sábado, 25 de enero de 2014

La literatura erótica

Alphonse Mucha, 1889

La literatura erótica es tan antigua como la escritura y su popularidad va por ciclos, como casi cualquier otra cosa en la historia de la humanidad. Ahora, la literatura que se vende mejor, los Best Sellers, se concentra de nuevo en los relatos de alto contenido sexual. No hace falta que les diga que hay dos formas de utilizar el sexo en una novela: como objetivo y como referencia. Si las descripciones sexuales son solo referencias, más o menos explícitas, y se utilizan para matizar o enfatizar el comportamiento de los personajes, no se puede hablar de literatura erótica. Dos novelas de este estilo serían, por ejemplo,  El amante de Lady Chatterley, de D. H. Lawrence, y Lolita, de Nabokov. Cuando el sexo es el objetivo, es decir, cuando la trama de una novela se basa exclusivamente en lo erótico, como ocurre con la moda actual, el nivel literario decae.


No digo que este género no tenga una utilidad emocional momentánea o incluso de iniciación para adolescentes, pero se agota en si mismo, porque los actos que constituyen el retozo carnal, por mucha imaginación que se ponga, son necesariamente limitados. Y si estos actos practicados "en vivo" son eternos y saludables, leídos conducen al hastío, ya que cada nuevo libro contiene casi idénticas descripciones que el anterior. No obstante, aunque sea por ciclos, estos libros triunfan y se venden como rosquillas, así que a lo mejor se me escapa algo. 

martes, 21 de enero de 2014

Ventisca


Las concesiones

Claudio Abbado

Pocas cosas debe haber más falsas que el obligado obituario o necrológica que aparece en la prensa cuando fallece un famoso. Si ya es triste que la figura en cuestión tenga que morirse para que se enumeren sus virtudes, peor es que por definición se omitan sus defectos. Alabanza póstuma, siempre hipócrita, inservible para el homenajeado, escrita a veces por un iletrado que ignoraba el día anterior quién era el muerto. Curiosa esta afición que tenemos los humanos a los elogios postmortem. Me gustaría leer los obituarios, si es que alguien los escribió, de Pinochet o de Stalin, por ejemplo.

Esto viene a cuento del fallecimiento de Claudio Abbado y las necrológicas que se han escrito sobre él. Merecidas todas y aun escasas, pero esa no es la cuestión. ¿Cuántas personas en este país, al margen de melómanos y especialistas, sabían quién era Claudio Abbado? ¿Se enseñaron su vida y sus obras en algún colegio o instituto? ¿Formó parte su música de algún programa docente? ¿Alguien enseñó a sus alumnos adolescentes la diferente manera de entender a Beethoven que había, pongamos por caso, entre Abbado y Karajan?

En un periódico se citan algunas de las mejores grabaciones de Claudio Abbado, a juicio de un experto. Entre ellas hay un disco que incluye la "Suite de Lulu" y las "Tres piezas para orquesta" de Alban Berg. Me pregunto cuántas personas saben quién fue Alban Berg, y no me pregunto más porque sería una repetición de todo lo anterior. Saber en su momento, no después de su muerte, quién era Claudio Abbado es Cultura. Saber quién fue Alban Berg, también.


Cuando dirigía la Orquesta Sinfónica de Londres, un administrativo le dijo a Abbado que, en la siguiente temporada, habría que hacer concesiones económicas. Sonriendo, el maestro contestó: "Con la música no hay concesiones". Hermosa respuesta que no dudo en trasladar a nuestro rectangulares ministros de Cultura: señores, con la Cultura no hay concesiones. 

Abbado grabó las sinfonías de Beethoven en diversas ocasiones, pero cuando mejor entendió al compositor fue al final de su vida. Este allegretto de la Séptima es sobrenatural.




lunes, 20 de enero de 2014

Deprisa


Anticultura

"Cuando oigo la palabra cultura, desenfundo la pistola". Esta frase se atribuye a  Hermann Goering, aunque es probable que nunca la pronunciara. Es una de esas sentencias que alguien dice y fructifica con rapidez, porque es una metáfora acertada de una determinada manera de pensar. Tampoco podemos atribuírsela al ministro Wert, porque, que sepamos, este político no acude con pistola al Congreso, si bien sus públicamente expresadas ideas inducen a suponer que pudiera estar utilizando una poderosa arma anticultura, metafóricamente hablando. Es notorio que en este país, desde el pasado mes de septiembre, el IVA para producciones culturales ha aumentado del 8% al 21%, y como justificación de este despropósito un portavoz de Hacienda ha calificado algunas de las actividades culturales de “entretenimiento”, por ejemplo, el cine y el teatro.

