lunes, 29 de abril de 2019

Doctor Bob

Atardecer en Tampa (Florida)

Por casualidad encontré en internet un libro autobiográfico de Lodewyk H.S. Van Mierop. "Doctor Bob" es el título del libro (Outskirts Press, 2012). Los americanos, con su eficacia simplificativa tradicional, encontraron incómodo desde el principio el nombre de este inmigrante holandés y siempre fue conocido como Bob. Conocí a Bob Van Mierop en 1974 cuando, junto con mi amigo y compañero el doctor Víctor Pérez Martínez, ya fallecido, viajé con una beca a Estados Unidos para perfeccionar conocimientos de morfología de las cardiopatías congénitas y embriología del corazón. El profesor Van Mierop era y es conocido en todo el mundo por sus trabajos sobre el desarrollo cardiaco y las enfermedades congénitas del corazón, y fue pionero e impulsor de la cirugía cardiaca pediátrica en Estados Unidos. 

Previamente Víctor y yo habíamos permanecido unos meses en el Childrens Hospital de Boston, en el Departamento de Morfología Cardiaca que dirigía Richard Van Praagh, curiosamente otro apellido holandés, aunque éste más remoto, ya que Richard era canadiense. Ambos investigadores trabajaban con corazones infantiles y discrepaban en muchos aspectos, lo que no les impedía tener una relación amistosa. Van Mierop me pareció un hombre un poco adusto, aunque no desprovisto de sentido del humor, que nos recibió con la máxima cordialidad. Gran parte de la historia que relata en su libro nos la contó entonces en agradables veladas junto a su mujer y sus hijos.

Nació en Java de padres holandeses y desde muy joven se sintió fascinado por la naturaleza y la ciencia. Durante la Segunda Guerra Mundial, después de que casi todo el sudeste de Asia hubiera sido invadido por los japoneses, todos los ciudadanos occidentales fueron internados en campos de prisioneros. Hombres y niños mayores de 17 años se mantuvieron en campamentos separados de los que alojaban a mujeres, niños y ancianos. Los prisioneros sufrieron humillaciones, palizas y hambre. Entre estos jóvenes se encontraba Van Mierop. Al terminar la guerra abandonó el campamento muy delgado y hambriento, pero con una salud razonablemente buena. Después de múltiples vicisitudes, que relata en su libro, se hizo médico en la Universidad de Leiden y años más tarde emigró a Estados Unidos, donde se convirtió en una autoridad mundial en las cardiopatías infantiles. Era, en 1974, profesor en la Universidad de Florida, en Gainesville, y allí acudimos mi amigo Víctor y yo a perfeccionar conocimientos de nuestra especialidad.

Además de la medicina, su gran pasión era el mundo animal. De lo primero que nos habló, en relación con España, fue de Félix Rodríguez de la Fuente, al que tenía en alta estima y conocía todos sus documentales.Tenía en su casa un gran serpentario que abarcaba muchas especies, incluyendo grandes serpientes pitón y otros ofidios de mordedura mortal, lo cual producía en los visitantes una razonable inquietud. Hacía muchos años que no oía hablar de él cuando descubrí su libro. Le recuerdo con cariño y agradecimiento por su enseñanza. Van Mierop falleció en 2021. Un saludo desde la distancia y el tiempo, Dr. Bob.

domingo, 21 de abril de 2019



MATERIA OSCURA (Relato)

Cuando M se despertó contempló asombrado que una mitad de su habitación estaba oscura y la otra iluminada. La ventana estaba abierta y la luz que entraba se dividía en rayos brillantes y oscuros. Intrigado saltó de la cama y, frente al espejo, comprobó con alivio que él no había cambiado, seguía siendo el mismo en cuanto a iluminación se refiere. Se asomó a la ventana y observó con sorpresa que en los edificios se repetía la distribución entre zonas oscuras e iluminadas. Todo lo demás parecía estar en orden, los coches y los autobuses circulaban con normalidad por la calzada y por las aceras discurrían sin problema los transeúntes. Bien es verdad que algunos vehículos eran oscuros y otros iluminados y lo mismo ocurría con los peatones, pero, al margen de esa peculiaridad, nada indicaba que algo extraño estuviera ocurriendo.

A M le pareció raro. Encendió el ordenador y buscó información en los periódicos digitales. Grandes titulares le informaron del acontecimiento: "¡Invasión de la materia oscura!" "La materia oscura del universo llega a nuestro planeta". "Un error en un experimento desencadena un fenómeno cósmico". M leyó con avidez la letra pequeña: "La anomalía se ha originado en el acelerador de partículas de un laboratorio de Maryland. Durante un experimento rutinario, se produjo una partícula no identificada que los físicos no pudieron controlar y escapó por una ventana del laboratorio a velocidad cercana a la de la luz. Los científicos creen que es la responsable del fenómeno".

