miércoles, 1 de enero de 2014

El mar

Ya no me engaño con los símbolos ni con las efemérides, ya no pienso que los años son distintos ni más felices porque acaban de empezar, ahora pienso en el mar que es casi eterno, ahora pienso en volver al mar.

 "EL MAR"

NECESITO del mar porque me enseña:
no sé si aprendo música o conciencia:
no sé si es ola sola o ser profundo
o sólo ronca voz o deslumbrante
suposición de peces y navios.
El hecho es que hasta cuando estoy dormido
de algún modo magnético circulo
en la universidad del oleaje.
No son sólo las conchas trituradas
como si algún planeta tembloroso
participara paulatina muerte,
no, del fragmento reconstruyo el día,
de una racha de sal la estalactita
y de una cucharada el dios inmenso.

Lo que antes me enseñó lo guardo. Es aire,
incesante viento, agua y arena.
... 
(Pablo Neruda)


"MAR DISTANTE"

Si no es el mar, si es su imagen,
su estampa, vuelta, en el cielo.
Si no es el mar, si es tu voz
delgada,
a través del ancho mundo,
en altavoz, por los aires.
Si no es el mar, si es su nombre
en un idioma sin labios,
sin pueblo,
sin más palabra que ésta:
mar.
Si no es el mar, si es su idea
de fuego, insondable, limpia;
y yo,
ardiendo, ahogándome en ella.

(Pedro Salinas)

lunes, 30 de diciembre de 2013

Samuel fotógrafo


Ladrones de banda ancha

En un artículo reciente, Las bandas de la banda ancha, (El País, 23/12/2013) Javier Marías se siente estafado por las eventuales descargas gratuitas de sus libros desde Internet y la consiguiente disminución de las ventas en papel de sus novelas. No digo que le falte razón, pero ¿quién tiene la culpa de que esto ocurra? Les cuento mi propia experiencia. Durante toda mi vida he comprado libros -en papel, claro, no había otros-, y por lo menos en tres ocasiones, por falta de espacio, he tenido que aligerar mi biblioteca regalando o donando los ejemplares descartados. Otro tanto me ha ocurrido con la música. Tengo una discoteca de casi 3000 discos, cedes originales, y no contabilizo los antiguos LP que también ocupan lo suyo.

Luego vinieron los ordenadores, Internet, los primitivos modems y por último la banda ancha, esa que tanto molesta a Marías. Y un día parecieron los libros electrónicos. Eran cómodos, pesaban poco y podían almacenar una cantidad insospechada de libros que, en papel, hubieran ocupado un espacio considerable  en nuestras estanterías. Hasta aquí, nada perjudicial para los escritores: los libros se compraban y se descargaban de determinadas páginas web sin mayor problema. Es verdad que el precio de los libros en formato electrónico, en comparación con su costo en papel, resultaba (y resulta) un poco elevado: si el precio de un libro encuadernado es 24, 90 euros (éste es un ejemplo real, aunque hay mucha variación) y el mismo, en formato e-book, cuesta 17 euros, uno piensa que no hay proporción entre los gastos editoriales de uno y otro. Si además estos libros vienen por lo común encriptados y en diferentes formatos, de modo que solo se pueden leer en un determinado aparato y en un solo ordenador, y como consecuencia uno no los puede prestar a los amigos, como hacíamos antes con los libros de papel, resulta que comprar un libro virtual no es que sea caro, es que es carísimo.