Escribe sobre este ambiente adverso a la cultura Nuccio Ordine, filósofo y profesor de literatura italiana de la Universidad de Calabria, en su libro "La utilidad de lo inútil". Lo inútil es lo que para nuestros actuales gobernantes no es lucrativo, es decir la cultura. Pero para Ordine la cultura es  " un antídoto contra la barbarie de lo útil". Vivimos ciertamente una época de exaltación de lo inmediato, de lo eficaz, de lo útil, en la cual todo aquello que no produce beneficios materiales debe ser restringido u olvidado. En este sentido hemos retrocedido a más allá de la Edad Media, porque incluso en la sociedad feudal existía el mecenazgo que permitió el mantenimiento del arte, la música  y la literatura.

En el contexto cósmico el hombre no es muy diferente de otras especies y no debe esgrimirse la cultura como algo que nos hace superiores a los demás animales. No debe entenderse lo cultural como un privilegio sino como una equivalencia. Los animales nacen con un superior instinto para la supervivencia y la adaptación a su hábitat natural, pero el hombre, menos dotado en este aspecto, posee un lenguaje y una capacidad para transmitir conocimientos que es equivalente al instinto genético de supervivencia de otras especies. Esto es la cultura y no debe deificarse, pero tampoco olvidar que es el instrumento de transmisión del conocimiento humano y por tanto el motor del progreso. Por eso es un error grave afirmar que la cultura es inútil, porque sin ella todo lo que ahora parece útil e inmediato se desmoronará en poco tiempo. Como señala Ordine, si prescindimos de la cultura "las generaciones futuras dejarán de ser personas en sentido estricto."


Hace ciento sesenta años Víctor Hugo, ante la Asamblea constituyente de Francia, pronunció estas palabras: “Las reducciones en el presupuesto especial de las ciencias, las letras y las artes son doblemente perversas. Son insignificantes desde el punto de vista financiero y nocivas desde todos los demás puntos de vista”. Cabe suponer que el ministro Wert no es partidario de Víctor Hugo. 

martes, 14 de enero de 2014

Perderse en un camino


No es inútil

Leído en "El Cuaderno de Bento", de John Berger.

"Toda protesta política profunda es un llamamiento a una justicia ausente, y va acompañada de la esperanza de que en el futuro se terminará restableciendo esa justicia. La esperanza, sin embargo, no es la primera razón para llevar a cabo la protesta. Protestamos porque no hacerlo sería demasiado humillante, demasiado reductor, demasiado terrible. Una protesta a fin de preservar el momento presente, al margen de lo que nos reserve el futuro.

Protestar es negarse a que te reduzcan a cero y a un silencio impuesto. Por consiguiente, en el momento en que se hace una protesta, si se llega a hacer, ya hay una pequeña victoria. El momento, aunque pase, como todos los momentos, adquiere cierta permanencia. Pasa, pero queda impreso".

sábado, 11 de enero de 2014

Fuga al atardecer


Flowers in your hair


Esta es la historia de dos amigos. Philip Wallach Blondheim (1939 - 2012) nació en Florida y cuando contaba pocos meses su familia se trasladó a Virginia. Allí creció y se hizo amigo de John Edmund Andrew Phillips (1935 - 2001). A mediados de los 50, Philip y John, junto a Mike Boran y Bill Cleary, formaron un grupo músico vocal llamado The Abstract que consiguió grabar dos discos en Decca, momento en el cual Philip Blondheim decidió adoptar el nombre artístico de Scott McKenzie.

En 1961 el conjunto se deshizo, pero John y McKenzie conocieron a Dick Weissman y formaron un trío de música folk, The Journeymen, que fue relativamente popular en Estados Unidos, en aquellos años de apogeo de la música folk. El trío se disolvió en 1964 -en parte por las British Invasions- y sus miembros se disgregaron. McKenzie decidió entonces seguir su carrera en solitario, pero John Phillips, tal vez inspirado por los dioses, se unió a Denny Doherty, Cass Elliot y Michelle Gilliam para formar un cuarteto vocal que los hizo entrar en la leyenda. Ese grupo se llamaba The Mamas & The Papas.

No se supo mucho de Scott McKenzie en los tres años siguientes, pero en 1967, John Phillips escribió para su amigo de la infancia una canción que se convertiría en un éxito instantáneo. El propio John tocó la guitarra en la grabación  original. Esa canción fue el himno de una generación que pedía hacer el amor y no la guerra . Era aquella canción en que la voz delicada de Scott McKenzie te pedía que llevaras flores en el pelo si ibas a San Francisco. Escúchenla.