M encendió la televisión. Un físico muy joven y muy nervioso estaba dando explicaciones: "...es un bosón, pero muy pequeño, ¡quién podía imaginarlo! Nuestro aparato es muy sencillo, no puede alcanzar grandes energías, así que fue una sorpresa que escapase del acelerador". M cambió de canal y escuchó las palabras de un premio Nobel de Física que siempre le había caído mal. El ilustre científico decía: "Estas cosas ocurren por menospreciar las partículas de baja energía. Los jóvenes piensan que solo importan el bosón de Higgs y otras superpartículas, pero la física moderna tiene que considerarlo todo".

El fenómeno era sorprendente, pero no parecía ser dañino. En el autobús que M tomaba para ir a la oficina había personas que eran oscuras y otras iluminadas. Advirtió que el conductor, pese a ser oscuro, conocía el trayecto a la perfección y se detenía en las paradas habituales. Los viajeros iluminados y los oscuros se miraban con perplejidad, aunque unos y otros enseguida recuperaban la expresión resignada de los que van a trabajar un lunes. En el trabajo no había nadie oscuro, lo cual no resultaba raro porque M trabajaba en una sucursal bancaria atendida solamente por tres empleados. No obstante, el pequeño recinto mostraba dos zonas de iluminación claramente diferenciadas; asimismo, durante la mañana, entraron en el banco tanto clientes iluminados como oscuros, que fueron atendidos de la forma habitual.

A mediodía se emitió un comunicado oficial por televisión llamando a los ciudadanos a la serenidad y quitando trascendencia a lo sucedido. Las palabras del Presidente del Gobierno, que apareció en una rueda de prensa, fueron confusas pero no inquietantes, y de paso aprovechó para culpar a los populistas. Al otro lado del océano, el presidente de Estados Unidos había vociferado: “¡El bosón es nuestro! ¡No admitiremos a la materia oscura, construiremos un muro!” Al final un tipo bajito, que dijo ser cosmólogo, ofreció una farragosa explicación que no entendió nadie. Pocos días después la noticia dejó de figurar en la primera plana de los diarios y la vida siguió como siempre.

En esos días extraños M conoció a Carol, una chica oscura muy atractiva y empezaron a salir. M descubrió que Carol, pese a la diferente forma en que reflejaba la luz, era una chica normal, sensible, divertida y compartía con ella muchas cosas. M y Carol se sentían felices y empezaron a hacer planes a largo plazo.

Una mañana, al despertar, M comprobó que Carol no estaba a su lado. Se incorporó inquieto y tras unos segundos de aturdimiento advirtió que su habitación estaba totalmente iluminada. Habían desaparecido las sombras. Corrió a encender el televisor y allí estaba el físico joven gritando alborozado: “¡El bosón ha vuelto, lo hemos recuperado!”. Después apareció el premio Nobel afirmando que la posible invasión de la materia oscura era algo que él había predicho tiempo atrás. El presidente del Gobierno envió un mensaje tranquilizador a la ciudadanía y dijo que las finanzas no habían resultado afectadas por la invasión. Por su parte el presidente de EEUU se atribuyó la expulsión de los oscuros y dijo que el mundo se había salvado. Las cámaras recorrieron las calles y recogieron las impresiones de la gente. Todo el mundo sonreía y parecía feliz.

Todos menos M. Comprendió que nunca volvería a ver a Carol.

viernes, 12 de abril de 2019

Recreación de un agujero negro


LA TIERRA PLANA

La Conferencia Internacional de la Tierra Plana piensa fletar un crucero que navegará hasta el confín del planeta, cuyo límite está constituido, según los terraplanistas, por un gigantesco muro de hielo circular. La primera idea que se le ocurre a uno es que se trata de un evento comercial, ya que se asegura que los pasajeros disfrutarán de camarotes de lujo, pistas de esquí acuático, restaurantes de alta gama y suntuosas fiestas. Pero, al margen de que se apunten al crucero unos cuantos millonarios aburridos, habrá un número no escaso de personas que, embarcados o no, crean firmemente que el navío llegará a los confines del mundo y demostrará finalmente que la Tierra es plana. Es de suponer que entre los creyentes habrá individuos de toda índole, incluso personas cultas que han recibido una sólida formación. 


¿Qué impulsa a seres normales a profesar esta fe estrafalaria e insostenible? Pueden invocarse razones muy repetidas, como la desolación que produce vivir en un mundo injusto e imperfecto y la necesidad de evadirse confiando en esquemas diferentes. Esa necesidad suele conducir hacia sectas más o menos satánicas o provocar conversiones a diversas religiones. ¿Pero qué remedio espiritual puede proporcionar sostener que la Tierra es plana? Quizás la cuestión está en creer en lo que nadie cree, sentir lo que nadie siente.




