudad, pero aquí te pasas la vida quejándote de tedio. Afirmas que allí no podías desarrollar tus proyectos, pero desde que te conozco no has emprendido, que yo sepa, ninguno. Ahora conoces a una tía que te gusta, que te estimula, y te acojonas porque puede romper tu estabilidad. A ver si te aclaras.
-Tienes mucha razón. Ni yo mismo me entiendo. Luego está la cuestión de la edad, la llevo veinte años. ¿Tú no tendrías miedo de hacer el ridículo?
-El sentido del ridículo está en uno mismo -dijo Braulio alzando la voz-. Tú sabrás si te merece la pena. El ridículo, el dolor, la tristeza, son riesgos que hay que correr. Que yo sepa, nada se consigue sin riesgo.

No dije nada durante unos instantes.

 -¿Sabes una cosa? No sé si estoy enamorado de Lucía o de lo que ella representa.
-Eso son pamplinas y ganas de marear. ¡Échale huevos, hombre!


Aquella noche pensé que, como otras veces, me estaba adelantando a los acontecimientos. La madurez sólo nos cambia en aspectos muy superficiales. Mis viejos temores volvían a impedirme disfrutar con plenitud lo que de manera sencilla la vida me ofrecía. Debía tomar las cosas tal como eran. Y lo único real en aquel momento era el hermoso cuerpo de Lucía dormido entre mis brazos.

Sin embargo mis previsiones resultaron certeras. Un día descansábamos en mi pequeño barco después de haber pescado con fortuna. La tarde era transparente y Lucía tomaba el sol a proa, despojada de la pieza superior del bikini. Yo estaba recogiendo los aparejos y ella me pidió un cigarrillo. Hice ademán de llevárselo, pero la muchacha gateó por la cubierta hasta situarse a mi lado. La abracé y deslicé mi mano por sus pechos, pero ella me rechazó con delicadeza y se volvió de espaldas. Sin mirarme dijo:

domingo, 1 de marzo de 2015

Sin palabras. Severi

Marcos Severi es un dibujante argentino. Aunque sus trabajos no son exclusivamente sin palabras, su humor mudo es muy inteligente. Vean algunos ejemplos.