domingo, 1 de noviembre de 2015

Premio Blogger House


Quedo muy agradecido a Suni Mocholí Roselló que ha tenido a bien nominar EQUINOCCIO para el Premio Blogger House, que se concede por "La contribución positiva de aquellos blogueros que tengan al menos un blog actualizado regularmente y con contenido de calidad".
Un premio a la constancia y a la pasión por lo que se publica.
Para recibirlo es requisito:
El agradecimiento a quien te nomina.
La nominación de 10 blogueros que a título personal contribuyan de forma activa en la blogosfera
Notificarlo públicamente a los nominados.
Poner el logo en tu blog.
Mis nominados son:

Pepa R. Infante, por su blog Cajón-de-sastre .http://peparinfante.blogspot.com.es/
Nuseba Jones, por su blog  Polaroids. http://nusebajones2.blogspot.com.es/


miércoles, 28 de octubre de 2015

Noche transfigurada


Cuando la música empezó a cambiar, cuando también cambiaba la pintura y la literatura, cuando el arte, cualquier arte, se encogía sobre sí mismo para lanzarse al abismo de la modernidad, hubo una pequeña obra musical, un sexteto de cuerda, que juntó el pasado y el futuro de la música. La compuso el austriaco Arnold Schönberg,
Egon Schiele. Arnold Schönberg
en 1899, cuando aún no había desarrollado la música atonal por la que sería recordado y en su mente flotaban todavía resonancias de Brahms y Wagner. Esta obra se titula "
Verklärte Nacht (Noche transfigurada)", y está basada en el poema de Richard Dehmel del mismo título. La pieza se divide en cinco secciones, que corresponden a las cinco partes del poema, y cada sección es una metáfora de la narración. Su estreno en 1902 fue controvertido por las armonías avanzadas de Schönberg y en parte por el contenido sexual del poema de Dehmel.
Estos son el poema y la música:
      
      Dos personas caminan a través de un desnudo          bosque frío;
      La luna corre sobre ellos, se miran en ella.
      La luna corre sobre los altos robles;
      ni una nube oscurece la luz del cielo
     donde las negras ramas se extienden.
     La voz de una mujer habla:

    “Llevo un niño, y no es tuyo,
     camino en pecado junto a ti,
     he cometido una gran ofensa contra mí misma.
    Yo ya no creía que pudiese ser feliz,
     y sin embargo, tenía el fuerte deseo
     de sentir la plenitud, la felicidad de ser madre.

     Y por ello, he cometido un descaro,
     así que, temblando, entregué mi sexo
     a los brazos de un hombre extraño,
     y así quedé embarazada de él.
     Ahora la vida se ha cobrado su venganza:
     Ahora te pertenezco, oh, te he encontrado.”

     Ella camina con paso torpe.
     Ella levanta la vista; la luna corre sobre ellos.
    Sus ojos oscuros se ahogan en la luz.
    La voz de un hombre dice:
   “Ese niño, ese que tú has recibido,
    su alma no es una carga.
    Sólo hay que ver ¡cuán claro brilla el universo!
    Hay un resplandor en todas las cosas
    Tú vas a la deriva junto a mí en un océano frío,
    pero una calidez especial parpadea
    desde ti hacia mí, desde mí hacia ti.

  Esa llama transfigurará al niño,
  al que tú le darás vida, como si fuese mío.
 Tú me has traído la luz,
 Tú has hecho un niño de mí.”
 Él posa su mano en sus anchas caderas
 mientras sus alientos se entremezclan en el aire.
 Dos personas caminan a través de la alta noche brillante.


domingo, 25 de octubre de 2015

El mito de Don Juan


"La noche de Varennes". Ettore Scola, 1982.