AGUJERO NEGRO

El mundo científico está revolucionado porque se ha podido fotografiar un agujero negro. Esta entidad era hasta ahora una hipótesis, si bien los datos astronómicos y los cálculos matemáticos prácticamente certificaban su existencia. Incluso teníamos constancia de sucesos cataclísmicos en el cosmos como resultado del choque de dos agujeros negros. Todo el mundo sabe lo que es un agujero negro, así que no me parece necesario describirlo ahora. A falta de una visión directa, nos habían ofrecido en multitud de ocasiones recreaciones artísticas de ese objeto estelar. En ellas se representaban minuciosamente las características fundamentales de un agujero negro: el horizonte de sucesos, su comportamiento como lente gravitacional, la radiación que emite, y en muchos modelos veíamos enormes chorros de materia absorbidos por la tremenda gravedad del agujero. 


Ahora tenemos una imagen real y, si quieren que les diga, me ha parecido un poco pobre en comparación con las recreaciones artísticas. Es como si la foto no aportara ninguna novedad. En efecto, vemos un pequeño círculo negro rodeado de una sustancia amarillenta que puede ser gas estelar incandescente. Pero eso ya lo habíamos visto muchas veces en las recreaciones imaginadas en comics, películas o teleseries y apenas constituye una sorpresa. No quisiera restar importancia a la gran hazaña científica que supone la fotografía en cuestión, pero la conclusión es que, una vez más, lo real es menos espectacular que la fantasía. Me pasó algo parecido cuando descubrieron el bosón de Higgs. Tanto se había hablado de la famosa partícula que esperaba grandes cambios en nuestra concepción del universo, cosa que todavía no ha sucedido. 

En fin, ya tenemos el bosón y el agujero, seguiremos esperando.

lunes, 8 de abril de 2019







Esta mañana, cuando he sacado a los perros hacía frío. El sol estaba cubierto por nubes que parecían incandescentes. Estos días son buenos para hacer fotografías, la luz plena del sol es muy intrusiva; las fotos en los días grises pueden tener un tinte de nostalgia. He leído que la luz que nos alumbra nace en el centro del sol, y que esos fotones tardan millones de años en alcanzar la superficie de la estrella. Luego, cuando son liberados, corren a la velocidad de la luz y tardan ocho minutos en llegar a nuestro planeta; otros no interrumpen su marcha y pueden llegar hasta el confín del universo. El físico Paul Davies se preguntaba: “¿por qué demonios corren sin parar las partículas?”. Lo he pensado unos segundos. Es una sensación de vacío inquietante. Pero en el fondo, ¿tiene algún sentido pensar en cosas que no conoceremos nunca? 


Dicen que la realidad no existe, que es una ilusión de nuestro cerebro. Es falso, la realidad existe pero la percibimos incompleta. No vemos como un halcón ni oímos como un perro. Si nuestra visión fuera microscópica veríamos el aire lleno de bacterias y polvo y resultaría aterrador; si fuera telescópica observaríamos la más remota galaxia, también con un escalofrío. Tal vez si pudiéramos ver directamente las partículas elementales las comprenderíamos mejor. Pero creo que no, viven en un mundo que está fuera de nuestra realidad. 



Tenía bastantes reticencias antes de leer “Stoner” (John William, 1965), es algo que me ocurre a menudo con los libros de culto. Sin embargo me pareció una excelente novela y, como siempre me ocurre cuando un libro me conmueve, pensé que era la novela que me hubiera gustado escribir. Los escritores americanos saben reflejar muy bien los ambientes cotidianos en los que no ocurren grandes cosas. Relatan de forma sencilla los problemas de la gente sin sacar conclusiones críticas ni hacer filosofía. Hablo de escritores como Richard Yates, James Salter o Kent Haruf.

viernes, 30 de marzo de 2018

El sexo prohibido


Siempre me he hecho una pregunta: ¿por qué la mujer es el único mamífero que no tiene celo? Si la mujer y el hombre pueden hacer el amor en cualquier momento, este acto, en los humanos, solo está parcialmente relacionado con la reproducción, al contrario que en los demás mamíferos. Esto contradice la evolución darwiniana y la biología en general, o por lo menos constituye una intrigante excepción. 

Pero si contradice a Darwin, no digamos a los mandatos religiosos derivados del judaísmo, que como todo el mundo sabe condenan el sexo no reproductivo. Podríamos preguntarnos si esta capacidad amatoria está evolutivamente relacionada con la superior inteligencia de la especie humana, como si la evolución premiara esta superioridad con una placentera sexualidad continuada, en vez estar limitada a los periodos de celo como en los demás mamíferos. Como la evolución no da premios y sus mecanismos, según la síntesis evolutiva moderna, son la adaptación y la especiación, seguimos ignorando si existe una explicación antropológica a esta peculiaridad de la hembra humana.