Un día aparecieron las páginas de descarga gratuita: libros, música, películas, series... No voy a repetir lo que todo el mundo conoce, las polémicas sobre los derechos de autor, las leyes antipiratería, la clausura de algunos servidores, etc. Fue como ponerle puertas al campo. Pero eso no es lo que aquí se discute. El lector corriente, el usuario de Internet, no pinta nada en esos discursos. Si hay un vacío legal, si los estados no pueden domesticar la fuerza de la red, es problema de ellos; la gente no tiene la culpa y se limita a coger lo que le ofrecen. Porque vamos a ver, ¿hay delito en aceptar lo que a uno le regalan? Para mí no constituye un latrocinio ni un problema ético realizar descargas gratuitas de Internet, ni tengo conciencia de estar estafando a nadie. Tampoco necesito justificarme con el argumento -muy extendido- de que bastante sobreprecio hemos tenido que pagar antes de las "descargas ilegales". Cuando he tenido que pagar (y tengo, porque sigo comprando libros y discos) he pagado; cuando me ofrecen algo gratuito lo acepto. Todo lo demás es hipocresía y no me merecen consideración los que enarbolan el estandarte de una honestidad ficticia.


Me parece injusto que los escritores y los interpretes ganen menos (no tanto las editoriales y las discográficas), y si en el futuro los gobiernos logran erradicar lo que ellos llaman piratería informática lo aceptaré sin problemas, pero hasta entonces continuaré siendo un descargador ilegal . A veces me pregunto si esos escritores tan enojados son tan puros y solidarios como para comprar siempre los libros que leen o se benefician alguna vez (aunque sea a oscuras) de los mismos regalos informáticos que el resto de los mortales. 

martes, 24 de diciembre de 2013

Montañas


Este cuadro está inspirado en la pintura de Von Jawlensky  y me parece adecuado para acompañar la música de Silvestrov.

Silvestrov

"La música es siempre una canción, incluso cuando no puede cantarse: no es una filosofía, no es una visión del mundo. Es, sobre todo, un canto, una canción que el mundo canta sobre sí mismo, es el testimonio musical de la vida".

 Este pensamiento pertenece a Valentín Silvestrov, un músico nacido en Ucrania en 1937. Silvestrov es uno de más grandes y más desconocidos compositores del siglo XX. 




jueves, 19 de diciembre de 2013

Pastorcilla


Lo que tenemos delante


 George Orwell decía que mirar lo que se tiene delante de los ojos requiere un constante esfuerzo. Muchos de los que vivimos el comienzo de la democracia no hicimos ese esfuerzo y ahora nos asombra lo que ven nuestros ojos. Si no se hubiera producido esta crisis económica seguiríamos estando ciegos o miraríamos sin ver. Ahora no solo vemos lo que está delante de nuestros ojos, también miramos hacia atrás con rabia. ¿Desde cuándo está sucediendo esto? ¿Cuándo empezaron a robar?

No habíamos visto antes pero vemos ahora que nuestros políticos han corrompido la Transición, un momento histórico ilusionante que creíamos invulnerable. Hoy los sociólogos hablan de la "falsedad" de la Transición, porque " fue una imposición neta de la fracción reformista del franquismo que la mayor parte de la población revalidó". Bueno, ¿y qué? Esa imperfecta reforma permitió convocar elecciones generales y crear una Constitución. ¿Podía pedirse más? Puede que la Transición no fuera perfecta, pero desde luego no es culpable de la corrupción política que ahora nos abruma.

Por su parte los políticos están perplejos: ¿qué le pasa a la gente? ¿de qué protestan? Nosotros estamos haciendo las cosas como siempre: igual que los que nos precedieron, igual que los que precedieron a los precedentes. El problema que aflige ahora a la clase política (no hay tal "clase" política, pero es como mejor se entiende) es arduo: recuperar el prestigio ante los ciudadanos. Y a los ciudadanos les importa poco que la regeneración social la lleven a cabo los políticos de derechas o los de izquierdas: perciben que la frontera entre una y otra ideología es cada vez más difusa. Los partidos políticos, como algunos equipos de futbol, se están quedando sin hinchas, y esta situación suele ser terrible para los equipos porque no llenan los campos, pierden patrocinadores y corren el riesgo de bajar a segunda división.


Si no quieren afrontar ese riesgo sería conveniente que nuestros políticos prestasen más atención a Orwell y estuvieran atentos a lo que tienen delante de los ojos. Aunque sea con esfuerzo.