Con frecuencia se olvida que Don Juan es un personaje inexistente. Es un mito, como lo es Fausto, surgido del inconsciente colectivo y posteriormente moldeado por diversos autores, según su propio criterio o atendiendo a los convencionalismos éticos y morales de cada época. Así, lo que la filosofía, la literatura o la música nos ofrecen sobre este personaje, no debería ser atribuido a una personalidad simbólica, a un icono definido, como es lo habitual, sino al imaginario popular, que es el que crea a Don Juan con sus virtudes y sus defectos, no como persona sino como expresión de un sentimiento colectivo. No se debe, por tanto, comparar a la figura de Don Juan con libertinos vivos o extintos, como Giacomo Casanova, ya que éste y otros actúan a nivel personal, inspirándose o no en el mito. (Se dice que el caballero Casanova ayudó a Da Ponte en la elaboración del libreto de Don Giovanni).
Tanto Don Juan como Fausto son mitos relacionados con el sexo, aunque una mínima reflexión basta para preguntarse si hay algún mito en el que no exista subyacente esta poderosa fuerza vital. Don Juan, un depredador del amor, se caracteriza por la cantidad (muchas conquistas), mientras que Fausto lo hace por la calidad (consagra su pasión a una sola mujer), pero en los dos hay una rebelión frente a lo establecido, una lucha contra Dios, cuyo antecedente inequívoco es el mito de Prometeo. Foucault lo explica: "Los dos grandes sistemas de reglas que Occidente ha concebido para regir el sexo -la ley de la alianza y el orden de los deseos- son destruidos por la existencia de Don Juan". Se ha equiparado el instinto del poder con el instinto sexual, y etiquetado a ambos como los grandes motores de la humanidad. Pero no son fuerzas independientes, porque desde la más remota antigüedad se sabe que quien controla el sexo controla el poder. No hay instinto biológico más penalizado que el sexo, y no solo por las religiones, sino también por las diferentes normas éticas y sociológicas que han regulado las sociedades humanas. Aún hoy, no nos hemos desprendido de esa lacra.
El mito de Don Juan entraña una contradicción aparente. Es una figura que a pesar de su manifiesta depravación, gusta al pueblo, y, más aún si cabe, a grandes dramaturgos, novelistas y músicos que reeditan el personaje a través de los años, sea para condenarlo o ensalzarlo. ¿Cómo se explica que un individuo detestable, a menudo tachado de insensible y carente de inteligencia, se haya convertido en fuente de inspiración intelectual desde su origen hasta nuestros días? Quizás, en vez de estudiar la supuesta psicología de Don Juan, habría que mirar los deseos ocultos o reprimidos- sin distinción de género- de ese imaginario colectivo que es, a la postre, el que ha originado y hecho perdurar el mito. 
Visto de esta manera, Don Juan es un malvado, pero al ser también un luchador contra la represión y despreciar lo establecido, sintoniza con el sentir popular que se mimetiza en él para ser desagraviado. De Tirso a Mozart, la gran mayoría de los autores que retoman el mito lo condenan y, aun así, en el imaginario popular sigue siendo un héroe.Pero con una condición: que al final su maldad sea castigada. Esta es la contradicción, que no lo es en realidad, porque más que contradicción es un proceso complementario: bien está que el gran seductor se burle de lo divino y de lo humano, pero la conciencia religiosa del pueblo  debe quedar ilesa, no se puede permitir que un redomado pecador escape del infierno, porque si el héroe-pecador se salva, ¿para qué sirve la sacrificada vida que lleva un buen cristiano con objeto de salvar su alma?
El Romanticismo trata de dulcificar un poco las cosas, dándole al abyecto personaje la posibilidad de redimirse por amor, pero al hacerlo destruye el mito: Don Juan no es nadie sin su orgullo desmedido, sin su sensualidad sin límite, sin su desprecio de la muerte. Don Juan se humaniza al aproximarse a un nuevo gusto popular: como el más común de los mortales goza, peca, sufre, se arrepiente y se salva. Pero deja de ser un mito.

¿Qué queda del personaje en la actualidad? Muy poco. Para que Don Juan exista, tienen que existir a su vez mujeres incautas que se dejen seducir y comendadores que quieran vengar su honor mancillado. Estos últimos, escasean, y la mujer actual ya no teme a los seductores, si no es ella misma la seductora. Los seductores modernos envejecen, forman una familia y tienen hijos, como previó Kierkegaard en "Diario de un seductor". 

En “La noche de Varennes” (Ettore Scola, 1982), un Casanova ya viejo, interpretado por Mastroianni, se encuentra con una mujer joven que queda prendada de él, o quizás de su fama, y el eterno seductor, ya vencido, le dice: “te encontré demasiado tarde en la vida y tú me encontraste demasiado temprano”.


viernes, 9 de octubre de 2015

El sentido de la vida

Paul Gauguin - D'ou venons-nous? Que sommes-nous? Ou allons-nous? 1897, Museo de Bellas Artes (Boston), Boston, MA, USA
 Un capítulo de mi libro "El laberinto de Dios"

El sentido de la vida
Yo vivo, y por tanto mi vida debe tener algún sentido. Esta puede ser una manera de formular la pregunta sobre el sentido o significado de la vida, cuestión no resuelta que ha ocupado un lugar preferente en la historia de la filosofía. La mayor parte de los pensadores ha restringido esta pregunta al sentido de la vida humana, en razón a que solo nuestra especie tiene capacidad para preguntarse por el significado de su vida. Pero la vida es independiente de la conciencia y por consiguiente el hecho de vivir afecta tanto al ser humano como a cualquier otro ser vivo. Sin embargo la especie humana es, por lo que sabemos,  la única  que conoce que su vida está limitada en el tiempo, y es precisamente esa certeza de la muerte la que nos impulsa a preguntarnos  por qué y para qué vivimos.