Pero existe una excepción. Resulta que las hembras de los bonobos, o chimpancés enanos, a diferencia de de sus primas mayores, no tienen periodos de celo, es decir, son receptivas sexualmente en todo momento. Lo cual nos lleva a la sorprendente conclusión de que los bonobos deben tener la misma  o semejante conducta sexual que los humanos. Un golpe bajo para los humanistas fanáticos.

"Las relaciones sexuales en las sociedades de bonobos, son usadas como saludo, como método de resolución de conflictos, como medio de reconciliación y como forma de pago mediante favores, tanto de machos como de hembras, a cambio de comida", sostiene el primatólogo Franz de Waal. Así que, además de para pasárselo bien, estos chimpancés utilizan el sexo para mejorar sus relaciones sociales. Interesante. De Waal continúa: "Los bonobos son los únicos primates (aparte de los humanos) que han sido observados realizando todas las actividades sexuales siguientes: sexo genital cara a cara (principalmente hembra con hembra, seguido en frecuencia por el coito hembra-macho y las frotaciones macho-macho), besos con lengua y sexo oral.  Cuando los bonobos encuentran una nueva fuente de comida o lugar de alimentación, la excitación general suele desembocar en una actividad sexual en grupo, sobre todo entre las hembras, presumiblemente descargando la tensión de los participantes y permitiendo una alimentación pacífica". Al margen de su actividad sexual, el bonobo es de las especies más pacíficas y no agresivas de mamíferos que hoy día viven en la tierra; es capaz de manifestar altruismo, compasión, empatía, amabilidad, paciencia y sensibilidad.

Ante este fenómeno de la naturaleza, ¿me quieren explicar para qué valen nuestras leyes, nuestros dogmas religiosos, nuestros códigos morales y éticos, nuestro dictamen sobre las perversiones sexuales y nuestra presunción de respetar los derechos humanos? 

En mi opinión las religiones, la literatura, las personas e incluso la ciencia manejan los conceptos de sexo y amor de manera confusa. El instinto sexual tiene una entidad real, forma parte de nuestro ADN; el amor no. ¿Estoy afirmando que todo es sexo? En absoluto. El sexo es biológico, el amor es una emoción que se transforma en sentimiento. El neurocientífico Antonio Damasio distingue entre emociones y sentimientos. Las emociones se localizan en el cerebro inconsciente, por lo que, unas veces más y otras menos, escapan a nuestro control. Pero una emoción, si es procesada por nuestra conciencia, lo cual es un proceso lento, puede transformarse en sentimiento sin dejar de ser emoción. De esta manera, un sentimiento, el amor por ejemplo, se percibe como una plenitud intelectual y al mismo tiempo como una emoción física, que es la atracción sexual. Esto no ocurre siempre, hay casos en los que el sexo predomina sobre un posible sentimiento que a lo mejor ni llega a existir. Otras veces la atracción intelectual no está originada por la emoción sexual, sino por una serie de afinidades ajenas al sexo; en este caso es mejor hablar de amistad. O bien pueden producirse situaciones ambiguas en las que una persona no sepa exactamente lo que está sintiendo. 

Las preferencias sexuales entre hombres y mujeres son biológicas en lo referente al instinto reproductivo; pero no en cuanto al placer físico e intelectual que puede proporcionar el sexo. Ser gay o lesbiana son los extremos de una serie de posiciones intermedias en las que se agrupan la mayoría de las personas. Las diferentes secreciones hormonales entre hombre y mujer están evolutivamente encaminadas a facilitar la reproducción, pero no influyen para nada en la satisfacción placentera del sexo. Convertir el sexo en algo prohibido, si no conduce a la reproducción, no es solo responsabilidad de las religiones, sino también determinados códigos morales laicos, más o menos estrictos según la época. 

A esos moralistas, el sexo entre animales, como el de los bonobos, no les preocupa, porque los consideran una especie inferior. Quizá la evolución eliminó el celo femenino en los humanos solo para ver si éramos capaces de disfrutar del sexo con la misma naturalidad que estos encantadores simios.

viernes, 9 de febrero de 2018

Fotos explicadas

Fotografía de Mavictoria LP

Este cartel recuerda una pancarta de los cantares de ciego en la que se cuenta un crimen alevoso. Es evidente que está dibujado a mano, con un estilo barroco que se asemeja a algunos comics catalanes de los años 70. Anuncia un evento en el Teatro Cervantes, aunque a primera vista no es fácil discernir de qué función se trata: la mirada se pierde temerosa en una tupida red de garabatillos, volutas y geometrías comprimidas que obnubilan al observador con un magnetismo compulsivo. Tal vez, pasada la primera hipnosis, acierte a distinguir una insinuación de puertas y ventanas y pueda descifrar el hermético mensaje de la pancarta: una suerte de festival de teatro malagueño. Pero el artista lo ha escrito mal, con letras diminutas, para que no nos distraigamos de su esotérico dibujo. Definitivamente esta obra sería más adecuada para contar el crimen de Cuenca.


Fotografía de Isabel ZR

Es inquietante ver la imagen de Walter White, alias Heisenberg, en un felpudo, sobre todo si antes de entrar uno se limpia los zapatos con su jeta. De este sujeto pueden esperarse tanto represalias letales como una cordial acogida; pensemos mejor lo segundo. No sería muy original comparar a este personaje con Jekill y Hyde -entre otras cosas porque el pobre Mr Hyde era una hermanita de la caridad comparado con el irascible White-. Es más adecuado, a cuentas de su nom de guerre, compararlo con la dualidad onda-partícula de la física cuántica que inventara en su día el genuino Heisenberg.

Fotografía de Elisenda Segura

No sabemos si este reloj funciona con normalidad o se ha parado exactamente a las tres y cuatro minutos, lo cual puede provocar una cierta congoja en el observador. Frente a la banalidad de un minutero que cumple con su función y señala -¡Ay!- el inexorable paso del tiempo, un reloj que marca exactamente las tres y cuatro, lo mismo puede ser un vulgar agotamiento del resorte que lo mueve, que un mensaje críptico, una contraseña o una hora prefijada en la que sucederá algo innombrable. Los más pusilánimes deben abstenerse de la segunda posibilidad, reservada solo para neuróticos y nostálgicos que leen novelas de misterio. Por lo demás, el minutero puede estar simplemente señalando el desconchón de la esfera que afea el artilugio. Uno se queda con ganas de saber quiénes eran esas Marguerites de Paris.

Fotografía de Isabel ZR

He aquí una aldaba definitivamente sensual. Uno no puede esperar que el tacto de un llamador sea cálido y su contacto enervante; es obvio que con esa consistencia no se puede llamar a una puerta. Y no por el ruido , ya que el golpeo de los nudillos suele bastar para franquear cualquier entrada, sino porque al recién llegado pueden darle las uvas en el umbral acariciando la aldaba. Sin embargo esto es precisamente lo que sugiere la mano del retrato: si bien el brillo acariciador del artefacto es propio del metal bruñido, el liviano cincelado de los dedos delata una inequívoca textura femenina. En otro orden de cosas la mano/aldaba sostiene un objeto con apariencia de fruta madura. Inadecuado también para llamar, porque el plof resultante sería por completo inaudible.

Fotografía de Elisenda Segura

Estos simpáticos idolillos pueden representar a Rómulo y Remo en versión posmoderna, aunque la ausencia de brazos introduce algunas dudas: no parece lógico que los fundadores de Roma, con el trabajo que tuvieron, carecieran de estas útiles extremidades. Salvo que tuvieran los brazos recogidos en la espalda, posición de respeto habitual en reyes y príncipes; pero es poco probable que los romanos primitivos conocieran este protocolo. Además echamos en falta la loba. Otra posibilidad es que se trate de los alienígenas que raptaron a Elías en un carro de fuego, pero no es una hipótesis falsable. Al final resultarán ser una copia del fetiche arumbaya que buscaba con ahinco Tintin en L'oreille cassée.

Fotografía de Isabel ZR

Esta cara embutida en la piedra prefigura el semblante de Mariano Rajoy tras perder las elecciones, o bien el Tetrarca de Galilea con problemas de estreñimiento. En uno u otro caso, a esta máscara parece cabrearle un ciento el adorno floral con que la ha rodeado el arquitecto, por no hablar de las volutas que la sostienen. Es una pena que no puedan escucharse las blasfemias que profiere, ya que podrían orientarnos sobre la causa de tanto sufrimiento. Tampoco sabemos si el autor quiso inmortalizar a su suegra, pero estos ya son asuntos privados.

viernes, 26 de enero de 2018

Los cielos de Sonora



Elsa Flores vive en Sonora,  Mexico, y hace fotografías del atardecer, como casi todo el mundo. Sin embargo no todo el mundo puede fotografiar los cielos de Sonora. Elsa dice que no es fotógrafa: "En las tardes salgo a caminar y es cuando tomo las fotografías.  Pero no todas las tardes se prestan para una buena toma.   Tienen que tener algo especial, algo que me atraiga y entonces la tomo.  En realidad yo no hago nada, esta todo allí, yo solo tomo la foto". Así, como si nada, sin darle importancia. Pero a mí me parece que hay una luz distinta y un dramatismo difícil de conseguir en sus atardeceres. También hay poesía en sus cielos y acaso un poso de soledad. Ya me dirán que les parece.














martes, 16 de enero de 2018

Comienzos de novelas que no llegaron a ser. 1.