El hombre rechazó siempre la idea de que la muerte fuera el final absoluto de su persona; el cuerpo material desaparecía, eso era innegable, pero su "yo", su "espíritu", su "alma" o como quiera llamarse esa supuesta parte no material del ser no podía extinguirse con la muerte. La creencia en otra vida se remonta al principio de la humanidad, ya que además de mitigar el miedo a la muerte, proporcionaba un sentido a la existencia. Vivimos y morimos, para seguir viviendo en otra vida que es eterna. Las diferentes religiones han ofrecido su particular interpretación de cómo sería esa otra vida, ya que todo lo relacionado con el espíritu y la vida después de la muerte ha sido durante siglos  competencia casi exclusiva de la clase sacerdotal, única capaz de interpretar la revelación del dios o los dioses correspondientes. La existencia de otra vida se convierte así en un importante instrumento  regulador de la conducta del ser humano, ya que éste alcanzará un premio o un castigo según sus merecimientos durante tránsito terrenal. El budismo no admite dioses ni vida eterna en el mismo sentido que las religiones judeocristianas, pero tampoco escapa a la esperanza de otra vida después de la muerte mediante la reencarnación. Por tanto, para el creyente, sea cual sea esa creencia, la vida es solo un tránsito, y su sentido está más allá de la vida misma: procurar que nuestras obras, nuestros pensamientos y nuestros anhelos se adapten a un determinado código para, después de la muerte, alcanzar otra vida en la cual, si hemos cumplido, disfrutaremos del bien absoluto en sus distintas versiones.

Para el no creyente es más difícil encontrar un sentido a la vida. Si como afirma la ciencia no existen dioses creadores, el universo y la vida surgieron por azar, no hay un más allá y nuestra conciencia es solo una consecuencia biológica de la evolución, la vida humana no tiene más sentido que la de un chimpancé. Pero esta proposición es difícil de aceptar y ha sido uno de los problemas que más han preocupado a los filósofos. Para Albert Camus juzgar si la vida merece la pena vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía. El dilema es por tanto suicidarse o no. Para Heidegger, el hombre habita el mundo, que es su morada, y lo organiza de acuerdo con sus proyectos y decisiones, en cambio el animal, se limita a corretear por el mundo. Nietzsche se acerca a Epicuro y propone hallar el sentido de la vida realizando lo que a uno le hace feliz, de tal manera que si volviera al pasado volvería a hacer lo mismo, creando así un bucle infinito que confirma el acierto de nuestros actos respecto a nuestra razón. Es más racional la visión de Wittgenstein: “Nosotros sentimos que incluso si todas las posibles cuestiones científicas pudieran responderse, el problema de nuestra vida no habría sido más penetrado”. “La explicación del sentido del mundo debe quedar fuera del mundo [...] sólo podríamos decir cosas sobre el mundo como un todo, si pudiésemos salir fuera del mundo, es decir, si dejase de ser para nosotros el mundo".

A menudo el hombre encuentra dramático que la vida pueda no tener sentido. Este pensamiento le angustia, porque parece forzoso que la inteligencia humana, muy superior a la de otros animales, no sea un hecho fortuito en la naturaleza. Y si lo es, habría que plantearse, como Camus, si merece la pena vivir una vida sin sentido. Para John Gray esa frustración nace de la deprivación de un cristianismo que todavía no hemos conseguido superar. Durante siglos la Iglesia se ocupó de responder a esta preguntas y sus dogmas influyeron no solo en la filosofía sino también en la ciencia incipiente. Revolucionarios hallazgos científicos, las leyes de Newton, por ejemplo, no eran sino el refrendo de la obra de Dios. En el Renacimiento y después en La Ilustración se produjo una escisión, una rebelión frente al poder religioso, sustituyendo la fe por la razón y la teología por la ciencia. Así surgió el humanismo, un movimiento que renunciaba Dios, pero aceptaba  la supremacía del ser humano como especie capaz de ser dueña de su destino, lo cual no era sino una versión secular del cristianismo (Gray). El hombre seguía siendo el rey de la creación (aunque nada hubiera sido creado) y su privilegiada inteligencia  construía esa abstracción que llamamos progreso. Si se descarta el premio después de la muerte, el sentido de la vida hay que buscarlo en la vida misma. Para Carlos Marx, por ejemplo,  el sentido de la vida está en la lucha, tanto la individual o personal como la social, por la redención del hombre de toda forma de esclavitud y explotación. Jaspers cree que el sentido de la vida solo es válido en una dimensión subjetiva: es el móvil supremo de la conducta humana, es la ley que rige la toma de decisiones del individuo en su acción social e individual. Para Epicuro el sentido de la vida es evitar el dolor, la cumbre del placer es la simple y pura destrucción del dolor.

martes, 6 de octubre de 2015

Versión original


Cuando yo era joven, escuchar las canciones de música pop en otra versión que no fuera la original era casi un sacrilegio. No era un capricho, por lo general las segundas o terceras versiones de una canción rara vez alcanzaban la calidad de la versión original, que éramos capaces de reconocer con solo escuchar los primeros compases. Hoy vamos a recordar algunas excepciones a esta regla.

The first time ever I saw your face. Es una canción folk de 1957 escrita por el activista británico Ewan MacColl para su amante, la cantante Peggy Seeger. La canción pasó sin pena ni gloria y solo en 1962, cuando fue grabada por The Kingston Trío, alcanzó una discreta notoriedad. Existen versiones de otros grupos folk, como Peter, Paul and Mary y The Brothers Four, que tampoco hicieron despegar esta composición.

Escuchen la poco afortunada versión original de Peggy Seeguer, cuya voz no era lo que dice agradable.