Escribir una novela no es nada fácil. No ya una buena novela, que eso solo está reservado a los elegidos, sino escribir un texto dividido en capítulos que tenga apariencia de novela. Hay escritores muy prolíficos que han escrito más de veinte o treinta novelas y otros que solo han escrito un libro. Aunque la abundancia no tiene por qué ir acompañada de la calidad: hay quien escribe un montón de libros malos que no dejan huella y hay quien escribe un solo libro que se convierte en obra maestra. Esto son cosas que todo el mundo conoce. 
Quien esto escribe ha conseguido, a lo largo de los años, terminar cinco novelas, pero muchas más se han quedado en el camino. La idea para escribir una novela surge como una iluminación inesperada y puede estar motivada por cualquier cosa: una imagen, un recuerdo, una música, un paisaje, en fin, cualquier cosa. En ese momento uno lo ve todo muy claro: los personajes, la trama, el desenlace. Además está convencido de que va a escribir algo memorable y, con la autoestima por las nubes, se pone a escribir y rellena cinco, diez o quizá cuarenta folios. Entonces la narración se detiene y uno reconoce con asombro que no sabe como continuar; o advierte que todo lo que lleva escrito es una basura infumable. En mi caso, como les dije, solo han sobrevivido cinco manuscritos, que por supuesto no voy a enjuiciar, me basta con haberlos terminado. Como a estas alturas no creo que vaya a escribir nada que ocupe más de un par de folios, he decidido rescatar alguno de esos comienzos y publicarlos en el blog. Si les gustan, bien, y si no, tienen licencia para ponerme a los pies de los caballos. Pero no esperen que continúe ninguno de estos relatos, es demasiado trabajo.



ROMO

Dice Romo que en el momento del atropello no oyó el ruido del frenazo. No recuerda cuándo y con cuanta fuerza pisó el freno de su coche: solo sabe que una figura apareció de súbito ante él y luego cayó al suelo y dejó de verla y en ese momento dijo o pensó la he matado, porque de alguna manera supo que era una mujer. Bajó del coche y empezó a oír y ver a personas que se acercaban a la mujer caída con los brazos extendidos o tapándose la cara con las manos, manos tendidas que la instaban a levantarse, voces que decían no la muevan, no la muevan, llamen a una ambulancia, en tanto otros increpaban a Romo, ¿en qué iba pensando? ¿ no la ha visto cruzar? Pero Romo se queda inmóvil, mirando con estupor a la mujer que viste un abrigo verde, hasta que ella se incorpora sin ayuda y dice alguna palabra y se queda sentada en el suelo moviendo la cabeza con expresión de desconcierto. Luego acepta la ayuda que le ofrecen y se pone en pie sin torpeza, se sacude la ropa y dice creo que estoy bien. Entonces Romo parece despertar,  lo siento, lo siento muchísimo, no la he visto, ¿cómo se encuentra? Bien, dice la mujer y se vuelve hacia la gente que todavía la rodea como dando a entender que está sana. ¿Pero le duele algo? Un poco la cadera, dice ella tocándose con la mano. Vamos, la llevaré a urgencias, dice Romo de manera perentoria y la mujer le pregunta si es necesario.  Sí, sí, se lo ruego, suba al coche por favor, nunca se sabe, insiste él, aliviado al comprobar que el grupo se deshace y la gente se marcha y nadie dice nada de llamar a la policía.

En el hospital Romo espera casi tres horas mientras atienden a la mujer, pero no quiere marcharse hasta saber el resultado y si será necesario dar un parte a Tráfico o cumplir cualquier otro trámite que él ignora pero está dispuesto a asumir. Cuando la ve aparecer, al fondo de un pasillo, toma conciencia de su aspecto. Hasta entonces no hubiera sabido decir si era joven o vieja, alta o baja, o de qué color era su pelo, solo sabía que su abrigo era verde, y ahora, mientras ella se acerca, ve que es una mujer atractiva, madura, unos cuarenta y tantos, no muy alta ni muy delgada y su pelo es de un color cobrizo. 

- ¿Qué le han dicho? 
- Que no tengo nada roto -. Ella le muestra un informe en el que Romo lee: "Contusión leve en región iliaca izquierda".
- Menos mal. Pero el susto no hay quien se lo quite. Lamento mucho lo que ha pasado. 
- No se preocupe, fue culpa mía, crucé sin mirar. Estaba usted más asustado que yo.
- Sí, bueno, pero es que, ya sabe, en los atropellos siempre tiene la culpa el conductor del coche, sobre todo si la cosa es grave. Me alegro mucho de que no sea nada.
- Me han dicho que voy a tener un buen morado -dice la mujer sonriendo mientras se palmea la cadera. A Romo le llama la atención su voz grave, un poco terrosa, como de fumadora empedernida, y su manera de sonreír abriendo mucho la boca.
- ¿Dónde quiere que la lleve? ¿Al trabajo, a su casa? Seguro que iba a algún sitio y le he causado un trastorno.
- No, ninguno. Hoy es mi día libre. Además tengo que pasar por la farmacia. Me han mandado unos analgésicos y un espray por si me duele. Pero no se moleste, puedo coger un taxi.
- Por favor, faltaría más.
- Lléveme a casa, entonces, hay una farmacia al lado.

Le advierte que vive en un barrio periférico, alejado del centro de la ciudad, y a lo mejor él tiene cosas que hacer.

- No -dice Romo-, estoy jubilado, así que otra cosa no, pero tiempo libre tengo todo el que quiera.
- Ya, pero a lo mejor le esperan en su casa. 
- Tampoco, estoy divorciado y vivo solo -confiesa Romo, aunque todavía no está realmente divorciado -. No se preocupe.


Media hora después llegan a un enjambre de bloques de color gris, con las fachadas deslucidas y ropa tendida en las ventanas simétricas. Aparca el vehículo donde ella le indica y la ayuda a bajar, la acompaña a la farmacia y luego hasta su portal. Romo se despide y le da su tarjeta, dando a entender que no rehúye la responsabilidad del accidente. Ella sonríe:

- ¿Por qué no me acompaña hasta arriba? Para mayor seguridad.

Suben hasta la séptima planta y entran en un apartamento pequeño, o eso piensa Romo. A través de un pasillo estrecho se accede a la habitación principal, una salita o cuarto de estar no muy amplio, amueblado con sencillez, como si fuera el cuarto de una quinceañera. Ella le invita a sentarse en un sofá de dos plazas y le tutea por primera vez.

- ¿Me esperas un momento? Voy a cambiarme de ropa, esta está llena de polvo.

Entonces Romo se fija en cómo viste ella, aparte del abrigo verde: unos vaqueros muy ajustados y una blusa amplia estampada que lleva por fuera del pantalón, y sí, la ropa está sucia, seguramente por efecto de haberse arrastrado por el suelo después del atropello. Vuelve cubierta con una especie de túnica, un vestido amplio y suelto que le llega casi a los pies, algo para andar por casa, piensa Romo, y advierte que se ha quitado los zapatos y anda descalza y no parece resentirse del golpe. De un armario saca una botella de vodka y dos vasos y se sienta junto a él. 

- Después del susto necesito algo fuerte. ¿Me acompañas?

Romo, que apenas bebe, es incapaz de negarse, bastante suerte ha tenido de que no se haya producido una desgracia, así que acepta el vaso de licor y se dice que dará dos o tres sorbos para cumplir y luego se despedirá, porque ya no hace nada allí y empieza a tener ganas de irse. 

Pero a ella le apetece hablar y contarle cosas: es peluquera y trabaja en una peluquería, en aquel mismo barrio, y vive sola desde que se separó de su pareja, un hombre casado que nunca se decidió a divorciarse de su mujer. Fueron pareja casi tres años, hasta que un día, sin previo aviso,  él dijo que era mejor dejarlo. El muy cabrón, dice ella, no le supliqué, le dejé marchar porque era un calzonazos y un hijo de puta que nunca había estado enamorado de mí y todo había sido una gran mentira. Solo estuve jodida un mes, ahora ya ni me acuerdo. Luego le pregunta a Romo desde cuándo está divorciado y él, antes de responder, constata con alarma que ya se ha bebido dos vasos de vodka.

En ese instante Romo siente extrañeza, como si de pronto se abriera una ventana de luz que le permitiera comprender mejor lo que está ocurriendo, o no comprenderlo, porque ese es el caso, que no entiende por qué está en aquella habitación con una mujer desconocida, aunque, ahora, sea capaz de reconstruir la secuencia de los hechos con más claridad, sin el aturdimiento de lo imprevisto: atropello, conmoción, hospital, alivio, largo viaje, mujer, vodka. 

- Bueno, en realidad todavía no estoy divorciado. Lo estaré, supongo, dentro de poco. De momento lo único que ocurre es que mi mujer me ha abandonado -dice Romo con cautela.
- ¿Cómo que te ha abandonado? ¿Quieres decir que tu mujer se ha pirado sin avisar, así, por las buenas?
- No, no. Me avisó, pero la verdad es que me cogió un poco por sorpresa.
- Qué vida más perra -dice ella moviendo la cabeza. Luego, como desinteresada del asunto, examina la bolsa de la farmacia -. Esto es lo que me tengo que poner en el golpe, ¿no?
- Sí -dice Romo reconociendo el producto-. Es un espray de ibuprofeno, es lo que ponía yo a los chicos del equipo de futbol de mi Instituto.
- Ah, ¿eres entrenador o profesor de educación física?
- No, qué va. Soy profesor de Filosofía, o era, mejor dicho. Lo que pasa es que siempre me ha gustado el deporte y a veces acompañaba al equipo.
- Pues si eres un experto aplícamelo tú - dice la mujer. Le entrega el bote a Romo y al mismo tiempo se levanta la falda y se recuesta para mostrar la cadera izquierda.