Esta canción alcanzó el éxito absoluto en 1972,  en la voz de la cantante y pianista Roberta Flack, que se olvidó del ritmo folclórico original, transformándola en una balada romántica. ¿Pero cómo se le pudo ocurrir a su autor componer una  folk song con esta letra?:
The first time ever I saw your face
I thought the sun rose in your eyes
And the moon and the stars were the gifts you gave
To the dark and the endless skies, my love
To the dark and the endless skies.

Roberta Flack deshizo la incongruencia: su voz rezumaba sensualidad por todos los poros. Escúchenla.



A pesar del éxito, MacColl siempre renegó de la versión de Flack y sucesivas versiones.

My way. Esta balada es una adaptación al inglés, realizada por Paul Anka, de la canción francesa "Comme d'habitude", escrita por el cantante pop Claude François y Jacques Revaux, con letra en francés de Claude François y Gilles Thibaut, en 1967. Claude compuso esta canción después de haber roto su relación sentimental con la cantante francesa France Gall, que había sido la ganadora, dos años antes, del Festival de Eurovisión con la mil veces oída cancioncilla "Poupée de cire, poupée de son", compuesta por Serge Gainsbourg.  


No sé si "Comme d'habitude" triunfó en su país, pero no recuerdo que llegara a España. Paul Anka la escuchó durante unas vacaciones en el sur de Francia y voló a Paris para negociar los derechos de la canción. Dejó dicho: " Era una grabación malísima, pero me pareció que tenía algo". Un tiempo después estuvo cenando con Frank Sinatra en Florida. El croonner le confesó: "Voy a dejar este negocio. Me pone enfermo y, además, me estoy yendo a la mierda". Cuando regresó a Nueva York, Anka desempolvó la canción de François, escribió otra letra en inglés (que no tenía nada que ver con la original) y trabajó en la música. A las cinco de la mañana telefoneó a Sinatra, que estaba en Las Vegas, y le dijo: "Tengo una canción para ti". Sinatra grabó "My way", la canción que enderezaría su carrera,  en diciembre de 1968. El resto ya lo saben, "My way" se convirtió en un estándar y es una de esas canciones que hemos oído hasta la saciedad.
Les dejo la versión de Paul Anka que está menos oída.


Spanish Eyes. En la década de los sesenta se pusieron de moda, en la música pop,  las composiciones instrumentales. Antiguos directores de orquesta, que hasta entonces habían actuado en cabarets y night clubs, grabaron discos de éxito. Uno de ellos, el alemán Bert Kaemfert, popularizó en Europa piezas orquestales bailables como "Wonderland by night" y "Moon over Naples". 



En 1965 Eddie Snyder y Charles Singleton, escribieron una letra para "Moon over Naples" y la rebautizaron como "Spanish eyes", pensando, tal vez, que la música italiana se adaptaba sin problemas a la mujer española. El cantante elegido fue Al Martino, un crooner de segunda fila que se haría de oro con "Spanish Eyes", una de las canciones más grabadas de la historia. Martino aumentaría su popularidad en 1972 interpretando al cantante Johnny Fontana en la película de Coppola "El Padrino". 



jueves, 24 de septiembre de 2015

Almas gemelas

Firenze. Leonardo Régnier. 2013.


Causalidad y casualidad solo se parecen en el sonido. La causalidad es una constante en nuestro universo, la razón nos dice que en todo proceso existe una causa previa. Siempre y cuando vivamos en un tiempo que fluye de atrás a delante: si el tiempo se inmovilizara, fluyera indistintamente hacia el pasado y el futuro, o sencillamente no existiese, desaparecería la necesidad de una relación causa-efecto. En determinados fenómenos cuánticos, por ejemplo, parece no existir causalidad, lo que no es extraño porque se trata de otro universo, o una parte del nuestro con sus propias leyes, o una locura que nadie entiende.
Una casualidad es otra cosa, aunque haya una relación. Que un suceso sea casual, no implica que suceda sin causa, la tiene, pero no la conocemos. Hablamos de casualidad cuando vivimos un hecho imprevisto, que nos sorprende porque no podemos determinar su causa. Es hasta cierto punto frecuente en la investigación, hallar algo distinto a lo que se está buscando. Serendipity, lo llaman en inglés. ¿Usted diría que Flemming descubrió la penicilina por casualidad, o Marie Curie el radio? En ambos casos fue un hallazgo no buscado, pero si ambos científicos no hubieran trabajado intensamente, cada uno en su terreno, no se habría producido el descubrimiento.

Muy diferente es la coincidencia de pensamiento o de acción entre dos personas, aunque a veces también sorprenda. Es lo que Jung llamaba sincronicidad, aunque no supiera explicar científicamente este proceso. La neurociencia explica este fenómeno asociativo de una manera que me parece convincente. Todo reside en nuestro cerebro inconsciente (no confundir con el subconsciente freudiano, aunque sean términos relacionados), que es, como ahora sabemos, el regulador del 80% o más de nuestro comportamiento, incluyendo la ideación no reflexiva. Todas nuestras percepciones del mundo material, las que captamos por los sentidos, pero también las ideas y emociones que incorporamos por la convivencia, la lectura o por cualquier modo no atribuible directamente a los sentidos físicos, se acumulan en nuestro cerebro inconsciente y son elaboradas, con participación o no de nuestra conciencia.