Romo ve la cadera y el hematoma, pero también ve las bragas rojas y el culo esférico de la chica y se queda paralizado, más aún cuando ella, para facilitar la aplicación, se baja un poco las bragas de forma que la lesión queda más accesible. Casi se le cae el espray a Romo. Acto seguido aprieta con fuerza el pulsador difundiendo una nube micronizada de ibuprofeno sobre la cadera desnuda. Después empieza a extender el medicamento con la palma de la mano sobre la zona lastimada, lo que le provoca una inmediata aceleración del ritmo cardíaco. Por su parte, ella parece sentir un escalofrío y cierra los ojos, y  Romo, investido de una audacia desconocida, comienza a extender el masaje hacia zonas no afectadas, o sea, empieza a acariciar el culo de la mujer quien lejos de sobresaltarse emite una especie de ronroneo de satisfacción. De súbito, levanta la cabeza y dice:

- ¿Me estás metiendo mano?

Romo retira la mano como si hubiese sufrido una descarga eléctrica y murmura alguna excusa. Pero ella sonríe, le retiene la mano, se acerca más a él, le acaricia la cara y le ofrece su boca para que la bese.

Romo actúa de forma correcta a pesar de que lleva meses sin hacer el amor. Piensa que el cuerpo de la mujer es gloriosamente carnal y proporcionado, aunque desprovisto de las sutilezas estilísticas de la juventud. Le gustan sus pechos ahusados que parecen dos pequeños delfines emergiendo del agua. Hacen el amor en el pequeño dormitorio contiguo. Romo procura mostrarse variado y experto, aunque es ella quien toma la iniciativa de una manera muy sensual pero también lúdica, y Romo piensa que la mujer hace el amor sin dramatismo y que es muy raro follar sonriendo como lo hace ella.

Romo se despierta sobresaltado sin saber donde se encuentra: está desnudo en una habitación extraña junto a una mujer desconocida, también desnuda, con la que ha hecho el amor después de haberla atropellado. Estas cosas no ocurren, piensa. Mira la hora con alarma y comprueba que solo ha dormido una hora. Encuentra el baño sin dificultad y orina sin perturbaciones prostáticas. Vuelve al dormitorio y empieza a vestirse en silencio.

-¿Ya te vas? -dice ella.
- Sí, tengo que irme. 
- ¿Me llamarás algún día?
- Por supuesto, lo haré.
- ¿Te ha gustado?
- Ha sido estupendo.
- La culpa la ha tenido el ibuprofeno.
- ¿Cómo? Ah, sí, claro, el ibuprofeno. ¿Te sigue doliendo?
- Solo un poco. ¿Tienes mucha prisa?
- No, en realidad no mucha.
- No te vistas todavía, túmbate un ratito a mi lado, que no hemos hablado nada. ¿Te importa?
- No, no me importa nada.
- Así, abrázame, siempre me pongo muy mimosa después de follar.
- Tienes un cuerpo estupendo.
- No exageres. Oye, no creas que soy una puta.
- Claro que no.
- Bueno, por si acaso. Soy una chica normal y me acuesto con quien me apetece. ¿Te parece mal?
- Me parece muy bien. 
- Es que me has gustado, joder. ¡A pesar de que casi me matas! -ríe-. Bueno, cuéntame cosas de tu vida. Eres profesor de filosofía. Debe ser muy bonito enseñar.
- Es una vocación. He dedicado a ello casi toda mi vida, a pesar de lo mal pagados que estamos. Pero la verdad es que la enseñanza compensa.
- Te habrás pasado la vida estudiando.
- Sí, he tenido que leer muchos libros.
- A mí siempre se me dieron fatal los estudios. Era una vaga. Por lo menos tengo la EGB. Contigo podría aprender muchas cosas-. Hace una pausa y dice en voz baja-: Cariño, si me sigues tocando me voy a poner a tono otra vez.
- ¡Perdón, perdón, no era mi intención! Además no creo que yo pueda...
- Tú dices que no, pero tu polla dice lo contrario.
- ¡Qué cosas, no he hecho el amor dos veces seguidas desde que estaba en la universidad!
- Pues parece que hoy te toca -dice ella.
Al regresar a su casa y encontrarla vacía, Romo se sume en el dulce recuerdo  de su inesperada aventura. Solo le inquieta una cosa: ¿Por qué se ha hecho pasar por profesor de filosofía si en realidad es profesor de educación  física?