En el estrato más primitivo de nuestro cerebro inconsciente están los reflejos de supervivencia. Si uno se encuentra en la selva con un león, corre, y si un conductor va a estrellarse, pisa el freno a fondo. En ambas acciones la conciencia no interviene para nada, es más, se entera después y a veces ni se entera. "¿Qué ha pasado?", suele preguntar el conductor si sobrevive al accidente. Si el cerebro inconsciente no es todo lo rápido que sería de desear, el león se come al paseante selvático y el conductor no evita la catástrofe.
Pero el cerebro inconsciente no solo es responsable de las acciones reflejas. Estructura habitualmente casi todos nuestros esquemas de comportamiento. Imagine que usted empieza un trabajo nuevo. El primer día, desde que suena el despertador, desayuna, sube al autobús o conduce, saluda a sus compañeros y desarrolla su cometido, hasta que vuelve a su casa y se desmadeja en el sofá, habrá empleado "los cinco sentidos" en hacer bien las cosas. Es decir, cada acción estará precedida por una reflexión consciente, lo cual es agotador, porque la conciencia es lenta y dubitativa. A los pocos días, si no le han despedido, su cerebro consciente cederá el mando al cerebro inconsciente, que es más rápido y eficiente, y usted realizará a la perfección todos esos actos cotidianos mientras piensa en su novia o en el coche que le gustaría tener.

Ahora bien, si lo que quiere es comprarse un piso tendrá que reflexionar y usar su cerebro consciente, porque es una acción infrecuente en la que influyen muchos factores. Pero aun en este caso, gran parte del proceso electivo correrá a cargo del estrato inferior de su cerebro, ya que presentará ante usted esquemas adquiridos que quizá ni siquiera recuerda: cómo es la casa que usted vio un día y deseó tener, la orientación del edificio, el capricho que siempre tuvo de tener un despacho o cómo imaginó que serían la cocina y los sanitarios. La satisfacción que obtendrá si el inmueble que compra cumple todos o algunos de esos objetivos, la experimentará en su conciencia, pero en realidad procede de su cerebro inferior que ha visto realizadas sus expectativas.

En las relaciones entre personas el proceso es muy semejante. Uno puede conocer a una persona, no importa el sexo, y tardar meses o años en estructurar una relación con ella, o no tenerla nunca; por el contrario, puede establecerse un flujo de empatía inesperado entre ambos y crearse una precoz relación cordial. Aunque una reflexión del cerebro consciente, posterior al encuentro, puede aportar elementos concluyentes, el mayor trabajo recae una vez más en el cerebro inconsciente. Dicho en lenguaje coloquial: caerse bien o mal, eso que llamamos primera impresión, depende de la resonancia que se establezca entre los cerebros inconscientes de las dos personas. Si entre esos dos individuos la forma de percibir y la elaboración posterior de un hecho es muy distinta, no existirá afinidad entre ellos. Si por el contrario, esas dos personas han aprendido a percibir y sentir de una manera semejante, descubrirán de manera inconsciente que son afines en muchas cosas. Podría decirse que sus cerebros inconscientes han empezado a trabajar de forma sincrónica. Esta es la razón por la que dos personas, al conocerse, pueden descubrir con sorpresa que piensan de manera parecida, o dicho de manera más técnica, se reconocen uno en el otro. Expresiones coloquiales como "somos almas gemelas" o "me has leído el pensamiento" derivan de esta circunstancia. Son las afinidades electivas que tanto le extrañaban a Goethe.

El que esta circunstancia devenga en amor súbito o sea el comienzo de una buena amistad, ya es una cuestión más literaria que científica.

jueves, 17 de septiembre de 2015

LA MUERTE DE ARTEMISA. (Novela). CAPÍTULOS 22 Y 23



22

                               MADRID, 11 DE SEPTIEMBRE, 10,30 DE LA NOCHE.

Cuando el señor Osborne entró en Madrid tuvo alguna dificultad para orientarse, pero preguntando a un par de transeúntes y con la ayuda de un plano, consiguió llegar a su destino. Era una antigua colonia de pequeños chalets, con calles poco transitadas, inmersa en una zona céntrica poblada densamente, uno de esos inesperados reductos de paz que el desmesurado crecimiento de la gran ciudad no ha logrado aniquilar. Las casas y los minúsculos jardines mostraban signos de deterioro, pero el señor Osborne pensó que era el lugar adecuado para sus propósitos. Estacionó el Volvo a la altura de una casa de dos plantas, en cuya verja de entrada una tablilla señalaba el número 23. Descendió del coche e inspeccionó en derredor: la calle estaba desierta y la única iluminación provenía de una farola emplazada a diez o doce metros. No se observaba luz en las viviendas contiguas. La verja estaba abierta y tampoco tuvo dificultad para franquear la puerta de la casa con la llave que encontró enterrada en una determinada maceta de geranios. Regresó al coche, indicó a Silvia que entrara con el niño y se dispuso a descargar el equipaje.

El interior estaba limpio y acogedor. La planta baja se reducía al recibidor, un saloncito y la cocina. En el piso superior había dos habitaciones vacías y otra más grande equipada con dos camas. Había dos teléfonos intercomunicados, uno en el saloncito y otro en el dormitorio. El señor Osborne verificó que ambos funcionaban. Silvia investigó en el frigorífico y en los aparadores y le informó que disponían de alimentos para más de una semana. El pequeño dormía con tranquilidad. En un armario había varias botellas, entre las que el señor Osborne encontró una de su whisky favorito. Hizo un gesto a la muchacha, que sonrió y fue en busca de dos vasos.

Sentados uno frente al otro, en dos butacas estilo años veinte, bebieron en silencio. Al cabo de un rato, el señor Osborne preguntó:

-¿Estás asustada?
-Estoy en tensión. Pero usted me da seguridad.



El señor Osborne fijó en la muchacha sus ojos sin expresión y se bebió de un trago el resto de whisky. Silvia no dejaba de mirarle con ojos tímidos y una sonrisa suave en los labios.

-¿Tú sabes quién soy yo? -preguntó el anticuario.
-Algo me han dicho.
-Seguramente han exagerado -dijo el señor Osborne en voz baja. La mujer amplió su sonrisa sin decir nada.- Sin embargo, no sabes para qué estamos aquí.
-Algo me imagino.
-¿Y no sientes escrúpulos?
-¿Los siente usted? -preguntó ella con una audacia que sorprendió al señor Osborne.
-Francamente, no -confesó el hombre. Y después de un silencio-: Supongo que estás en esto por dinero.
-Claro. Esto es más rentable que arrastrarse desnuda por las barras de los garitos. Y menos aburrido que la prostitución.

El señor Osborne no contestó y pareció refugiarse en la máscara de inexpresividad habitual en él. Silvia insistió:

-¿Usted no lo hace por dinero?

El señor Osborne no pareció haber oído la pregunta, pero al cabo de un momento la muchacha le oyó decir:


-Sí, naturalmente por dinero. Siempre ha sido así. Aunque a veces me pregunto si existirán otras razones para llevar esta clase de vida.
-¿Cómo empezó usted?

El anticuario parpadeó. No entraba en sus planes una conversación en exceso personal con su compañera de trabajo y le irritó un poco la insistencia de Silvia. Pero de pronto sintió que había estado solo demasiado tiempo y se dijo: Después de todo, ¿por qué no? Este es mi último trabajo y es un trabajo distinto. Casi sin entonación, con voz cansada, empezó a hablar:

-Empecé en la Resistencia belga y allí aprendí muchas cosas. Era muy joven y me dediqué al activismo con toda mi energía. La contienda fue dura, pero sobreviví. Después de la guerra me encontré desfasado. Me pasaba lo que a mucha gente, no sabía vivir sin un arma en la mano, no me adaptaba a la paz. Intenté buscar un empleo, pero me había quedado solo y había pocas cosas que supiese hacer. Un día, alguien se acordó de mí y me propuso volver al activismo. Acepté. No había una gran guerra pero había pequeñas guerras; había complots, intrigas, conspiraciones y era una forma rápida de ganar dinero, haciendo además lo que mejor sabía hacer.

Se sirvió otro vaso de whisky y meditó unos instantes.

-No es sólo el dinero, debe haber algo más -prosiguió -. Pero un buen activista no puede pararse a analizarlo, si lo hiciera no podría seguir. Si uno se preguntase por qué mata, dejaría de matar y se convertiría en víctima. Una muerte no se justifica por nada, ni siquiera por dinero. Hay que matar sin justificación. Algunos -bebió un largo trago- se engañan al pensar que matan por una idea, se vuelven fanáticos y creen defender una causa. Pero se engañan, todos matamos por lo mismo.

Siguió un largo silencio que Silvia no quiso interrumpir. El vaso del hombre estaba vacío y Silvia, sin decir nada, lo volvió a rellenar. El señor Osborne se lo llevó a los labios con un movimiento automático. Estuvo así, quieto, sin beber y luego dijo:

-La cuestión es saber si no soy ya demasiado viejo.
-A mi no me lo parece -dijo la muchacha y el señor Osborne la miró con intensidad. Después, en voz más baja, Silvia añadió-: ¿Quiere que hagamos el amor?

El señor Osborne se sobresaltó.

-¿Por qué?

La muchacha hizo un gesto desenvuelto.

-Me da seguridad.

El señor Osborne creyó comprender. Intuyó que la vida debía ser dura para las chicas como Silvia y, en cierta manera, se sintió conmovido. Sin embargo rechazó la idea con violencia. Ya habían llegado demasiado lejos en el aspecto íntimo y el señor Osborne lo atribuyó a la cantidad de licor ingerida. Le dominó un molesto sentimiento de culpabilidad y se arrepintió de haberle hecho confidencias a su compañera. Con deliberada frialdad dijo:

-Olvídalo. Limítate a cumplir tu trabajo.

Se levantó bruscamente, sin mirarla, y se acercó a la cuna del niño.



                                                                        23

                                               EN LA CORTE DEL REY ARTURO

Itciar y Cortés llegaron a la hora prevista al bar donde el misterioso comunicante había citado al periodista. Era noche de viernes y las calles estaban concurridas. Se mezclaba la gente del barrio con otros ejemplares, bien trajeados y encorbatados, cuya curiosidad superaba el temor de adentrarse en un ambiente supuestamente marginal. El Rialto era una antigua taberna transformada en bar de copas. Potentes altavoces difundían música caribeña. El bar estaba lleno. El personal desbordaba los límites del local y, vaso en mano, permanecían en la acera formando corrillos.

Lograron abrirse camino entre la gente y, no sin dificultad, alcanzar la barra. Rodrigo pidió bebidas y esperó diez minutos, tal y como le habían indicado. Transcurrido ese tiempo se dirigió a los lavabos. Antes advirtió a su amiga:

-Espérame aquí y no te muevas. Si ves algo raro o que tardo en salir, sal pitando. Hay un coche de la policía en la plaza.
-Ten cuidado, Rodrigo.
-Bah, no te preocupes. A lo mejor todo es una broma. Y con la gente que hay aquí, ¿qué me puede pasar?

Se perdió entre la muchedumbre. Al fondo de un corredor encontró los servicios. Empujó la puerta y entró en un espacio reducido y mal ventilado que olía a orines y a desinfectante. No se veía a nadie. Probó la puerta de uno de los retretes y la encontró cerrada. Empujó la del contiguo, que cedió, y se encerró en el cubículo. Pasó un tiempo sin que ocurriese nada. El silencio era sólo interrumpido por el siseo de las cisternas. Del retrete de al lado le llegó una voz susurrante:

-¿Cortés?
-Sí, soy Cortés.
-Hable bajo.
-De acuerdo. ¿Qué me quiere contar?
-Su periódico insinúa que hay algo raro en la muerte de Artemisa.
-Sí.

La voz tardó un poco en volver a hablar.

-Tienen razón.
-¿Cómo lo sabe?
-Lo sé, eso es todo.
-¿De qué se trata? ¿Qué es lo raro?
-Lo más raro es que la chica está viva. La he visto ayer.
-¿Dónde?

Se abrió en ese momento la puerta de los lavabos y entró alguien. Cortés enmudeció. Enseguida se oyó el sonido de un chorro golpeando contra el urinario y luego el ruido seco de una cremallera. Se escuchó el correr del agua y una exclamación ahogada, causada seguramente por la ausencia de toalla. Volvió a oírse la puerta y después volvió el silencio. Cortés se arriesgó:

-¿Dónde ha visto a la chica?
-En casa de los García Conde, ya sabe.
-¿Cómo sé que no miente?
-Ya le he dicho que tengo pruebas.
-¿Qué pide a cambio?
-Nada. No me interesa el dinero. Hago esto por motivos personales. Tengo una cuenta pendiente con ellos.
-¿Por qué no se lo dice a la policía?
-Podría traerme complicaciones.
-Bueno, ¿dónde están las pruebas?
-Súbase a la taza y mire en la cisterna.

Hizo Cortés lo que le pedían y tanteó en el depósito. Sus dedos tropezaron con un envoltorio de plástico sujeto al interior de la cisterna con cinta adhesiva. Dentro del plástico había un sobre y de él extrajo Cortés una fotografía en la que aparecían dos mujeres. La foto era de mala calidad, estaba oscura y desenfocada. Una de las mujeres recordaba a Artemisa.

-La foto no es muy clara.
-¿Qué quiere, una foto de estudio? Bastante es para las condiciones en que fue sacada.
-¿Cómo sé que no está hecha antes de su muerte?
-No lo puede saber, tiene que creer en mi palabra.
-Pero yo no puedo publicar esto sin garantías.
-Eso usted verá. No puedo ofrecerle otra cosa.
-¿Qué más sabe de este asunto?
-Sólo cosas aisladas. Hay algo que va a suceder pronto, algo importante, pero no sé que es.
-Siga.
-No hay más.
-¿Me avisará si se entera de algo?
-No creo que pueda. Me he arriesgado mucho.
-¿Conocía usted a Artemisa?
-Escuche, esto se ha acabado. No abra la puerta cuando yo salga. Espere cinco minutos y después váyase.

Cortés se resignó. Oyó cómo se abría la puerta del retrete  de al lado y luego la de los servicios. Esperó impaciente a que transcurriera el plazo y se precipitó a la salida. Encontró a Itciar donde la había dejado hablando animadamente con un tipo corpulento de pelo largo. Tiró de la chica hacia la salida mientras la increpaba:

-Joder, eres el colmo. Yo jugándome el pellejo y tú tan tranquila ligando con el primero que se te acerca.
-No te pases, Rodrigo. ¿Qué has averiguado?
-Te lo contaré por el camino. Vamos a vuestra guarida.

martes, 15 de septiembre de 2015

Tu nombre me sabe a hierba


Grant Haffner.Good Night Scuttle Hole road -  acrylic on wood panel. 

Durante un ensayo en Weimar, en 1842, Franz Listz sorprendió a la orquesta cuando exclamo: "Por favor, caballeros, ¡un poco mas azul, ese tono lo precisa!". Y en otro pasaje "Este es un violeta profundo, por favor, ¡no lo olviden! ¡No tan rosado!" El famoso compositor húngaro era sinestésico.

Davis Hockney. Mr and Mrs Clark and Percy (1970–71), Tate Gallery, London


¿Pero qué es la sinestesia? Sepamos lo que dice la ciencia: "Sinestesia es la asimilación conjunta o interferencia de varios tipos de sensaciones de diferentes sentidos en un mismo acto perceptivo". Pero esta definición tan académica no nos descubre la magia de este fenómeno. Un sinestésico puede oír colores, ver sonidos, y percibir sensaciones gustativas al tocar un objeto. No es que lo asocie o tenga la sensación de sentirlo: lo siente realmente. ¿Cómo es posible este prodigio? Todavía no sabemos muy bien porqué se produce, a pesar de que ya era conocido por los filósofos griegos. En 1880, Sir Francis Galton publicó la primera comunicación científica sobre la sinestesia. Hasta entonces, los que aseguraban que la música tenía color o que podían saborear las palabras eran considerados dementes. A causa de esto, muchos sinestésicos preferían ocultar sus percepciones, y otros canalizaban sus habilidades por la vía del arte, terreno en el que su "excentricidad" era menos comprometida. Si en el siglo XIX este fenómeno se consideraba un trastorno mental, podemos imaginar su significado en la Edad Media. Cuántas personas habrán sido condenadas a la hoguera, acusadas de brujería, o sometidas a tenebrosos exorcismos, solo por confesar que percibían los colores del viento o el sabor de los nombres.
Piet  Mondrian. Composición en rojo, amarillo, azul y negro, 1926. 

¿Pero es o no es un trastorno mental la sinestesia?  Esta era la respuesta de Oliver Sacks: “Hace veinte años, la sinestesia –unión automática de dos o más sentidos- era considerada por los científicos (y eso cuando se la tenía en cuenta) como una curiosidad rara. Ahora debemos considerarla como una parte esencial y fascinante de la experiencia humana”. Y debía tener razón, porque para la mayoría de los "afectados", la sinestesia funciona como un don que enriquece su experiencia del mundo. Vladimir Nabokov, un sinestésico reconocido, en su autobiografía Speak, Memory, nos explica: ”Resulta inexacto decir que uno ‘sufre’ de sinestesia. La verdad es que se trata de algo que se agradece tener. Cuando era adolescente, padecí un periodo de depresión y una de las cosas peores que experimenté fue que todos mis colores adquirieron el tinte grisáceo del cartón mojado. Sabía que estaba mejor cuando todo recuperaba un brillo total de Technicolor. El único inconveniente es que, cuando alguien está hablando, es fácil distraerse con los colores de sus frases. (...) Para mí, por ejemplo, una H es siempre de color rojizo anaranjado, mientras que la L adopta el mismo tono que la leche en un tazón de cereales”
No está claro si Rimbaud y Baudelaire fueron sinestésicos auténticos, sobre todo el segundo, ya que las drogas, sobre todo el LSD, pueden crear sensaciones sinestésicas, y Baudelaire, como se sabe, era muy dado a experimentar con estas sustancias.
"Como largos ecos que de lejos se confunden
En una tenebrosa y profunda unidad,
Vasta como la noche y como la claridad,
Los perfumes, los colores y los sonidos se responden.
Hay perfumes frescos como carnes de niños,
Dulces como los oboes, verdes como los prados,
– Y otros corrompidos, ricos y triunfantes".
....
(Charles Baudelaire. Correspondencias).

Es famoso el soneto de Arthur Rimbaud, titulado "Voyelles", que en su inicio describe los colores de las vocales. Comienza así:
"A negro, E blanco, I rojo, U verde, O azul: vocales
Yo diré algún día vuestros nacimientos latentes:
A, negro corsé velludo de las moscas brillantes
Que zumban alrededor de hedores crueles",

Vassily Kandinsky. Points, 1920, 110.3 × 91.8 cm, Ohara Museum of Art

Hay muchos poseedores de este don entre los pintores. Sabemos que David Hockney, es sinestésico, y quizá lo fueron tambiénMondrian y Klee. Seguro lo fue Vassily Kandinsky, quien en sus cuadros afirmaba combinar cuatro sentidos: olor, color, tacto y olor. Grant Haffner, uno de cuyos cuadros encabeza este post, no sabemos si se confiesa sinestésico, pero ha dicho:  "En la carretera soy una parte de la pintura. Soy el movimiento , el color , el sonido , la aventura y las emociones .
Concluyo con  otra afirmación de Oliver Sacks: "Quienes disfrutan de esta cualidad, poseen un elevado coeficiente intelectual, así como una gran inteligencia emocional".

Les dejo con una canción ¿sinestésica? de Joan Manuel Serrat.


Álvaro Valle me descubrió la sinestesia de Olivier Messiaen y me inspiró esta entrada.